Una zanahoria no da semilla el año en que la cosechas. Ni una remolacha, ni un nabo, ni una chirivía. Ese es el punto de partida que hay que entender antes de intentar nada, porque explica por qué guardar simiente de hortalizas de raíz es bastante más laborioso que hacerlo con un tomate o con una judía, y por qué mucha gente lo intenta una vez, no ve flores por ninguna parte y lo abandona.

Estas hortalizas son bienales: el primer año fabrican la raíz, que es un almacén de reservas; el segundo año, tras haber pasado frío, gastan ese almacén en subir un tallo floral, florecer y granar. Para conseguir semilla hay que acompañarlas durante dos ciclos completos, no uno. A cambio, el rendimiento es enorme: de una sola planta de zanahoria salen varios miles de semillas.

Qué necesitan para florecer: la vernalización

El interruptor que activa la floración es el frío. La planta necesita acumular un periodo prolongado por debajo de unos 10 °C —del orden de seis a ocho semanas, según especie y variedad— para que se induzca la subida a flor. Es lo que se llama vernalización, y es el mismo mecanismo que hace que las plantas "se espiguen" cuando plantas demasiado pronto en primavera y les cae una ola de frío tardía.

En clima peninsular esto juega a favor. En casi toda España, salvo la costa mediterránea más cálida y Canarias, el invierno aporta de sobra el frío necesario. En zonas de invierno muy suave puede que la inducción sea irregular y las plantas florezcan mal o tarde.

Hay una excepción útil: el rabanito (Raphanus sativus) de las variedades pequeñas de primavera es prácticamente anual. Si dejas unos cuantos sin arrancar, suben a flor en el mismo ciclo, en dos o tres meses, y te dan semilla ese mismo año. Es la hortaliza de raíz más fácil para empezar. Los rábanos de invierno y los tipo daikon, en cambio, se comportan como bienales.

Dos caminos: dejarlas en el bancal o arrancar y replantar

Hay dos formas de llevar las plantas al segundo año, y no son equivalentes.

Dejarlas en el sitio. Seleccionas las plantas que vas a dedicar a semilla, las marcas con una caña y sencillamente no las cosechas. Pasan el invierno en el bancal y suben a flor en primavera. Es el método más cómodo y funciona bien en la mitad sur, en el litoral y en cualquier zona donde el suelo no se hiele en profundidad ni se encharque durante semanas. El inconveniente es que estás seleccionando a ciegas: no ves la raíz, así que no sabes si estás guardando semilla de tus mejores ejemplares o de los peores.

Arrancar, seleccionar y replantar. En otoño levantas las plantas candidatas, las examinas y te quedas con las mejores raíces: forma limpia, tamaño adecuado a la variedad, color uniforme, cuello sin verdear, sin bifurcaciones ni grietas ni marcas de plaga. Cortas las hojas dejando dos o tres centímetros de peciolo, sin tocar la corona ni la raíz principal, y las guardas en un cajón con arena ligeramente húmeda o serrín, en un lugar oscuro a 2-5 °C, que es donde además reciben su vernalización. En febrero o principios de marzo las replantas enteras en el huerto, enterradas hasta el cuello, a unos 40-50 cm entre plantas.

Este segundo método es más trabajo, pero es el que te permite mejorar de verdad tu semilla año tras año, porque eliges reproducir exactamente lo que quieres comer. En jerga se llama método raíz-a-semilla, y es como se han obtenido históricamente las variedades locales.

Flor de la zanahoria en umbela

Cuántas plantas hacen falta (más de las que crees)

Este es el punto en el que más gente se equivoca, y el que más determina si tu semilla servirá dentro de cinco años o se habrá degradado.

La zanahoria, la remolacha, el nabo y la chirivía son especies alógamas: se cruzan entre plantas distintas, no se autofecundan. Como consecuencia, sufren depresión por consanguinidad. Si guardas semilla de dos o tres plantas, la generación siguiente saldrá con raíces más pequeñas, germinación más floja y más plantas defectuosas, y el problema se agrava en cada ciclo.

Deja florecer un mínimo de veinte plantas, y si puedes cuarenta u ochenta, mejor. No es una recomendación de manual teórico: en zanahoria la pérdida de vigor con poblaciones pequeñas se nota ya en la segunda o tercera generación. Y no mezcles: las veinte plantas deben ser de la misma variedad y florecer a la vez para que se polinicen entre ellas.

Si tu huerto es pequeño y no te caben veinte plantas de zanahoria en flor —ocupan bastante, llegan a metro y medio de alto—, la alternativa razonable es no intentar mantener tú solo la variedad y repetir la extracción cada pocos años partiendo de simiente comprada, o coordinarte con otros hortelanos para repartir la población.

El cruce: el problema serio de la zanahoria y de la remolacha

Que la polinización sea cruzada tiene una segunda consecuencia: si florece cerca otra variedad de la misma especie, o un pariente silvestre, tu semilla saldrá híbrida.

Con la zanahoria el riesgo tiene nombre propio: la zanahoria silvestre (Daucus carota subsp. carota), esa umbelífera de flor blanca con un puntito oscuro en el centro que crece en cunetas y márgenes por toda la Península. Es la misma especie que la cultivada y se cruza con ella sin ningún problema. El resultado es descendencia con raíces blancas, leñosas y ramificadas: incomestible. Antes de dedicar un bancal a semilla, camina por los alrededores en junio y comprueba qué hay floreciendo. La distancia de aislamiento recomendada para pureza es de varios cientos de metros, algo inalcanzable en la práctica en un huerto normal, así que lo habitual es segar la silvestre de los márgenes cercanos antes de que florezca o cubrir las plantas con una malla antiinsectos e introducir moscas o abejorros bajo ella.

Con la remolacha (Beta vulgaris) el problema es distinto y peor de controlar: es anemófila, se poliniza por viento, y el polen viaja kilómetros. Además, la acelga es la misma especie botánica, igual que la remolacha forrajera y la azucarera. Si tienes acelgas subidas a flor en el huerto —cosa muy común, porque se dejan espigar sin pensarlo— tu semilla de remolacha estará cruzada con ellas. Lo primero que hay que hacer es arrancar cualquier acelga en flor que no forme parte del plan.

El nabo (Brassica rapa) se cruza con los grelos y nabizas, con el pak choi y con el mizuna, que son la misma especie. El rábano se cruza con el rábano silvestre (Raphanus raphanistrum), abundante en cultivos y barbechos.

Y una regla que ahorra disgustos: no guardes semilla de híbridos F1. Si el sobre lo indicaba, la descendencia será desigual e impredecible. Para extraer simiente hay que partir de variedades de polinización abierta o de variedades locales.

Zanahoria y chirivía: cosechar las umbelas en su punto

La zanahoria (Daucus carota subsp. sativus) florece en primavera-verano en umbelas, esas estructuras planas de flores blancas que además atraen una cantidad notable de insectos auxiliares al huerto.

Las umbelas no maduran todas a la vez, y la diferencia importa. La umbela primaria, la central, es la que da la semilla más grande, más pesada y con mejor germinación. Las secundarias son buenas. Las terciarias y las que salen después producen semilla pequeña y débil: lo razonable es descartarlas.

El momento de corte es cuando la umbela ha pasado de verde a marrón y se ha cerrado sobre sí misma formando una especie de nido de pájaro. Córtala con veinte centímetros de tallo y termina de secarla en el interior, boca abajo dentro de una bolsa de papel, en sitio ventilado y a la sombra. Si esperas a que estén todas perfectas en la planta, las primeras habrán desgranado al suelo.

Para desgranar, frota las umbelas entre las manos. La semilla de zanahoria lleva unas cerdas laterales; frotándola con firmeza se desprenden, y así se siembra mucho mejor después porque no se apelmaza. Luego separa la paja aventando: vierte el contenido de un recipiente a otro delante de un ventilador suave o con algo de brisa, y los restos ligeros se van.

La chirivía (Pastinaca sativa) sigue el mismo proceso, con dos advertencias. La primera: su savia contiene furocumarinas y es fototóxica; si te mancha la piel y luego te da el sol, produce quemaduras y manchas que tardan meses en irse. Maneja los tallos florales con manga larga y guantes, y mejor a última hora del día. La segunda: la semilla de chirivía es plana, alada y de vida cortísima, de uno o dos años como mucho. Hay que renovarla todos los años y no fiarse de un sobre viejo.

Remolachas recién arrancadas del huerto

Remolacha: el glomérulo no es una semilla

La remolacha sube un tallo floral que alcanza el metro y medio y que carga mucho peso, así que hay que entutorarlo con una caña o se tumbará con el primer viento fuerte de junio y perderás la cosecha en el suelo.

Las flores son diminutas y verdosas y se agrupan a lo largo del tallo. Lo que después se recoge no son semillas individuales sino glomérulos: cuerpos leñosos, rugosos e irregulares que contienen dos, tres o cuatro semillas cada uno. Por eso al sembrar remolacha salen varias plantitas juntas de cada "semilla" y hay que aclarar. Solo algunas variedades modernas son monogermen.

Recoge cuando la mayoría de los glomérulos estén marrones y duros, cortando el tallo entero. Termina de secarlo colgado bajo cubierto y desgrana pasando la mano cerrada de abajo arriba a lo largo del tallo, con guantes: los glomérulos son ásperos y arañan. Después, criba para quitar los trozos de tallo.

No intentes separar las semillas de dentro del glomérulo. Se siembra el glomérulo entero, tal cual.

Nabo y rábano: silicuas que hay que pillar a tiempo

Ambos son crucíferas y producen flores amarillas o lilas y, después, vainas alargadas —silicuas— con las semillas dentro.

El nabo forma silicuas finas que se abren solas al madurar y desperdigan la semilla. Aquí la vigilancia es lo que decide: hay que cortar las ramas cuando las vainas han virado a marrón pajizo pero antes de que empiecen a abrirse. Si dudas, córtalas un poco verdes y termina el secado dentro; siempre es mejor eso que recoger tallos vacíos. Mete las ramas en una bolsa de tela o en un saco y golpéalas para que se desgranen.

Las silicuas del rábano son más gruesas y esponjosas y no se abren tan fácilmente, lo que da margen de maniobra. La contrapartida es que cuesta abrirlas: hay que machacarlas dentro de un saco, y a veces conviene humedecerlas ligeramente unas horas para que ablanden antes de trillar.

Para el salsifí (Tragopogon porrifolius) y la escorzonera (Scorzonera hispanica) el problema es el contrario: la semilla lleva un vilano plumoso como el diente de león y se la lleva el viento en cuanto la flor se abre en pompón. Hay que revisar las plantas cada día en el momento de la maduración, o embolsar las cabezuelas con una bolsa de papel atada al tallo.

Secado, limpieza y conservación

Todo el trabajo anterior se pierde si la semilla se guarda húmeda. Es la causa número uno de que la simiente casera no germine al año siguiente.

Extiende la semilla limpia en una capa fina sobre papel o una bandeja y déjala en un sitio ventilado, a la sombra, sin superar los 30 °C. Nada de horno, nada de sol directo, nada de radiador pegado: el calor excesivo mata el embrión. Una semana o dos suele bastar. La zanahoria bien seca se parte en vez de doblarse.

Guarda en tarros de cristal con cierre hermético, no en bolsas de plástico blandas donde condensa. Un sobrecito de gel de sílice dentro del tarro absorbe la humedad residual. El sitio ideal es fresco, oscuro y con temperatura estable; la parte baja de la nevera funciona muy bien si el cierre es realmente hermético, y en ese caso deja atemperar el tarro cerrado antes de abrirlo para que no se condense agua sobre las semillas.

Etiqueta siempre con especie, variedad y año. Parece obvio y es el paso que más se olvida; a los dos inviernos ya no distinguirás un tarro de nabo de uno de rábano.

Como referencia de longevidad en buenas condiciones: la chirivía, uno o dos años; la zanahoria, tres; el nabo y el rábano, cuatro o cinco; la remolacha, cinco o seis. Antes de sembrar simiente de más de dos temporadas, haz una prueba rápida: veinte semillas sobre papel de cocina húmedo dentro de un táper cerrado, en sitio templado. Cuenta cuántas germinan en diez o quince días y ajusta la dosis de siembra en consecuencia.

El error que arruina la variedad sin que se note

Merece apartado propio porque es contraintuitivo. Cuando una planta de zanahoria, remolacha o nabo sube a flor en su primer año, muchos hortelanos piensan que es una oportunidad: ya tengo flor, guardo esa semilla y me ahorro un año.

Es justo lo que no hay que hacer. Esa planta se ha espigado prematuramente, y esa tendencia es hereditaria. Si guardas su semilla estás seleccionando activamente a favor de la subida a flor temprana, y en pocas generaciones tendrás una población que se espiga antes de formar raíz, es decir, inservible. Las plantas que florecen el primer año se arrancan y se descartan, no se reproducen.

Por el mismo motivo, descarta también para semilla las raíces bifurcadas, las que verdean mucho por el cuello, las que se agrietan y las que hayan sufrido plaga: todo eso tiene componente genético y se transmite.

En resumen

Las hortalizas de raíz son bienales: el primer año hacen raíz y el segundo, después de pasar frío, florecen y granan. Puedes dejarlas invernar en el bancal, más cómodo, o arrancarlas en otoño, elegir las mejores raíces, conservarlas en arena a 2-5 °C y replantarlas en febrero, que es lo que permite mejorar la variedad.

Deja florecer al menos veinte plantas de la misma variedad para evitar la pérdida de vigor por consanguinidad, y controla los cruces: la zanahoria silvestre de las cunetas, las acelgas espigadas junto a la remolacha y los grelos junto al nabo. Nunca partas de híbridos F1.

Recoge la umbela primaria de la zanahoria cuando se cierre en forma de nido, entutora el tallo floral de la remolacha y siembra los glomérulos enteros, y corta las silicuas del nabo antes de que se abran solas. Seca a la sombra por debajo de 30 °C, guarda en tarro hermético etiquetado con variedad y año, y renueva la chirivía cada temporada porque no aguanta más. Y descarta siempre las plantas que se espigaron el primer año: son el atajo que estropea la variedad.


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