El tomate (Solanum lycopersicum) es el cultivo con el que casi todo el mundo empieza y con el que más gente se lleva un chasco. No porque sea difícil, sino porque es una planta grande y exigente a la que solemos tratar como si fuera pequeña: maceta escasa, poco marco, riego irregular y ningún tutor.
Antes de nada: qué tipo de tomatera has comprado
Hay dos arquitecturas de planta y confundirlas explica buena parte de los problemas.
Las de crecimiento indeterminado (mata alta) crecen sin parar hasta que el frío las detiene, superan los dos metros y necesitan tutor y poda de brotes. Aquí entran casi todas las tradicionales de ensalada: 'Corazón de buey', 'Raf', 'Montserrat'.
Las de crecimiento determinado (mata baja) se detienen solas al cabo de unos racimos, forman una mata compacta de 60 a 100 cm y concentran la cosecha en pocas semanas. Son las típicas para conserva y las adecuadas para maceta. Estas no se destallan: si les quitas los brotes laterales, le quitas la cosecha.
Comprueba la etiqueta antes de plantar: aplicar la poda de la mata alta a una mata baja es un error tan común como irreversible.
Cuándo plantar
El tomate se hiela a 0 °C y se para por debajo de 10-12 °C. Se trasplanta cuando han pasado las heladas y las mínimas nocturnas superan los 12 °C de forma estable.
En la práctica española: costa mediterránea y Andalucía, de finales de marzo a abril; centro peninsular, de mediados de abril a primeros de mayo; cornisa cantábrica y montaña, mayo. Adelantarse dos semanas no adelanta la cosecha: una planta que pasa frío se queda parada y acaba siendo alcanzada por otra plantada más tarde.
Si siembras tú la semilla, hazlo en semillero protegido de febrero a marzo, con 20-25 °C y mucha luz. La plántula está lista cuando tiene 15-20 cm y cuatro o seis hojas verdaderas, y conviene aclimatarla una semana sacándola de día y metiéndola de noche.
Cómo plantar en el huerto
Elige el sitio más soleado que tengas —seis a ocho horas de sol directo— y prepara el suelo con 4 o 5 kg de compost o estiércol maduro por metro cuadrado, buscando un pH entre 6 y 6,8.
Antes de plantar nada, clava los tutores: cañas de dos metros enterradas 30 cm, en cruceta, o una espaldera con alambres. Hacerlo después significa atravesar el cepellón.
Marco: 45-50 cm entre plantas y 90-100 cm entre líneas. Parece exagerado en mayo y es exactamente lo que necesitarán en julio. Apretar las tomateras es la vía directa al mildiu.
Y aquí va la técnica que más rendimiento da por esfuerzo invertido: entierra el tallo. El tomate emite raíces adventicias allí donde el tallo toca tierra húmeda, así que puedes enterrar hasta media planta, quitando antes las hojas que queden bajo tierra. Si la plántula ha crecido larguirucha, plántala tumbada en una zanja poco profunda con la punta emergiendo. Obtendrás muchas más raíces y una planta más resistente a la sequía. Riega abundantemente y acolcha con paja, sin tapar el cuello.
Cómo plantar en maceta
Se puede, y bien, pero con un mínimo innegociable: 20-30 litros de sustrato y 40 cm de profundidad por planta. En 10 litros la planta sobrevive pidiendo agua dos veces al día y da frutos pequeños.
Usa un sustrato aireado —compost, sustrato universal y material drenante a partes iguales— y no tierra de jardín sola, que se compacta. Elige variedades cherry o de porte determinado: cuajan mejor con calor y aguantan la maceta mucho mejor que un corazón de buey.
Pon un tutor desde el primer día y, si estás en el sur, procura que a media tarde de agosto le dé sombra. No dejes plato con agua estancada debajo.
El destallado, sin misterio
En las variedades indeterminadas, en la axila entre el tallo principal y cada hoja brota un tallo nuevo, el chupón. Si se dejan todos, la planta se convierte en una maraña de hoja con fruto pequeño y tardío.
Se eliminan con los dedos cuando miden 3-5 cm, una vez por semana y a primera hora de la mañana, cuando la planta está turgente y la herida cicatriza durante el día. Cuidado con el fallo típico: el chupón sale del ángulo entre hoja y tallo; el racimo de flores sale del tallo, sin hoja debajo. Confundirlos deja sin tomates.
Deshojar la parte baja mejora la aireación, pero sin pasarse: las hojas son la fábrica de azúcar de la planta y unos frutos desnudos al sol se queman.
Riego y abonado: donde se decide la calidad
El tomate prefiere riegos regulares y profundos antes que frecuentes y superficiales. Riega al pie, nunca por encima de las hojas: el mildiu (Phytophthora infestans) necesita agua sobre la hoja para infectar.
Conviene desmontar aquí una creencia extendida. Cuando aparece la podredumbre apical —esa mancha marrón hundida en el culo del tomate— casi todo el mundo echa cáscara de huevo. Rara vez falta calcio en el suelo: lo que pasa es que la planta no puede transportarlo por un riego irregular. La solución es regularizar el riego y acolchar, no añadir calcio. Por lo mismo, los frutos se rajan cuando riegas a fondo tras varios días de sed.
En abonado, compost al plantar y, en cuanto cuaje el primer racimo, aportes de potasio cada dos semanas. El exceso de nitrógeno da tomateras verdísimas con pocos frutos y atrae pulgón.
Si en pleno verano las flores caen sin cuajar, no estás haciendo nada mal: por encima de unos 35 °C el polen se vuelve inviable, y la planta vuelve a cuajar cuando bajan las temperaturas.
Problemas frecuentes
La polilla del tomate (Tuta absoluta) hace galerías transparentes en las hojas y perfora frutos; se controla con Bacillus thuringiensis y trampas de feromona. La mosca blanca y el pulgón ceden ante el jabón potásico aplicado al envés. Y tras las tormentas de verano, vigila el mildiu: manchas aceitosas que pardean rápido y matan la planta en días.
Respeta además la rotación: nada de tomate donde hubo tomate, pimiento, berenjena o patata en los tres o cuatro años anteriores.
En resumen
Identifica si tu variedad es de mata alta o baja, trasplanta cuando las noches pasen de 12 °C, clava los tutores antes de plantar y entierra buena parte del tallo para multiplicar las raíces. Respeta 45-50 cm entre plantas, o 20-30 litros de sustrato en maceta. Destalla solo las indeterminadas, riega al pie de forma regular —la clave contra el culo negro y el rajado— y abona con potasio en fructificación.