En 1880 Charles Darwin y su hijo Francis pusieron capuchones de papel de estaño a unas plántulas de alpiste (Phalaris canariensis) y las iluminaron desde un lado. Las que tenían la punta tapada siguieron creciendo rectas, aunque el resto del tallo recibía luz de sobra. Las que tenían tapado el tallo pero la punta descubierta se curvaron igual que las plántulas sin tapar. La conclusión era desconcertante para la época: el órgano que percibe la luz no es el que se dobla. Algo tenía que bajar desde la punta hasta la zona que se curvaba. Cuarenta y seis años después, Frits Went recogió ese «algo» en bloques de agar y lo llamó auxina.

Esa cadena —un receptor arriba, una señal química que baja, un crecimiento desigual más abajo— es la respuesta completa a por qué las plantas siguen la luz. Y saber cómo funciona cambia bastantes decisiones prácticas en una terraza o en un semillero.

La curvatura es crecimiento desigual, no un giro

Una planta no tiene músculos ni articulaciones. Cuando un tallo se inclina hacia la ventana, lo que ha ocurrido es que las células del lado sombreado se han alargado más que las del lado iluminado. El lado en sombra crece más y el tallo, al tener un flanco más largo que el otro, se arquea hacia la luz. Es un movimiento de crecimiento, y por tanto irreversible: ese tallo ya no se desdobla, solo puede corregirse el trozo que crezca a partir de ahora.

El reparto lo hace la auxina, en concreto el ácido indol-3-acético. Se sintetiza en las hojas jóvenes y en el ápice, y desciende por el tallo. Cuando la iluminación es lateral, unas proteínas transportadoras de la familia PIN se reorientan dentro de las células y desvían el flujo de auxina hacia el flanco oscuro. Allí, la mayor concentración afloja las paredes celulares y permite que la célula se estire con la presión del agua. Es la hipótesis de Cholodny-Went, formulada en los años veinte, y sigue siendo el esquema válido.

Merece la pena retener la consecuencia práctica: si una planta ya se ha inclinado, girar la maceta no la endereza. Lo que hace es empujar el crecimiento nuevo en la otra dirección, de modo que en unas semanas el tallo se corrige por arriba pero conserva la curva antigua. Corregir de verdad una planta muy torcida suele requerir tijera, no paciencia.

La luz azul es la que da la orden

Las plantas no perciben la dirección de la luz con la clorofila. Lo hacen con unos receptores específicos llamados fototropinas, phot1 y phot2, que son proteínas con un cromóforo de flavina y que absorben en la franja del azul, en torno a los 450 nanómetros. La luz roja, que es la que más se usa en fotosíntesis, no provoca fototropismo. Se puede iluminar lateralmente una plántula con rojo puro y no se curva; basta un poco de azul en la misma posición para que lo haga.

Este detalle explica cosas que en el balcón parecen contradictorias. La luz del cielo abierto, incluso en un día nublado y sin sol directo, es muy rica en azul: por eso una planta en una galería orientada al norte se inclina hacia el cristal con obstinación aunque nunca le dé un rayo. Y explica también por qué las lámparas de cultivo baratas, las de color rosa intenso con casi solo rojo y una pizca de azul, dan plantas más estiradas y desmadejadas de lo esperado: falta la componente azul que compacta el crecimiento.

Las dos fototropinas se reparten el trabajo por intensidad. phot1 responde a niveles de luz muy bajos y es la que gobierna la curvatura de una plántula en penumbra; phot2 entra con luz fuerte y se ocupa además de otras respuestas, como colocar los cloroplastos de canto dentro de la célula cuando la radiación es excesiva, para que reciban menos. Esa reubicación de cloroplastos es la razón de que una hoja al sol intenso se vea más pálida que la misma hoja a media sombra.

Planta inclinada hacia la luz de una ventana

Las raíces hacen lo contrario, y por otro motivo

Lo que en el tallo es fototropismo positivo, en la raíz es negativo: si se cultiva una plántula en un medio transparente iluminado, las raíces se apartan de la luz. Pero en la práctica la raíz se orienta sobre todo por gravedad, no por luz, y ahí interviene otro mecanismo: en la cofia hay unas células con amiloplastos, gránulos de almidón densos que sedimentan por su propio peso y le indican a la raíz dónde está abajo. Vuelve a ser la auxina la que ejecuta la orden, solo que en la raíz un exceso de auxina inhibe el alargamiento en lugar de estimularlo, y por eso el lado más concentrado se queda corto y la raíz gira hacia abajo. La misma hormona, respuestas opuestas según el órgano y la dosis.

De ahí que una maceta volcada durante unos días acabe con el tallo levantado en ángulo recto y las raíces reorientadas, y que un esqueje plantado del revés no prospere aunque tenga yemas.

El girasol que ya no gira

Aquí hay una creencia muy repetida que conviene corregir: el girasol abierto no sigue al sol. Lo que sigue al sol es el girasol joven, todavía en botón, cuyo tallo se inclina de este a oeste a lo largo del día y vuelve a apuntar al este durante la noche. Cuando el capítulo abre y la planta deja de alargar, el movimiento se detiene y la flor queda fija mirando al este. Un campo de girasoles en flor en Castilla o en Andalucía en julio está entero orientado en la misma dirección, y no cambia a lo largo de la tarde.

El mecanismo del girasol joven tampoco es exactamente fototropismo: el lado este del tallo crece más durante el día y el oeste durante la noche, y ese ritmo lo gobierna en buena medida el reloj circadiano interno, hasta el punto de que las plantas mantienen unos días el balanceo aunque se las ponga bajo luz constante. La orientación final al este tiene además una función medible: el capítulo se calienta antes por la mañana, y un capítulo caliente recibe bastantes más visitas de abejas que uno frío.

Movimientos que se parecen pero no son lo mismo

Bajo el mismo paraguas de «las plantas se mueven» hay fenómenos distintos que conviene no mezclar:

Tropismos. Respuestas de crecimiento con dirección dependiente del estímulo: fototropismo (luz), gravitropismo (gravedad), tigmotropismo (contacto, el de los zarcillos de la vid o del guisante). Son irreversibles.

Nastias. Movimientos reversibles, de dirección fija, que se producen por cambios de turgencia en unas articulaciones llamadas pulvínulos, no por crecimiento. Las hojas de la mimosa sensitiva (Mimosa pudica) al tocarlas, el cierre nocturno de las hojas del trébol o de la Oxalis, la apertura y cierre de flores según la hora. La planta no crece nada; bombea agua de unas células a otras. Por eso pueden repetirse decenas de veces.

Fotoperiodismo. No es un movimiento sino una medición del calendario. La planta cuenta la duración de la noche ininterrumpida mediante fitocromos y decide con eso cuándo florecer. Es lo que hace que la flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima) o el kalanchoe formen flor en invierno, y por lo que encender una luz de noche en la habitación donde tienes una flor de Pascua le impide colorear las brácteas. No tiene relación con el fototropismo, aunque los dos dependan de la luz.

Cuando la luz falta: ahilado y huida de la sombra

La misma maquinaria que orienta a la planta hacia la luz también le dice cuánta hay, y responde en consecuencia.

En oscuridad casi total, una semilla germinada produce un tallo largo, delgado, pálido, con entrenudos desmesurados y hojas diminutas. Es el ahilado o etiolación, y no es un defecto: es una estrategia de emergencia para atravesar los centímetros de tierra o de hojarasca que la separan de la superficie antes de agotar las reservas de la semilla. El problema aparece cuando la plántula ya está en la superficie y la luz sigue siendo insuficiente, que es lo que ocurre en un semillero de tomate o pimiento en un alféizar de febrero: la planta interpreta que sigue enterrada y se estira hasta caerse.

Hay un segundo escenario, más sutil, que es el síndrome de huida de la sombra. Las hojas absorben el rojo y reflejan y transmiten el rojo lejano (unos 730 nm). Cuando una planta se ve rodeada de vegetación, la proporción entre rojo y rojo lejano que le llega cae, sus fitocromos lo detectan y desencadenan una respuesta clarísima: alargar entrenudos y pecíolos, elevar las hojas, reducir la ramificación y, si la sombra persiste, adelantar la floración. El aviso es que la planta detecta a sus vecinas antes de que le hagan sombra de verdad, porque el rojo lejano se refleja de lado. De ahí que un semillero sembrado demasiado denso salga ahilado aunque le sobre luz por arriba: cada plántula está respondiendo a la señal de las de al lado.

Contra el ahilado, lo que funciona es luz —más horas, más cerca, o iluminación artificial con componente azul—, sembrar más claro o repicar a tiempo, bajar unos grados la temperatura nocturna, no abusar del nitrógeno y, si es posible, mover las plántulas: pasar la mano por encima del semillero un par de veces al día, o dejar un ventilador suave, produce plantas más bajas y de tallo más grueso. Es la tigmomorfogénesis, la respuesta al movimiento mecánico, y es el motivo de que un árbol atado rígidamente a un tutor durante años desarrolle un tronco más débil que otro al que se le deja balancearse.

Plántulas creciendo hacia la fuente de luz

Qué hacer con todo esto en casa

Gira las macetas de interior un cuarto de vuelta cada una o dos semanas. Es la medida más barata y la que más se nota. Aplicada desde el principio evita la planta con forma de bandera; aplicada tarde solo endereza lo que crezca a partir de ahora.

Fíate de la distancia a la ventana, no de tu impresión visual. El ojo se adapta con una eficacia que engaña. Junto al cristal de una ventana al sur en verano puede haber decenas de miles de lux; a dos metros hacia el interior de la misma habitación la cifra cae por debajo del millar. La habitación te sigue pareciendo luminosa y para la planta ya no lo es. Un metro de más hacia dentro cuesta más luz que cualquier otra decisión de colocación.

Elige orientación según lo que cultives. Una ventana al norte da luz constante y difusa, perfecta para helechos, calatheas, potos o aspidistras. Una al sur, en el clima peninsular, es luz de sobra pero también recalentamiento tras el cristal en verano, que actúa como una lupa: cactus y crasas, o visillo. Este y oeste son la solución intermedia para la mayor parte de las plantas de flor de interior.

Que el cristal no te preocupe. Circula la idea de que a través de una ventana la luz «no sirve». El vidrio común transmite bien la luz visible, azul incluido, y por eso el fototropismo funciona perfectamente detrás de una ventana. Lo que sí filtra casi por completo es la ultravioleta B, que interviene en la compactación del porte y en la producción de ciertos pigmentos. Es la razón de que una planta que ha pasado el invierno tras el cristal se queme si la sacas de golpe al sol de mayo: no está aclimatada a la radiación completa. La aclimatación se hace en una o dos semanas, aumentando la exposición poco a poco.

Poda pensando en por dónde entra la luz. El interior de un seto o de una copa densa se queda desnudo porque las hojas sombreadas se vuelven deficitarias y la planta las abandona. Aclarar el centro no es estética: recupera superficie foliar útil y, en frutales, es lo que decide si la fruta interior madura o no.

Girar la maceta no tira los botones florales. Se dice de la gardenia, de la camelia y de otras plantas con fama de caprichosas. La caída de botones en esas especies tiene causas bien conocidas —sequía en el cepellón, cambios bruscos de temperatura, aire muy seco, agua caliza— y no el hecho de mover el tiesto. Corrige el riego y la ubicación antes de culpar al giro.

En resumen

Una planta se inclina hacia la luz porque unos receptores de luz azul situados en el extremo del tallo, las fototropinas, detectan de qué lado llega la radiación y desvían el flujo de auxina hacia el flanco en sombra, donde las células se alargan más y arquean el tallo. Es crecimiento, no un giro, y por eso no se deshace solo. La raíz responde al mismo mensajero al revés y se guía sobre todo por gravedad. El girasol abierto no sigue al sol: el que se mueve es el joven, con un ritmo circadiano, y el maduro queda mirando al este. Cuando la luz escasea, la misma maquinaria dispara el ahilado y la huida de la sombra, que se corrigen con más luz, siembra más clara, temperaturas nocturnas frescas y algo de movimiento mecánico. En el día a día, esto se traduce en tres gestos: girar las macetas cada pocas semanas, acercarlas más a la ventana de lo que el ojo pide y aclimatarlas poco a poco antes de sacarlas al sol directo.


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