Hacer un ramillete de flores parece un asunto de gusto, y en parte lo es. Pero la diferencia entre un ramo que dura tres días y uno que dura dos semanas no está en el gusto: está en cómo se cortó cada tallo, en qué se hizo con él durante las horas siguientes al corte y en si se retiraron o no las hojas que van a quedar bajo el agua. La parte artística viene después, y es más fácil de lo que parece cuando se conocen tres o cuatro reglas de composición.

Esta guía va de lo uno y de lo otro: primero la técnica que hace que las flores duren, después el montaje.

Qué tener en cuenta antes de empezar

Para qué es el ramo. No es lo mismo un ramillete de mano para llevar a una comida que un centro para una mesa, un ramo de novia o un ramo para regalar envuelto. Un centro de mesa no debe superar los 25-30 cm de altura, porque si tapa la vista entre comensales es un estorbo. Un ramo de mano debe poder sujetarse con una sola mano y no pesar demasiado. Un ramo para regalar necesita que los tallos queden alineados y limpios en la base, porque se van a ver.

Cuánta flor hace falta. El error más común del aficionado es quedarse corto. Un ramillete pequeño y decente lleva del orden de 9 a 15 tallos; un ramo de mesa de tamaño medio, entre 20 y 30. Trabajar con tres rosas y dos ramas de eucalipto da como resultado algo raquítico por muy bien que se coloque.

El momento del corte. Si las flores salen del jardín, se cortan a primera hora de la mañana, con el rocío, o al anochecer. Nunca a mediodía. Por la mañana el tallo está turgente, lleno de agua y con las reservas de azúcares altas; a las tres de la tarde de un día de julio la planta está en déficit hídrico y la flor cortada se marchita en horas.

El punto de apertura. No se corta la flor abierta del todo, se corta antes. Cada especie tiene su punto: las rosas, cuando el capullo empieza a aflojar los pétalos exteriores y cede levemente al apretarlo con dos dedos; los gladiolos y los delphiniums, cuando se han abierto las dos o tres flores inferiores de la espiga; los tulipanes, en color pero cerrados; los girasoles y las margaritas, ya abiertos, porque no continúan abriendo después de cortados. Una rosa cortada demasiado cerrada, con el capullo aún duro y verde, no abrirá nunca: se doblará el cuello y se secará.

Las herramientas. Cuchilla de floristería o tijeras de flor bien afiladas y limpias. Las tijeras de cocina y las de papelería aplastan los vasos conductores del tallo y bloquean la absorción de agua. Todo lo que toque los tallos, incluido el jarrón, debe estar escrupulosamente limpio: la mayor parte de la vida útil que pierde un ramo se pierde por bacterias que taponan el tallo, no por falta de agua.

El paso que casi todo el mundo se salta: la hidratación

Entre cortar las flores y montar el ramo debe haber un intervalo. Los floristas lo llaman acondicionado o hidratación, y es el factor que más influye en la duración.

El procedimiento es este. Nada más cortar, los tallos van a un cubo con agua limpia y fresca, y se dejan entre 2 y 4 horas, o toda la noche, en un lugar fresco y oscuro. Las flores se rehidratan por completo y se estabilizan antes de manipularlas. Un ramo montado con flores recién cortadas y no hidratadas empieza a decaer casi de inmediato.

Durante esa fase se hacen tres cosas más:

Recortar el tallo en bisel. Un corte a unos 45 grados aumenta la superficie de absorción y evita que la base se apoye plana contra el fondo del recipiente, lo que la sellaría. Se recortan 2 o 3 cm.

Retirar todas las hojas que vayan a quedar bajo el agua. Esta es la regla de oro. Una hoja sumergida se descompone en dos días, multiplica las bacterias en el agua y esas bacterias obstruyen los vasos del tallo. Es la causa número uno de que un ramo se estropee antes de tiempo, y no cuesta nada evitarla.

Quitar las espinas, con criterio. En las rosas conviene retirar las espinas de la parte que se va a manipular, pero sin arrancar tiras de corteza: cada herida es una vía de entrada para hongos. Un quitaespinas o unas tijeras funcionan mejor que el tirón.

Algunos tallos requieren tratamiento específico:

Tallos leñosos (lilas, hortensias, ramas de frutal, viburnum): se hace un corte vertical de 2-3 cm en la base, o se machaca ligeramente, para aumentar la absorción. La hortensia además agradece un rato con la cabeza floral entera sumergida en agua, porque absorbe también por las brácteas.

Tallos con látex (euforbias, amapolas, poinsetia): el látex sella el corte e impide la absorción. Se cauteriza la base con una llama durante unos segundos o se sumerge 20-30 segundos en agua muy caliente, protegiendo la flor del vapor.

Tallos huecos (delphinium, amarilis, lupinos): se pueden llenar de agua boca abajo y taponar con un algodón antes de colocarlos.

Narcisos: caso aparte. El tallo del narciso segrega un mucílago que tapona los vasos de las demás flores y acorta drásticamente su vida, sobre todo la de los tulipanes. Hay que acondicionarlos solos, en agua aparte, durante 12 a 24 horas, y después incorporarlos al ramo sin volver a cortarlos. Si se recortan, vuelven a segregar.

Flores preparadas y clasificadas antes de montar el ramo

Elegir las flores: la estructura de tres papeles

Un ramo equilibrado no es un montón de flores bonitas. Es una combinación de elementos con funciones distintas. La receta clásica de floristería reparte tres papeles:

Flor principal o focal. Es la que manda: grande, de forma rotunda, que atrae la mirada. Rosas, peonías, dalias, girasoles, hortensias, lisianthus, crisantemos grandes, tulipanes dobles. Se usan pocas, de 3 a 5 en un ramillete, y son el eje de todo lo demás.

Flor secundaria o de línea. Aporta forma, altura y ritmo. Suele ser de espiga o de umbela: espuelas de caballero, gladiolos, snapdragon o boca de dragón, veronica, matthiola, alelíes, astrantias, ranúnculos. Da movimiento y evita que el ramo sea una bola compacta.

Relleno y verde. Cierra huecos, une el conjunto y da profundidad. Gypsophila (paniculata), limonium, aster, hipérico con sus bayas, y sobre todo follaje: eucalipto, ruscus, pistacia, hiedra, helecho, olivo, salvia, romero. El verde no es un accesorio de segunda: es lo que hace que el color de las flores se lea bien. Un ramo sin verde suele resultar estridente.

Una proporción que funciona bien en un ramillete de unos 15 tallos: 3-5 focales, 5-6 secundarias, 5-7 de relleno y verde. Y una regla visual que casi nunca falla: trabajar en números impares. Tres, cinco o siete flores del mismo tipo componen mejor que cuatro o seis, porque el ojo no las agrupa por pares y percibe un conjunto en lugar de una simetría.

El color

No hay reglas absolutas, pero sí tres esquemas que garantizan un resultado coherente:

Monocromático. Un solo color en distintas intensidades: blanco roto, crema, marfil y verde pálido; o rosa palo, fucsia y burdeos. Es el esquema más elegante y el más difícil de estropear. Depende mucho de la variación de texturas para no resultar plano.

Análogo. Colores contiguos en el círculo cromático: amarillo, naranja y coral; o azul, violeta y magenta. Da armonía con más riqueza que el monocromo.

Complementario. Colores opuestos: amarillo y violeta, naranja y azul, rojo y verde. Es potente y llamativo, pero exige que uno domine claramente y el otro aparezca como acento. Al cincuenta por ciento resulta chillón.

Tres consejos prácticos que se aprenden a base de errores:

El blanco y el verde funcionan como neutros y calman cualquier combinación demasiado saturada. Si un ramo no acaba de funcionar, casi siempre le falta blanco o verde.

Los colores oscuros dan profundidad. Unos tallos de burdeos, ciruela o casi negro (astrantia oscura, dalia burdeos, escabiosa) evitan que un ramo pastel parezca insípido.

Cuidado con mezclar cálidos y fríos del mismo tono: un rosa frío azulado junto a un rosa cálido asalmonado suele chocar más que dos colores abiertamente distintos.

Y no todo es color: la textura importa igual. Un ramo donde todo es liso y redondo aburre. Conviene mezclar pétalo sedoso (rosa), superficie granulada (astilbe, gypsophila), hoja mate y grisácea (eucalipto), brillo (ruscus) y algún elemento seco o leñoso.

Qué hay disponible en cada época en España

Trabajar con flor de temporada sale más barato, dura más y da resultados más naturales.

Primavera (marzo a mayo). Ranúnculos, anémonas, tulipanes, narcisos, jacintos, lilas, guisante de olor, alelíes, fresias, peonías al final de mayo, ramas de frutal en flor. Es la temporada más rica.

Verano (junio a septiembre). Rosas de jardín, dalias, girasoles, gladiolos, zinnias, hortensias, lavanda, salvias, cosmos, hipérico, ammi. Ojo: el calor acorta mucho la vida en jarrón, así que en agosto hay que ser especialmente estricto con la hidratación.

Otoño (octubre a noviembre). Crisantemos, dalias tardías, amaranto, physalis, bayas de hipérico y de rosal (escaramujo), ramas con hoja de color, hortensias secas.

Invierno (diciembre a febrero). Claveles, anémonas, ranúnculos tempranos, tulipanes de invernadero, amarilis, hellebores, ramas de eucalipto, acebo, hiedra con fruto, romero y olivo. Es la temporada en la que más peso tiene el follaje.

Cómo se monta el ramo: la técnica en espiral

La técnica en espiral es la base de la floristería de mano. Produce un ramo que se sostiene solo, tiene forma de cúpula, se abre bien y puede apoyarse sobre su propia base. Suena complicado y no lo es; lo único que exige es no cambiar de sentido a mitad.

1. Preparar el material. Todos los tallos limpios de hojas bajas, separados por tipos sobre la mesa, al alcance de la mano. Trabajar buscando cada flor en un cubo es garantía de desastre.

2. Decidir el punto de atado. Es el lugar donde la mano sujeta el ramo y donde después irá la cinta. Todo el ramo gira en torno a ese punto: por encima queda la flor, por debajo los tallos desnudos. Como referencia, en un ramo de mano el punto de atado está aproximadamente a un tercio de la altura total, contando desde la base.

3. Empezar por el centro. Se coge la primera flor focal con la mano izquierda (si se es diestro), sujetándola por el punto de atado con el pulgar y el índice, formando un anillo. La mano izquierda no volverá a soltar el ramo hasta el final; la derecha va añadiendo.

4. Añadir siempre en el mismo sentido y con inclinación. Cada tallo nuevo se coloca en diagonal sobre los anteriores, siempre con la misma inclinación y siempre por el mismo lado. Después de cada uno o cada dos tallos, se gira ligeramente el ramo en la mano, siempre en la misma dirección. Ese giro constante es lo que crea la espiral. Si se cambia el sentido, los tallos se cruzan, el ramo se atasca y se deforma.

5. Alternar tipos. No se ponen todas las rosas y después todo el verde. Se va alternando: focal, verde, secundaria, relleno, focal. Así el ramo queda distribuido y no aparecen zonas vacías.

6. Colocar las flores a alturas distintas. Todas las cabezas al mismo nivel producen un ramo plano de aspecto industrial. Dejando unas flores 2 o 3 cm por encima de otras se consigue profundidad y aspecto natural.

7. Comprobar el perfil. Cada pocos tallos conviene levantar el ramo a la altura de los ojos y mirarlo de lado, no solo desde arriba. El contorno debe ser una cúpula suave, sin picos aislados ni agujeros.

8. Cerrar con verde. Los últimos tallos, colocados en la parte exterior, suelen ser follaje: forman un collar que enmarca el ramo y protege las flores.

9. Atar. Se ata firmemente en el punto de atado con rafia, cordel de yute, cinta de floristería o alambre forrado. Firme, pero sin estrangular: si se aprieta demasiado se aplastan los tallos y se corta el paso del agua. Un truco: atar dando dos vueltas, apretar y anudar mientras la otra mano mantiene la presión.

10. Igualar la base. Con la tijera bien afilada, se cortan todos los tallos a la misma longitud y en bisel. Un ramo bien hecho, apoyado sobre esa base, se mantiene en pie por sí solo. Y ese corte final debe hacerse justo antes de meterlo en agua, para que el tallo no llegue a secarse.

Ramilletes pequeños y de solapa

Para un ramillete de mano muy pequeño, tipo nosegay o ramo de dama de honor, la lógica es la misma pero reducida: 7 a 9 tallos, punto de atado alto y tallos cortos, y cinta de raso enrollada desde el punto de atado hasta el final, sujeta con alfileres de cabeza de perla clavados en diagonal hacia arriba.

Para un ramillete de solapa (una o dos flores más un poco de verde), la técnica es el alambrado: se corta el tallo a 2 cm, se atraviesa la base del cáliz con un alambre fino del 24 o 26, se doblan los dos extremos hacia abajo formando un nuevo tallo flexible y se forra todo con cinta de floristería (parafilm o cinta floral), estirándola ligeramente para que se adhiera sobre sí misma. Así el ramillete pesa poco, se puede curvar y no mancha la ropa.

Cuidados una vez montado

El ramo se pone en un jarrón bien limpio, con agua fresca hasta cubrir un tercio de los tallos. Merece la pena usar el sobrecito de conservante que dan en las floristerías: no es marketing, contiene azúcar (alimento), un acidificante que baja el pH y facilita la absorción, y un biocida que frena las bacterias. Funciona.

Sobre los remedios caseros: la aspirina, la moneda de cobre y la lejía a ojo circulan mucho y hacen poco. Si no hay conservante, una mezcla razonable es una cucharadita de azúcar y unas gotas de lejía por litro de agua, o media parte de refresco de lima-limón con azúcar y agua. Pero lo que de verdad prolonga la vida del ramo es cambiar el agua cada dos días y recortar un centímetro del tallo en cada cambio.

Tres reglas de ubicación:

Lejos del frutero. La fruta madura, sobre todo manzanas y plátanos, desprende etileno, la hormona que acelera la senescencia. Los claveles, el guisante de olor, el delphinium y las orquídeas son especialmente sensibles: con etileno cerca, los pétalos se cierran y caen en un día.

Lejos del sol directo, de radiadores y de corrientes. El calor acelera la transpiración y las corrientes deshidratan. Un sitio fresco alarga el ramo días. De hecho, sacar el ramo al balcón por la noche, si no hiela, es una práctica de floristería que funciona.

Retirar flores marchitas a diario. Una flor en descomposición contamina el agua y produce etileno que afecta a las demás.

Errores frecuentes

Cortar con tijeras romas o de cocina. Aplastan el tallo y lo cierran.

Dejar hojas bajo el agua. Repetido a propósito: es el error que más vida útil quita a un ramo.

Montar directamente sin hidratar. Se pierde la mitad de la duración.

Poner narcisos recién cortados con tulipanes. El mucílago del narciso mata al resto.

Apretar demasiado el atado. Estrangula los tallos.

Usar espuma floral sin empaparla bien. La espuma se hidrata dejándola flotar sobre el agua hasta que se hunde sola por su propio peso, sin empujarla nunca. Si se hunde a la fuerza, quedan bolsas de aire secas y las flores clavadas ahí se secan aunque el bloque esté húmedo. Vale la pena señalar que la espuma floral tradicional es un plástico no biodegradable; para uso doméstico, un buen kenzan (pincho japonés) o una malla de alambre en el fondo del jarrón cumplen la misma función y duran toda la vida.

Rellenar el jarrón hasta arriba. Basta con cubrir un tercio de los tallos. Más agua significa más hojas sumergidas y más bacterias.

En resumen

Un buen ramillete se decide antes de colocar la primera flor. Se corta a primera hora de la mañana, con herramienta afilada y en bisel, en el punto de apertura adecuado a cada especie; se hidratan los tallos entre 2 y 4 horas en agua limpia y sitio fresco, y se retira toda hoja que vaya a quedar bajo el agua. Los tallos leñosos se hienden, los de látex se cauterizan y los narcisos se acondicionan aparte sin volver a cortarlos.

La composición se apoya en tres papeles: flores focales, flores de línea y relleno con verde, en números impares, con un esquema de color monocromático, análogo o complementario, y variando texturas y alturas para que no quede plano.

El montaje se hace en espiral: todos los tallos en diagonal, siempre en el mismo sentido, girando el ramo en la mano, alternando tipos y comprobando el perfil de lado. Se ata con firmeza sin estrangular y se igualan los tallos en bisel justo antes de poner el ramo en agua.

Después, jarrón limpio, conservante, cambio de agua cada dos días con recorte de tallo, y lejos del sol, del radiador y del frutero. Con eso, un ramo de flores de temporada puede aguantar perfectamente entre diez días y dos semanas.


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