El olor a carne podrida de una flor no es un accidente ni un defecto de la planta: es publicidad, y va dirigida a las moscas. Donde las abejas escasean, o donde compensa no competir por ellas, algunas especies han cambiado el perfume dulce por el olor de un cadáver, de un excremento o de un queso pasado. Funciona: la mosca acude, se mete a poner huevos donde cree que hay comida para sus larvas, y sale cubierta de polen.

El fenómeno tiene nombre —sapromiofilia— y aparece en familias muy distintas, desde los aros mediterráneos que crecen en cualquier cuneta hasta suculentas de colección. Varias de estas plantas se cultivan sin dificultad en España, y merece la pena saber cuánto huelen, cuánto dura el olor y a qué distancia de la ventana hay que ponerlas.

Qué huele exactamente y por qué

Las moléculas responsables son casi siempre las mismas, y son las que de verdad se liberan en un cuerpo en descomposición. Los disulfuros y trisulfuros de dimetilo dan el golpe de carne pasada. La trimetilamina huele a pescado que lleva días fuera de la nevera. El ácido isovalérico aporta el matiz a pies sudados y queso curado. El indol y el escatol, en concentración alta, huelen a heces. Y la putrescina y la cadaverina, con nombres que se explican solos, completan el cuadro.

Varias especies añaden un truco extra: calientan la flor. Las aráceas termogénicas queman almidón y grasas en una vía respiratoria alternativa y elevan la temperatura del espádice varios grados —en algunos casos, más de diez— por encima del aire. El calor volatiliza los compuestos y los dispersa mejor, y de paso reproduce la sensación de un animal muerto reciente, todavía tibio. Es una de las pocas plantas capaces de regular su temperatura de forma activa.

Un aviso para deshacer la asociación automática: estas flores no son carnívoras. Ninguna se come la mosca. Algunas aráceas la retienen en la cámara floral una noche, con el paso bloqueado por pelos rígidos, y la sueltan a la mañana siguiente cargada de polen, pero la mosca sale viva.

La dragontea, el escándalo de mayo

Inflorescencia púrpura de Dracunculus vulgaris o dragontea

Dracunculus vulgaris es la más fácil de cultivar de todas las hediondas y la que da más espectáculo. Levanta una espata de entre treinta y sesenta centímetros, de un granate casi negro por dentro, con un espádice oscuro y erecto en el centro que parece de terciopelo. Florece en la Península entre finales de abril y mayo.

El olor se concentra en las horas cálidas del primer día, cuando el espádice se calienta y la flor está en fase femenina. Es un olor rotundo, de carroña, que a diez o quince metros a favor del viento se nota perfectamente. Y luego se acaba: al día siguiente la planta ya no huele, y la espata se mantiene decorativa una semana más. Esa brevedad es lo que la hace llevadera en un jardín.

Cultivo. Tubérculo grande que se planta en otoño, a unos quince centímetros de profundidad, en suelo bien drenado y a media sombra o sol suave. Es una planta de ciclo mediterráneo invertido: brota en otoño-invierno, florece en primavera y se seca del todo en junio, cuando entra en reposo estival y no quiere ni una gota de agua. Riega en verano el arriate donde está enterrada y el tubérculo se pudre. Resiste bien el frío, en torno a -10 °C, y se naturaliza con facilidad en clima suave: en Baleares está asilvestrada.

Dónde ponerla. Lejos de puertas, ventanas y de la mesa de la terraza. Diez metros son suficientes. Una dragontea junto a la puerta de entrada convierte el recibidor en un problema durante dos tardes de mayo, justo cuando empiezas a ventilar.

Precaución. Como todas las aráceas, contiene rafidios de oxalato cálcico: agujas microscópicas que irritan la piel y provocan quemazón e hinchazón en boca y garganta si se muerde cualquier parte. Manipula el tubérculo con guantes y no la plantes al alcance de un perro que escarbe.

Otros aros mediterráneos con el mismo oficio

Helicodiceros muscivorus, el aro muerto o cola de caballo muerto, vive en islotes de Baleares, Córcega y Cerdeña, a menudo dentro de colonias de gaviotas. Su inflorescencia imita un cadáver hasta el detalle: se calienta, huele a carne descompuesta y está cubierta de pelos que recuerdan pelaje. Las moscas azules (Calliphora) la polinizan convencidas. Es una especie protegida y de área muy restringida; se admira, no se recolecta.

Arum pictum florece al revés que sus parientes, en otoño, entre septiembre y noviembre, en Baleares, Córcega y Cerdeña, y también huele a carroña. Los BiarumB. tenuifolium, B. carratracense, B. dispar en la Península— son aros pequeños que florecen a ras de suelo en otoño, antes de sacar las hojas, con un olor desagradable pero corto de alcance.

Y luego está Arum italicum, el aro común de cunetas y ribazos de media España. Su espata verdosa huele a poco, más rancio que a carroña, y pasa desapercibida. Lo que hay que vigilar de esta planta no es el olor sino los frutos: en verano queda un bastón de bayas de un naranja intenso, muy vistoso y muy tentador para un niño pequeño. Son tóxicas.

Amorphophallus: el titán y su primo cultivable

Amorphophallus titanum es la estrella mediática del género. Su inflorescencia llega a los tres metros, se calienta hasta cerca de la temperatura corporal humana y despide un olor a carne descompuesta que puede vaciar un invernadero. Florece durante unas cuarenta y ocho horas y luego colapsa, después de años acumulando reservas en un tubérculo que puede pesar decenas de kilos. Conviene precisar un dato que se repite mal: es la mayor inflorescencia sin ramificar del mundo, un conjunto de miles de flores diminutas. La mayor flor individual es otra cosa, y la veremos enseguida.

Lo interesante para un aficionado español es el otro Amorphophallus: A. konjac, el konjac, del que sale la harina que se usa en la cocina japonesa. Este sí se cultiva sin problema en maceta y en clima suave. El tubérculo, cuando supera el kilo y medio, saca en primavera —antes que la hoja— una inflorescencia oscura de medio metro o más que huele a carne podrida durante uno o dos días. Después llega una sola hoja, enorme y muy dividida, que parece un arbolito.

Cómo llevarlo. Sustrato rico y suelto, riego generoso mientras tiene hoja, y corte total de agua cuando la hoja amarillea en otoño. Se guarda el tubérculo seco, a más de 10 °C, hasta la primavera siguiente. Si florece dentro de casa, sácalo al balcón esos dos días.

Con la misma lógica funciona Sauromatum venosum, el llamado lirio vudú, que tiene una particularidad que sorprende: el tubérculo florece sobre una estantería, sin tierra y sin agua, tirando solo de sus reservas. Huele fatal durante un par de días y luego se planta para que forme hoja.

Estapelias: carroña en una maceta pequeña

Flor estrellada de Stapelia gigantea cubierta de pelos

Las estapelias son suculentas sudafricanas de tallos carnosos sin espinas, emparentadas con las asclepias. Sus flores son estrellas de cinco puntas, con estrías rojizas sobre fondo amarillento y el borde cubierto de pelos finos que se mueven con la brisa, imitando el pelo de un animal muerto. Stapelia gigantea llega a los treinta centímetros de diámetro; S. grandiflora y Orbea variegata son más pequeñas y muy comunes en las colecciones españolas.

El olor es fuerte pero de corto radio: hay que acercarse a un metro para llevarse el golpe, así que una estapelia en la terraza no molesta al vecino. Lo que sí pasa es que las moscas llegan, ponen huevos sobre la flor y a los dos días aparecen larvas blancas que no tienen nada que comer y mueren. Es inofensivo, pero desagradable dentro de casa; si la cultivas en interior, corta la flor cuando empiece a marchitarse y tírala fuera.

Cultivo. Maceta ancha y poco profunda —las raíces son superficiales— con sustrato muy mineral: al menos la mitad de arena gruesa, pómez o akadama. Sol de mañana y sombra en las horas centrales del verano; en el interior peninsular, con cuarenta grados y sol directo, los tallos se queman y quedan marcados para siempre. Riego cada diez o quince días de abril a octubre, dejando secar por completo entre uno y otro.

El invierno es donde se pierden. Por debajo de 10 °C hay que dejarlas totalmente secas: un riego en diciembre en un balcón frío hace que los tallos se ablanden por la base y se vuelvan negros en pocos días, y a partir de ahí no hay salvación posible para esa mata; solo cabe cortar un tallo sano de la parte alta y enraizarlo. Vigila también la base y las raíces, donde se instalan cochinillas algodonosas sin que se vean desde arriba.

En el sureste peninsular, por cierto, tenemos un pariente autóctono: Apteranthes europaea (antes Caralluma europaea), una suculenta de flores pequeñas y olor desagradable que vive en zonas áridas de Almería, Murcia y Alicante. Está protegida.

Rafflesia arnoldii, la que no vas a tener

La flor individual más grande del mundo, hasta un metro de diámetro y varios kilos, pertenece a un parásito absoluto de las selvas de Sumatra y Borneo. Rafflesia arnoldii no tiene hojas, ni tallo, ni raíces, ni clorofila: vive como una red de filamentos dentro de lianas del género Tetrastigma, y lo único que asoma al exterior es esa flor colosal, roja y moteada, que huele a carne descompuesta durante los cinco o seis días que permanece abierta. La polinizan moscas carroñeras.

No se cultiva. Depende de una liana huésped concreta y de condiciones de selva primaria, y las escasas floraciones conseguidas en jardines botánicos tropicales han costado años. Las semillas de rafflesia que aparecen en tiendas online no son de rafflesia: no existe ese comercio.

Los que ya tienes plantados y no sabías

El mal olor floral no es exclusivo de rarezas tropicales. En abril, en cualquier calle española, hay varios ejemplos:

Fotinia (Photinia × fraseri 'Red Robin'), el seto de brotes rojos que se ha plantado en medio país. Sus corimbos de flores blancas de primavera desprenden un olor amoniacal y rancio que sorprende a quien lo plantó pensando solo en el follaje. Tiene solución fácil: una poda a finales de invierno elimina buena parte de la floración y, de paso, estimula los brotes rojos que se buscan en este seto.

Peral de flor (Pyrus calleryana 'Chanticleer'), muy usado como arbolado viario por su porte estrecho y su otoño rojizo. Florece antes que ninguno, en marzo, y huele a pescado por la trimetilamina de sus flores.

Majuelo (Crataegus monogyna), autóctono y presente en setos de toda la Península. Bajo el aroma almendrado de sus flores hay una nota clara de descomposición, también de trimetilamina, que atrae moscas y escarabajos. De ahí viene buena parte del folclore que asocia esta planta con la muerte.

Castaño (Castanea sativa). Sus amentos de junio llenan las castañeras gallegas y del Bierzo de un olor pesado, espermático, que se nota a distancia.

Ailanto (Ailanthus altissima). Los pies masculinos huelen a rancio cuando florecen. Aparte del olor, es un problema serio: figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, así que no debe plantarse y conviene eliminarlo si aparece.

Aligustre (Ligustrum lucidum, L. japonicum). Su floración empalagosa resulta desagradable en concentración y, además, es una fuente relevante de polen alergénico en las ciudades españolas.

Tres hediondos falsos

Eléboro fétido (Helleborus foetidus). El nombre engaña. Sus campanillas verdes de invierno, que en los quejigares y encinares españoles son de las primeras flores del año, apenas huelen. La peste sale de las hojas cuando se estrujan. Eso sí, la planta entera es tóxica.

Lirio hediondo (Iris foetidissima). Lo mismo: la flor, discreta y azulada, no huele mal; son las hojas machacadas las que sueltan un olor cárnico que algunos comparan con el rosbif. Sus cápsulas abiertas, llenas de semillas naranjas, aguantan todo el invierno y son excelentes para secar.

Ginkgo (Ginkgo biloba). El famoso olor a mantequilla rancia o a vómito no viene de la flor sino de la carnosidad que envuelve la semilla de los ejemplares femeninos, rica en ácido butírico. Al comprar, elige clones masculinos injertados; un ginkgo de semilla puede tardar veinte años en revelar su sexo y en dejarte una acera impracticable cada otoño.

Y un caso al revés, que huele de verdad pero no hace lo que promete: la corona imperial (Fritillaria imperialis) huele a zorro, tanto el bulbo como el follaje, y se vende con la promesa de espantar topos y topillos de los arriates. No hay evidencia de que funcione. Plántala porque es una flor magnífica en abril, no como método de control.

Cómo convivir con ellas

Tres criterios bastan para tenerlas sin arrepentirse:

Calcula el radio real. Una estapelia huele a un metro; un konjac, a cuatro o cinco dentro de casa; una dragontea, a diez o quince al aire libre. La ubicación se decide con ese número, no con la intensidad que imaginas.

Ten en cuenta el viento dominante. Colocarlas en el lado por el que sopla el viento hacia la casa anula cualquier distancia que hayas respetado.

Cuenta los días, no las semanas. Casi todas estas floraciones son cuestión de veinticuatro a cuarenta y ocho horas. Si el sitio te gusta y el episodio dura dos tardes al año, compensa. Lo que no compensa es plantarlas junto a la puerta de una casa que se ventila cada mañana.

Y no intentes cortarlas para un jarrón: en un interior cerrado la concentración es otra cosa, y las moscas entran detrás.

En resumen

El mal olor floral es un anuncio dirigido a moscas y escarabajos carroñeros, construido con los mismos compuestos que libera un cadáver, y en las aráceas se refuerza calentando la flor para dispersarlos mejor. En España se cultivan sin dificultad la dragontea (Dracunculus vulgaris), el konjac (Amorphophallus konjac), el lirio vudú y las estapelias; Rafflesia arnoldii no se cultiva en ningún sitio y sus semillas no se venden.

Todas las aráceas de esta lista son irritantes por los oxalatos, y las bayas naranjas del Arum italicum son tóxicas, así que la posición en el jardín importa más por los niños y los perros que por la nariz. Ojo también con los falsos hediondos: en el eléboro fétido y en el Iris foetidissima el olor está en las hojas rotas, no en la flor, y el del ginkgo viene de la semilla de los pies femeninos. Y si en abril un seto de fotinia empieza a oler mal, no le pasa nada: está floreciendo.


Contenidos relacionados