Lo que en una fotografía de margarita parece una flor con muchos pétalos blancos alrededor de un botón amarillo no es una flor, sino varios cientos. Entender eso cambia la manera de mirar las imágenes y, de paso, explica por qué plantas tan distintas entre sí —unas de cinco centímetros, otras leñosas de un metro— acaban recibiendo todas el mismo nombre popular.

Capítulo de margarita blanca con el disco central amarillo

Qué se ve realmente en una foto de margarita

Las margaritas pertenecen a las asteráceas (antes compuestas), y su unidad floral es el capítulo: un receptáculo ensanchado sobre el que se aprietan muchísimas flores diminutas. Hay dos tipos. En el borde están las flores liguladas, cada una con una lengüeta blanca —lo que llamamos pétalo— y casi siempre estériles o solo femeninas. En el centro se agrupan las flores del disco, tubulares, amarillas, y son las que producen polen y semilla.

De ahí que deshojar la margarita sea, en rigor, arrancar flores enteras una por una. Y de ahí también que un solo capítulo pueda dar decenas de semillas: cada punto del disco es una flor independiente. Si amplías una foto tomada de cerca verás que el amarillo central no es uniforme, sino un mosaico de tubitos que se van abriendo en espiral, de fuera hacia dentro, a lo largo de varios días.

Esa arquitectura tiene un sentido práctico. El capítulo funciona como una pista de aterrizaje plana y ancha para insectos de lengua corta —abejas, sírfidos, pequeños escarabajos—, que recorren el disco a pie y polinizan decenas de flores en una sola visita. Por eso un arriate de margaritas atrae tanta fauna con tan poco esfuerzo.

Abeja recorriendo el disco central de una margarita

La margarita del césped: Bellis perennis

Es la chirivita, la maya, la margarita pequeña que aparece sola en los céspedes y en los prados de media España. Se reconoce por tres rasgos: roseta de hojas basales espatuladas pegadas al suelo, un tallo desnudo sin hojas (un escapo) que sostiene un único capítulo, y una altura de entre cinco y quince centímetros. Las lígulas suelen tener el envés teñido de rosa o carmín, detalle que se aprecia bien en las fotos de capullos aún cerrados.

Es perenne y vive de una roseta permanente, así que la siega no la mata: se agacha por debajo de la cuchilla y vuelve a florecer en cuatro o cinco días. En el clima peninsular florece de forma escalonada desde el otoño hasta comienzos del verano, con el grueso entre febrero y mayo, y en zonas frescas del norte se ven capítulos casi todo el año.

Las variedades de jardinería —'Pomponette', 'Tasso', 'Habanera'— tienen el capítulo lleno de lígulas, con el disco casi oculto, y se venden en otoño para arriates y jardineras de invierno. Conviene saber que se comportan como bienales de vida corta: dan un espectáculo enorme en la primera primavera y luego se degradan, así que lo razonable es renovarlas o dejar que se resiembren solas. Para polinizadores, en cambio, valen mucho menos que la especie silvestre, porque las flores dobles apenas ofrecen polen accesible.

Las margaritas grandes: Leucanthemum

Cuando alguien dibuja una margarita, dibuja un Leucanthemum. La margarita de los prados (Leucanthemum vulgare) crece silvestre en cunetas y pastos de toda la península, mide entre 30 y 80 cm, tiene hojas repartidas a lo largo del tallo, dentadas y de contorno alargado, y florece de mayo a julio. Es la que llena los taludes de blanco a finales de la primavera.

Su equivalente de jardín es la margarita gigante o de Shasta (Leucanthemum × superbum), un híbrido con capítulos de ocho a diez centímetros y floración de junio a septiembre si se le van cortando las flores pasadas. Es rústica de verdad: aguanta los inviernos de la meseta sin protección. Su punto débil está bajo tierra. La mata se expande en anillo y el centro se apelmaza y se muere a los tres o cuatro años, con lo que la planta pierde vigor y florece cada vez peor. La solución es dividirla en otoño o a finales de invierno, tirar la porción central leñosa y replantar solo los trozos periféricos con raíz joven.

La margarita que se compra en flor y no pasa de enero

En primavera los viveros se llenan de matas redondas cuajadas de capítulos blancos, amarillos o rosas, etiquetadas sencillamente como «margarita». Casi siempre son Argyranthemum frutescens, la margarita canaria, un arbusto endémico de Canarias que se lignifica en la base y que en su tierra florece durante años.

El problema aparece con el primer invierno continental. A partir de unos dos o tres grados bajo cero se le quema el follaje, y una helada seria la mata entera. En Burgos o en Teruel es planta de temporada; en el litoral mediterráneo y en el suroeste, en cambio, puede vivir muchos años. Quien la quiera conservar tierra adentro debe cultivarla en maceta y meterla en un porche fresco y luminoso durante el invierno.

El segundo punto flojo es la poda. Sin despunte, el Argyranthemum se ahueca por dentro, saca ramas largas desnudas y deja de florecer; la mata bonita de mayo es un esqueleto en agosto. Basta con recortar un tercio de la planta tras cada oleada de floración, sin llegar a la madera vieja sin hojas, porque de ahí rebrota mal.

Otras plantas que llamamos margarita

Cuatro más aparecen constantemente en las galerías de fotos y conviene distinguirlas, porque sus cuidados no se parecen en nada:

Osteospermum (margarita africana). Capítulos de colores imposibles en una margarita europea —malva, violeta, bicolores— con un anillo metálico alrededor del disco. Cierra las flores de noche y en días nublados. Prefiere sol duro y suelo seco.

Gerbera jamesonii. La margarita de floristería, sudafricana y friolera. En el jardín solo prospera en el litoral suave. Plantarla con la corona enterrada, o regarla por encima del centro de la roseta, pudre esa corona en pocas semanas y la planta se deshace.

Erigeron karvinskianus. Nube de capítulos diminutos que abren blancos y viran a rosa según envejecen. Coloniza muros, escaleras y juntas de piedra, se resiembra sola y aguanta la sequía sin riego una vez asentada.

Tanacetum parthenium (matricaria). Capítulos pequeños, hojas de olor fuerte y amargo, muy resembradora. Aparece en muchas fotos etiquetada como margarita silvestre.

Cuidados que comparten casi todas

Por familia y por origen, las margaritas de jardín piden un mismo esquema básico:

Sol. Menos de cinco o seis horas de sol directo y los tallos se estiran, se doblan y los capítulos se abren a medias. La sombra no las mata, pero las deja sin flor.

Drenaje antes que riego. Salvo la Bellis, que agradece frescura, el resto muere antes por encharcamiento que por sed. En suelos arcillosos conviene plantar en caballón o incorporar arena gruesa y compost maduro.

Retirar las flores pasadas. El corte por debajo del primer par de hojas evita que la planta invierta en semilla y prolonga la floración semanas. En Leucanthemum × superbum puede suponer un mes más de flor.

Poco nitrógeno. Un abonado rico en nitrógeno da matas enormes y verdes con pocos capítulos, y además tallos blandos que se tumban con la primera tormenta.

Un apunte sobre el césped: la Bellis perennis se trata como mala hierba y se combate con herbicidas selectivos, cuando aporta flor y polen a una superficie que por lo demás no ofrece nada a los insectos. Si el césped no es deportivo, dejarla vivir sale gratis y alimenta a los abejorros de febrero.

Fotografiarlas sin que salgan planas

Tres cosas mejoran de inmediato una foto de margarita. La primera es bajar la cámara a la altura de la flor en lugar de disparar desde arriba: el capítulo deja de ser un círculo recortado y gana volumen. La segunda es aprovechar la luz lateral de primera hora o del atardecer, que dibuja el relieve del disco central; a mediodía el blanco de las lígulas se quema y pierde todo el detalle. La tercera es acercarse lo suficiente para que se vea la estructura del disco, que es lo que distingue una foto de margarita de un simple punto blanco sobre fondo verde.

Para retratar los capullos cerrados, la hora es el amanecer o el ocaso: la Bellis cierra sus lígulas de noche y con lluvia, y muestra entonces el reverso rosado que casi no se ve en las imágenes diurnas.

En resumen

La margarita no es una especie sino una forma floral compartida por buena parte de las asteráceas: un disco de flores tubulares rodeado de flores liguladas. Bajo el mismo nombre conviven la Bellis perennis del césped, perenne y resistente a la siega; los Leucanthemum de pradera y de arriate, rústicos pero necesitados de división cada tres o cuatro años; el Argyranthemum canario, espectacular y sensible al frío, que exige despunte tras cada floración; y un grupo de sudafricanas —Osteospermum, Gerbera— con exigencias propias. Sol abundante, suelo que drene y retirada sistemática de las flores pasadas cubren las necesidades de casi todas; identificar cuál se tiene delante decide el resto.


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