El shibazakura que tapiza laderas enteras en los festivales japoneses de mayo es una planta norteamericana. Se llama Phlox subulata, crece de forma silvestre en el este de Estados Unidos y no tiene nada que ver ni con el musgo ni con el cerezo, pese a que su nombre japonés signifique literalmente «cerezo de césped».

Eso resume bien de qué hablamos cuando hablamos de flores japonesas. No es un catálogo de flora autóctona del archipiélago, sino un repertorio de plantas —unas nativas, otras importadas hace siglos— que la jardinería japonesa seleccionó, cruzó y convirtió en símbolo. Casi todas se cultivan sin problema en España; otras, como veremos, piden condiciones que solo se dan en una parte del país. Vamos con las siete más reconocibles y con lo que hace falta saber para que funcionen aquí.

Sakura, el cerezo de flor

Bajo la palabra sakura hay dos protagonistas distintos. Prunus × yedoensis 'Somei-yoshino' es el que llena las avenidas japonesas: flor blanca rosada casi simple, que abre antes de que salga la hoja, en un estallido de una semana. Prunus serrulata 'Kanzan' es el que más se vende en los viveros españoles: flor doble, rosa intenso, de treinta pétalos o más, que abre a la vez que las hojas jóvenes bronceadas. Ninguno de los dos da cerezas comestibles; 'Kanzan' es estéril y no fructifica en absoluto.

Antes de plantarlo hay que mirar el termómetro de enero. El cerezo de flor necesita horas de frío invernal para desbloquear las yemas. En la meseta, en el norte y en zonas de media montaña florece de forma espesa y regular a finales de marzo o en abril. En el litoral mediterráneo cálido y en el sur costero la floración sale desigual, escalonada y pobre, y el árbol nunca da esa nube compacta que uno tenía en la cabeza. No es un fallo de riego ni de abono: es que le falta invierno.

El resto de sus exigencias son sencillas: sol, suelo profundo y, sobre todo, drenaje. El encharcamiento invernal lo mata más deprisa que cualquier plaga. Tres cuidados que sí marcan la diferencia:

Poda poco y en seco. Los Prunus se podan a finales de verano, con tiempo estable, no en invierno lluvioso. Cada corte hecho en enero es una puerta abierta al chancro bacteriano (Pseudomonas syringae) y al plateado (Chondrostereum purpureum), y la respuesta del árbol es la gomosis: esa resina ámbar que rezuma por las heridas.

Vigila los chupones del pie. Casi todos los cerezos ornamentales van injertados sobre patrón. Los brotes que salgan por debajo del punto de injerto o directamente del suelo son del patrón, no de la variedad; si los dejas, acaban dominando y el árbol «cambia de flor».

El pulgón negro de primavera (Myzus cerasi) enrolla los brotes tiernos. Se controla con jabón potásico en cuanto aparece, insistiendo por el envés, y no hace falta más si el árbol no está sobreabonado con nitrógeno.

Un apunte para deshacer un equívoco recurrente: la floración del Valle del Jerte no es de sakura. Aquellos son cerezos frutales, Prunus avium, plantados para producir picotas. El espectáculo es comparable, pero el árbol es otro y el objetivo del cultivo, también.

Ramas de cerezo japonés en flor

Camelia (Camellia japonica)

La camelia japonesa florece cuando no florece nada, entre noviembre y abril según el cultivar, con flores que van de la simple de cinco pétalos —la forma que prefiere la tradición del té y del tsubaki japonés— a las dobles perfectamente imbricadas que popularizó Europa en el XIX. En España tiene su territorio en Galicia y la cornisa cantábrica, donde hay pazos con ejemplares de más de dos siglos y camelias que superan los ocho metros.

Su condición innegociable es el suelo ácido, con un pH entre 5 y 6,5. En terreno calizo entra en clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios marcados en verde, crecimiento parado y muerte lenta. Y no basta con el sustrato: el agua del grifo dura arruina una camelia igual de rápido que la tierra caliza, porque el bicarbonato sube el pH de la maceta en pocos meses. Si vives en zona de agua dura, riega con agua de lluvia o acidificada, y acolcha con corteza de pino.

El error de calendario que se paga un año después es el riego de verano. La camelia forma las yemas florales entre junio y agosto, justo cuando parece que no está haciendo nada. Un verano de sequía en maceta significa un invierno sin flor, o con botones que amarillean y caen antes de abrir. Riega en agosto aunque la planta te parezca inactiva.

La ubicación tiene truco. Quiere sombra clara o sol de mañana suave, resguardo del viento seco y, en zonas con heladas, que no le dé el sol naciente sobre la flor helada: el descongelado brusco quema los pétalos y los deja marrones en una mañana. Orientación norte o noroeste es mejor que este.

Dos problemas concretos. La cochinilla algodonosa se instala en el envés y deja negrilla; se trata con aceite de parafina fuera de la floración. Y el tizón de la flor (Ciborinia camelliae), que pardea los pétalos desde el centro y hace caer la flor entera: se combate recogiendo del suelo todas las flores caídas, porque el hongo pasa el año ahí.

Si tu suelo es calizo o tu clima seco, mira Camellia sasanqua: florece en otoño, tolera mejor el sol y la sequedad, tiene flor perfumada y es bastante más indulgente, aunque también prefiere pH ácido.

Flor roja de Camellia japonica

Crisantemo (Chrysanthemum × morifolium)

En Japón el crisantemo, kiku, es emblema imperial y protagonista de exposiciones donde una sola planta se conduce durante meses para dar una única flor gigante, o se guía en cascada sobre un armazón. En España es la flor de difuntos y se compra en maceta la última semana de octubre. La planta es la misma; lo que cambia es el uso.

Lo que gobierna su cultivo es la luz, y esto explica la mitad de los fracasos. El crisantemo es una planta de día corto: solo induce flor cuando las noches superan aproximadamente las trece horas y media de oscuridad continua, lo que en España ocurre a partir de septiembre. Una farola, la luz de una terraza o el reflejo de una ventana sobre la maceta pueden retrasar o impedir la floración de una planta perfectamente sana. Si tu crisantemo crece bien y no florece nunca, revisa la iluminación nocturna antes que el abono.

El otro gesto que decide la forma es el despunte. Pinza las puntas cada vez que los tallos alcancen unos 15 cm, desde la primavera hasta primeros de julio, y para de pinzar ahí; después la planta necesita ese tiempo para preparar los botones. Cada pinzamiento duplica los tallos y convierte una mata desgarbada en una bola compacta.

Los crisantemos de maceta de floristería vienen tratados con reguladores del crecimiento para mantenerlos enanos. Si plantas uno en el jardín, al año siguiente saldrá con su porte real, de 60 a 90 cm, y se tumbará con la primera lluvia si no lo entutoras o no lo has pinzado. Muchas variedades resisten el invierno peninsular sin problema; se cortan a un palmo tras la floración y rebrotan de cepa.

Dos precisiones. Su savia contiene lactonas sesquiterpénicas y puede provocar dermatitis de contacto en pieles sensibles al manipular tallos y hojas en cantidad; con guantes, resuelto. Y el insecticida piretrina no sale de estas plantas: se extrae de Tanacetum cinerariifolium, otra compuesta distinta. Tener crisantemos en la terraza no espanta a los mosquitos.

Phlox subulata, el musgo rosa de las laderas

Volvamos a la planta del principio. Phlox subulata forma una alfombra perenne de 10 a 15 cm de altura, de hoja fina casi acicular, que en abril y mayo desaparece bajo las flores: rosa, magenta, lila o blanco, según la variedad. Es la especie que cubre las laderas del festival de Fuji, y la que mejor resuelve en un jardín pequeño un talud, una jardinera de piedra o el borde de un camino.

Su punto débil es el agua parada. Aguanta el frío, el calor y la sequía una vez arraigada, pero en suelo arcilloso que retiene humedad en invierno se pudre por la base y la mata se pela por el centro dejando un anillo con hoja y un agujero en medio. Plántala en terreno arenoso o mejorado con grava, a pleno sol, en cuesta si es posible, y no la acolches con material húmedo pegado al cuello.

Tras la floración, recórtala un tercio con tijera de setos. Compacta la mata, evita el ahuecado central y a veces provoca una segunda floración menor a finales de verano. Se multiplica sin más que separar trozos enraizados del borde en otoño.

Melocotonero de flor (Prunus persica)

El hanamomo japonés es melocotonero de toda la vida seleccionado para flor, no para fruto. Sus variedades ornamentales dan flores dobles, muy densas, en marzo y sobre madera desnuda, y algunas —como 'Genpei'— producen flores blancas y rosas en el mismo árbol, incluso mezcladas en la misma rama. Da frutos pequeños, secos y sin interés culinario.

Aquí la clave está en la poda, y va a contramano de lo que se hace con la mayoría de los árboles ornamentales. El melocotonero florece sobre la madera del año anterior. Si lo dejas crecer libre, la floración se va desplazando cada año a la punta de las ramas y el interior queda pelado. La solución es podar en cuanto termina de florecer, acortando severamente las ramas que acaban de dar flor: esos cortes provocan brotes nuevos que serán la floración de la primavera siguiente.

Su enfermedad clásica es la lepra o abolladura del melocotonero (Taphrina deformans), que deforma y engrosa las hojas jóvenes en manchas rojizas y abullonadas. El tratamiento no funciona cuando ya se ven los síntomas: hay que aplicar cobre en dos momentos, a la caída de la hoja en otoño y al hincharse las yemas al final del invierno, antes de que abran. Una vez la hoja está deformada, solo queda retirarla.

Es un árbol de vida corta —quince o veinte años en buenas condiciones— que quiere sol pleno, drenaje y ninguna competencia de césped alrededor del tronco.

Ipomoea, la campanilla del amanecer

El asagao (Ipomoea nil) es una de las tradiciones hortícolas más curiosas de Japón: durante el periodo Edo se coleccionaron y fijaron cientos de formas mutantes, con pétalos rasgados, dobles o de bordes contrastados, y todavía hoy hay ferias dedicadas a él en Tokio. La flor abre al amanecer y se cierra antes del mediodía, de ahí el nombre.

Como trepadora anual es imbatible: sembrada en su sitio entre abril y mayo, con el suelo ya templado, cubre una celosía de dos o tres metros en un verano. Necesita sol directo y, ojo con esto, suelo más bien pobre: en tierra rica en nitrógeno hace una masa de hojas magnífica y apenas florece. Riego regular, sí, pero abonado escaso.

Hay que ser claro con dos advertencias. Las semillas de Ipomoea son tóxicas por ingestión: contienen alcaloides que provocan vómitos, alteraciones de la percepción y taquicardia, y son peligrosas para niños y animales domésticos. No hay ninguna preparación casera segura; se guardan fuera del alcance y punto.

Y una advertencia ambiental. La campanilla perenne de flor azul violácea (Ipomoea indica), que se vende y se regala con la misma facilidad, está naturalizada e invade riberas, taludes y setos del litoral mediterráneo, del suroeste y de Canarias, donde forma mantos que asfixian la vegetación autóctona. Si vives cerca de un cauce, un barranco o un espacio natural, quédate con la anual y no dejes que trepe fuera de tu valla; conviene además comprobar la normativa de tu comunidad autónoma sobre especies exóticas invasoras antes de plantar cualquier Ipomoea perenne.

Osmanthus fragrans var. aurantiacus

El kinmokusei es un arbusto o arbolito perennifolio que en septiembre y octubre se cubre de flores minúsculas, de un naranja albaricoque, tan discretas que la planta se localiza por el olfato antes que por la vista. El perfume —a albaricoque y a azahar— se percibe a bastantes metros y es una de las señales del otoño en las ciudades japonesas.

En España va bien en clima suave. Resiste heladas moderadas, del orden de -8 ºC ya establecido, pero sufre en inviernos continentales duros y en ubicaciones con viento helado. Quiere suelo neutro o ligeramente ácido y bien drenado; tolera algo más de caliza que una camelia, pero no un terreno yesoso ni encharcado. Crece despacio, lo que juega a su favor en jardines pequeños: alcanza tres a cinco metros en muchos años y admite ser mantenido como seto informal.

Se poda justo después de florecer, nunca en primavera ni en verano, porque las yemas de flor se forman en la madera de la temporada y una poda de julio deja el arbusto mudo en octubre.

Cuidado en el vivero con la etiqueta escueta «Osmanthus». Osmanthus heterophyllus tiene hoja dentada y punzante parecida al acebo y flor blanca; Osmanthus × burkwoodii florece en primavera, también en blanco. Ambos son buenos arbustos, pero si lo que buscas es la flor naranja perfumada del otoño japonés, el nombre completo tiene que incluir fragrans var. aurantiacus.

Cómo se combinan en un jardín, aquí

La jardinería japonesa no acumula flores: las administra. Un jardín tradicional puede tener un solo cerezo, un grupo de camelias contra un muro y nada más florido, porque el efecto buscado es el momento, no la abundancia continua. Traducido a un jardín español, eso significa dos cosas prácticas.

La primera es aprovechar el calendario. Camelia de noviembre a marzo, melocotonero y cerezo en marzo y abril, Phlox subulata en abril y mayo, ipomea todo el verano, osmanthus en septiembre y octubre, crisantemo en octubre y noviembre. Con estas siete plantas hay flor once meses al año sin que dos compitan por el protagonismo.

La segunda es agrupar por suelo. Camelia y osmanthus van juntos en la zona ácida, resguardada y con acolchado. Cerezo, melocotonero e ipomea quieren sol y drenaje. Phlox subulata pide el sitio más seco y soleado que tengas. Y el crisantemo, la zona sin luz artificial nocturna. Poner una camelia en suelo calizo o un cerezo de flor en la costa cálida son las dos decisiones que no se arreglan luego con cuidados: el resto, sí.

En resumen

Sakura ('Kanzan' y 'Somei-yoshino') necesita frío invernal para florecer bien, se poda solo en verano seco y no da cerezas. La camelia exige pH ácido y agua blanda, forma sus botones en pleno verano —de ahí que el riego de agosto decida la flor de enero— y se protege del sol de mañana en zonas con helada. El crisantemo florece por acortamiento del día y una farola cercana puede dejarlo sin flor; se pinza hasta primeros de julio y nada más. Phlox subulata, el shibazakura, es norteamericana, quiere sol y drenaje extremo, y se recorta un tercio tras florecer. El melocotonero de flor se poda justo después de la floración porque florece en madera del año anterior, y su lepra se previene con cobre en otoño y a la hinchazón de yemas, no cuando ya se ven las hojas abulladas. La ipomea anual necesita suelo pobre para dar flor, sus semillas son tóxicas por ingestión y la especie perenne Ipomoea indica es invasora en buena parte del litoral español. Y Osmanthus fragrans var. aurantiacus aporta el perfume de octubre, siempre que compres el nombre completo y lo podes en cuanto termina de florecer.


Contenidos relacionados