El 3 de febrero de 1637, en una subasta celebrada en Haarlem, un lote de bulbos de tulipán no encontró comprador a ningún precio. Fue el día en que se rompió el mercado más comentado del siglo XVII europeo. Pero la historia del tulipán empieza mucho antes de esa subasta y sigue mucho después, y casi todo lo interesante está fuera del episodio especulativo que suele contarse.

Tulipanes de colores en floración

Una planta de montaña, no de pólder

El género Tulipa es asiático. Su centro de diversidad está en las cordilleras de Asia Central: Tian Shan y Pamir-Alái, en lo que hoy son Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán. Son plantas de laderas pedregosas con inviernos largos y muy fríos, primaveras cortas y veranos secos en los que el bulbo desaparece bajo tierra y espera.

Ese origen explica casi todo su comportamiento en el jardín. El tulipán necesita frío invernal prolongado para que el brote floral se desarrolle correctamente, y necesita un verano seco para no pudrirse. Un bulbo plantado en un arriate que se riega en julio y agosto rara vez sobrevive al segundo año: se pudre o se agota. No es que el tulipán sea delicado, es que le estamos dando un clima que no es el suyo.

Hay tulipanes silvestres en la península ibérica, y no se parecen en nada a los de los catálogos holandeses. Tulipa sylvestris subsp. australis crece en pastos de montaña y matorrales de buena parte del interior peninsular, con flores amarillas pequeñas y estrelladas. Y Tulipa agenensis aparece asociada a cultivos tradicionales en zonas del Levante y del valle del Ebro, probablemente introducida hace siglos con las semillas de cereal.

Estambul antes que Ámsterdam

El tulipán llegó al Mediterráneo oriental por vía otomana. En los jardines de Estambul ya se seleccionaban variedades en el siglo XVI, con un gusto estético muy distinto al que triunfaría después en Europa: los otomanos apreciaban la flor de pétalos estrechos y puntiagudos, en forma de daga o de almendra, exactamente lo contrario de la copa ancha y redondeada que se impuso en los Países Bajos. Aquellas formas afiladas se llamaban lale, palabra que aún hoy da nombre a la flor en turco.

El nombre europeo procede de un malentendido lingüístico. Los primeros viajeros occidentales interpretaron que la palabra para el turbante, tülbend, era el nombre de la flor con la que se adornaban, y de ahí salió "tulipán". Un error de traducción que lleva cuatro siglos y medio funcionando.

El interés otomano por la planta tuvo su propio auge tardío. Entre 1718 y 1730, bajo el sultán Ahmed III, se vivió en Estambul el llamado Lale Devri, el Periodo de los Tulipanes: fiestas nocturnas en los jardines del Bósforo, catálogos de variedades con nombres poéticos y precios oficiales fijados por decreto para frenar la especulación. Terminó con una revuelta en 1730 que costó el trono al sultán. La historia del tulipán tiene dos burbujas, no una, y la turca casi nunca se cuenta.

Clusius y el jardín de Leiden

El botánico flamenco Carolus Clusius (Charles de l'Écluse) recibió bulbos y semillas procedentes de Constantinopla mientras trabajaba en la corte imperial de Viena, y se llevó su colección cuando aceptó dirigir el jardín botánico de la Universidad de Leiden en 1593. Allí plantó tulipanes con intención científica, no comercial, y se negó a vender bulbos a los curiosos que se los pedían.

La consecuencia fue predecible: le robaron el jardín. Los bulbos sustraídos de Leiden circularon por Holanda y fundaron buena parte del material que después se multiplicó y se vendió. La industria bulbícola neerlandesa, que hoy mueve miles de hectáreas entre Lisse y Alkmaar, nació en parte de un hurto nocturno.

Hay un motivo edafológico para que cuajara allí y no en otro sitio. Los suelos arenosos del cinturón costero holandés, los geestgronden, drenan de forma casi perfecta y se calientan rápido en primavera. Para un bulbo que odia el encharcamiento, aquello era el sustrato ideal, y lo sigue siendo.

Los pétalos flameados eran una enfermedad

Las variedades que alcanzaron los precios más altos en el siglo XVII no eran las de color liso. Eran las "rotas" o quebradas: flores con llamaradas y plumeados blancos sobre fondo rojo o púrpura, cada una distinta, imposibles de reproducir a voluntad. El Semper Augustus, el bulbo más caro documentado, era una de ellas.

Aquel dibujo lo causaba un virus, el virus del jaspeado del tulipán (Tulip breaking virus), un potyvirus transmitido por pulgones, sobre todo por Myzus persicae. El virus bloquea de forma irregular la producción de antocianinas en la epidermis del pétalo, y por eso aflora el color base blanco o amarillo en franjas. Los compradores del XVII pagaban fortunas por una infección sin saberlo, y no entendían por qué esas plantas se debilitaban año tras año, daban bulbos hijos cada vez más pequeños y acababan desapareciendo. Un cultivo de tulipán infectado tiene los años contados.

La relación no se demostró hasta 1928, con los trabajos de Dorothy Cayley en la estación experimental de John Innes. A partir de ahí, la propagación deliberada de plantas virosadas dejó de tener sentido comercial y quedó prohibida en el circuito profesional neerlandés, porque un lote infectado contamina los campos vecinos. Cuando hoy compras un tulipán etiquetado como "Rembrandt" en un garden center, estás comprando un cultivar sano y genéticamente estable —normalmente del grupo Triunfo— seleccionado para imitar aquel jaspeado. La flor se parece; la causa es completamente distinta.

Qué ocurrió de verdad en la tulipomanía

La versión popular procede de un libro de 1841, Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds, de Charles Mackay, que a su vez bebía de panfletos satíricos escritos por moralistas calvinistas contemporáneos de los hechos. De ahí salen las imágenes de siempre: mansiones cambiadas por un bulbo, marineros que se comen un tulipán creyendo que era una cebolla, oleadas de suicidios tras el colapso.

La investigación de archivo posterior, en particular la de la historiadora Anne Goldgar sobre los registros notariales de Haarlem y Ámsterdam, dibuja algo más sobrio. El comercio de bulbos raros se concentró en un grupo relativamente pequeño de mercaderes y artesanos acomodados. Las operaciones del invierno de 1636-37 eran en su mayoría contratos de futuros firmados en tabernas sobre bulbos enterrados que nadie podía ver, pagaderos en la temporada siguiente. Cuando el mercado se cayó en febrero de 1637, la mayor parte de esos contratos simplemente no llegó a liquidarse: los tribunales holandeses se negaron a ejecutarlos y muchas deudas se saldaron por una fracción del precio pactado. No hay constancia documental de quiebras masivas ni de suicidios, y la economía neerlandesa siguió su curso sin sobresalto macroeconómico apreciable.

Lo que sí hubo fue un daño reputacional y una crisis de confianza entre los implicados, que es un asunto serio en una sociedad mercantil basada en la palabra dada. La tulipomanía fue real, pero fue un escándalo social antes que un desastre financiero. Conviene saberlo antes de usarla como metáfora de cualquier burbuja moderna.

Campo de tulipanes rojos y amarillos

El invierno del hambre y un aviso necesario

Durante el Hongerwinter, el bloqueo alemán del oeste de los Países Bajos entre noviembre de 1944 y mayo de 1945, la población recurrió a los almacenes de bulbos para no morir de hambre. Se consumieron bulbos de tulipán en cantidad, siguiendo instrucciones que difundieron los propios servicios de alimentación de la época. Fue una medida de emergencia extrema, con dos condiciones que rara vez se mencionan: no todas las especies de bulbo valían, y la preparación era imprescindible.

El bulbo de tulipán no es un alimento. Contiene tuliposidos A y B, que se convierten en tulipalinas, lactonas irritantes. El contacto repetido con bulbos pelados produce una dermatitis de contacto bien descrita en los manipuladores profesionales, conocida como "dedos de tulipán": piel agrietada, fisurada y dolorosa bajo las uñas. Ingerido, provoca irritación digestiva, vómitos y diarrea, y en perros que escarban un macizo recién plantado puede acabar en una visita de urgencia. Guarda los bulbos fuera del alcance de niños y animales, planta con guantes si tienes la piel sensible y no experimentes en la cocina con ellos.

Tulipanes en un jardín español

Toda esa historia deja una lección práctica: en la península estamos cultivando una planta de montaña centroasiática en climas que van del atlántico al semiárido, y eso obliga a ajustar el manejo.

Cuándo plantar. Los bulbos se ponen en otoño, cuando el suelo ya ha perdido el calor del verano. En la meseta norte y zonas de montaña, de mediados de octubre a mediados de noviembre. En el litoral mediterráneo y el sur, mejor esperar a finales de noviembre o diciembre. Plantar en septiembre con el suelo todavía a 25 ºC es una vía rápida a la pudrición.

Profundidad y suelo. De dos a tres veces la altura del bulbo, es decir entre 10 y 15 cm en los tamaños comerciales habituales, con la punta hacia arriba y sin apelmazar la tierra por encima. En suelos arcillosos, una capa de 3 o 4 cm de arena gruesa bajo el bulbo evita que el agua se estanque justo donde está la placa radicular.

El frío que les falta. Un tulipán de jardinería necesita del orden de doce a dieciséis semanas por debajo de unos 9 ºC para alargar el tallo y abrir bien. En Galicia, la meseta o el Pirineo eso lo da el invierno. En Málaga, Alicante o Canarias no, y el resultado es la flor abortada o un tallo de cinco centímetros con la flor pegada al suelo. La solución es comprar bulbos ya preenfriados o meterlos ocho semanas en el cajón de verdura de la nevera antes de plantar, nunca junto a manzanas, peras o plátanos: el etileno que desprende la fruta madura destruye el primordio floral y el bulbo brotará sin flor.

Después de la floración. Corta la flor marchita para que no gaste energía en semilla, pero deja las hojas hasta que amarilleen del todo, alrededor de seis semanas. Ahí es donde el bulbo rehace sus reservas para el año siguiente. Segar el follaje verde para dejar el arriate limpio equivale a tirar los bulbos.

Sé realista con el segundo año. En la mayor parte de España conviene tratar los híbridos modernos como planta de temporada: florecen espléndidos el primer año y van de capa caída después, porque el verano peninsular no reproduce el reposo seco y fresco de una ladera del Tian Shan. Si quieres tulipanes que se queden y se multipliquen solos, ve a los botánicos: Tulipa clusiana, Tulipa saxatilis, Tulipa sylvestris o los cultivares del grupo Greigii y Kaufmanniana aguantan bastante mejor nuestro clima y no piden tanto frío.

El problema sanitario a vigilar. Botrytis tulipae, el llamado fuego del tulipán, aparece con primaveras húmedas y plantaciones densas: manchas pardas hundidas en hoja y pétalo y brotes que se retuercen. Arranca y retira las plantas afectadas —no al compost—, no repitas tulipán en el mismo cuadro durante tres años y planta más espaciado. Y descarta en el momento de la compra cualquier bulbo blando, con manchas azuladas o con la túnica desprendida y motas oscuras debajo.

En resumen

El tulipán es una geófita de las montañas de Asia Central que pasó por los jardines otomanos, entró en Europa occidental a través del jardín botánico de Leiden y desató en 1637 un episodio especulativo cuya magnitud real fue bastante menor que su fama. Los pétalos jaspeados que se pagaban a precio de casa eran síntoma de una virosis transmitida por pulgones, hoy erradicada del comercio y sustituida por cultivares sanos que la imitan. Los bulbos son irritantes y no deben comerse, por mucho que en el invierno de 1944 no hubiera otra cosa. Y en el jardín conviene aceptar el origen de la planta: frío invernal suficiente —de la nevera si hace falta, lejos de la fruta—, plantación otoñal profunda en suelo que drene, follaje intacto hasta que amarillee, y especies botánicas si lo que buscas es que vuelvan solos cada primavera.


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