Existen, y son más comunes de lo que parece. Lo que ocurre es que casi nadie las ve, porque una flor verde es exactamente lo contrario de lo que una flor pretende ser: un anuncio visible contra el fondo de hojas.
Entender por qué el verde es raro en un pétalo explica, de paso, qué tipo de plantas lo tienen y cómo se comportan en el jardín. Y aclara una confusión frecuente, la de llamar flor verde a lo que en realidad es una bráctea o un sépalo.
Por qué el verde es un color extraño en una flor
El color verde de una planta viene de la clorofila, el pigmento que hace la fotosíntesis. El de los pétalos viene de otras familias químicas: carotenoides para los amarillos y naranjas, antocianinas para los rojos, azules y morados, betalaínas en algunas familias concretas.
Un pétalo es una hoja modificada. En el desarrollo normal, la planta apaga la producción de clorofila en esos órganos y enciende la de pigmentos vistosos. Una flor verde es, en esencia, una flor que ha conservado clorofila en el perianto, ya sea porque nunca dejó de fabricarla o porque no llegó a sustituirla por otro pigmento.
Eso tiene consecuencias evolutivas. El sentido de una corola de colores es atraer a un polinizador contra el fondo verde de la vegetación. Una flor verde renuncia a ese contraste, así que suele compensarlo con otra estrategia: olor, a veces desagradable, néctar abundante, formas de trampa, o directamente polinización por viento, donde el color no importa en absoluto. Las flores de las gramíneas, los robles o los plátanos de sombra son verdosas precisamente por eso: nadie tiene que verlas.
Hay además un caso patológico que confunde a mucha gente. Los fitoplasmas, unas bacterias sin pared celular transmitidas por insectos chupadores, provocan un trastorno llamado filodia o virescencia: la planta enferma revierte sus pétalos a estructuras verdes con aspecto de hoja. Una hortensia o una equinácea que un año sale con flores verdes deformes no es una variedad nueva, es una planta infectada, y no tiene tratamiento. Hay que arrancarla y quemarla antes de que los insectos vectores la usen como reservorio.
Asclepias viridis
La Asclepias viridis es una vivaz norteamericana de la familia de las apocináceas, pariente cercana del algodoncillo. Alcanza entre 30 y 60 cm, con tallos que suelen crecer inclinados, y produce umbelas apretadas de flores de un verde pálido con la corona interior teñida de morado.
Su flor es un mecanismo curioso. En lugar de granos de polen sueltos, las asclepias empaquetan el polen en polinias, pares de sacos unidos por un filamento, que quedan enganchados a las patas de los insectos que se posan. Es el mismo sistema que emplean las orquídeas, desarrollado de forma independiente. Un insecto pequeño puede quedar atrapado en las ranuras de la flor si no tiene fuerza para liberarse.
En cultivo, lo que hay que saber es que es planta de secano y raíz profunda. Quiere pleno sol, suelo pobre y muy drenante, y detesta el trasplante: la raíz pivotante se rompe y la planta no rebrota. Se siembra directamente en su sitio, en otoño, y la semilla necesita estratificación en frío, unas cuatro semanas a 4 ºC en la nevera dentro de una bolsa con sustrato húmedo, para germinar bien. Una vez instalada aguanta la sequía sin riego y vive muchos años, pero tarda dos temporadas en florecer.
Todas las asclepias contienen glucósidos cardíacos en el látex blanco que sueltan al cortarlas. Son tóxicas para el ganado y para las personas, e irritantes al contacto con la piel y los ojos. Conviene manipularlas con guantes.
Ceropegia sandersonii
Esta es probablemente la flor verde más espectacular que se puede cultivar en casa. La Ceropegia sandersonii, sudafricana y mozambiqueña, es una trepadora suculenta de tallos finos, casi sin hojas, cuyas flores parecen pequeños paracaídas: un tubo curvado de 5 a 7 cm que se abre en cinco lóbulos fusionados por las puntas, formando una cúpula con ventanas laterales, todo ello de un verde claro con manchas más oscuras.
La flor es una trampa temporal. Atrae a moscas diminutas emitiendo compuestos volátiles que imitan el olor de una abeja atacada por una araña, es decir, engaña a moscas cleptoparásitas que se alimentan de las presas de los arácnidos. La mosca entra, resbala por los pelos orientados hacia abajo del tubo y queda retenida uno o dos días en la cámara basal, donde deposita y recoge polen. Después los pelos se marchitan y la libera. No es una planta carnívora: no digiere nada, solo secuestra al mensajero.
Su cultivo es sencillo si se respetan tres cosas. Luz abundante sin sol directo de mediodía, sustrato de cactáceas con arena o pumita, y riego muy moderado, dejando secar por completo entre riegos. En invierno, con temperaturas por debajo de 15 ºC, casi se suspende el riego. No tolera heladas: por debajo de 10 ºC hay que meterla en casa, así que en España es planta de interior o de terraza protegida salvo en la costa más cálida.
Se multiplica con una facilidad notable. Los tallos forman tubérculos aéreos en los nudos; basta apoyarlos sobre un tiesto con sustrato y enraízan solos en pocas semanas. También arraigan esquejes de dos o tres nudos dejados secar un día antes de plantarlos.
Hacquetia epipactis
Aquí hay un matiz botánico que hace justo el efecto contrario al del resto de la lista. La Hacquetia epipactis, una umbelífera diminuta de los bosques de los Alpes orientales y los Cárpatos, forma en febrero y marzo lo que parece una flor verde brillante de tres o cuatro centímetros con un centro amarillo.
En realidad lo verde son brácteas, cinco o seis hojas modificadas dispuestas en collar, y lo amarillo del centro son las flores verdaderas, minúsculas. El conjunto funciona ópticamente como una sola flor. Es el mismo truco que emplean la flor de pascua, el cornejo florido o la bugambilla, solo que aquí las brácteas conservan la clorofila en vez de colorearse.
Es una planta para jardines de sombra en clima fresco. En España solo prospera con garantías en la cornisa cantábrica, los Pirineos y zonas de montaña: quiere suelo profundo, rico en humus, fresco todo el año y nunca seco, a la sombra de árboles caducos. Es una vivaz muy longeva pero de crecimiento lentísimo, que no supera los 20-25 cm y tarda años en formar mata. Se multiplica dividiendo el rizoma en otoño, con mucho cuidado, o por semilla fresca sembrada en cuanto madura, que necesita pasar un invierno a la intemperie para germinar en la primavera siguiente. Con el calor seco del centro y sur peninsular no hay forma de mantenerla.
Ornithogalum longibracteatum
Conocida como cebolla marina, cebolla trepadora o planta del embarazo, esta bulbosa sudafricana se cataloga hoy correctamente como Albuca bracteata, aunque en viveros y catálogos sigue circulando como Ornithogalum longibracteatum.
Su rasgo más llamativo no es la flor sino el bulbo: verde, translúcido y creciendo por encima del suelo, puede alcanzar el tamaño de un pomelo. En primavera emite una vara floral de hasta un metro, densamente cubierta de pequeñas flores blancas con una franja verde central bien marcada en cada tépalo, que se abren de abajo arriba durante semanas.
Es una de las plantas más indestructibles que existen. Tolera la sequía prolongada gracias a la reserva del bulbo, se conforma con cualquier sustrato drenante y aguanta luz muy variable, aunque florece mejor a pleno sol o luz intensa. Solo tiene dos límites: el encharcamiento, que pudre el bulbo, y la helada, que no soporta por debajo de unos 2 o 3 ºC bajo cero. En el litoral mediterráneo vive fuera todo el año; en el interior hay que resguardarla.
Se multiplica sola y en cantidad: el bulbo madre produce decenas de bulbillos bajo su túnica externa, que se desprenden y enraízan donde caen. Basta separarlos y plantarlos apenas hundidos.
Sobre sus usos medicinales tradicionales conviene ser claro: se le atribuyen propiedades cicatrizantes en la medicina popular sudafricana, pero la planta contiene glucósidos cardíacos y es tóxica por ingestión. No es una planta para consumir ni para aplicar sin criterio, y con niños o mascotas en casa conviene colocarla fuera de su alcance.
Otras flores verdes fáciles de conseguir
Si lo que se busca es color verde en el jardín o en el jarrón sin recurrir a rarezas, hay opciones muy accesibles en España.
Los eléboros Helleborus foetidus y Helleborus argutifolius florecen de enero a marzo con campanas verdes; el primero es nativo de la Península y crece espontáneo en muchos encinares y hayedos. La Euphorbia characias, también autóctona del área mediterránea, forma en marzo grandes inflorescencias verde limón y es de las plantas más resistentes a la sequía que se pueden plantar. El eneldo, el hinojo y la alquimila (Alchemilla mollis) aportan verdes y amarillos verdosos en masa. Entre las flores de corte, existen cultivares verdes de crisantemo, clavel, rosa, zinnia y tulipán, además del Nicotiana langsdorffii, una anual de campanillas verde manzana que se siembra en marzo y florece todo el verano.
Una advertencia de diseño: el verde en flor no destaca por sí solo. Necesita contraste de forma y de textura, y funciona mejor junto a blancos, granates oscuros o follaje plateado que rodeado de más verde. Usado con cabeza, es el color que hace que un macizo parezca compuesto en vez de amontonado.
En resumen
Las flores verdes existen y son el resultado de que la planta conserve clorofila en el perianto en lugar de sustituirla por pigmentos vistosos, lo que suele ir de la mano de polinización por viento, por olor o por engaño. La Asclepias viridis es una vivaz de secano que no admite trasplante; la Ceropegia sandersonii, la más agradecida en casa, atrapa moscas temporalmente imitando el olor de una abeja en apuros; la Hacquetia epipactis solo prospera en la España fresca y húmeda y lo que enseña son brácteas, no pétalos; y el Ornithogalum longibracteatum, hoy Albuca bracteata, es casi indestructible y se multiplica sola, con la salvedad de que es tóxica. Si aparece de pronto una flor verde deforme en una planta que siempre la tuvo de color, no es una variedad rara: es virescencia por fitoplasma y hay que retirar la planta.