La grava y el canto rodado resuelven en un jardín tres problemas a la vez: cubren el suelo desnudo, dejan pasar el agua y no se descomponen, así que no hay que reponerlos cada temporada como el mantillo o la corteza de pino. En un clima como el de media España, donde el acolchado orgánico se consume en un verano, esa diferencia pesa.
Lo que casi nunca se cuenta es que la piedra no es neutra para la planta que tiene al lado. Cambia la temperatura del suelo, puede cambiar su pH y decide si el agua llega a la raíz o se queda en la superficie. Elegir el árido por el color, que es como se elige casi siempre, es empezar por el final.
Qué tamaño de piedra para qué uso
El calibre se mide en milímetros y es lo primero que hay que decidir, porque de él depende que el resultado se pueda pisar, que se quede quieto y que no se hunda.
- Arena y gravilla fina, por debajo de seis milímetros. Compacta bien y se camina cómoda, pero se mete en la suela y viaja hasta el salón. Va bien como capa de asiento bajo una losa, no como acabado de un paso muy transitado.
- Gravilla de seis a doce milímetros. Es el calibre de los caminos. Se asienta, no rueda bajo el pie y deja pasar el agua. Si el paso es largo, conviene un bordillo o una banda de acero que la contenga, porque si no acaba repartida por el césped.
- Canto rodado de veinte a cuarenta milímetros. Decorativo y estable. No es cómodo de pisar y por eso se usa en macizos, alcorques y zonas de paso ocasional. Al ser rodado no tiene aristas y no se traba entre sí, así que en pendiente se mueve.
- Bolo y piedra suelta grande. Ya no es acolchado sino elemento de composición: un cauce seco, un remate de talud, un grupo aislado.
La otra decisión es entre piedra machacada y canto rodado. La machacada tiene aristas, se traba y aguanta mejor una pendiente o un paso; el canto rodado es liso, no se clava en el pie descalzo y es lo que se busca alrededor de una piscina.
La cal, que es el detalle que arruina plantaciones
Buena parte de la grava blanca que se vende en España es caliza o mármol machacado. Con el riego y la lluvia, esa piedra libera carbonato poco a poco y sube el pH del suelo que tiene debajo. Para una lavanda, un romero o un cactus eso no supone nada, porque ya viven en suelo básico. Para una hortensia, una camelia, una azalea, un arándano o una gardenia es una sentencia lenta: la hoja amarillea entre los nervios, que es la clorosis férrica, y la planta se apaga en un par de temporadas.
Si el macizo lleva acidófilas, el árido tiene que ser silíceo: cuarcita, pizarra, granito machacado, picón volcánico. Y si ya hay grava caliza puesta, cambiarla es más barato que corregir el suelo con quelato de hierro todos los años.
El calor, que en el sur no es un detalle menor
La piedra clara refleja la luz hacia arriba y calienta el aire alrededor de la planta; la oscura absorbe y devuelve calor por la noche. En el norte atlántico eso es una ventaja, porque adelanta el arranque en primavera y ayuda a madurar. En Murcia, Sevilla o el valle del Ebro, un macizo de grava blanca a pleno sol se convierte en un horno de mediodía, y la planta que hay en medio se quema por la cara que da a la piedra aunque el riego sea correcto.
De ahí una regla sencilla: cuanto más al sur y más soleado, más conviene el árido oscuro o mate, el calibre grueso y una capa que no llegue a tocar el cuello de la planta.
La malla antihierbas y lo que de verdad hace
Debajo de la grava se pone casi siempre un geotextil. Conviene saber qué resuelve y qué no.
Sí evita que el árido se hunda en un suelo blando y que la hierba del suelo original suba a través. No evita que en dos o tres años germinen hierbas encima de la grava, porque el polvo, la hoja caída y la semilla que trae el viento acaban formando una capa de materia orgánica sobre la piedra, y ahí germina cualquier cosa. Es lo que pasa siempre y no significa que la malla fuera mala.
Y hay que usar geotextil permeable, no plástico ni lona. El plástico impermeabiliza, el agua corre por encima y el suelo de debajo se queda seco y muerto.
Cuánta hace falta
Para que la grava cubra de verdad y no se vea el fondo hace falta una capa continua de varios centímetros; por debajo de eso queda ralo y la malla asoma con el primer aguacero. La forma honesta de calcular la cantidad es medir la superficie, decidir el espesor y pedir el volumen resultante, sabiendo que el árido se vende por peso y que un metro cúbico de grava pesa bastante más de una tonelada. Es un material barato de comprar y caro de mover, así que lo que conviene afinar es el acceso y el acopio, no el precio por saco.
Las piedras de colores y las que brillan
Las gravas teñidas y las piedras luminiscentes se venden mucho y merecen una explicación sin adornos.
El color aplicado es un recubrimiento, y el ultravioleta lo degrada: a los dos o tres veranos la piedra ha perdido intensidad y no se puede repintar en su sitio. La piedra de color natural, la pizarra negra o el mármol rojo, no tiene ese problema.
Las piedras que brillan en la oscuridad suelen ser resina o vidrio con aluminato de estroncio, un fosforescente que se carga con la luz del día y devuelve un resplandor tenue durante un rato, no toda la noche, y menos aún si el día ha estado nublado o la zona está en sombra. Duran lo que dure el soporte plástico a la intemperie, que no es mucho. No son piedra y conviene saberlo antes de mezclarlas con árido natural.
Mantenimiento, que es poco pero no ninguno
Una superficie de grava pide tres cosas al año. Retirar la hoja caída antes de que se pudra encima, porque es lo que crea el sustrato donde germina la mala hierba. Rastrillar de vez en cuando para repartir y deshacer las rodadas. Y revisar el borde, porque la grava migra siempre hacia el punto bajo.
Para limpiarla, el agua a presión solo si la piedra es dura y está sobre base firme: con calibre fino la lanza dispersa el árido, y sobre malla la levanta. Lo que funciona con menos daño es rastrillar, cribar la capa superficial cuando está muy sucia y reponer un saco.
Y una advertencia sobre el suelo que hay debajo: la grava sobre arcilla compacta y sin drenaje no arregla el encharcamiento, lo disimula. Si el agua se queda, la solución está en el drenaje, no en la capa de piedra.
Con qué plantas funciona
El jardín de grava es la traducción doméstica del matorral mediterráneo, así que funciona con lo que viene de ahí: lavanda, romero (hoy Salvia rosmarinus), tomillo, santolina, salvias arbustivas, jaras, euforbias de porte seco, gramíneas ornamentales, y casi todas las crasas y cactáceas. Todas comparten la misma exigencia, que es que el cuello no esté húmedo, y la grava se la da.
Con plantas de suelo fresco, de sombra húmeda o acidófilas, el árido calizo y la capa que retiene calor van justo en contra. Ahí el acolchado orgánico, que se descompone y aporta materia, sigue siendo mejor opción aunque haya que reponerlo.
En resumen
La piedra de jardín se elige por calibre, por forma y por composición, y el color viene después. La gravilla de seis a doce milímetros es la de los caminos, el canto rodado de veinte a cuarenta el de los macizos, la machacada agarra en pendiente y la rodada es la de pisar descalzo. Y la caliza sube el pH, así que no va donde haya acidófilas.
Debajo, geotextil permeable y nunca plástico, sabiendo que la malla no impide que en unos años germine hierba sobre la propia grava. Encima, una capa de varios centímetros que no toque el cuello de las plantas. Y de mantenimiento, quitar la hoja antes de que se pudra, que es lo único que de verdad decide si esa superficie sigue limpia dentro de tres años.