Un sobre de "mezcla de pradera silvestre" esparcido sobre el césped en marzo y regado a diario no produce una pradera. Produce, con suerte, cuatro amapolas raquíticas que desaparecen en junio. No porque la semilla fuera mala, sino porque las dos condiciones que necesitan estas plantas —suelo pobre y descubierto, y siembra en otoño— son justo las contrarias a las de un césped abonado en primavera.

Merece la pena entender ese punto antes de elegir especies, porque explica por qué las mismas flores que crecen solas en una cuneta se resisten en un jardín cuidado.

Lo que de verdad hace falta para una pradera silvestre

Suelo pobre. Las anuales de campo compiten mal contra las gramíneas. En un suelo rico en nitrógeno la hierba crece el doble de rápido, las tapa y en dos temporadas no queda ninguna. Si el terreno viene de césped abonado, retira los cinco centímetros superiores o, al menos, deja de abonar durante un par de años. No añadas compost: aquí el compost juega en contra.

Suelo desnudo. La semilla tiene que tocar tierra. Sembrar sobre hierba viva no funciona. Se pasa el rastrillo hasta dejar el terreno mullido y descubierto, se siembra al voleo y se pisa o se pasa un rulo para dar contacto, sin enterrar la semilla: buena parte de estas especies necesitan luz para germinar.

Siembra en otoño. De octubre a mediados de noviembre en la mayor parte de la Península. Las lluvias de otoño germinan la semilla, la plántula pasa el invierno como roseta y llega a marzo con raíz suficiente para florecer y madurar semilla antes de que apriete la sequía. Sembrado en marzo, todo ese calendario se comprime y la planta llega a junio sin haber cuajado. Solo en el norte húmedo y en zonas de montaña la siembra de primavera tiene sentido.

Un corte al año, y tardío. Se siega una vez, cuando las cápsulas ya han soltado semilla, entre finales de junio y julio según la zona, y se retira la hierba cortada. Dejarla en el sitio devuelve nutrientes al suelo y lo enriquece, que es exactamente lo que estamos evitando. Segar en mayo, cuando la pradera se ve descuidada, es quedarse sin semilla para el año siguiente.

Pradera de flores silvestres

Amapola

La amapola común (Papaver rhoeas) es anual y depende del suelo removido: donde la tierra se queda quieta y cubierta, desaparece. Por eso llena los rastrojos y los bordes de camino, y por eso conviene rascar el terreno cada otoño en la zona donde la quieras.

Su semilla es diminuta y germina con luz, así que no se entierra: se esparce y se aprieta contra la tierra. Tampoco se trasplanta, porque hace una raíz pivotante que se rompe al moverla; los planteles de amapola en cepellón rara vez arrancan bien. Siembra directa, en octubre, y dejarla en paz.

Una vez instalada se resiembra sola año tras año si no siegas antes de que las cápsulas se sequen. La señal es acústica: cuando agitas un tallo y la cápsula suena como un sonajero, la semilla ya está.

Conviene una aclaración legal. Papaver rhoeas se puede sembrar sin ningún problema. La adormidera (Papaver somniferum), de flor mayor y tonos malva, aparece en algunas mezclas ornamentales y es otra especie distinta: su cultivo en España está sometido a autorización de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, incluso con fines ornamentales. Lee la composición del sobre antes de sembrarlo.

Romero

El romero cambió de nombre científico en 2017: los estudios genéticos lo situaron dentro del género Salvia, de modo que hoy se denomina Salvia rosmarinus. Encontrarás las dos etiquetas en los viveros y ambas se refieren a la misma planta.

Es probablemente el arbusto silvestre más fácil de llevar al jardín en clima mediterráneo, con dos condiciones. La primera, drenaje: en suelo pesado y con riego de verano se pudre el cuello. Plantado en un caballón o en una zona en pendiente aguanta décadas. La segunda, no pasarse con la poda. El romero no rebrota de madera vieja: si cortas por la parte leñosa y desnuda, esa rama se queda seca para siempre. Se recorta un tercio de los brotes tiernos después de la floración y punto.

Florece de forma casi continua de otoño a primavera, que es cuando escasea el alimento para los polinizadores, y por eso vale más como planta para abejas y abejorros que muchas ornamentales de verano. Los esquejes semileñosos de 10 cm tomados en septiembre enraízan sin dificultad en arena.

Margaritas: hay dos, y no son intercambiables

La margarita menuda que sale entre el césped es Bellis perennis: vivaz de roseta baja, de tres a diez centímetros, que florece de febrero a mayo y tolera el pisoteo y la siega. Sirve para tener un césped florido sin sacrificar el uso.

La margarita grande de las praderas, esa de treinta a setenta centímetros, es Leucanthemum vulgare. Es la que aporta estructura y volumen blanco a una pradera silvestre, y florece de mayo a julio. Se siembra en otoño igual que la amapola y, a diferencia de ella, es vivaz: una vez establecida rebrota cada año y se puede dividir la mata en otoño para multiplicarla.

Si compras semilla de "margarita" sin más, puedes acabar con cualquiera de las dos, o con Argyranthemum frutescens, la margarita arbustiva canaria, que es una planta completamente distinta y no aguanta heladas fuertes.

Caléndula silvestre y jaramago amarillo

La maravilla o caléndula silvestre (Calendula arvensis) es una anual pequeña, de flor anaranjada de dos o tres centímetros, que florece prácticamente de octubre a mayo en el sur y el levante. Es más discreta que la caléndula de jardín (Calendula officinalis) pero mucho más resistente a la sequía y se resiembra sola con generosidad. En un arriate seco puede convertirse en tapiz permanente sin ninguna intervención.

Junto a ella suele aparecer el jaramago o margarita amarilla de campo, Glebionis coronaria —figura en libros antiguos como Chrysanthemum coronarium—, anual de medio metro a un metro con flores amarillas o bicolores que tapiza los bordes de cultivo en primavera. Crece muy rápido y en un terreno fértil se vuelve dominante; en pradera conviene sembrarla en proporción baja, porque una mezcla con demasiada semilla de esta especie acaba siendo un campo amarillo y poco más.

Hipericón

Antes de plantarlo conviene saber qué es. Hypericum perforatum, el hipericón o hierba de San Juan, contiene hipericina, un compuesto fotosensibilizante: el ganado que lo consume en cantidad desarrolla lesiones cutáneas al exponerse al sol, sobre todo en animales de piel clara. Y en uso humano como planta medicinal interfiere con numerosos medicamentos —anticonceptivos orales, anticoagulantes, inmunosupresores, antirretrovirales y varios antidepresivos— porque acelera su metabolismo hepático y les resta eficacia. No es una planta que deba usarse por cuenta propia si se sigue algún tratamiento.

Como planta de jardín, en cambio, es una vivaz sencilla de flor amarilla en junio y julio, que prospera en suelo pobre y seco. Si prefieres evitar el tema medicinal, tienes alternativas ornamentales del mismo género: Hypericum calycinum como tapizante para taludes —vigoroso hasta el punto de resultar invasor en un arriate pequeño, porque avanza por rizoma—, Hypericum balearicum, arbustito compacto de las Baleares muy resistente a la sequía, o Hypericum androsaemum, la todabuena, que tras la flor da frutos rojos que viran a negro y aguanta la media sombra fresca del norte.

Campanillas: una vale y la otra no

Este apartado es más una advertencia que una recomendación. La campanilla de campo, Convolvulus arvensis, es preciosa en flor y una de las malas hierbas más difíciles de erradicar que existen en España. Su sistema radicular baja varios metros, rebrota de cualquier fragmento de raíz que quede en el suelo al cavar, y sus semillas conservan la capacidad de germinar en la tierra durante décadas. Introducirla voluntariamente en un jardín es un problema que heredarán los siguientes propietarios de la casa. No lo hagas.

La campanilla rosa mediterránea, Convolvulus althaeoides, es más ornamental, con hojas plateadas y flor rosa intensa, pero también se extiende por rizoma y coloniza. Solo tiene sentido en un talud amplio donde puedas dejarla correr, nunca en un arriate mezclada con otras vivaces.

La que sí puedes plantar sin reservas es Convolvulus cneorum: un arbustito compacto de medio metro, con follaje plateado y sedoso y flores blancas de mayo a julio, que no invade nada, aguanta sequía y salinidad y va perfecto en jardín de costa. Solo exige drenaje; en suelo húmedo en invierno se muere.

Malvas y lavateras

Otro caso de nombres en transición. Buena parte de las lavateras han pasado al género Malva: Lavatera maritima es hoy Malva subovata, Lavatera arborea es Malva arborea. En los viveros seguirás viendo el nombre antiguo.

La lavatera marítima es de lo más rentable que puedes plantar en un jardín seco y soleado: florece de forma casi ininterrumpida de otoño a primavera, con flores malva de nervios oscuros, y no pide riego una vez arraigada. Su límite es la vida corta, tres o cuatro años; se envejece por la base y llega un momento en que no merece la pena. La solución es tener siempre un esqueje en marcha, que enraíza con facilidad en verano.

De la malva común (Malva sylvestris) conviene decir que es bienal o vivaz de vida breve, muy resembradora, y que en un jardín ordenado puede volverse abundante. Va mejor en la zona salvaje o en el borde del huerto, donde además aloja polinizadores.

Diente de león

Aceptar el diente de león (Taraxacum officinale) en el césped tiene una ventaja concreta: florece muy pronto, de febrero en adelante, y aporta polen y néctar en un momento del año en el que casi no hay otra cosa abierta. Para las primeras abejas que salen del invierno, eso cuenta.

Si en cambio quieres reducirlo, hay que hacerlo bien. Tiene raíz pivotante de veinte a cuarenta centímetros que rebrota si se parte, de modo que arrancar tirando de las hojas solo multiplica las matas. Se saca entero con un sacabocados o una gubia de mango largo, con el suelo húmedo. Otro detalle: se reproduce por apomixis, es decir, produce semilla viable sin polinización, así que cada planta genera descendencia idéntica sin necesitar pareja. Segar las flores antes de que formen el vilano es más eficaz que cualquier otra cosa.

Las hojas tiernas son comestibles en ensalada, con un amargor notable. Recógelas de una zona de la que conozcas el historial, nunca de cunetas ni de terrenos que hayan podido recibir herbicida.

Los dos leñosos: almendro y zarzamora

El almendro (Prunus dulcis) florece en enero y febrero, y ahí está su gracia y su problema. Con la flor abierta, una helada de -2 °C se lleva la cosecha entera, cosa que en la meseta ocurre casi todos los años. Si lo plantas por la floración, sin más, no importa; si además quieres almendra, elige variedades autofértiles y de floración tardía, como 'Guara', 'Soleta', 'Belona', 'Vairo' o las extratardías 'Penta' y 'Makako', que abren en marzo y esquivan buena parte del riesgo. Las variedades tradicionales necesitan además otro árbol compatible cerca para cuajar.

Una nota importante si vives en Baleares o en el sureste peninsular: el almendro es una de las especies afectadas por Xylella fastidiosa y existen zonas demarcadas con restricciones al movimiento de material vegetal. Compra la planta en vivero autorizado y con pasaporte fitosanitario, y no traigas esquejes ni plantones de otra zona.

La zarzamora silvestre (Rubus ulmifolius) es otra historia. Da flor blanca o rosada muy visitada por abejas, fruto excelente y refugio para aves, pero coloniza con una eficacia difícil de exagerar: los tallos arquean hasta tocar el suelo y enraízan por la punta, generando una planta nueva cada metro. En un jardín pequeño no se controla. Si quieres moras, planta variedades cultivadas sin espinas, del tipo 'Loch Ness', 'Chester' o 'Thornfree', conducidas en espaldera. En cualquier caso, la técnica de poda es la misma: los tallos son bienales, fructifican en su segundo año y después se secan, así que en otoño se cortan a ras los que ya han dado fruto y se dejan los del año, que serán los productivos de la temporada siguiente.

Recoger semilla del campo sin meterte en un problema

Traer semilla de una cuneta o de un rastrojo es la manera más lógica de conseguir plantas adaptadas exactamente a tu clima, pero hay reglas.

La recolección de flora silvestre está regulada por la Ley 42/2007 de Patrimonio Natural y de la Biodiversidad y por la normativa de cada comunidad autónoma, y hay especies incluidas en catálogos de protección cuya recogida está prohibida. En parques nacionales, parques naturales y otros espacios protegidos, recolectar sin autorización no está permitido. Antes de nada, comprueba la norma de tu comunidad.

Con especies comunes y no protegidas, y fuera de espacios protegidos, la práctica razonable es sencilla: recoge semilla madura, nunca la planta entera ni la raíz, toma una fracción pequeña de lo que haya en la población y déjala repartida por varias matas. Guarda la semilla seca, en sobre de papel y a la sombra, y siémbrala ese mismo otoño. Y no traslades material vegetal entre zonas con problemas fitosanitarios declarados.

En resumen

Una pradera silvestre sale de un suelo pobre, de tierra desnuda, de sembrar en octubre y de segar una sola vez a final de junio retirando la hierba. Sobre esa base, amapola, Leucanthemum, caléndula silvestre y jaramago se instalan solos; romero, lavatera y Convolvulus cneorum resuelven las zonas secas y soleadas con mantenimiento mínimo; y el almendro aporta la primera floración del año si eliges variedad tardía y autofértil. Del hipericón conviene conocer su carácter fotosensibilizante y sus interacciones antes de darle otro uso que el ornamental. Y hay dos plantas que no deben entrar voluntariamente en un jardín pequeño: la campanilla de campo, imposible de erradicar una vez instalada, y la zarza silvestre, que se acoda sola y ocupa todo lo que encuentra.


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