Hacen falta alrededor de 150.000 flores para reunir un kilo de azafrán seco. Ese número, y no ningún misterio botánico, explica por qué la flor más cara que se cultiva a gran escala en el mundo es un pequeño Crocus morado que florece en La Mancha a finales de octubre.
Cuando se habla de «flores caras» se están mezclando tres cosas muy distintas: lo que cuesta un producto obtenido de una flor, lo que se paga por un ejemplar concreto de una planta rara y las cifras que circulan en listas de internet y que no corresponden a ninguna venta real. Vale la pena separarlas, porque en la tercera categoría hay bastante ruido, incluida la flor que casi todas esas listas coronan como «la más cara del mundo» y que en realidad no se vende, ni cara ni barata.
El azafrán, la flor cara que sí puedes cultivar
Crocus sativus se paga entre 3.000 y 10.000 euros el kilo según origen y calidad, lo que lo convierte en la especia más cara del mercado por peso. La razón está toda en la recolección. Cada flor produce tres estigmas rojos, y solo esos tres filamentos son azafrán. Hay que cortarlos a mano, uno por uno, en una operación llamada mondado. Un jornal experto limpia en torno a un kilo de flor fresca por hora, y de un kilo de flor fresca salen unos doce gramos de azafrán seco.
Además, la ventana de trabajo es minúscula. La flor abre de madrugada y hay que recogerla antes de que el sol la abra del todo, porque el estigma expuesto pierde aroma y color. La campaña dura dos o tres semanas de finales de octubre a primeros de noviembre, y en su punto álgido un campo obliga a salir todos los días al amanecer. Una hectárea bien llevada da entre 5 y 15 kilos de azafrán seco al año. Con esas cifras, el precio deja de parecer excesivo.
La planta en sí no tiene ningún secreto y se cultiva perfectamente en un huerto español, que es de donde viene la denominación de origen protegida Azafrán de La Mancha. Se plantan los bulbos —cormos— de junio a agosto, a unos 15 centímetros de profundidad y separados 10, en suelo suelto, calizo, con sol pleno y sin rastro de encharcamiento. Florece en otoño, echa las hojas estrechas después y pasa el invierno verde; en primavera se seca y entra en reposo. Riegue en julio, cuando el cormo está durmiendo bajo tierra, y lo que sacará en octubre es un cormo podrido en lugar de una flor.
Un detalle que sorprende: Crocus sativus es un triploide estéril. No produce semilla viable, se multiplica solo por división de cormos, y por tanto todas las plantas de azafrán del mundo son descendientes clonales de una misma selección antiquísima. Cada cormo produce dos o tres hijos por temporada, así que una plantación pequeña se multiplica sola en pocos años.
Reconocer el azafrán auténtico
Un producto tan caro atrae falsificaciones, y aquí conviene saber qué mirar. El sustituto habitual es el alazor o cártamo (Carthamus tinctorius), cuyos pétalos secos son alargados, rojizos y muy convincentes en una foto; también se usan cúrcuma molida y barbas de maíz teñidas.
Tres comprobaciones prácticas. Primero, hebra frente a polvo: el azafrán en polvo es imposible de evaluar a simple vista y concentra casi todo el fraude, así que se compra en filamentos. Segundo, la forma del filamento: el estigma de Crocus sativus se ensancha hacia el extremo como una trompetilla dentada, mientras que el pétalo de cártamo es plano y de anchura uniforme. Tercero, el color en agua fría: el azafrán suelta un amarillo dorado poco a poco y la hebra conserva su rojo; una hebra que tiñe de rojo el agua está teñida.
Y una advertencia de precio: si un kilo se ofrece por doscientos euros, el número por sí solo ya dice que no es azafrán. También conviene mirar cuánta parte blanca o amarilla lleva el filamento, porque ese trozo es el estilo, no el estigma, y solo añade peso.
Cuando lo caro es un ejemplar, no un kilo
La otra familia de flores caras se paga por planta, y ahí mandan las orquídeas. El caso más citado es la orquídea Shenzhen Nongke, un híbrido obtenido en un centro de investigación chino tras unos ocho años de trabajo, que se subastó en 2005 por 1,68 millones de yuanes, en torno a 200.000 dólares de entonces. Tarda cuatro o cinco años en florecer, lo que la hace inservible como planta comercial: lo que se compró fue una rareza documentada, no un producto de jardinería.
El otro nombre imprescindible es Paphiopedilum rothschildianum, la zapatilla de Rothschild u «oro de Kinabalu», una orquídea terrestre con pétalos horizontales rayados que se abren hasta treinta centímetros de punta a punta. Solo existe de forma silvestre en una franja muy pequeña del monte Kinabalu, en Borneo, y tarda entre diez y quince años en florecer desde semilla. Se han citado precios de varios miles de euros por ejemplar adulto.
Aquí hay que ser preciso con la parte legal, porque no es un detalle menor. Esta especie está en el Apéndice I de CITES, el nivel máximo de protección: el comercio internacional de ejemplares recolectados en la naturaleza está prohibido, y solo pueden circular plantas reproducidas artificialmente en viveros registrados, con su certificado. Comprar un ejemplar sin esa documentación, o traérselo de un viaje, es un delito contra la fauna y flora protegidas, con decomiso y sanción. Y no es teoría: la recolección furtiva ha reducido las poblaciones silvestres de esta orquídea a unos pocos cientos de plantas.
De forma general, todas las orquídeas están al menos en el Apéndice II de CITES, igual que todas las cactáceas. En España, además, arrancar orquídeas silvestres del campo —los Ophrys, Orchis y Serapias que salen en primavera en cualquier ribazo— está prohibido, y trasplantadas al jardín mueren igualmente, porque dependen de hongos micorrícicos del suelo de origen.
Cifras famosas que no son precios
La flor que encabeza casi todos los rankings es la kadupul, y su historia merece una corrección. Se trata de Epiphyllum oxypetalum, un cactus epífito de las selvas mexicanas y centroamericanas que en Sri Lanka tiene un fuerte valor simbólico. Abre de noche, una flor blanca enorme y muy perfumada, y al amanecer ya está marchita. De ahí sale la etiqueta de «flor sin precio»: no se puede cortar, transportar ni vender, porque se deshace en unas horas.
«Impagable» no significa «carísima». La planta que la produce es una de las suculentas más fáciles y baratas que hay: se multiplica clavando un trozo de tallo aplanado en sustrato, crece en cualquier terraza mediterránea a media sombra y florece con años y algo de estrechez de maceta. En España pasa el invierno fuera en la costa y necesita entrar en casa en el interior, porque no tolera heladas. Cuesta, literalmente, lo que un esqueje regalado por un vecino.
Otro dato que circula distorsionado es el de la rosa Juliet, presentada por David Austin en Chelsea en 2006. La cifra de tres millones de libras que se repite corresponde al coste de quince años de programa de mejora hasta obtenerla, no a lo que vale una flor ni un ramo. Las rosas de esa serie se venden hoy como cualquier otra rosa de corte de gama alta.
Y una última que conviene desmontar: la llamada youtan poluo, unos supuestos filamentos blancos con una perlita en la punta que aparecen en fotos como «la flor que brota cada 3.000 años». No son flores. Son huevos de crisopa, un insecto beneficioso que los pone sobre pedúnculos finos para que las larvas no se coman entre sí. Quien los encuentre en las hojas de sus plantas está de suerte: las larvas de crisopa devoran pulgón.
La lección de los tulipanes rotos
El episodio más extremo de flores caras ocurrió en los Países Bajos entre 1636 y 1637. En el punto álgido de la tulipomanía, un solo bulbo de Semper Augustus llegó a cotizar el equivalente a una casa junto a un canal de Ámsterdam, y el mercado se desplomó en cuestión de semanas dejando contratos sin valor.
Lo interesante para un jardinero es qué se estaba pagando. Los tulipanes más cotizados eran los «rotos» o bizarros: pétalos con llamas y vetas blancas o amarillas sobre fondo rojo o violeta, dibujos irrepetibles que nadie sabía reproducir a voluntad. La causa se identificó tres siglos después: un virus, el tulip breaking virus, transmitido por pulgón, que altera la distribución del pigmento. Las flores más caras de la historia eran plantas enfermas, y además debilitadas, con bulbos que se hacían pequeños y acababan agotándose. Las variedades jaspeadas modernas ya no son víricas, sino genéticas y estables.
La moraleja sirve para el vivero de hoy. Un moteado o unas vetas raras en una hoja o un pétalo pueden ser una variedad seleccionada, pero también pueden ser una virosis. Si la planta además va perdiendo vigor, hojas deformadas o dibujos que cambian de año en año, no es una rareza valiosa: es un foco que conviene retirar antes de que el pulgón lo reparta por el resto del jardín.
Qué encarece un ramo en la floristería
Bajando a lo cotidiano, el precio de una flor cortada rara vez tiene que ver con su rareza botánica. Pesan cuatro factores: la duración en jarrón, que determina cuánta mercancía se pierde por el camino; la fragilidad en el transporte, que obliga a cadena de frío y a avión en lugar de camión; el desfase con la temporada, porque forzar floración fuera de época consume calefacción, luz y meses de invernadero; y la mano de obra, que en flores de manipulación delicada se dispara.
De ahí que las peonías en diciembre, las orquídeas de tallo largo o los ranúnculos fuera de temporada cuesten lo que cuestan, mientras que flores igual de bonitas y de producción local salen por una fracción. En España los picos de precio están marcados en el calendario: San Jordi el 23 de abril dispara la rosa roja, el Día de la Madre en mayo tira de todo el surtido y Todos los Santos multiplica el crisantemo a finales de octubre. Comprar en esas fechas es pagar el pico; comprar la misma especie tres semanas después es otra factura.
El truco doméstico más rentable no es regatear, es alargar el jarrón: corte en bisel bajo el chorro de agua, retirada de todas las hojas que queden sumergidas, agua limpia cambiada cada dos días y jarrón lejos del frutero, porque el etileno que desprende la fruta madura acelera el marchitado de casi todas las flores de corte.
En resumen
La flor más cara del mundo en términos comerciales reales es el azafrán, Crocus sativus, y su precio se explica por las 150.000 flores y el mondado manual que hay detrás de cada kilo. Se cultiva sin dificultad en España plantando los cormos en verano y respetando su reposo estival. Si se compra, en hebra y nunca en polvo.
En plantas concretas, los precios altos son de orquídeas: la Shenzhen Nongke por su subasta de 2005 y la zapatilla de Rothschild por su rareza. En este segundo caso, la especie está en el Apéndice I de CITES y solo es legal la planta reproducida en vivero con certificado; comprar ejemplares silvestres es un delito, y es la razón directa de que apenas queden en su montaña.
De las cifras que circulan por internet, buena parte no son precios. La kadupul es un cactus barato que se marchita al amanecer, los tres millones de la rosa Juliet fueron años de mejora genética y la youtan poluo son huevos de crisopa. La historia de los tulipanes rotos remata la idea: lo que se paga por una flor y lo que esa flor vale como planta han ido por caminos separados desde hace cuatro siglos.