Una hoja amarilla de Spathiphyllum no vuelve a ponerse verde. Cuando el tejido pierde la clorofila, la planta ya ha decidido reabsorber lo que le quedaba de nitrógeno y magnesio y mandarlo a las hojas nuevas; lo que queda es un despojo que acabará secándose. Por eso el amarillo no es un problema a curar, sino un mensaje a leer: dice qué está pasando en la maceta, y casi siempre lo dice con varias semanas de retraso respecto a la causa.

La planta que en España se vende como lirio de la paz, cuna de Moisés o espatifilo es casi siempre Spathiphyllum wallisii o un híbrido de jardinería derivado de ella y de Spathiphyllum floribundum. Los ejemplares grandes de hoja ancha y espata enorme suelen ser el cultivar 'Sensation' o 'Mauna Loa'. Todos vienen del sotobosque húmedo de Centroamérica y del norte de Sudamérica, y ese origen explica de golpe la mitad de los amarillamientos que se ven en un piso: es una planta de suelo constantemente húmedo pero aireado, de luz filtrada por varios pisos de copas y de aire que no baja de los 15 grados ni se seca nunca del todo.

Hojas de lirio de la paz con amarillamiento

Antes de tocar nada, mira dónde está el amarillo

El diagnóstico depende de tres cosas: qué hojas amarillean, si son viejas o nuevas, y qué dibujo tiene el amarillo. Con eso se separan causas que exigen tratamientos opuestos.

Una o dos hojas exteriores, las más viejas y largas, que se ponen amarillas de forma uniforme y despacio. Es senescencia normal. Una hoja de espatifilo vive entre uno y dos años; la planta va renovando desde el centro y jubilando desde fuera. Si el resto está firme y verde oscuro y salen brotes nuevos, no hay nada que corregir.

Varias hojas a la vez, empezando por las de abajo, amarillo pálido con la base del peciolo blanda y marronácea. Esto es asfixia radicular. El sustrato lleva demasiado tiempo saturado, las raíces han dejado de absorber y algún Pythium o Phytophthora ha entrado por el tejido muerto.

Hojas nuevas amarillas con las nervaduras todavía verdes. Clorosis férrica: el hierro está en el sustrato pero la planta no puede tomarlo porque el pH ha subido. En zonas de agua dura es lo más habitual a partir del segundo año en la misma maceta.

Amarillo moteado, granulado, con aspecto de polvo fino y algún hilillo en el envés. Araña roja (Tetranychus urticae). Aparece en invierno, con la calefacción puesta y el ambiente por debajo del 35 % de humedad.

Amarillo con manchas blanquecinas o pardas y secas, en las hojas más expuestas. Quemadura de sol directo.

El riego: un gesto que engaña

El espatifilo tiene una señal muy clara y muy traicionera: cuando le falta agua deja caer las hojas a plomo en cuestión de horas, y al regar se recupera esa misma tarde. El teatro es tan convincente que invita a usarlo como aviso de riego, y ahí empieza el problema, porque cada desmayo cuesta raíces finas: cuando la planta llega a marchitarse, los pelos absorbentes ya han empezado a colapsar. Repetido cada dos semanas durante un año, el sistema radicular queda reducido y la planta amarillea aunque el sustrato esté húmedo.

El extremo contrario es peor todavía. Regar con calendario fijo —los domingos, un vaso de agua— sin mirar el sustrato mantiene el cepellón saturado en invierno, cuando la planta apenas transpira, y las raíces se pudren en silencio durante meses. El síntoma llega tarde, cuando ya hay pocas raíces sanas.

Lo que funciona es comprobar antes de regar: dedo dos o tres centímetros dentro del sustrato, o simplemente levantar la maceta. Se riega cuando la superficie está seca al tacto pero el interior aún guarda algo de frescor, empapando hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y se vacía el plato a los diez minutos. En un piso español eso significa aproximadamente cada tres o cuatro días de junio a septiembre y cada diez o doce de noviembre a febrero, pero la cifra depende del tamaño de la maceta y de la calefacción, no del calendario.

Un detalle que rara vez se menciona: el espatifilo se vende casi siempre en turba muy fina y maceta pequeña de cultivo, metida dentro de un cubremacetas decorativo sin agujeros. El agua sobrante se acumula ahí abajo y el cepellón se queda en remojo permanente. Si la planta amarillea sin motivo aparente, saca la maceta interior y mira si hay un dedo de agua estancada en el fondo del cubremacetas.

Luz: el punto medio es más estrecho de lo que parece

Se ha repetido tanto que el espatifilo "aguanta la sombra" que acaba en pasillos y baños interiores donde solo sobrevive. Aguantar no es prosperar: con poca luz la planta se mantiene verde pero no vuelve a florecer, saca hojas alargadas y flojas y no repone las que va perdiendo, de modo que el amarillamiento natural de las viejas no se compensa con brotes nuevos y la mata se despuebla.

El sitio correcto es luz abundante pero indirecta: a uno o dos metros de una ventana orientada al este o al norte, o detrás de un visillo en una de sur. El sol directo del mediodía de mayo a septiembre en la península quema las hojas en dos o tres días, y la quemadura empieza precisamente con un amarilleo pálido antes de volverse parda y seca.

El agua del grifo en la mitad del país

En buena parte de España el agua de red es dura, con carbonatos que van subiendo el pH del sustrato riego a riego. El espatifilo prefiere un pH ligeramente ácido, entre 5,5 y 6,5; por encima de 7 el hierro y el manganeso se bloquean y aparece la clorosis internervial en las hojas jóvenes. A eso se suma que el género es sensible al flúor y al cloro, que se acumulan y queman las puntas.

Las soluciones son sencillas. Recoger agua de lluvia cuando se pueda; usar agua de ósmosis o mezclarla al 50 % con la del grifo; dejar reposar el agua destapada veinticuatro horas ayuda algo con el cloro, aunque no con la cal. Y una vez al año, en primavera, regar con un quelato de hierro EDDHA (el único que sigue siendo eficaz por encima de pH 7) a la dosis de la etiqueta: en tres o cuatro semanas se ve reverdecer las hojas nuevas, no las ya amarillas.

Frío, corrientes y aire seco

Por debajo de 12 °C el espatifilo sufre daño por frío, que se manifiesta como un amarilleo difuso seguido de manchas acuosas que luego se ennegrecen. Un balcón cerrado en Burgos en enero, o una planta pegada a un cristal en una noche de helada, bastan. La franja cómoda va de 18 a 25 °C y no le importa el calor mientras haya humedad.

Las corrientes son el otro enemigo doméstico: el chorro del aire acondicionado en verano y el del radiador en invierno deshidratan la lámina más deprisa de lo que la raíz repone, y el resultado es amarillo en los bordes y puntas pardas. Agrupar plantas, poner un plato con grava y agua bajo la maceta —sin que el fondo toque el agua— o un humidificador en la habitación resuelven bastante. Pulverizar las hojas es agradable pero dura veinte minutos; no cambia la humedad ambiente.

Abono y trasplante, cuando el amarillo es hambre

Si toda la planta va perdiendo verde intenso, las hojas nuevas salen más pequeñas que las anteriores y hace dos o tres años que vive en la misma maceta con el mismo sustrato, el problema es nutricional. La turba se degrada, se compacta y pierde capacidad de retener nutrientes.

De marzo a septiembre, un abono líquido para plantas verdes con nitrógeno, o un equilibrado tipo 20-20-20, cada quince días y a la mitad de la dosis que indica el envase. El espatifilo es sensible al exceso de sales: el sobreabonado produce puntas quemadas y un amarilleo por raíz dañada indistinguible a simple vista del que provoca el encharcamiento. De octubre a febrero, nada.

El trasplante se hace en primavera, subiendo un solo número de maceta —de 14 a 17 cm, por ejemplo—, porque una maceta demasiado grande tarda tanto en secarse que reproduce el problema del exceso de agua. La mezcla que mejor funciona es sustrato de plantas verdes con un 25-30 % de perlita o fibra de coco gruesa para que el aire llegue a las raíces. Es también el momento de dividir la mata si tiene varias coronas: cada división debe llevar tres o cuatro hojas y raíces propias.

Es una planta irritante: conviene saberlo

Todo el género Spathiphyllum, como el resto de las aráceas, contiene rafidios de oxalato cálcico: cristales en forma de aguja en los tejidos. Morder una hoja provoca dolor, ardor e inflamación inmediatos en labios, lengua y garganta, y la savia irrita la piel y sobre todo los ojos. No es una planta mortal ni de lejos, pero en gatos y perros que mordisquean hojas causa salivación intensa, vómitos y, en casos raros, inflamación suficiente para dificultar la deglución. Con niños pequeños o mascotas roedoras de plantas, mejor colocarla en alto, y usar guantes al dividir o podar. Si hay contacto con los ojos, enjuagar con agua abundante y consultar.

Aprovecho para desmontar el argumento contrario, el que suele acompañar a esta planta en los viveros: lo de que "purifica el aire". El estudio de la NASA en el que se basa esa idea se hizo en cámaras selladas de un metro cúbico, y al trasladar los datos a una habitación real harían falta cientos de plantas por estancia para notar algo frente a lo que hace abrir una ventana cinco minutos. Ténla porque es bonita y agradecida, no como sistema de ventilación.

Qué hacer con las hojas ya amarillas

Cortarlas, y cortarlas bien. Una hoja amarilla no se recupera y sigue consumiendo agua y siendo puerta de entrada de hongos. Se sigue el peciolo hasta la base, hasta donde nace de la corona, y se corta ahí con tijera limpia; dejar un tocón de cinco centímetros es dejar tejido que se pudrirá. Si la planta tiene la mitad de las hojas amarillas, no las quites todas de golpe: elimina primero las peores, corrige la causa y retira el resto a medida que la planta emita brotes nuevos.

Y una comprobación que ahorra meses de dudas: saca el cepellón de la maceta y míralo. Raíces blancas o crema, firmes y con olor a tierra significan que el problema es de luz, agua de riego o nutrición y se arregla desde arriba. Raíces marrones, blandas, que se deshacen entre los dedos y huelen a ciénaga significan podredumbre; entonces hay que recortar todo lo dañado, replantar en sustrato nuevo y una maceta más pequeña, reducir el riego al mínimo durante tres semanas y esperar. Con la mitad de raíces sanas la planta se recupera; sin ninguna, no.

En resumen

El amarillamiento del lirio de la paz no es una enfermedad, es un síntoma con varias causas que se distinguen por el patrón: hojas viejas sueltas y aisladas, envejecimiento normal; varias hojas bajas con la base blanda, exceso de agua; hojas nuevas amarillas con nervios verdes, cal en el agua de riego; moteado fino, araña roja; manchas secas, sol directo. Riega comprobando el sustrato en vez de por calendario y no esperes a que la planta se desmaye, vacía el cubremacetas, dale luz clara sin sol directo, abona a media dosis solo de marzo a septiembre, trasplanta cada dos o tres años sin pasarte de tamaño y usa agua blanda o quelato de hierro si vives en zona de agua dura. Las hojas amarillas se cortan desde la base porque no van a reverdecer. Y manéjala con la precaución que merece cualquier arácea: los oxalatos irritan boca, piel y ojos, en personas y en animales.


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