El invierno español no es uno solo. En Vigo o en Málaga hay plantas floreciendo en enero sin protección alguna; en Soria o en Teruel las heladas de menos de diez grados bajo cero dejan el jardín reducido a estructura. Cualquier lista de flores de invierno que no distinga entre esas dos realidades sirve de poco.
Lo que sigue son especies que florecen de noviembre a marzo en la mayor parte del país, con la advertencia expresa de dónde funcionan y dónde no. La clave del jardín de invierno no está en encontrar plantas heroicas, sino en entender que casi todas se plantan ya crecidas en otoño: no hay tiempo material para que una semilla sembrada en diciembre florezca en enero.
El pensamiento, la base de casi todo
El pensamiento (Viola × wittrockiana) y su hermana pequeña la violeta de cuernos (Viola cornuta) son la columna vertebral del jardín invernal en España. Florecen de octubre a mayo sin interrupción salvo en los picos de frío, aguantan heladas de hasta unos ocho grados bajo cero, y se recuperan de nevadas que las dejan tumbadas.
Hay dos cosas que casi nadie hace y que multiplican su rendimiento. La primera es plantarlos pronto, en octubre, no en diciembre. Necesitan varias semanas de temperaturas suaves para hacer raíz; plantados en pleno frío se quedan parados y florecen poco. La segunda es quitar las flores marchitas cada semana. El pensamiento deja de florecer en cuanto empieza a formar semilla, así que retirar la flor pasada, con su pedúnculo entero y no solo los pétalos, mantiene la producción durante meses.
Entre los dos, la Viola cornuta resiste mejor el mal tiempo: la flor es mucho más pequeña, pero produce diez veces más y no se estropea con la lluvia como sí ocurre con los pensamientos de flor gigante, cuyos pétalos se apelmazan y se pudren tras un temporal. En zonas lluviosas del norte, la de cuernos es la elección sensata.
Alhelí: el que perfuma
El alhelí (Matthiola incana) aporta lo que al invierno le falta, que es olor. Sus espigas densas de flores blancas, malvas o granates desprenden un perfume dulce muy potente, especialmente al anochecer. Plantado en octubre, florece de febrero a mayo en el centro peninsular y ya desde enero en el litoral mediterráneo.
Es exigente en una sola cosa: drenaje. Es planta de suelos calizos y sueltos, y el encharcamiento invernal le produce podredumbre de cuello con una rapidez notable. En jardines de suelo arcilloso conviene plantarlo en caballón elevado o directamente en maceta con sustrato al que se haya añadido un tercio de arena gruesa o perlita. Aguanta heladas ligeras, hasta unos cuatro o cinco grados bajo cero, pero no los inviernos duros del interior norte sin protección.
Hay otro alhelí que conviene distinguir, el Erysimum cheiri, llamado alhelí amarillo. Es más rústico, subarbustivo, y en muchos jardines mediterráneos se comporta como vivaz de vida corta que florece de marzo a junio y se resiembra sola en muros y grietas.
Caléndula: la más fácil
Si hay que elegir una sola planta para un jardín invernal sin complicaciones, es la caléndula (Calendula officinalis). Se siembra en septiembre directamente en su sitio, germina en una semana y florece de noviembre a mayo en todo el arco mediterráneo y en el sur. Tolera suelo pobre, no necesita abonado y se resiembra sola año tras año hasta convertirse en habitante permanente del jardín.
Resiste heladas ligeras, en torno a cinco grados bajo cero; en el interior frío se comporta más como flor de primavera temprana. Sus pétalos son comestibles y se usan para dar color a arroces y ensaladas, y con ellos se prepara el clásico aceite de caléndula para la piel. Como planta de compañía en el huerto tiene un papel real: atrae sírfidos y mariquitas, que son los depredadores naturales del pulgón, y en invierno les da un refugio con flor cuando no hay otra cosa.
Su punto débil es el oídio a finales de primavera, cuando llega el calor con humedad. Para entonces la planta ya ha dado lo que tenía que dar y lo razonable es arrancarla y dejar que las semillas caídas hagan la siguiente generación.
Crisantemos: floración de otoño, no de invierno
Aquí conviene deshacer un malentendido. El crisantemo (Chrysanthemum × morifolium) florece en otoño, de octubre a diciembre, y en España se asocia inevitablemente a la festividad de Todos los Santos. No es una planta que aporte flor en enero o febrero.
Su floración está gobernada por el fotoperiodo: es una planta de día corto que solo forma botones cuando la noche supera unas once horas. Ese detalle explica dos cosas prácticas. La primera, por qué en los viveros se consiguen crisantemos en flor en cualquier época del año, mediante cortinas opacas que simulan noches largas. La segunda, por qué un crisantemo plantado bajo una farola o cerca de una ventana iluminada no florece nunca: la luz nocturna, aunque sea débil, le interrumpe el conteo.
El crisantemo de maceta comprado en noviembre no es desechable: si tras la floración se corta la mata a un palmo del suelo y se planta en el jardín, rebrota en primavera y florecerá el otoño siguiente, más grande. En junio conviene pinzar las puntas dos veces, con tres semanas de diferencia, para que ramifique y dé muchas flores en lugar de pocas y largas.
Azafrán y crocus, los que salen de la nieve
Conviene separar dos plantas que se confunden. El azafrán verdadero (Crocus sativus) florece en otoño, entre finales de octubre y principios de noviembre, y es del que se obtienen los tres estigmas rojos de la especia. Los bulbos, técnicamente cormos, se plantan en agosto o septiembre a unos 10-15 cm de profundidad, en suelo muy drenante y a pleno sol. Es planta de secano continental, perfecta para La Mancha, y muere si se riega en verano durante su reposo.
Los crocus de floración invernal son otra cosa: Crocus chrysanthus, Crocus tommasinianus o Crocus vernus florecen entre enero y marzo, a veces literalmente atravesando la nieve. Se plantan en octubre-noviembre, se naturalizan en el césped si se les deja secar el follaje antes del primer corte y son de las poquísimas flores que dan polen a las abejas en febrero.
A ambos se suma el eléboro (Helleborus niger y Helleborus orientalis), llamado rosa de Navidad, que florece de diciembre a marzo a la sombra de árboles caducos, exactamente donde no crece casi nada más. Es vivaz, dura décadas, y su único requisito es suelo fresco con materia orgánica y no ser trasplantado una vez instalado. En el norte y en zonas de montaña es la mejor planta de invierno que existe.
Margaritas y otras compañeras
La margarita común (Bellis perennis) es la que tapiza los prados y florece de octubre a mayo en toda la mitad norte. Vendida en variedades dobles de flor rosa o blanca, funciona muy bien en borduras y bajo árboles, y aguanta el frío mejor que el pensamiento. La Leucanthemum, la margarita grande de jardín, en cambio florece en verano y no cuenta aquí.
Completan el cuadro dos plantas que dan color sin flor: el ciclamen (Cyclamen persicum en maceta protegida, Cyclamen hederifolium y coum en el jardín, mucho más rústicos), que florece de octubre a marzo en semisombra fresca, y la col ornamental (Brassica oleracea var. acephala), cuya roseta blanca o morada intensifica el color justamente cuando llega el frío, porque el pigmento se desarrolla por debajo de los 10 ºC.
Los cuidados que cambian en invierno
Ubicación. Al revés que en verano, aquí se busca el sol. Las horas de luz son pocas y la mayoría de estas plantas florece mucho menos en sombra. La orientación sur, junto a un muro que acumule calor durante el día y lo devuelva por la noche, puede suponer dos o tres grados de diferencia y salvar una plantación en una helada límite. Lo que sí hay que evitar son las hondonadas donde se estanca el aire frío, que son los puntos donde primero hiela, y los sitios muy expuestos al viento seco, que deshidrata la planta cuando el suelo está helado y las raíces no pueden absorber agua.
Suelo. El drenaje es más importante que la fertilidad. En invierno el problema casi nunca es la sed, sino la asfixia radicular: un suelo saturado durante semanas mata más plantas que el frío. Si el jardín tiene tierra pesada, hay que enmendarla con arena gruesa o gravilla fina y compost, y plantar en caballones de 15-20 cm de altura. En maceta, agujeros de drenaje libres y nunca plato lleno de agua bajo la maceta.
Riego. Muy espaciado. Con temperaturas bajas la evaporación es mínima y la planta apenas transpira. En el interior peninsular con lluvias regulares puede no hacer falta regar en absoluto entre noviembre y febrero. En el litoral mediterráneo, donde hay inviernos secos, se riega cada diez o quince días, y siempre a media mañana, nunca al atardecer: el agua que queda en el suelo y sobre las hojas al caer la noche se congela y provoca daños. Antes de regar, el dedo al sustrato: si a tres centímetros hay humedad, se espera.
Abonado. Aquí hay un error frecuente. Las plantas que florecen en invierno sí consumen nutrientes, pero un abono rico en nitrógeno produce brotes tiernos y acuosos que se hielan a la primera helada. Lo adecuado es un abono con más potasio y fósforo que nitrógeno, tipo 5-10-15 o similar, líquido y a media dosis, cada tres o cuatro semanas mientras haya flor. Las plantas leñosas y las vivaces que están en reposo no se abonan hasta finales de febrero.
Poda. En invierno se poda lo estrictamente necesario. Retirar flores marchitas y hojas podridas, sí, y de forma constante, porque son el foco de Botrytis, el moho gris que en jardines húmedos se extiende de una planta a otra. Pero las podas de formación en arbustos de flor invernal se hacen después de florecer, no antes, o se corta la floración del año. Y nada de podar en plena ola de frío: el corte es una herida abierta que se hiela.
Otras tareas. Un acolchado de 5 cm de corteza, paja o compost sobre el suelo estabiliza la temperatura de la raíz y reduce el efecto de los ciclos de hielo y deshielo, que descalzan las plantas pequeñas empujándolas hacia arriba. Conviene revisarlas después de cada helada fuerte y volver a asentarlas si han quedado con la raíz al aire. En macetas, separarlas del suelo con tacos y agruparlas contra una pared reduce mucho el riesgo de que el cepellón se congele por completo, que es como mueren la mayoría de plantas de terraza en invierno: no por el frío del aire, sino por el bloque de hielo en el que se convierte la maceta.
En resumen
Un jardín con flor en invierno es perfectamente posible en España, pero se planta en octubre, no en enero. La base la forman pensamientos y violas de cuernos, caléndulas sembradas en septiembre y alhelíes para el perfume, con crocus de invierno y eléboros como aportación de enero y febrero. El crisantemo y el azafrán verdadero son plantas de otoño, no de invierno, y conviene no esperar de ellos lo que no dan. En cuidados, tres reglas invierten lo que se hace en verano: buscar el sol en vez de huir de él, regar poquísimo y a media mañana, y abonar con potasio en lugar de nitrógeno para no provocar brotes tiernos que la primera helada quemará.