Las aplicaciones que identifican una planta a partir de una foto funcionan bastante bien en un caso concreto: flor abierta, de frente, bien iluminada y de una especie común. Fuera de ahí empiezan a fallar, y lo hacen sin avisar, porque casi todas devuelven un nombre con aire de certeza en lugar de decir lo que en realidad tienen, que es una lista de candidatas ordenada por probabilidad.

Y antes de nada, el aviso que ninguna de estas aplicaciones da con la claridad que debería: no sirven para decidir si algo se come o si es tóxico. Ni una sola. En ese terreno el error no es una curiosidad, es una intoxicación, y las confusiones clásicas de la flora española (una umbelífera con otra, una hoja de cólquico con un ajo silvestre) son justamente las que un clasificador de imágenes resuelve peor. Para eso hace falta tener la planta en la mano, una flora en condiciones y, mejor, alguien que sepa.

Cómo funcionan por dentro

Detrás de todas hay lo mismo: un clasificador de imágenes entrenado con cientos de miles de fotografías ya etiquetadas. Las fuentes habituales son dos, pliegos digitalizados de herbarios institucionales y fotos aportadas por aficionados a través de plataformas de ciencia ciudadana. El programa no sabe botánica: aprende a asociar patrones de forma, color y textura con el nombre que llevaban las fotos del entrenamiento.

Eso explica sus virtudes y sus límites de golpe. Acierta muchísimo con lo que estaba muy representado en ese conjunto de fotos, es decir, especies comunes, ornamentales de jardín y plantas vistosas de Europa y Norteamérica. Y se pierde con lo que apenas aparecía: endemismos ibéricos, flora de montaña, gramíneas, plantas sin flor y géneros que ni los especialistas resuelven a ojo.

Otra consecuencia del método: el resultado depende del encuadre. Si en la foto hay tres plantas distintas, el programa no sabe a cuál te refieres y responde por la que más superficie ocupa. Si fotografías una hoja sobre un fondo de hojas, mezcla las dos.

Qué acierta y qué falla

Va bien con la flor abierta y de frente de una especie corriente, con la planta entera de un arbusto ornamental conocido y con frutos característicos. También con hojas muy distintivas, del tipo de un ginkgo o una hiedra.

Falla, y bastante, en estos casos:

  • Hoja suelta, sin planta. Es la foto más habitual y la peor. Muchísimas especies tienen hojas indistinguibles en una foto.
  • Planta joven o sin flor. En vegetativo, la mayoría de las hierbas se parecen entre sí.
  • Cultivares de jardín. Un rosal, una hortensia o una dalia de variedad moderna no se parecen a la especie silvestre con la que se entrenó el modelo.
  • Géneros complicados. Las umbelíferas, los cardos, las gramíneas, los Rubus, los Hieracium, las euforbias y las orquídeas silvestres del género Ophrys se determinan por detalles diminutos, a veces de la semilla o del pelo del tallo, que en una foto no salen.
  • Flor marchita, a contraluz o movida. Cambia el color aparente y el contorno, y el color es una de las señales que más pesa.
  • Plantas de interior y suculentas. Muchos géneros de crasas solo se separan por la flor, que en casa casi nunca aparece.

Hay un detalle que delata cuándo la respuesta no es de fiar: si la aplicación te da varias candidatas con probabilidades parecidas, o si al hacer dos fotos de la misma planta obtienes dos nombres distintos, no ha identificado nada. Está adivinando.

Por qué no valen para decidir si algo se come

Esto merece su apartado porque es donde la gente se juega algo de verdad.

En la flora ibérica hay parejas de plantas parecidas en las que una es comestible y la otra gravemente tóxica. La cicuta (Conium maculatum) se ha confundido con el perejil y con el hinojo silvestre. El nabo del diablo (Oenanthe crocata), abundante en arroyos del noroeste y del norte, es una de las plantas más peligrosas del país y tiene un aire de apio. Las hojas del cólquico (Colchicum autumnale) se han recogido creyéndolas de ajo silvestre, con intoxicaciones mortales documentadas en Europa. Las de mandrágora (Mandragora autumnalis) se han confundido con borraja en España.

Un clasificador de imágenes no es capaz de distinguir con seguridad esas parejas a partir de una foto de móvil, y aunque acertase el 95% de las veces, el 5% restante en este asunto significa urgencias. La regla es simple: si vas a comer algo, la aplicación no cuenta como identificación. Y lo mismo al revés: que una app diga que una planta es inofensiva no es motivo para dejar que un niño o un perro la muerdan.

Con setas, directamente ni eso: las aplicaciones de plantas no están entrenadas para hongos, y en micología el margen de error es todavía menor.

Cómo sacarles partido

Usadas con cabeza son una herramienta magnífica para aprender. Lo que mejor funciona:

  • Varias fotos de la misma planta, no una: la flor de frente, la hoja por el haz y por el envés, el porte entero y, si los hay, el fruto y la corteza. Las aplicaciones que permiten indicar qué órgano estás fotografiando aciertan bastante más.
  • Fondo limpio. Aísla la flor o la hoja contra el cielo, contra el suelo o contra un papel, y que solo haya una planta en el encuadre.
  • Luz difusa, mejor a primera hora o con el cielo cubierto. El sol de mediodía quema los blancos y falsea los colores.
  • Algo que dé escala, una moneda o un dedo, aunque solo sea para ti después.
  • Apunta el sitio y la fecha. Es el dato que más ayuda a descartar: si la candidata que te ofrece es una planta de los Andes y tú estás en un pinar de Cuenca, algo va mal.
  • Comprueba el resultado. Busca el nombre científico que te ha dado, mira si esa especie vive de verdad en tu zona y compara la descripción con lo que tienes delante. Y para lo dudoso, un grupo local de botánica, un centro de jardinería con gente formada o el herbario de una universidad.

Para qué sirven de verdad

Para poner nombre a lo que ya ves y a partir de ahí buscar información fiable sobre cultivo, poda o riego, que es el uso más útil y el que menos se cuenta. Para aprender flora sobre el terreno, porque obligan a mirar detalles que antes pasabas por alto. Para inventariar lo que tienes en el jardín cuando heredas una casa con plantas sin etiqueta. Y para ciencia ciudadana: varias de estas aplicaciones alimentan bases de datos de distribución que se usan para seguir la expansión de especies invasoras, y ahí una foto tuya con su coordenada aporta algo real.

Conviene saber dos cosas más. La primera es que tus fotos, con su localización, viajan a un servidor; si no quieres publicar dónde está una orquídea silvestre rara, desactiva la geolocalización, porque la ubicación exacta de poblaciones amenazadas es información sensible. La segunda es que los módulos de diagnóstico de plagas y enfermedades por foto que incluyen muchas son mucho menos fiables que la identificación de especies: un amarilleo por exceso de riego, una clorosis por cal en el suelo y un ataque de araña roja se parecen demasiado en una imagen.

En resumen

Una aplicación de identificación por foto es un buen punto de partida y un mal punto final. Acierta con la flor abierta de una especie común y se equivoca con hojas sueltas, plantas jóvenes, cultivares de jardín y géneros difíciles, y cuando se equivoca lo hace con el mismo tono de seguridad que cuando acierta. Varias fotos por planta, fondo limpio, luz suave y un repaso posterior al nombre que te ha dado convierten un juguete en una herramienta.

Y el límite, que es lo único de este artículo que no admite matices: ninguna de estas aplicaciones sirve para decidir si una planta se come, si se toma en infusión o si es segura para un niño o un animal. En la flora de aquí hay demasiadas parejas de especies parecidas con finales muy distintos, y una foto de móvil no las separa. Ante la duda, no se toca y se pregunta a alguien que sepa.


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