El capullo llevaba diez días hinchado, con el color ya asomando entre los sépalos, y una mañana apareció marrón, blando y todavía cerrado. Esa escena se repite cada primavera en rosales, camelias, gardenias y orquídeas, y casi siempre tiene una causa concreta que se puede identificar mirando el capullo de cerca. Un botón que se queda sin abrir no es mala suerte: es la planta interrumpiendo una inversión de energía que ya no puede o no le conviene terminar.
Conviene separar desde el principio dos situaciones que se confunden. Una es el capullo que aborta: amarillea, se seca o se pudre y acaba cayendo, o se queda momificado en la rama. Otra es el capullo que llega a término pero no consigue desplegarse, se queda como una bola apretada y se pudre desde fuera hacia dentro. Los remedios no son los mismos, así que el diagnóstico manda.
El "balling" del rosal: lluvia y sol seguidos
Es el fallo más típico en rosales y el peor explicado. Llueve o cae una humedad fuerte por la noche, los pétalos exteriores se empapan, y a la mañana siguiente el sol los seca de golpe. Al secarse forman una especie de papel de fumar pegado que envuelve al resto: el capullo queda encapsulado y los pétalos interiores, que siguen creciendo, no tienen por dónde salir. El resultado es una bola dura y marrón que suele terminar colonizada por Botrytis cinerea.
Lo padecen sobre todo las variedades de muchos pétalos y textura fina: las inglesas tipo Rosa 'Austin', las antiguas de flor muy doble y en general las de color claro. Las de pétalo grueso y flor semidoble apenas lo sufren. En el norte peninsular y en la cornisa cantábrica es un problema de todas las primaveras; en el interior seco, casi anecdótico salvo tras una tormenta.
No hay tratamiento químico que lo resuelva, porque no es una enfermedad, sino un problema físico. Lo que funciona es: plantar en sitio aireado y soleado por la mañana temprano (que la flor se seque pronto y despacio), no regar por aspersión ni mojar las flores, retirar los capullos ya bolados para que no sirvan de foco de botritis y, al elegir variedad para zona húmeda, preferir las de flor menos apretada. Abrir el capullo a mano quitando con cuidado los dos o tres pétalos exteriores acartonados salva algunos si se hace pronto.
Sequía en el momento equivocado
Una planta con estrés hídrico sacrifica primero lo prescindible, y la flor es lo primero. Basta un golpe de calor con el sustrato seco para que los capullos amarilleen por la base y caigan en dos o tres días. En maceta ocurre con una sola falta de riego en julio; en suelo, en arenosos y en jardineras de obra poco profundas.
El caso más incomprendido es el de la camelia (Camellia japonica). Sus yemas florales se forman en junio y julio, y florece en invierno. Si pasa sed en pleno verano, la yema se forma mal y en enero cae entera sin abrir, o abre deforme. El jardinero mira entonces el riego de invierno, que está bien, y no encuentra la causa: el error se cometió seis meses antes. Lo mismo, en menor grado, con el rododendro y la azalea. Regla práctica: a la camelia se la riega el verano entero, aunque parezca que no hace nada.
Y el error inverso también existe. El encharcamiento asfixia la raíz y da exactamente los mismos síntomas que la sequía, porque una raíz podrida tampoco absorbe agua. Antes de regar más, meter el dedo cuatro o cinco centímetros en el sustrato.
Falta de luz
Abrir una flor cuesta azúcares, y los azúcares vienen de la luz. Una planta a media sombra puede formar botones y no tener después presupuesto para abrirlos. Se reconoce porque, además, los tallos vienen largos y delgados, las hojas separadas entre sí y la floración es escasa y tardía.
En interior el listón está más alto de lo que la gente supone: una Phalaenopsis o un jazmín de interior a dos metros de la ventana están, en términos de planta, casi a oscuras. En exterior, rosales, dalias, lavandas y salvias quieren seis horas de sol directo como mínimo; con cuatro vegetan y con tres se limitan a hacer hoja.
Demasiado nitrógeno
Un abono rico en nitrógeno, o el uso continuado del fertilizante universal de césped, empuja a la planta a hacer hojas y tallos tiernos a costa de la floración. Se ve muy verde, muy exuberante y con capullos pequeños que se secan o ni siquiera cuajan. Además el tejido tierno atrae pulgón y facilita el oídio.
Durante la fase de botón conviene pasar a un abono con más potasio y fósforo que nitrógeno, del tipo que se vende para plantas de flor o para tomate, y aplicarlo a la dosis de la etiqueta cada dos semanas mientras dure la floración. El exceso también quema: una salinidad alta en el cepellón deshidrata la raíz y provoca caída de botones idéntica a la de la sequía. Si se ha abonado de más, un riego abundante que lave el sustrato es la primera medida.
Trips y otros bichos dentro del capullo
Cuando la flor abre deformada, con los pétalos rasgados, con manchas plateadas o con los bordes marrones, hay que sospechar de los trips. Son insectos alargados de uno a dos milímetros que se meten entre los pétalos aún cerrados y raspan el tejido, de manera que el daño ya viene hecho antes de que veamos nada. Para comprobarlo, se sacude un capullo sobre un papel blanco: se ven correr unas rayitas oscuras o amarillentas.
Aparecen con calor y sequedad, de mayo a septiembre, y les gustan especialmente los rosales de flor clara, los gladiolos y las gerberas. Las trampas cromáticas azules ayudan a detectar la población, y el jabón potásico o los extractos de Chrysanthemum aplicados al atardecer reducen el ataque, aunque nunca se llega a limpiar del todo porque el insecto está protegido dentro del botón. Retirar y tirar (no compostar) los capullos dañados corta el ciclo.
El pulgón, en cambio, se instala en el pedúnculo y en el botón, chupa savia y deja el capullo escuálido y pegajoso de melaza. Es más fácil de ver y de resolver.
Botritis: el moho gris
Con humedad alta y temperaturas suaves, Botrytis cinerea entra por los pétalos exteriores y deja manchas pardas de borde acuoso que acaban cubriéndose de un fieltro gris. Es la razón de que muchos capullos de peonía, de rosa o de ciclamen se pudran cerrados en primavera. La respuesta es ambiental: separar las plantas para que corra el aire, no mojar las flores, retirar restos vegetales y flores pasadas, y evitar el exceso de nitrógeno, que ablanda los tejidos.
Bulbos que sacan hoja y no flor
En tulipanes, jacintos y narcisos existe un fallo específico que los holandeses llaman blasting: el escapo sale, el capullo se ve ahí dentro, pequeño y verde, y se seca sin llegar a nada. Las causas habituales son el bulbo de calibre pequeño, que no tenía reservas para florecer, y la falta de frío invernal.
Esto último es importante en buena parte de España: el tulipán necesita un periodo de entre 12 y 16 semanas por debajo de unos 9 °C para desarrollar la flor. En la mitad sur y en el litoral mediterráneo, ese frío no llega, y por eso se venden bulbos preenfriados y se planta tarde, en diciembre, y no en octubre como en climas fríos. Otro factor: los bulbos que florecieron el año anterior y se dejaron en tierra sin dejarles madurar la hoja no han recargado reservas y ese año se saltan la floración.
Cambios bruscos y etileno
Un cambio de sitio, una corriente de aire frío o el traslado del invernadero al salón bastan para que una Phalaenopsis, una gardenia o una hortensia de regalo suelten los capullos en cuestión de días. La planta llevaba semanas aclimatada a unas condiciones y la floración es lo primero que descarta cuando cambian.
Hay una causa doméstica que rara vez se sospecha: el etileno. La fruta madura, sobre todo manzanas, plátanos y tomates, desprende etileno, y ese gas provoca la caída de botones y el marchitado prematuro de las flores. Una orquídea en la misma repisa que el frutero puede perder todos los capullos sin ninguna otra explicación. El humo del tabaco y los gases de una estufa mal ventilada hacen lo mismo.
Flores que no se abren porque no toca
Conviene descartar antes que nada el falso problema. Hay especies cuya flor solo abre en determinadas condiciones y se cierra el resto del tiempo, y eso es su comportamiento normal, no un fallo.
Las gazanias, los dimorfotecas y las verdolagas de flor (Portulaca grandiflora) permanecen cerradas si está nublado o si no les da el sol de lleno; en un día gris de octubre puede que no abran ninguna. El tulipán abre y cierra según la temperatura, con unos pocos grados de diferencia. Los dondiegos de noche (Mirabilis jalapa), la dama de noche y muchas Ipomoea abren al atardecer y están cerrados a mediodía. Y hay plantas cleistógamas, como algunas violetas, que producen flores que nunca abren y se autofecundan dentro del capullo: es una estrategia, no un problema.
Cómo diagnosticar en cinco minutos
Un orden de comprobación que rara vez falla:
Uno. Mirar el capullo por fuera. Si está envuelto en pétalos apergaminados y pegados, es balling. Si tiene manchas pardas con halo acuoso o pelusa gris, botritis. Si está deforme y con estrías plateadas, trips.
Dos. Mirar por dónde falla. Si amarillea por la base del pedúnculo y cae limpio, es problema de raíz: sequía, encharcamiento o exceso de sales.
Tres. Meter el dedo en el sustrato y comprobar el drenaje del tiesto. Sin esto no hay diagnóstico.
Cuatro. Contar las horas reales de sol directo que recibe el sitio, no las que uno cree que recibe.
Cinco. Repasar qué se le ha echado y cuándo, y si hay fruta, humo o una rejilla de aire acondicionado cerca.
En resumen
Un capullo que no abre está diciendo que algo falló, y con frecuencia no falló ahora. En rosales de flor muy doble en clima húmedo, el sospechoso número uno es el balling, un problema físico que se corrige con emplazamiento y no con fungicida. En camelias y rododendros, el riego del verano anterior. En bulbos, el calibre y el frío que no llegó. En interior, la luz insuficiente, los cambios bruscos y el etileno del frutero. Y en el jardín en general, la combinación de nitrógeno de más, agua irregular y trips explica casi todo lo demás. Antes de tratar nada, merece la pena descartar que la especie simplemente esté haciendo lo que hace: abrir solo cuando le da el sol, o solo de noche.