Una jardinera de 60 centímetros orientada al sur, en Sevilla y en pleno julio, puede evaporar cerca de dos litros de agua al día. Ese número explica lo que suele esconderse detrás de un «no se me dan las plantas»: el problema no está en la especie elegida, sino en que el volumen de sustrato es ridículo comparado con lo que el sol y el viento le piden a la planta. Antes de decidir qué flores plantar conviene entender qué tipo de balcón se tiene, porque un mismo geranio puede ser inmortal en Bilbao y morir en agosto en Córdoba por razones opuestas.

Balcón con jardineras y plantas en flor

Primero mide tu balcón, luego elige la planta

Hay tres datos que condicionan todo lo demás y que se pueden averiguar en una tarde.

Las horas de sol directo. No la orientación teórica, sino las horas reales, contando el edificio de enfrente y el toldo. Menos de tres horas es sombra: ahí no florecerá una petunia por mucho abono que se eche. De tres a cinco horas es semisombra, el rango más cómodo. Más de seis horas de sol de mediodía en el interior peninsular es un horno, y limita las opciones a especies mediterráneas o sudafricanas.

El viento. Un décimo piso en la costa gallega o en la meseta castellana somete a las plantas a una desecación constante que multiplica el riego y destroza los pétalos finos. Las petunias quedan hechas jirones; los claveles y las dimorfotecas aguantan.

El volumen de tierra. Este es el dato que más se descuida. Una jardinera estándar de 60 x 18 x 18 cm contiene unos 15 litros de sustrato, y eso da para tres plantas de porte medio, no para seis. Cuando se aprietan seis, las raíces compiten, el cepellón se seca en cuatro horas de sol y en agosto hay que regar dos veces al día. Elegir jardineras de 20 cm de profundidad mínima, y mejor de 25, cambia por completo la experiencia del verano.

Sobre el sustrato: sirve una turba rubia comercial de calidad, aligerada con un 20 % de perlita si el balcón es muy soleado, o mezclada con algo de fibra de coco, que rehidrata mejor cuando se ha secado del todo. La capa de arlita o de gravilla en el fondo de la maceta no mejora el drenaje: crea una interfase donde el agua se retiene por capilaridad y en la práctica sube el nivel de saturación, dejando menos tierra útil. Lo que hace falta son agujeros suficientes y un sustrato poroso. La arlita sí es útil mezclada dentro del sustrato, no apilada debajo.

Un apunte que no es jardinería sino sentido común y, en muchas ciudades, ordenanza municipal: las jardineras colgadas por fuera de la barandilla deben ir sujetas con soportes atornillados o dobles ganchos, y el agua de riego no puede gotear a la vía pública ni al vecino de abajo. Un plato bajo la maceta y regar por la mañana resuelve la mitad de los conflictos vecinales de una comunidad.

Geranio y gitanilla: la base fiable

Fíjate en la hoja antes que en la flor y sabrás cuál de los dos Pelargonium tienes delante. Si es redondeada, aterciopelada y con un aro oscuro dibujado en el centro, se trata de Pelargonium zonale, el geranio de porte erguido: va detrás en la jardinera o en maceta individual. Si es carnosa, brillante y con forma de hiedra, es Pelargonium peltatum, la gitanilla, con tallos colgantes de hasta un metro; es la que cae por la barandilla y la que da esas fachadas andaluzas cubiertas de flor. Los dos se venden como «geranio» sin más aclaración, y plantar una gitanilla creyendo que hará mata es la razón de que a veces la jardinera acabe vacía por arriba.

Ambas aguantan el sol directo, toleran la sequía puntual y florecen de marzo a noviembre en casi toda España. Piden pocos cuidados y uno concreto: menos agua de la que se les suele dar. El tallo de un pelargonio es semisuculento y almacena reservas; regarlo antes de que la tierra se haya secado en los primeros centímetros pudre el cuello y la planta se desploma de golpe, con los tallos ennegrecidos desde la base. Riego cuando la tierra está seca al tacto, abono líquido rico en potasio cada 10-15 días de marzo a septiembre y retirada de las flores marchitas para que no gaste energía en semillas.

La amenaza seria del geranio en España es Cacyreus marshalli, la mariposa africana del geranio, presente en la península desde los años noventa. La mariposa es pequeña y parda, pasa desapercibida, y sus orugas perforan el interior de los tallos: se ve un agujerito con serrín, y una rama entera se seca sin explicación. Hay que revisar los tallos, cortar y tirar a la basura los perforados (no al compost) y tratar en primavera cuando las orugas son jóvenes, momento en que Bacillus thuringiensis todavía funciona. Una vez dentro del tallo, ningún tratamiento de contacto la alcanza.

Geranios en flor en una jardinera de balcón

Petunia y calibrachoa: color a cambio de comida

Petunia x hybrida es la planta de balcón más agradecida en cuanto a floración bruta: cubre una jardinera entera desde mayo hasta las primeras heladas. A cambio exige dos cosas.

La primera es abono. Una petunia en 5 litros de sustrato agota los nutrientes en tres o cuatro semanas; a partir de ahí florece cada vez menos y se alarga. Abono líquido para plantas de flor cada semana durante toda la temporada, o un abono de liberación lenta incorporado al plantar y un refuerzo líquido en pleno verano.

La segunda es el hierro. Las petunias y sobre todo las calibrachoas —esas de flor pequeña y colgante que se venden como «millón de campanillas»— absorben mal el hierro cuando el pH del sustrato sube, y en buena parte de España el agua del grifo es calcárea y lo sube semana a semana. El síntoma es inconfundible: las hojas nuevas amarillean pero las nervaduras siguen verdes, dibujando una retícula. Se corrige con un quelato de hierro EDDHA, que funciona incluso a pH alto, y se previene alternando riegos con agua de lluvia o dejando reposar el agua. Sirve también acidificar con un chorrito de vinagre muy diluido, aunque el quelato es más directo.

La petunia clásica y las variedades tipo surfinia se diferencian en el porte: las de mata forman un cojín compacto, las colgantes cuelgan medio metro o más. En balcones muy ventosos las flores grandes se rompen; en esas condiciones la calibrachoa, de flor pequeña y dura, resiste bastante mejor.

Clavel: la opción para el balcón que se olvida

Dianthus caryophyllus y sus híbridos de porte enano son de lo poco que agradece de verdad el agua dura y el sustrato con cal. Es una planta de suelos calizos y secos, de sol pleno, que en macetas de 15-20 cm florece de abril a octubre con dos exigencias: drenaje muy suelto y no mojar el follaje.

El clavel se pierde casi siempre por hongos del cuello, no por sed. Sustrato compactado, plato con agua estancada y riego por encima son la receta para que aparezcan los tallos que se marchitan de uno en uno. Añadir un tercio de arena gruesa o perlita a la mezcla y regar por la base soluciona el 90 % de los problemas.

Pinzar las puntas de los tallos jóvenes en primavera hace que ramifique y multiplique el número de botones. Y conviene renovar la planta cada dos o tres años, porque el clavel se lignifica y se desguarnece por abajo; los esquejes de tallo joven enraízan con facilidad en primavera, así que renovar sale gratis.

Dimorfoteca y osteospermo: sol duro sin quejas

La etiqueta que dice «dimorfoteca» suele ir clavada en un Osteospermum ecklonis, una perenne sudafricana, mientras que la Dimorphotheca propiamente dicha es de ciclo anual. La diferencia importa por una razón práctica: el osteospermo rebrota año tras año y se puede podar para rejuvenecerlo, la anual muere tras semillar. Si la planta que compras en primavera está en maceta rígida, con tallos algo leñosos en la base y hojas grisáceas, es perenne y la tendrás varios años.

Son plantas ideales para el balcón árido: soportan sol directo, sequía moderada y viento. Florecen con fuerza en primavera, se paran en el calor extremo de julio y agosto, y vuelven a florecer en otoño si se les da una poda de un tercio a finales de agosto.

Un detalle que sorprende a quien las compra: las flores se cierran de noche y en los días nublados. No es un problema de riego ni de abono, es su comportamiento normal. En un balcón muy sombrío pasarán la mayor parte del tiempo cerradas, así que no son la planta para ese sitio.

Margarita de mata: mucha flor y poda obligatoria

La margarita que se vende para maceta suele ser Argyranthemum frutescens, originaria de Canarias, una mata leñosa que puede alcanzar el metro y florecer de febrero a junio y de nuevo en otoño. En clima suave (litoral mediterráneo, Canarias, sur atlántico) florece casi todo el año.

Su punto débil es que se apaga sin poda. Después de cada oleada de floración hay que rebajarla un tercio, cortando por encima de la madera con hoja verde; si se deja, la base se queda desnuda y leñosa y todo el follaje sube a las puntas. Podar demasiado bajo, sobre madera vieja sin hojas, tampoco funciona: no rebrota desde ahí. Cuando una planta ha llegado a ese punto, lo eficiente es sacar esquejes en verano y empezar de nuevo.

Quiere sol o media sombra, sustrato que drene bien y riego regular sin encharcar. No confundir con la margarita de pradera (Leucanthemum vulgare) ni con la Bellis perennis, que son herbáceas de otro comportamiento y menos rendidoras en maceta.

Ciclamen: la que salva el invierno

Cyclamen persicum resuelve el hueco que ninguna de las anteriores cubre: octubre a marzo. Florece con frío, aguanta ligeras heladas en las variedades de flor pequeña y da color cuando el balcón está vacío.

Y muere por calor y por agua, en ese orden. Su temperatura ideal está entre 10 y 15 ºC; por encima de 18-20 ºC amarillea y se rinde, lo que explica por qué un ciclamen comprado en diciembre y metido en el salón junto al radiador dura tres semanas. En el balcón, en un rincón fresco y luminoso pero sin sol directo de mediodía, aguanta toda la temporada.

El riego se hace por el plato, nunca sobre el tubérculo. Se llena el plato, se deja veinte minutos y se vacía lo que sobre. Mojar la corona pudre el tubérculo con una facilidad asombrosa. Cuando llega el calor, las hojas amarillean y la planta entra en reposo: no está muerta, sino durmiendo. Se corta el riego, se guarda la maceta seca en un sitio fresco y sombrío y se reanuda el riego a finales de agosto o septiembre.

Conviene saber que el tubérculo del ciclamen contiene saponinas tóxicas y es la parte más peligrosa de la planta para perros y gatos que escarban en las macetas. Con la maceta a cierta altura y fuera del alcance no hay problema; si convives con un animal que muerde plantas, es una especie a descartar.

Ranúnculo: tres meses espectaculares y un descanso

Ranunculus asiaticus da flores densas, de docenas de pétalos, en tonos que van del blanco al granate. Se planta a partir de bulbos —en realidad tubérculos con forma de garra— en octubre y noviembre en zonas de invierno suave, y florece de febrero a mayo.

Las garras se hidratan en agua templada durante tres o cuatro horas antes de plantar, no más: pasado ese tiempo empiezan a pudrirse. Se entierran con las puntas hacia abajo, a unos 5 cm de profundidad y separadas 10 cm, en sustrato muy drenante. Necesitan sol y un invierno fresco para desarrollar raíz antes de florecer, y por eso en el interior peninsular con heladas fuertes conviene retrasar la plantación o proteger la jardinera.

Tras la floración las hojas amarillean y la planta entra en reposo estival. Se deja secar, se desentierran los tubérculos, se limpian y se guardan en un sitio seco hasta el otoño siguiente. Su savia contiene protoanemonina, irritante para la piel y las mucosas: no es una planta peligrosa, pero manipular muchos tallos cortados sin guantes puede provocar picor en pieles sensibles.

La hortensia en el balcón: cuándo sí y cuándo no

Hydrangea macrophylla aparece en todas las listas de flores de balcón y merece una advertencia clara: es una planta de clima atlántico, sombra fresca y suelo ácido. En Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco o el norte de Cataluña, en un balcón orientado al norte, es una elección magnífica. En un balcón al sur en Madrid, Zaragoza o Murcia se quema en junio, por muy bien que se riegue.

Consume una cantidad enorme de agua —su nombre significa literalmente «vasija de agua»— y en maceta de menos de 25 litros pasa el verano en estrés continuo. El otro obstáculo es el agua del grifo: en la mayor parte de España es calcárea, sube el pH del sustrato y produce clorosis férrica y flores que viran de azul a rosa. El color de la hortensia no depende del abono mágico que venden para azulear, sino del pH y de la disponibilidad de aluminio: por debajo de pH 5,5 la planta absorbe aluminio y la flor es azul; por encima de 6,5, rosa. Cambiar el color exige sustrato para plantas acidófilas, agua de lluvia y sulfato de aluminio de forma sostenida, no una aplicación puntual. Las hortensias blancas no cambian de color con nada.

Si el balcón no reúne esas condiciones, hay alternativas que dan volumen y flor sin ese consumo: Plumbago auriculata para el sol, la abelia o la Gaura lindheimeri para el mismo hueco visual.

Cómo combinarlas en una jardinera

La regla que usan los profesionales es sencilla: un elemento alto que dé estructura, uno o dos de relleno intermedio y uno colgante que rompa el borde. En una jardinera al sol funciona bien un Pelargonium zonale detrás, dos petunias de mata en medio y una gitanilla o una calibrachoa en el borde. En semisombra, una Argyranthemum como estructura y ciclámenes o violas por delante en la temporada fría.

La condición para que la combinación funcione no es estética, es agronómica: todas las plantas de la misma jardinera deben querer el mismo riego y la misma luz. Meter una hortensia y un clavel en el mismo cajón condena a una de las dos, porque el riego que salva a una ahoga a la otra. Merece la pena revisar con ese criterio las jardineras que se venden ya plantadas y compuestas por criterio de color: si mezclan especies de sol seco con especies de sombra húmeda, en agosto quedará la mitad.

Sobre el calendario, un balcón que quiera tener color todo el año necesita dos plantaciones: la de primavera (abril, tras el riesgo de heladas) con geranios, petunias, claveles y osteospermos, y la de otoño (octubre) con ciclámenes, violas, primaveras y los tubérculos de ranúnculo. Intentar que las mismas plantas cubran los doce meses no funciona en ningún punto del país.

En resumen

El balcón manda sobre el catálogo. Cuenta las horas reales de sol, valora el viento y da a cada planta al menos cinco litros de sustrato con jardineras de 20 cm de fondo o más. Para sol fuerte, geranios, gitanillas, claveles y osteospermos. Para semisombra, margaritas de mata y petunias con abono semanal y quelato de hierro si el agua es dura. Para el invierno, ciclamen regado por el plato y en un rincón fresco, y ranúnculos plantados en otoño. La hortensia solo en el norte húmedo y a la sombra. Agrupa en cada jardinera plantas con las mismas necesidades de agua y luz, olvida la capa de gravilla del fondo, quita las flores marchitas y revisa los tallos de los geranios en primavera buscando los agujeros de la mariposa africana. Con eso, un balcón florece de febrero a noviembre sin más inversión que dos plantaciones al año.


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