El tomate (Solanum lycopersicum) es la hortaliza más cultivada en los huertos y terrazas de España, y también la que más decepciones causa. La planta crece con facilidad casi en cualquier sitio: lo difícil no es tener tomateras, es tener tomates. La mayoría de los problemas que se achacan a plagas o a tierra pobre son en realidad fallos de riego, de abonado o de temperatura, y casi todos se pueden corregir si se entiende qué está haciendo la planta en cada momento.
Esta guía recorre el cultivo completo: desde la elección de variedad y el trasplante hasta el entutorado, el destallado, el abonado, el riego y las plagas y enfermedades más habituales en clima peninsular.
Elegir bien la variedad y el momento
Antes que ninguna técnica de cultivo está la decisión de qué siembras. Las tomateras se dividen en dos grandes grupos según su hábito de crecimiento, y confundirlos lleva a podar plantas que no había que podar:
Variedades indeterminadas: crecen de forma continua durante toda la temporada, pueden superar los dos metros y necesitan tutor obligatoriamente. Son la mayoría de los tomates de mata alta: corazón de buey, raf, rosa de Barbastro, cherry de rama, Marmande. Se destallan.
Variedades determinadas: el tallo termina en un ramo floral y la planta se para sola, a 60-100 cm. Concentran la cosecha en pocas semanas. Son las típicas de tomate de industria, de conserva y muchas variedades de mata baja. Estas no se destallan, porque cada brote lateral es cosecha; quitarlos reduce la producción directamente.
En cuanto a fechas, el tomate es una planta de origen tropical y no tolera la helada. El semillero se hace en interior o invernadero entre 6 y 8 semanas antes del trasplante, con el sustrato a 20-25 °C para que germine en una semana. Al aire libre se trasplanta cuando ya no hay riesgo de heladas y el suelo pasa de 12-14 °C:
En el litoral mediterráneo y el sur, a partir de mediados o finales de marzo. En la meseta y el interior, de finales de abril a mediados de mayo. En la cornisa cantábrica y zonas de montaña, mayo. Plantar antes de tiempo no adelanta nada: con suelo frío la planta se queda parada, coge tono morado por bloqueo del fósforo y una plantada tres semanas después la adelanta.
Suelo, trasplante y marco de plantación
El tomate agradece un suelo profundo, suelto y con materia orgánica, con un pH entre 6 y 6,8. Antes de plantar conviene incorporar entre 3 y 5 kg por metro cuadrado de compost maduro o estiércol bien hecho, mezclándolo con los primeros 20-25 cm. Nunca estiércol fresco: quema las raíces y aporta un exceso de nitrógeno que se paga en hoja y no en fruto.
Un truco que sí funciona: al trasplantar, entierra el tallo hasta las primeras hojas, retirando antes las hojas que queden bajo tierra. El tomate emite raíces adventicias en toda la parte del tallo enterrada, así que consigues un sistema radicular mucho mayor y una planta más resistente a la sequía. Si el plantel te ha salido espigado, puedes incluso plantarlo tumbado en una zanja con la punta hacia arriba.
Deja al menos 40-50 cm entre plantas y 80-100 cm entre líneas. Es la distancia que más se incumple y la que más caro se paga: en un marco apretado, la humedad no se seca entre las hojas y el mildiu tiene el camino hecho. En maceta, cuenta con un mínimo de 25-30 litros por planta para variedades de mata alta; en contenedores de 10 litros la planta vive, pero se estresa cada tarde de julio y ahí empiezan los problemas.
Es fundamental respetar la rotación de cultivos: no repitas solanáceas (tomate, pimiento, berenjena, patata) en el mismo bancal antes de 3 o 4 años. Los hongos de suelo y los nematodos se acumulan y llega un año en que el bancal deja de dar tomate sin motivo aparente.
Tutores para tomateras
Una tomatera indeterminada cargada de fruto pesa varios kilos y su tallo no está hecho para sostenerse: en la naturaleza es una planta rastrera. Sin tutor, las ramas tocan el suelo, los frutos se pudren por contacto y las hojas bajas se contaminan con las esporas que salpica el riego.
Estos son los sistemas que mejor funcionan en huerto familiar:
Caña individual. Una caña de bambú o varilla de 2-2,5 m clavada 30-40 cm en el suelo, a unos 10 cm del tallo para no dañar raíces. Es lo más sencillo, pero con variedades muy vigorosas y viento se dobla.
Trípode o tipi. Tres o cuatro cañas atadas por arriba, con una planta en cada pie. Mucho más estable que la caña suelta y es la opción más razonable en terrazas expuestas.
Cuerda vertical. Un alambre horizontal a 2 m de altura y de él una cuerda por planta, atada sin apretar en la base del tallo o sujeta con una anilla. La planta se va enrollando a la cuerda a medida que crece. Es el sistema profesional y el más cómodo de manejar en línea.
Malla o jaula. Un cilindro de malla ganadera alrededor de la planta. Va bien para variedades determinadas y para quien no quiere destallar.
Coloca el tutor el día del trasplante, no cuando la planta ya mide medio metro: clavarlo después significa cortar raíces. Ata con rafia, cinta de tela o tiras de camiseta vieja, en forma de ocho, dejando holgura entre tallo y tutor. El alambre y la brida de plástico estrangulan el tallo al engordar.
Destallado y poda: cuánto es demasiado
En las variedades indeterminadas se retiran los brotes axilares, esos tallos que salen en la V que forma una hoja con el tallo principal. Si se dejan todos, la planta se convierte en un matorral que reparte energía entre docenas de ramas y da fruto pequeño y tardío. Quítalos cuando midan 3-5 cm, con los dedos y a media mañana, para que la herida cierre en seco. Con tijeras hay riesgo de transmitir virus de planta a planta.
No confundas el brote axilar con un ramo floral, que sale directamente del tallo y no lleva hojas verdaderas en su base. Es un error clásico y se paga con un ramillete menos.
Sobre las hojas bajas circula un exceso de celo. Sí conviene retirar las hojas que tocan el suelo y las que están amarilleando por debajo del primer ramo cuajado, porque son la puerta de entrada de la alternaria. Pero deshojar hasta la mitad de la planta no adelanta la maduración: el color del fruto lo pone la temperatura, no la luz directa, y menos hoja significa menos azúcares y más riesgo de golpe de sol en los tomates. Deja siempre al menos dos hojas por encima del último ramo.
A finales de agosto o principios de septiembre, según zona, corta la punta del tallo principal dos hojas por encima del último ramo que quieras cosechar (despunte). Así la planta deja de invertir en crecer y termina de llenar lo que tiene.
Riego
Si tuviera que quedarme con un solo factor del cultivo del tomate, sería la regularidad del riego. Más que la cantidad. La tomatera no lleva mal pasar algo de sed; lo que lleva fatal es alternar sequía y encharcamiento.
Orientativamente, en plena producción y en pleno verano peninsular, una planta adulta en suelo consume del orden de 2 a 4 litros al día, y algo más en maceta y en zonas de interior con 35 °C y aire seco. En primavera, con la planta joven, basta con una fracción de eso. Estas cifras son una referencia, no una receta: lo que manda es el estado del suelo.
Reglas prácticas que evitan casi todo:
Comprueba con el dedo. Mete el dedo 3-4 cm en la tierra. Si sale húmedo, no riegas. El riego por calendario fijo es lo que provoca los ciclos de sequía y ahogo.
Riega abundante y espaciado, no poco y a diario. Un riego que moja 25-30 cm de profundidad obliga a la raíz a bajar; los riegos superficiales crean un cepellón de raíces en los primeros centímetros que se seca en cuanto aprieta el sol.
Riega al pie, nunca por aspersión. El goteo es lo ideal. Mojar la hoja es regalarle a los hongos las horas de humedad que necesitan para germinar.
Riega a primera hora de la mañana. La planta llega hidratada a las horas de calor y la superficie se seca durante el día.
Acolcha el suelo. Cinco centímetros de paja, restos de siega secos o compost grueso alrededor de la planta reducen la evaporación, mantienen la humedad estable y, sobre todo, impiden que el agua salpique tierra sobre las hojas bajas.
Aquí conviene desmontar la creencia más extendida del cultivo del tomate: la podredumbre apical, esa mancha marrón hundida y correosa en el culo del fruto, casi nunca se debe a que falte calcio en la tierra. Los suelos españoles son en su mayoría calizos y van sobrados de calcio. Lo que ocurre es que el calcio viaja con el agua, y si el riego es irregular la planta no lo transporta hasta la punta del fruto, que es el tejido peor irrigado. Echar cáscaras de huevo, leche o calcio líquido no arregla nada. Lo que lo arregla es regar de forma constante, acolchar y no abusar del nitrógeno, que compite en la absorción. Suele afectar a los primeros ramos y a las variedades alargadas tipo pera, y remite sola cuando el riego se estabiliza.
El rajado del fruto tiene la misma causa: un riego copioso o una tormenta después de días de sequía hincha la pulpa más deprisa de lo que la piel puede estirarse. Cosecha los tomates que estén a punto si viene tormenta.
Abono
El tomate es exigente, pero no de cualquier cosa. Es un cultivo muy demandante de potasio, moderado en fósforo y prudente en nitrógeno. La idea de que a más abono, más tomates, es falsa y contraproducente.
Con exceso de nitrógeno la planta hace una vegetación exuberante, de hojas grandes y verde oscuro, tallos gruesos y entrenudos largos, y cuaja mal: las flores se caen sin formar fruto. Además, esos tejidos tiernos y ricos en nitrógeno son un imán para el pulgón y para el oídio. Muchos huertos que se abonan cada semana con estiércol o purín de ortiga acaban con tomateras espectaculares y cuatro tomates.
Una pauta razonable:
Antes de plantar: compost o estiércol maduro incorporado al suelo, 3-5 kg/m². Con eso la planta tiene cubierto el arranque durante varias semanas.
Desde el cuaje del primer ramo: aquí es cuando empieza a hacer falta el potasio. Un abono líquido con relación alta en potasio (los específicos de tomate suelen rondar el 4-2-8 o similares) cada 10-15 días, o un aporte de cenizas de madera bien tamizadas —una cucharada por planta y no más, porque suben el pH— o extracto de consuelda si lo tienes a mano.
En maceta: el sustrato agota su reserva en 6-8 semanas y luego cada riego lava nutrientes por el agujero de drenaje. Aquí el abonado líquido quincenal no es opcional.
Dos carencias fáciles de leer: si las hojas viejas amarillean desde el borde hacia dentro mientras las nuevas siguen verdes, suele ser falta de potasio o de magnesio (esto último es frecuente en sustratos de turba y se corrige con sulfato de magnesio). Si son las hojas nuevas las que salen amarillas con los nervios verdes, apunta a hierro y casi siempre a un pH alto o a un exceso de riego que asfixia la raíz.
Combatir plagas
La mejor estrategia contra las plagas del tomate es revisar el envés de las hojas una vez por semana. Detectadas al principio, casi todas se resuelven con medidas suaves; cuando ya son visibles desde lejos, la campaña está comprometida.
Pulgón. Colonias en brotes tiernos y envés de hojas jóvenes, con hojas deformadas y una melaza pegajosa que después se ennegrece de negrilla. Aparece en primavera y sobre todo si has abonado con mucho nitrógeno. Se controla con chorro de agua a presión, jabón potásico al 1-2 % aplicado al atardecer y mojando bien el envés, y favoreciendo a mariquitas (Coccinella septempunctata), sírfidos y crisopas, que hacen el trabajo gratis si no fumigas de forma indiscriminada. Las hormigas que suben por el tallo son la señal de aviso: protegen al pulgón para ordeñar su melaza.
Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci). Nube de mosquitas blancas al mover la planta. Debilita, ensucia de melaza y, lo importante, transmite virus: Bemisia es el vector del virus del rizado amarillo, el llamado virus de la cuchara, que enana la planta y enrolla las hojas hacia arriba. No hay cura para el virus: la planta afectada se arranca. Usa trampas cromáticas amarillas para el seguimiento, jabón potásico, y en zonas cálidas malla antiinsectos.
Araña roja (Tetranychus urticae). Punteado fino amarillento en las hojas y telarañas muy tenues en el envés. Es la plaga del calor y del aire seco: julio y agosto en el interior peninsular. Sube la humedad ambiente pulverizando agua alrededor de la planta —no sobre la hoja al atardecer— y aplica azufre mojable, siempre por debajo de 30 °C para no quemar.
Tuta absoluta, la polilla del tomate. Galerías transparentes y sinuosas dentro de la hoja, que después se secan, y orificios en el fruto con excrementos oscuros. Es la plaga más seria del tomate en España. Retira y destruye las hojas minadas en cuanto las veas (no las dejes en el suelo ni en el compost), coloca trampas de feromona y trata con Bacillus thuringiensis var. kurstaki al atardecer, repitiendo cada 7-10 días mientras haya vuelo.
Orugas y gusanos del fruto (Helicoverpa armigera, Spodoptera). Agujeros limpios y profundos en los tomates. Mismo tratamiento: Bacillus thuringiensis, que solo afecta a las orugas, y recogida manual al anochecer.
En cuanto a enfermedades, tres se llevan casi todo:
Mildiu (Phytophthora infestans). Manchas aceitosas de color verde oliva que pasan a marrón oscuro, con un fieltro blanquecino en el envés, y manchas pardas duras en los frutos. Aparece con humedad alta y temperaturas suaves, típicamente en primaveras lluviosas y en el norte. Es rapidísimo: puede acabar con una planta en cuatro o cinco días. Prevención con marco amplio, riego al pie, buena ventilación y, si tu zona es propensa, tratamientos preventivos con cobre antes de las lluvias. Una vez que la mancha está extendida, el cobre ya no la cura.
Alternariosis (Alternaria solani). Manchas pardas con anillos concéntricos, como una diana, que empiezan siempre por las hojas de abajo y suben. Se combate retirando esas hojas bajas, acolchando para evitar salpicaduras y rotando cultivo.
Oídio. Polvo blanco o manchas amarillas en el haz. Es la enfermedad del calor seco y se trata bien con azufre o bicarbonato potásico, respetando el límite de 30 °C.
Cuajado, cosecha y errores frecuentes
Un problema que desconcierta mucho: la planta está sana, florece, y las flores se caen sin formar fruto. Casi siempre es temperatura. El polen del tomate pierde viabilidad por encima de unos 35 °C de día o cuando la noche no baja de 24-25 °C, y también falla si la noche cae por debajo de 12 °C. En pleno agosto en el interior es normal tener un hueco sin cuajado que se recupera en septiembre. No es culpa del abono. Sombrear con malla al 40 % en las horas centrales ayuda en zonas muy cálidas.
El tomate es autógamo y se poliniza con la vibración del viento. En invernadero o en un balcón resguardado, dale un golpecito al tutor a media mañana un par de veces por semana; mejora el cuaje de forma apreciable.
Recolecta cuando el fruto tiene color uniforme y cede ligeramente a la presión. Y no guardes los tomates en la nevera: por debajo de 12 °C se degradan los compuestos volátiles responsables del aroma y la textura se vuelve harinosa. Un tomate que ha pasado por el frigorífico ya no recupera el sabor. Consérvalos a temperatura ambiente, con el pedúnculo hacia abajo y sin que se toquen entre ellos.
Si al final de temporada te sobran verdes, guárdalos en una caja con una manzana: el etileno que desprende acelera la maduración.
En resumen
Cuidar tomates se reduce a cinco decisiones bien tomadas. Planta cuando el suelo ya esté templado y entierra parte del tallo para forzar raíces. Pon el tutor el mismo día del trasplante y destalla solo si la variedad es indeterminada. Riega al pie, de forma constante y sin mojar la hoja, con el suelo acolchado: eso te ahorra la podredumbre apical, el rajado y la mitad de los hongos. Abona con compost al plantar y refuerza con potasio desde el primer ramo cuajado, sin pasarte de nitrógeno. Y revisa el envés de las hojas cada semana, porque el pulgón, la mosca blanca y la Tuta se resuelven en dos días cuando empiezan y no se resuelven en absoluto cuando ya están instaladas.
El resto —las flores que no cuajan en la ola de calor, el parón de septiembre— es la planta respondiendo al clima, y ahí la paciencia rinde más que cualquier producto.