Un jardín no se llena de flores bonitas comprando flores bonitas. Se llena eligiendo especies que puedan florecer donde las plantas, algo que en la península es menos evidente de lo que parece: entre un patio de Sevilla con cuarenta grados en julio y un jardín de Lugo con niebla en agosto hay dos climas distintos, y las flores más espectaculares del mundo están repartidas entre ambos extremos y ninguno de los dos a la vez.

Esta selección recorre diez plantas de floración excepcional, la mayoría cultivables en España, y con cada una va lo que hace falta para que la flor llegue: la exposición, el suelo, el mes de plantación y el fallo concreto que la deja sin abrir. Dos de ellas son tóxicas y se advierte antes de nada. Otras dos se venden en vivero con nombres compartidos con plantas muy diferentes, y conviene saber cuál se lleva uno a casa.

Aguileña, la flor con espolones

Las aguileñas (Aquilegia) tienen una estructura floral que no se parece a nada más en el jardín: cinco sépalos coloreados, cinco pétalos en forma de tubo y, saliendo hacia atrás, los espolones largos que le dan el nombre. En Aquilegia caerulea, la especie de las Montañas Rocosas, esos espolones azules y blancos llegan a los cinco centímetros. La aguileña común europea, Aquilegia vulgaris, crece silvestre en buena parte del norte peninsular y en zonas de montaña, y es la que mejor aguanta un jardín español.

Flores azules y blancas de Aquilegia caerulea con sus espolones característicos

Es una vivaz de vida corta: tres o cuatro años y la mata se agota. No pasa nada si se la deja sembrarse sola, porque se resiembra con facilidad. Ahora bien, las aguileñas hibridan entre sí sin ningún pudor, así que las plántulas que aparezcan no serán iguales a la madre: si se han plantado dos variedades de color, en dos generaciones el macizo tira a violeta sucio. Para conservar un color concreto hay que quitar las flores marchitas antes de que granen y renovar la planta por semilla comprada.

Quiere media sombra y suelo que no se seque del todo, con materia orgánica. A pleno sol en el interior peninsular se quema tras la floración. Florece de abril a junio; después el follaje se afea y agradece un corte a ras que saca hojas nuevas y limpias. Si aparecen galerías blancas serpenteantes en las hojas es el minador Phytomyza minuscula: se corta la hoja afectada y ya está, no justifica tratamiento.

Caña fístula, oro colgando en junio

Cassia fistula produce racimos colgantes de hasta medio metro, de un amarillo puro, sobre un árbol que en floración se queda casi sin hojas. Es leguminosa, originaria del sur de Asia, y es el árbol nacional de Tailandia. En España florece de mayo a julio y solo prospera libre de heladas: Canarias, la costa de Málaga y Granada, puntos abrigados de Alicante y Murcia. Por debajo de -2 °C pierde la parte aérea, y una helada de -5 °C la mata.

Aquí hay una confusión de vivero que conviene deshacer por el lado de la etiqueta. En castellano, «lluvia de oro» designa a esta Cassia, pero también a Laburnum anagyroides, el codeso de los Alpes, un arbolito caducifolio de racimos amarillos parecidos que sí resiste el frío y se planta en el norte peninsular. La diferencia práctica es doble: si se compra un Laburnum pensando en un árbol tropical, se planta en un clima que no le va; y al revés, quien planta un Laburnum debe saber que toda la planta contiene citisina y es tóxica, con las semillas y las vainas como parte más peligrosa. Las vainas se parecen a judías verdes pequeñas, y por eso los accidentes con niños ocurren con esta especie y no con otras. Si hay críos en la casa, se elige otro árbol.

La caña fístula, por su parte, también tiene vainas —cilíndricas, oscuras, de hasta 60 cm— cuya pulpa se ha usado tradicionalmente como laxante. No es material para experimentar en casa.

Cerezo japonés: la floración que no da cerezas

Los cerezos de flor japoneses (Prunus serrulata y sus híbridos, con 'Kanzan' como el más plantado) dan flores dobles, rosadas, tan apretadas que tapan la rama entera durante diez o quince días de marzo o abril. Y después no vienen cerezas, por mucho que se espere: las variedades ornamentales tienen los estambres transformados en pétalos y apenas cuajan fruto. Quien quiera cerezas planta Prunus avium, que también florece de blanco y muy bien, aunque con menos aparato.

Rama de cerezo japonés en plena floración con flores dobles rosadas

Necesitan frío invernal para florecer de forma pareja. En la costa mediterránea, con inviernos suaves, la floración sale escalonada y deslucida; en la meseta, en el norte y en zonas de media montaña, salen espectaculares. Piden suelo profundo, fresco y bien drenado, y no perdonan el encharcamiento: en arcilla compactada el cuello se pudre en tres o cuatro años.

Sobre la poda hay que ser muy claro. Los Prunus no se podan en invierno. Un corte en enero o febrero es la puerta de entrada de la gomosis y del chancro bacteriano (Pseudomonas syringae), y la rama que sigue a ese corte acaba supurando resina y secándose. Si hay que podar —y estos cerezos necesitan poco más que quitar madera muerta o cruzada—, se hace en verano, con la hoja puesta y tiempo seco, entre julio y agosto, cuando la herida cierra deprisa.

Corazón sangrante, la flor de perfil

Lamprocapnos spectabilis, que durante décadas se llamó Dicentra spectabilis, cuelga sus flores en fila a lo largo de tallos arqueados, cada una con la forma exacta de un corazón rosa del que asoma una gota blanca. Hay que verla de lado: de frente pierde todo el efecto. Por eso conviene plantarla en un talud, al borde de un muro bajo o en maceta elevada, donde el tallo quede a la altura de la vista.

Es planta de sombra fresca y suelo húmedo con humus, resistente al frío hasta -20 °C y, en cambio, floja frente al calor seco. En Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo y jardines de montaña vive sin problema; en el centro y el sur solo aguanta en el rincón más sombrío y regada.

Su comportamiento desconcierta a quien la planta por primera vez: florece de abril a junio y en pleno verano desaparece por completo. Se pone amarilla, se seca y no queda ni un tallo. Es dormancia estival normal, no una muerte. Quien la da por perdida y cava para replantar otra cosa parte el rizoma y entonces sí la pierde de verdad. Se marca el sitio con una etiqueta en junio y se deja tranquila hasta la primavera siguiente.

Equinácea y rudbeckia, las dos de la pradera

Van juntas porque se cultivan igual y porque juntas resuelven agosto, que es cuando la mayor parte del jardín está parado. La equinácea (Echinacea purpurea) levanta flores de pétalos caídos hacia atrás y un cono central erizado, de color cobre. La rudbeckia (Rudbeckia fulgida, Rudbeckia hirta) hace lo mismo en amarillo intenso con el ojo casi negro.

Las dos quieren pleno sol y drenaje. Aguantan la sequía de un verano peninsular una vez establecidas, y el frío no las molesta. Lo que las mata es el invierno húmedo en suelo pesado: la corona se pudre entre noviembre y febrero en arcillas que no escurren. En terrenos así se plantan en caballón, con grava mezclada, o directamente en maceta grande. Riegan poco y no quieren abonado nitrogenado, que las estira y las tumba.

Dos matices de compra. Las equináceas de colores llamativos —naranjas, rojos, corales, dobles— son híbridos con Echinacea paradoxa y otras especies, y suelen durar dos o tres años frente a los muchos más de la Echinacea purpurea de toda la vida. Y en rudbeckia, Rudbeckia fulgida var. sullivantii 'Goldsturm' es vivaz de verdad, mientras que las Rudbeckia hirta de flores bicolor se comportan como anuales o bienales: dan un año magnífico y se van.

Dejar los conos secos en pie durante el otoño tiene premio doble: estructura en el macizo cuando ya no hay flor, y jilgueros comiendo semilla en noviembre.

Flor de chocolate, un perfume a media tarde

Cosmos atrosanguineus abre flores de un granate tan oscuro que a contraluz parecen negras, y desprende un olor claro a cacao y vainilla. El aroma no está siempre: se concentra en las tardes cálidas, y en una mañana fresca de junio la planta no huele a nada. Quien la compra por el perfume y la huele a las nueve de la mañana cree que le han vendido otra cosa.

La especie está extinguida en su medio natural mexicano. Todo lo que se vende procede de clones estériles multiplicados por esqueje o por cultivo in vitro, de manera que no hay semilla viable de la especie pura: si un sobre promete «flor de chocolate por semilla» a bajo precio, lo que llega suele ser un Cosmos bipinnatus oscuro, bonito pero inodoro.

Forma una raíz tuberosa parecida a la de la dalia y se comporta igual: florece de junio a octubre y no resiste heladas fuertes. En la costa mediterránea y el suroeste pasa el invierno en tierra con un acolchado de hojas; en el interior conviene arrancar el tubérculo en noviembre, dejarlo secar y guardarlo en un cajón con turba seca, entre 5 y 10 °C, hasta abril. Suelo suelto y riego moderado: el tubérculo se pudre con facilidad si el sustrato retiene agua.

Lirio de los valles: precioso y venenoso

Empecemos por lo importante. Convallaria majalis es tóxica en todas sus partes —hojas, flores, rizoma y esos frutos rojos brillantes del final del verano— por sus glucósidos cardiotónicos, sobre todo convalatoxina. Afecta al ritmo cardíaco y es peligrosa también para perros y gatos. El riesgo real no es tocarla, sino la ingestión: las bayas rojas atraen a los niños pequeños, y hay casos documentados de adultos intoxicados por confundir sus hojas con las de ajo de oso (Allium ursinum) durante la recolección silvestre. La regla es sencilla: si las hojas no huelen a ajo al frotarlas, no son ajo de oso. Y el agua del jarrón donde han estado los tallos también arrastra el tóxico, así que se tira, no se reutiliza.

Dicho eso, la flor es una de las más delicadas que existen: campanillas blancas de un centímetro colgando en fila de un tallo curvo, con un perfume que ha sostenido a la perfumería durante un siglo. Florece a finales de abril y en mayo.

Cultivarla en España tiene un límite geográfico claro. Necesita invierno frío y verano fresco y húmedo, en sombra bajo árboles de hoja caduca y con suelo rico en materia orgánica. En el norte peninsular y en la montaña se naturaliza y se extiende por rizoma hasta cubrir metros. En Madrid, Valencia o Sevilla apenas dura una temporada por mucho que se riegue. Se plantan los rizomas —los llamados «pips», con la yema hacia arriba— en otoño, a dos o tres centímetros de profundidad.

Pata de vaca, el árbol de las orquídeas

El nombre viene de la hoja: bilobulada, partida en dos por la punta, igual que la huella de una pezuña. Las flores de Bauhinia son grandes, de cinco pétalos y nervios marcados, y de lejos pasan por orquídeas. En España se ven sobre todo Bauhinia variegata, rosa malva, que florece a finales de invierno y en primavera cuando aún está sin hojas, y Bauhinia forficata, blanca y algo más rústica frente al frío.

Piden pleno sol, suelo drenado y protección de las heladas. Un ejemplar adulto tolera -3 °C con daño en las puntas; un plantón de dos años no pasa de un invierno con esa temperatura. Son árboles de la mitad sur, del litoral mediterráneo y de Canarias. Crecen rápido, con madera bastante frágil, así que conviene formar un tronco limpio en los primeros años y no dejarles competir ramas a la misma altura.

Bauhinia × blakeana, el emblema de Hong Kong, es un híbrido estéril: no produce semilla, y todos los ejemplares del mundo descienden por injerto y esqueje de un único árbol encontrado a finales del siglo XIX. Si en un vivero se ofrece «semilla de Bauhinia blakeana», lo que hay en el sobre es otra cosa.

Rosa de China, una flor por día

Hibiscus rosa-sinensis abre corolas de quince centímetros con el estambre asomando como una antena. Cada flor dura un solo día —a veces dos en tiempo fresco— y eso no indica ningún problema de cultivo: es su ciclo. Lo que importa es que la planta encadene botones, y para eso necesita luz muy fuerte, calor y riego regular.

Es tropical y no resiste el frío: por debajo de 5 °C sufre y con una helada se pierde. Fuera de Canarias y de la costa más cálida se cultiva en maceta, en la terraza de mayo a octubre y a cubierto en invierno, en un sitio luminoso y por encima de 12 °C. La caída masiva de botones sin abrir suele venir de un cambio brusco —la mudanza de la terraza al interior, una corriente de aire frío, un secado del cepellón— más que de una plaga; conviene revisar de todos modos el envés de las hojas, porque la mosca blanca y la cochinilla algodonosa lo colonizan en interior.

Para quien quiera esa misma flor en un jardín de la meseta, la alternativa no es forzar el hibisco tropical, sino plantar Hibiscus syriacus, la altea o rosa de Siria: arbusto caducifolio, resistente hasta -20 °C, con floración abundante de julio a septiembre justo cuando el resto del jardín ha parado. En la maceta del vivero las dos ponen «hibisco»; se distinguen porque el syriacus se vende sin hojas en invierno y el rosa-sinensis siempre con follaje verde y coriáceo.

Cómo montar un jardín que florezca todo el año

Reunir plantas bonitas no garantiza un jardín bonito. Lo que lo cambia es repartir las fechas y repetir las mismas especies en grupos de tres, cinco o siete pies en vez de tener un ejemplar de cada cosa. Con estas diez plantas, un calendario de la mitad norte quedaría así: Bauhinia y cerezo japonés en marzo y abril, aguileña y lirio de los valles en abril y mayo, corazón sangrante de abril a junio, caña fístula en junio si el clima da, flor de chocolate de junio a octubre, y equinácea y rudbeckia sosteniendo julio, agosto y septiembre.

El otro factor es el fondo. Las flores oscuras —el granate del Cosmos, el malva de la Bauhinia— desaparecen contra un seto verde oscuro o contra tierra desnuda. Contra un muro claro, una gravilla clara o un follaje plateado se ven a diez metros. Y las flores blancas y perfumadas, como el lirio de los valles, rinden el doble junto a un paso o una zona de estar, donde alguien vaya a rozarlas al atardecer.

En resumen

La belleza de estas diez flores no está en discusión; lo que decide el resultado es el emparejamiento con el clima. Cerezo japonés, corazón sangrante y lirio de los valles piden frío invernal y verano fresco, y viven en la mitad norte y la montaña. Caña fístula, pata de vaca y rosa de China piden ausencia de heladas, y son plantas de Canarias, del litoral mediterráneo y del sur; fuera de ahí, maceta e invernada. Aguileña, equinácea, rudbeckia y flor de chocolate son las más flexibles y sirven en casi toda la península con drenaje y sol.

Tres cosas que evitan disgustos: Convallaria majalis es venenosa en todas sus partes y no se planta donde haya niños pequeños o mascotas que mordisqueen; el Laburnum que también se llama «lluvia de oro» comparte ese problema por sus semillas; y los Prunus ornamentales se podan en verano, nunca en invierno, si no se quiere una rama supurando resina el año siguiente.


Contenidos relacionados