El tomate es la hortaliza que más se cultiva en los huertos y balcones españoles y, seguramente por eso mismo, la que acumula más medias verdades. Se planta muy pronto, se riega demasiado, se poda a destiempo y luego se echa la culpa a la semilla o al año. Esta guía recorre el ciclo completo, desde el semillero hasta la recolección, explicando el porqué de cada decisión, que es lo que permite adaptarla a tu clima y a tu terreno.

Ramo de tomates madurando en la tomatera

Cómo es la planta del tomate

Solanum lycopersicum pertenece a las solanáceas, la misma familia que la patata, la berenjena y el pimiento. Es originaria de la región andina, entre Perú y Ecuador, y fue domesticada en Mesoamérica; llegó a Europa a través de España en el siglo XVI, aunque durante casi dos siglos se cultivó como planta ornamental por la sospecha, comprensible dada su familia, de que fuera venenosa.

Botánicamente es una planta perenne que cultivamos como anual, porque no soporta el frío. Tiene tallos semileñosos, cubiertos de pelos glandulares que desprenden ese olor característico al rozarlos, y hojas compuestas.

Hay dos detalles de su fisiología que conviene tener claros porque condicionan todo el manejo:

Emite raíces adventicias. Cualquier parte del tallo enterrada o en contacto con suelo húmedo genera raíces nuevas. Esto es lo que permite el trasplante profundo, del que hablaremos más adelante, y es una ventaja que no tienen la mayoría de las hortalizas.

La flor es autógama. El tomate se autopoliniza: el polen cae de las anteras al estigma de la misma flor. No necesita insectos, aunque el viento y la vibración ayudan mucho a que el polen se suelte. Esto tiene dos consecuencias prácticas: puedes guardar semilla de variedades tradicionales sin apenas cruzamiento, y en un invernadero cerrado y sin corriente de aire conviene sacudir suavemente las plantas o el tutor cada pocos días para mejorar el cuajado.

Determinado o indeterminado: la primera decisión

Antes de comprar semilla hay que saber qué tipo de crecimiento tiene la variedad, porque cambia el marco, el tutorado y la poda.

Crecimiento indeterminado. La yema apical sigue creciendo indefinidamente, alternando hojas y ramilletes florales. La planta puede superar los 2-3 metros, produce de forma escalonada durante meses y necesita tutor y desbrotado. Aquí entran casi todas las variedades tradicionales: Corazón de Buey, Raf, Rosa de Barbastro, Pera, Kumato, cherry de rama, Montserrat.

Crecimiento determinado. El tallo termina en un ramillete floral y se detiene, quedando en una mata compacta de 40-80 cm. Concentra la cosecha en dos o tres semanas, no se desbrota (si le quitas los brotes te quedas sin producción) y a menudo no necesita tutor, solo un soporte que evite que los frutos toquen el suelo. Son las variedades de industria y muchas de las adaptadas a maceta y jardinera.

Confundir ambos tipos es un error clásico: quien desbrota una variedad determinada porque "así se hace con el tomate" acaba con cuatro tomates por planta.

Siembra

Cuándo. La regla es sembrar en semillero protegido entre 6 y 8 semanas antes de la fecha en que puedas trasplantar sin riesgo de helada. En la práctica:

Litoral mediterráneo y sur: de enero a febrero.

Centro peninsular: de febrero a marzo.

Norte, interior frío y zonas de montaña: de marzo a principios de abril.

Sembrar antes de tiempo es contraproducente y muy habitual. Con poca luz y temperaturas bajas, la plántula se ahíla, se vuelve larguirucha y débil, y cuando por fin puedes plantarla arranca peor que otra sembrada un mes más tarde.

Cómo. En bandeja de alveolos, macetas pequeñas o cualquier recipiente de 5-7 cm con drenaje, con sustrato específico de semillero: fino, poroso y con poco abono. Coloca dos semillas por hueco, cúbrelas con medio centímetro escaso de sustrato tamizado, presiona ligeramente y riega con pulverizador.

Temperatura de germinación: el óptimo está entre 20 y 25 °C. Por debajo de 15 °C la germinación se vuelve lentísima e irregular. Un cajón junto a un radiador, un invernadero de interior o simplemente el alféizar más cálido de la casa bastan. Emerge en 5-10 días.

En cuanto emerja, luz máxima. Este es el punto crítico del semillero doméstico. La plántula recién nacida necesita muchísima luz; en una ventana normal se estira buscándola y sale un tallo largo, fino y pálido que ya no se corrige. Sácala a un lugar muy iluminado, bájale un poco la temperatura y, si puedes, dale corriente de aire suave: el movimiento engrosa el tallo.

Repicado

Cuando la plantita tiene dos o tres hojas verdaderas (no confundir con los cotiledones, las dos primeras hojitas simples), toca pasarla a una maceta individual de 8-10 cm. Si sembraste dos semillas por alveolo, elimina ahora la más débil cortándola a ras, sin arrancarla, para no dañar la raíz de la que se queda.

El repicado tiene una particularidad que conviene aprovechar: entierra la plántula hasta justo debajo de los cotiledones. La porción de tallo enterrada emitirá raíces adventicias y el resultado es una planta con el cepellón mucho más potente. Si la plántula se te ha ahilado, este es el momento de corregirlo parcialmente.

Usa ya un sustrato con algo de compost. Riega tras el trasplante y mantén las macetas en un sitio luminoso y protegido durante otras tres o cuatro semanas.

Endurecimiento. Los diez días previos al trasplante definitivo, saca las macetas al exterior durante el día y mételas por la noche, aumentando progresivamente la exposición. Una planta que ha vivido siempre en interior y pasa de golpe al huerto sufre un frenazo de dos semanas y a veces quemaduras por sol.

Trasplante al huerto

Cuándo. Cuando haya pasado el riesgo de heladas y las temperaturas nocturnas se mantengan por encima de 10-12 °C. Esto último es tan importante como lo primero: el tomate no muere con 6 °C nocturnos, pero se para, coge un tono violáceo por bloqueo del fósforo y no arranca hasta que el suelo se calienta. Grosso modo, de marzo a abril en el sur, abril en el centro y de finales de abril a mayo en el norte.

La planta debe tener 15-20 cm y 5 o 6 hojas verdaderas. Una plántula más grande, con flores ya abiertas en la maceta, arraiga peor.

Preparación del terreno. Suelo profundo, mullido, bien drenado, con pH entre 6 y 7. Incorpora compost o estiércol bien descompuesto (4-5 kg/m²) unas semanas antes. El tomate es exigente en potasio, así que un aporte de ceniza de madera tamizada o de un abono rico en K viene bien; el nitrógeno, en cambio, hay que dosificarlo con cuidado: en exceso da plantas enormes, verdes y hermosas que apenas cuajan fruto.

Rotación. No plantes tomate donde el año anterior hubo tomate, patata, berenjena o pimiento. Comparten plagas y enfermedades de suelo, y algunas, como Verticillium o los nematodos, se acumulan. Deja pasar tres años.

El trasplante profundo. Aquí está una de las técnicas más rentables del cultivo del tomate y la que más gente desconoce. Abre un hoyo profundo, o mejor una zanja, y entierra la planta hasta la mitad del tallo, retirando previamente las hojas que vayan a quedar bajo tierra. Todo ese tramo enterrado emitirá raíces adventicias en pocos días. El resultado es un sistema radicular mucho mayor, que explora más volumen de suelo, resiste mejor la sequía estival y sostiene mejor la planta. Si la plántula está ahilada, puedes incluso tumbarla en una zanja poco profunda dejando fuera solo la punta, que se enderezará sola en dos días.

Marco de plantación. Para variedades indeterminadas entutoradas: 40-50 cm entre plantas y 90-100 cm entre líneas. Para determinadas: 40 x 70 cm. Es tentador apretar más, pero la densidad excesiva es la causa número uno de mildiu y botritis en el huerto familiar: sin aire circulando, la humedad se queda dentro de la masa foliar.

Riega abundantemente al plantar y, si el sol aprieta, da sombra los dos o tres primeros días.

Tutorado

Coloca el tutor en el momento del trasplante, no cuando la planta ya ha crecido: clavar una caña junto a una tomatera de 80 cm destroza raíces. Sirven cañas de 2 metros clavadas 30-40 cm, estructuras en tienda india o en trípode, mallas verticales, o el sistema de hilo vertical de invernadero, en el que se ata un cordel al tallo por abajo y a un alambre superior, y se va enrollando la planta alrededor conforme crece.

Ata con material blando (rafia, cinta de tela, tiras de camiseta vieja) y haciendo un ocho: un lazo alrededor del tutor, un cruce, y un lazo holgado alrededor del tallo. Nunca aprietes contra el tutor, porque el tallo engorda y la atadura acaba estrangulándolo.

Mantenimiento de las tomateras

Desbrotado. En las axilas de las hojas, entre el tallo y el pecíolo, nacen brotes laterales que reproducen la planta entera. En variedades indeterminadas se eliminan todos para conducir la planta a uno o dos tallos. Así se concentra el vigor en menos frutos, más grandes, y se mantiene la planta aireada.

Hazlo cada semana y con los brotes pequeños, de menos de 5 cm: se parten con los dedos, la herida es mínima y cicatriza sola. Si dejas que un brote alcance 30 cm, cortarlo abre una herida grande que es puerta de entrada para Botrytis. Desbrota en días secos y por la mañana, nunca con las plantas mojadas.

Insistimos: las variedades determinadas no se desbrotan.

Deshojado. Retira progresivamente las hojas de la parte baja, por debajo del ramillete que esté madurando, y todas las que estén amarillas o manchadas. Mejora la ventilación y elimina el tejido más propenso a enfermar. Dos o tres hojas por planta y semana, sin excederse: las hojas verdes de arriba son las que alimentan los frutos. La creencia de que quitar hojas hace madurar antes los tomates es falsa; el fruto madura por temperatura, no por exposición solar directa, y una planta desnuda produce frutos con quemaduras de sol.

Despunte. A finales de agosto o septiembre, según zona, corta la punta de la planta dos hojas por encima del último ramillete que vaya a tener tiempo de madurar. Todo lo que florezca después no llegará a nada y solo resta energía.

Riego. Regular y al pie, nunca sobre la hoja. El riego por goteo es ideal. La cantidad depende del clima y del suelo, pero el principio es constancia: alternar sequía y riegos abundantes provoca los dos problemas fisiológicos más frecuentes del tomate.

El primero es la podredumbre apical o culo negro: una mancha oscura, hundida y correosa en la base del fruto. No es un hongo ni se cura con fungicidas. Es una carencia localizada de calcio en el fruto, y en el 90 % de los casos no se debe a que falte calcio en el suelo, sino a que el riego irregular impide que la planta lo transporte. La solución es regar de forma constante y acolchar, no echar calcio a lo loco.

El segundo es el agrietado: tras un periodo seco, un riego copioso o una tormenta hincha el fruto más rápido de lo que la piel puede estirarse y esta se raja. Mismo remedio.

Acolchado. Paja, restos de siega secos, hojarasca o incluso cartón. Mantiene la humedad estable, ahorra agua, controla las hierbas y, muy importante, evita que la lluvia salpique tierra sobre las hojas bajas, que es como llegan al follaje muchas esporas de hongos del suelo.

Abonado de fondo y de cobertera. Con un buen aporte inicial de compost, muchas veces basta. Si el cultivo es largo o el suelo pobre, aporta cada 15-20 días desde el cuajado del primer ramillete un abono rico en potasio, tipo purín de consuelda, extracto de algas o un abono comercial con relación N-P-K desequilibrada hacia el K. Evita los abonos muy nitrogenados a partir de la floración.

Plagas y enfermedades más habituales

Mildiu (Phytophthora infestans): manchas pardas aceitosas en hojas y tallos y una podredumbre marrón dura en el fruto. Aparece con humedad alta y temperaturas de 15-20 °C, típicamente en primaveras lluviosas y en zonas del norte. Es la enfermedad más destructiva del tomate: puede acabar con la parcela en una semana. Prevención con marco amplio, riego al pie, acolchado y tratamientos cúpricos antes de los periodos de lluvia.

Alternariosis (Alternaria solani): manchas pardas con anillos concéntricos que empiezan en las hojas bajas y suben. Retira hojas afectadas y evita mojar el follaje.

Oídio (Leveillula taurica y Oidium neolycopersici): polvillo blanco o manchas amarillas con pulverulencia en el envés, típico de verano seco y caluroso. Azufre o bicarbonato potásico.

Araña roja (Tetranychus urticae): punteado amarillento en el haz y telarañas finas en el envés, en ambientes calurosos y secos. Aumentar la humedad ambiental pulverizando agua sobre el envés al atardecer ya frena bastante; el control biológico con Phytoseiulus persimilis es muy eficaz.

Mosca blanca (Bemisia tabaci, Trialeurodes vaporariorum): además del daño directo y la melaza, transmite el virus del rizado amarillo del tomate (TYLCV), el llamado "virus de la cuchara", que enana la planta y curva las hojas hacia arriba. No tiene cura: si aparece, hay que arrancar y destruir la planta. Trampas cromáticas amarillas, mallas y control de la mosca blanca son la única defensa.

Tuta absoluta (Phthorimaea absoluta): polilla cuya larva excava galerías en hojas y perfora los frutos. Trampas de feromona para seguimiento y Bacillus thuringiensis sobre larvas jóvenes.

Pulgones y trips: además del daño directo, transmiten virus. Los trips vectorizan el virus del bronceado del tomate (TSWV).

Una recomendación general que vale más que cualquier tratamiento: elige variedades con resistencias si en tu zona tienes problemas recurrentes, y mantén la parcela limpia de restos y de solanáceas silvestres como la hierba mora, que actúan de reservorio.

Recolección

Desde el trasplante hasta el primer tomate maduro pasan entre 60 y 90 días según variedad y clima.

Para consumo propio, lo mejor es recoger el tomate completamente maduro en la planta. Es cuando ha acumulado todos los azúcares, ácidos y compuestos aromáticos. Si tienes problemas de pájaros, lluvia o rajado, puedes recolectarlo en estado pintón, cuando ya ha virado de verde y muestra color: a partir de ese punto el fruto ya ha alcanzado la madurez fisiológica y termina de madurar fuera de la planta con calidad aceptable. Antes de ese punto, no: un tomate cogido verde nunca desarrollará buen sabor.

Corta con tijera dejando un trocito de pedúnculo, o gira suavemente hasta que se desprenda por la articulación natural.

Y una advertencia importante sobre la conservación: no metas los tomates en el frigorífico. Por debajo de unos 12 °C se degradan los compuestos volátiles responsables del aroma y la textura se vuelve harinosa. Un tomate refrigerado pierde buena parte de lo que lo hacía bueno, y ese daño no se revierte al sacarlo. Consérvalos a temperatura ambiente, en un solo nivel y sin apilar, con el pedúnculo hacia arriba.

Si al final del ciclo quedan tomates verdes en la planta, arráncala entera y cuélgala boca abajo en un lugar fresco y aireado: muchos frutos terminarán de madurar. También puedes envolverlos en papel de periódico junto a una manzana, que emite etileno y acelera el proceso.

Cultivo en maceta

Es perfectamente viable, con tres condiciones. Volumen suficiente: mínimo 20 litros por planta para variedades indeterminadas, 12-15 para determinadas y compactas, y cuanto más grande, mejor. Riego frecuente: una maceta al sol en agosto se seca en un día, así que el goteo con programador es casi obligatorio si te ausentas. Y abonado regular, porque el sustrato limitado se agota: aporte líquido rico en potasio cada 10-15 días desde el cuajado.

En balcón funcionan especialmente bien los cherry y las variedades de porte compacto, que además son mucho más tolerantes al riego irregular y rara vez sufren podredumbre apical.

En resumen

Cultivar tomate bien se reduce a unas pocas decisiones acertadas. Siembra en semillero entre 6 y 8 semanas antes de tu última helada, con 20-25 °C y muchísima luz en cuanto emerja. Repica a los dos o tres hojas verdaderas enterrando hasta los cotiledones. Trasplanta cuando las noches superen los 10-12 °C, enterrando media planta para que emita raíces adventicias, con marco amplio de 45 x 95 cm y tutor puesto desde el primer día. Desbrota semanalmente si la variedad es indeterminada y no lo hagas si es determinada. Riega de forma constante y al pie, acolcha, y aporta potasio desde el cuajado moderando el nitrógeno. Vigila mildiu y mosca blanca. Y cosecha maduro de planta, sin pasar los frutos por el frigorífico, que es donde se pierde la mitad de todo el trabajo anterior.


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