A finales de marzo, al pie de un muro viejo, en el talud sombrío de una carretera secundaria o entre las piedras de un ribazo, aparecen unas matitas de tallos rojizos, hojas muy recortadas y flores rosa purpúreo del tamaño de una uña. Esa estampa se identifica por defecto como hierba de San Roberto, y en muchos casos la identificación falla: la planta es Geranium purpureum, una especie distinta que comparte aspecto, aroma y costumbres con su pariente célebre y se separa de ella por un detalle que cabe en la punta de un alfiler.
Qué es y de dónde viene
Geranium purpureum Vill. es un geranio verdadero, de la familia Geraniaceae, sin ningún parentesco cercano con los geranios de balcón, que pertenecen al género Pelargonium. Aquí no hay flores en umbela ni tallos carnosos: es una hierba anual —o bienal de invierno, según el año y el lugar— que germina con las lluvias de otoño, pasa el invierno como una roseta pegada al suelo, florece en primavera y muere después de soltar la semilla.
Conviene deshacer una confusión que circula bastante: no es una planta canaria. Está presente en Canarias y en Madeira, sí, y allí forma parte de la flora de sotobosque y de los bordes de camino, pero su área natural abarca toda la cuenca mediterránea, la fachada atlántica europea hasta las islas británicas, el norte de África y el suroeste de Asia. En la Península Ibérica es una planta común y ampliamente repartida, del nivel del mar hasta cerca de los 1.500 metros. Lo verás con la misma facilidad en un encinar manchego, en un pinar levantino o en la base de un muro de piedra seca gallego.
Fuera de ese territorio la historia cambia de signo. Introducida en el oeste de Norteamérica, se ha convertido en una mala hierba de cierta consideración en Oregón y California, donde coloniza cunetas y sotobosques alterados. Es un buen recordatorio de que «planta modesta y sin pretensiones» y «planta inofensiva en cualquier sitio» no son lo mismo.
Cómo es la planta
Mide entre 10 y 40 cm, con porte a menudo tumbado o ascendente y ramificación desde la base. Los tallos son finos, quebradizos, engrosados en los nudos, cubiertos de pelos y de un color que va del verde al rojo intenso según cuánto sol y cuánta sequía le hayan tocado: en una cuneta expuesta en mayo, la planta entera se vuelve granate.
Las hojas son palmatisectas, divididas en cinco segmentos que a su vez están profundamente recortados, lo que le da ese aspecto de encaje. Van sobre peciolos largos. Al estrujarlas desprenden un olor fuerte y peculiar, entre resinoso y desagradable, que es el mismo de la hierba de San Roberto y que sirve para reconocer al grupo con los ojos cerrados.
Las flores salen de dos en dos sobre un pedúnculo común. Tienen cinco pétalos de color rosa purpúreo, de 5 a 9 mm, apenas más largos que los sépalos, que están aquillados y terminan en un pelo rígido. La floración va de marzo a julio en el interior peninsular, y se adelanta a febrero —o se prolonga casi todo el año— en los enclaves más suaves del litoral y en Canarias.
El detalle que la separa de la hierba de San Roberto
Su pariente Geranium robertianum es la especie con la que se confunde a diario, y la diferencia está en las anteras. En Geranium purpureum las anteras son amarillas, y amarillo es también el polen. En Geranium robertianum las anteras van del anaranjado al púrpura oscuro. Es un carácter minúsculo pero constante, y basta con una lupa de bolsillo o con acercar mucho el móvil.
Hay dos apoyos más. El primero es el tamaño de la flor: los pétalos de robertianum miden entre 9 y 14 mm y la flor resulta claramente más vistosa, mientras que la de purpureum es menuda y los pétalos apenas sobresalen del cáliz. El segundo son los frutos: en purpureum los mericarpos llevan en su parte superior unas arrugas y crestas transversales muy marcadas, mientras que en robertianum son más lisos.
Y conviene tener presente una tercera especie del mismo grupo, Geranium lucidum, que aparece en los mismos ambientes: sus hojas son lustrosas, casi sin pelos, con lóbulos redondeados en vez de recortados, y el cáliz presenta arrugas transversales muy visibles. Una vez vistas las tres juntas ya no se vuelven a mezclar.
La semilla que se dispara sola
El fruto explica el nombre popular del género —pico de cigüeña— y explica también por qué esta planta aparece donde no la sembraste. Es un esquizocarpo alargado, de hasta unos 2 cm, formado por cinco piezas unidas a una columna central. Al madurar y secarse, las bandas laterales de cada pieza se enrollan bruscamente hacia arriba y catapultan la semilla a varios metros de distancia. El mecanismo es puramente mecánico, depende de la pérdida de agua de unos tejidos respecto a otros, y funciona con un chasquido audible si tienes la paciencia de acercarte a una mata madura en junio.
A ese sistema de lanzamiento se le suma una fecundación en buena parte autógama: la planta se poliniza a sí misma con frecuencia y no depende de que llegue un insecto. Por eso cuaja casi todo lo que florece y por eso una sola mata puede fundar una colonia entera en un par de temporadas.
Cultivarlo: casi todo consiste en no intervenir
Tiene sentido en el jardín para tres cosas: tapizar la sombra seca bajo árboles y arbustos grandes, ocupar juntas de muros, escaleras de piedra y gravas donde nada más prospera, y aportar color menudo en primavera a una zona naturalizada. No es una planta de arriate formal ni compite con nada que necesite protagonismo.
Siembra. A voleo y en su sitio definitivo, entre septiembre y noviembre, aprovechando el descenso de temperatura y las lluvias de otoño. La semilla no necesita tratamiento previo; solo un contacto firme con el suelo y una capa de tierra muy fina, apenas unos milímetros. Nace en dos o tres semanas y pasa el invierno en roseta. Evita sembrar en bandeja para trasplantar después: la raíz principal es frágil y el trasplante se paga con bajas.
Exposición. Media sombra o sombra luminosa. Aguanta sol pleno en el norte peninsular y en zonas de verano suave, pero en el interior y en el sur el sol de julio la agosta antes de tiempo; de todos modos, para entonces ya habrá cumplido su ciclo.
Suelo. Indiferente al pH: vive igual sobre caliza que sobre suelo silíceo. Lo que exige es drenaje. Prefiere suelos pobres, pedregosos y con algo de materia orgánica en superficie, como la hojarasca del pie de un seto. En tierra rica y abonada crece grande, blanda y desgarbada, y se tumba con la primera tormenta.
Riego. Prácticamente ninguno una vez establecida. Riegos ocasionales en marzo y abril, si el invierno vino seco, alargan la floración. Encharcarla es lo único que la mata rápido.
Abono. No lo necesita, y el nitrógeno la perjudica.
Maceta. Es posible, en un recipiente de al menos 20 cm de profundidad con mezcla de sustrato y arena, aunque su interés decorativo es limitado en solitario. Funciona mejor como acompañamiento en jardineras de plantas mediterráneas de sombra.
Lo que hay que controlar
El problema de esta planta no es que se muera, sino que se multiplique más de lo previsto. En un jardín pequeño, una mancha sembrada un otoño puede estar en las juntas del pavimento, en las macetas vecinas y al pie del seto dos primaveras después. La solución es sencilla y hay que aplicarla en el momento justo: siega o arranca las matas cuando la floración decae y antes de que los frutos empiecen a secarse, en torno a junio según la zona. Una vez el pico está pardo, la semilla ya salió disparada y llegas tarde.
De plagas y enfermedades apenas hay nada que decir. Los caracoles y las babosas se comen las plántulas recién nacidas en otoño húmedo, que es la única fase realmente vulnerable. En rincones muy cerrados y sin ventilación puede aparecer oídio en las hojas al final del ciclo, sin consecuencias prácticas porque la planta está ya terminando. Alguna roya del género Uromyces la afecta de forma ocasional. Ninguno de estos casos justifica un tratamiento fitosanitario.
Sobre su toxicidad y sus supuestos usos
No figura entre las plantas tóxicas para personas ni para animales domésticos, y no consta que su manipulación en el jardín entrañe riesgo. Dicho esto, conviene ser claro con la otra mitad del asunto: en herboristería tradicional se le han atribuido virtudes —heredadas casi siempre de las que se contaban de Geranium robertianum, por el contenido en taninos del grupo— que no cuentan con respaldo clínico. Que una planta sea silvestre y huela fuerte no la convierte en medicinal, y la identificación de campo entre especies parecidas es exactamente el punto donde estas cosas salen mal. Cultívala por lo que es: una anual rústica y bonita en pequeño formato.
En resumen
Geranium purpureum es una anual de invierno de la cuenca mediterránea y la Europa atlántica —presente en Canarias, pero ni mucho menos exclusiva de allí— que germina en otoño, florece en rosa purpúreo de marzo a julio y muere tras dispersar la semilla por catapulta. Se separa de la hierba de San Roberto por sus anteras amarillas y su flor bastante menor. En el jardín se siembra directamente en otoño, en media sombra y suelo drenado y pobre, no se abona, casi no se riega y se resiembra sola sin ayuda. El único cuidado que de verdad requiere es cortarla en junio, antes de que los frutos maduren, si no quieres encontrártela repartida por todo el jardín la primavera siguiente.