Un programador de riego es un temporizador que abre y cierra el paso del agua a la hora que le digas. Eso es todo lo que hace, y conviene tenerlo claro desde el principio: no sabe si ha llovido, no sabe si la tierra está empapada y no sabe si tus plantas tienen sed, salvo que le pongas una sonda que se lo cuente. Un programador sin sonda riega a las siete de la mañana aunque esté cayendo una tormenta.

Aun así, es uno de los aparatos que más se notan en un jardín, sobre todo en verano y sobre todo si te vas dos semanas. Lo que hay que elegir bien son tres cosas: cuántas zonas necesitas, si lo cuelgas del grifo o lo instalas con electroválvulas, y si le añades sonda de lluvia o de humedad. El resto son detalles.

Riego automático por aspersión sobre una zona de césped

De grifo, a pilas: el más sencillo

Se rosca directamente en la boca del grifo y lleva dentro una válvula que abre y cierra. Funciona con pilas, se programa en el propio aparato y sirve para una sola salida: una línea de goteo en una terraza, un par de jardineras, un seto de poca longitud, el huerto en mesa de cultivo.

Sus límites son dos. Uno, que es una sola zona, así que todo lo que cuelgue de ese grifo se riega al mismo tiempo y durante lo mismo, y una maceta y un césped no quieren ni la misma frecuencia ni la misma duración. Dos, que depende de las pilas: cuando se agotan, la válvula se queda como esté, y hay modelos que cierran y modelos que no. Cambia las pilas al empezar la temporada y no cuando ya fallen.

Hay versiones con dos salidas independientes, que es el salto más útil de este formato, porque ya puedes separar el goteo de los arbustos del riego de las macetas.

De varias zonas, con electroválvulas

Aquí el programador es una centralita, va en la pared o en una arqueta y no toca el agua: lo que abre y cierra son electroválvulas repartidas por el jardín, una por sector, conectadas con cable de riego. Es lo que se pone en un jardín con césped, con arbustos y con árboles, porque cada cosa pide un programa distinto.

Sectorizar es el trabajo de fondo, y se hace por dos criterios. Por necesidad de agua, separando lo que bebe mucho de lo que bebe poco, y por caudal, porque una acometida doméstica no da para mover todos los aspersores a la vez. Si intentas regar de golpe más de lo que tu presión aguanta, los aspersores no llegan a girar bien y el riego queda irregular sin que sepas por qué.

La electroválvula va siempre en arqueta accesible y con un filtro por delante. En zonas de agua dura, la cal es lo que termina agarrotando la válvula y atascando los goteros.

Persona configurando un programador de riego junto al grifo

Sonda de lluvia y sonda de humedad

La sonda de lluvia es un sensor sencillo que detecta precipitación y manda al programador saltarse el riego. Cuesta poco, se instala en un punto despejado y es lo que evita la imagen de los aspersores trabajando bajo la lluvia. Si vives en el norte atlántico o en cualquier sitio con tormentas de verano, es la mejor compra que puedes hacer después del propio programador.

La sonda de humedad va enterrada en la zona de raíces y mide el agua disponible en el suelo, que es el dato que de verdad manda. Es más precisa y también más delicada: hay que colocarla a la profundidad de las raíces, en un punto representativo (no en el borde ni junto a un gotero) y no moverla cada vez que se cava.

Un programador con sonda de humedad bien puesta deja de ser un temporizador y empieza a ser un riego que responde al tiempo que hace. Sin sonda, cualquier programador riega igual el 15 de mayo que el 15 de agosto si tú no entras a cambiarlo.

Wifi y aplicación: cuándo compensa

Que se maneje desde el móvil es cómodo, sobre todo para pausar el riego desde fuera de casa, y algunos modelos ajustan el programa con la previsión meteorológica local. Compensa si el jardín es grande, si viajas o si eres de los que se olvidan de mirar la pantalla del aparato.

Lo que hay que exigir es que funcione sin conexión. Si se cae el wifi o el servicio del fabricante cambia, el programador tiene que seguir ejecutando el programa que tiene grabado. Un aparato que sin internet no riega es un mal aparato.

A qué hora regar y por qué

El mejor momento es de madrugada o a primera hora, antes de que salga el sol con fuerza. A esa hora hay menos viento, el agua se evapora mucho menos y la planta tiene el día entero para usarla. En pleno verano mediterráneo, regar a mediodía es tirar buena parte del agua al aire y arriesgarse a quemar la hoja mojada al sol.

Regar a última hora de la tarde es el segundo mejor momento en cuanto a evaporación, pero deja el follaje y la superficie del suelo húmedos toda la noche, y eso favorece los hongos, sobre todo en césped y en rosales. Si riegas de noche, mejor por goteo al suelo que por aspersión sobre la hoja.

Cuánto y cada cuánto

La regla útil no es una cifra, es un principio: mejor riegos largos y espaciados que cortos y diarios. Un riego corto moja los primeros centímetros, la raíz se queda arriba y la planta depende de ti todos los días. Un riego largo baja el agua en el perfil, la raíz la sigue y el conjunto aguanta mucho mejor una ola de calor.

La única manera de saber si acertaste es comprobarlo: riega, espera un rato y mete un destornillador largo o una varilla en la tierra. Si entra con facilidad, el agua ha calado; si se para a tres dedos, el riego es demasiado corto. Ese chequeo, hecho dos veces al año, vale más que cualquier tabla.

Goteo o aspersión

El goteo es más eficiente y es lo que quieren los arbustos, los setos, el huerto y los árboles jóvenes: agua a poca presión, directa al suelo, sin mojar la hoja. Pide filtro y revisión de goteros, porque se atascan con cal y con tierra.

La aspersión es para el césped y para superficies amplias. Consume más, pierde agua por evaporación y por viento, y exige que la presión y el caudal den de sí. Si mezclas goteo y aspersión, nunca en el mismo sector: son presiones y tiempos incompatibles.

Temporizador de riego conectado a una toma de agua del jardín

El fallo típico: programar y no volver a mirarlo

Es, de largo, el error más frecuente. Se programa en mayo un riego razonable para mayo, y ese mismo programa sigue puesto en agosto (cuando falta agua) y en octubre (cuando sobra). El resultado es un jardín que pasa sed en lo más fuerte del verano y que se ahoga en otoño, con hongos y raíz podrida.

Un programador quiere tres o cuatro revisiones al año: al arrancar la temporada, al entrar el calor de verdad, al empezar a aflojar en septiembre y al cerrar. Y quiere una vuelta al jardín con el riego en marcha, para ver aspersores tapados por un arbusto, goteros atascados y fugas. Un programador riega tan bien como esté la instalación que tiene detrás.

Cierre de invierno

Antes de las primeras heladas conviene vaciar las líneas, sobre todo las de goteo y los tramos superficiales, porque el agua que se congela dentro revienta el tubo y rompe la válvula. El programador de grifo se desmonta, se le quitan las pilas y se guarda bajo cubierto. En zonas de interior con heladas serias, esta media hora de trabajo ahorra cambiar media instalación en primavera.

En resumen

Elige por número de zonas y por tipo de instalación: uno de grifo a pilas para una terraza o una línea de goteo, y una centralita con electroválvulas cuando hay césped, arbustos y árboles que no pueden compartir programa. Y añade la sonda, de lluvia como mínimo, porque es lo que separa un riego automático de un grifo con reloj.

Programa riegos largos y espaciados, de madrugada, y compruébalo metiendo una varilla en la tierra en lugar de fiarte de los minutos. Después, apúntate en el calendario tres o cuatro revisiones al año: el programador no falla casi nunca, lo que falla es el programa de mayo funcionando en agosto.


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