Una peonía bien plantada puede seguir floreciendo en el mismo sitio cuarenta o cincuenta años después, sin que nadie la trasplante. Una bandeja de petunias dura cinco meses y hay que volver a comprarla. Entre esos dos extremos se decide si un jardín florido es una afición agradable o una factura recurrente cada primavera.

La pregunta útil, entonces, no es qué flor es más bonita, sino cuál vuelve sola año tras año, aguanta el verano peninsular y no exige que estés encima. Estas son las que cumplen, con lo que hay que saber para que funcionen de verdad.

Qué hace buena a una flor de jardín

Cuatro criterios separan una planta de jardín de un adorno de temporada. Longevidad: que sea vivaz o arbustiva y rebrote cada año desde la cepa. Resistencia al verano: en gran parte de la Península hay dos meses de más de 30 °C con precipitación casi nula, y ahí se cae la mitad del catálogo de vivero. Porte estable: si necesita tutores y anillos de sujeción para no tumbarse, multiplica el trabajo. Y floración larga o repetida, porque una planta que da dos semanas de espectáculo y diez meses de mata verde tiene que compensarlo con algo más.

Con esa vara de medir, las vivaces herbáceas y los arbustos de flor ganan casi siempre a las anuales de bandeja. Y conviene decirlo de las anuales estrella: la petunia, la impatiens y la begonia de flor viven de riego diario y abono constante. La Impatiens walleriana arrastra además desde hace más de una década el mildiu (Plasmopara obducens), un hongo que colapsa la planta en pocos días y persiste en el suelo, así que ese macizo de sombra que aguantaba solo ya no es una apuesta fiable.

Coreopsis, la que florece hasta que llegan las heladas

El género Coreopsis aporta amarillo puro desde junio hasta octubre en suelo pobre y a pleno sol, que es justo donde otras vivaces se rinden. Dos especies interesan por motivos distintos.

Coreopsis verticillata forma matas de hoja muy fina, casi de encaje, de unos 40-60 cm, y se extiende despacio por rizomas hasta cubrir el hueco. Es la más duradera y la más resistente a la sequía. El cultivar 'Moonbeam', de amarillo pálido, combina con casi todo; 'Zagreb' es más bajo y de amarillo intenso.

Coreopsis grandiflora da flores más grandes y llamativas, pero hay que asumir un detalle que rara vez figura en la etiqueta: es una vivaz de vida corta, tres o cuatro años, y se agota especialmente si el suelo se queda húmedo en invierno. Se resiembra sola si la dejas, así que no la elimines cuando aparezcan plántulas alrededor.

Su exigencia principal es el drenaje. En arcilla compacta y encharcada la corona se pudre durante el invierno y en marzo no rebrota nada. Se planta en terreno mejorado con grava o arena gruesa, o en talud. Se corta con tijera de setos a un tercio de la altura tras la primera oleada de flor, en pleno julio, y en tres semanas vuelve a estar cuajada.

Mata de Coreopsis verticillata en plena floración amarilla

Echinacea, estructura que dura todo el invierno

Echinacea purpurea florece de julio a septiembre, en pleno bache estival, con capítulos de pétalos caídos y un cono central espinoso que se queda en pie una vez secos. Ese esqueleto seco es media planta: aguanta erguido hasta enero, coge escarcha y alimenta a los jilgueros. Si limpias el macizo en octubre te quedas sin él.

Quiere sol pleno, suelo profundo y riegos espaciados pero abundantes una vez establecida; el primer verano sí necesita agua con regularidad para enraizar. Alcanza 80-100 cm y se sostiene sola salvo en suelos muy abonados, donde crece blanda y se abre por el centro.

Hay un matiz de compra que ahorra disgustos. En los últimos años los viveros se han llenado de híbridos de colores imposibles —naranjas, corales, verdes— y de formas dobles con el cono convertido en pompón. Son bonitos y la mayoría procede de cruces con Echinacea paradoxa o E. tennesseensis, propagados por cultivo in vitro. En la práctica, esos ejemplares desaparecen a menudo tras el segundo invierno, sobre todo si el suelo retiene humedad en frío. La E. purpurea de especie, con su rosa púrpura de siempre, es mucho más longeva y además se puede multiplicar por semilla. Si el objetivo es que la mata siga ahí dentro de ocho años, la especie es la elección sensata.

Geranio: dos plantas distintas con el mismo nombre

Compra una maceta etiquetada como geranio y lo que te llevas casi con seguridad es un Pelargonium: el zonal (Pelargonium × hortorum) de hoja redonda con banda oscura, o el de gitanilla (P. peltatum) de tallos colgantes y hoja carnosa. Son subarbustos sudafricanos, floríferos desde marzo hasta noviembre y muy tolerantes a la sequía en maceta. Su límite es el frío: a partir de -2 °C se dañan y por debajo de -4 °C mueren. En la costa mediterránea y en Andalucía viven años en el mismo tiesto; en Burgos, Soria o Teruel son planta de temporada salvo que se guarden bajo cubierto.

Los Geranium verdaderos son otra cosa: vivaces herbáceas europeas, rústicas hasta -20 °C, que desaparecen en invierno y rebrotan en marzo. Geranium macrorrhizum cubre el suelo bajo los árboles y aguanta la sombra seca, que es un sitio difícil de resolver. Geranium sanguineum forma cojines de flor magenta. El híbrido 'Rozanne' florece en azul violeta de mayo a octubre casi sin pausa y es probablemente la vivaz más rentable que se puede plantar en un jardín templado. Si buscas cobertura permanente y no repetir la compra, ese es el género que quieres, no el de balcón.

En pelargonios, dos cuidados marcan la diferencia. Uno: quitar las inflorescencias marchitas tirando del pedúnculo entero desde la base, no cortando la flor, porque el rabillo seco pudre y atrae botritis. Dos: vigilar la oruga del geranio (Cacyreus marshalli), una mariposa introducida que barrena los tallos desde dentro. Se detecta por agujeritos con serrín y tallos huecos que se parten; hay que cortar y retirar el tallo afectado en cuanto aparece, porque cuando la planta se desploma ya no hay nada que salvar.

Peonía, la vivaz más longeva y la más exigente al plantar

La peonía herbácea (Paeonia lactiflora y sus híbridos) florece dos o tres semanas entre abril y mayo, y punto. A cambio, una mata bien situada sigue floreciendo décadas después sin que nadie la toque, aumentando el número de tallos cada año.

Dos condiciones son innegociables. La primera es el frío invernal: la peonía necesita acumular horas por debajo de 7 °C para que las yemas broten y florezcan. En el interior peninsular y en el norte cumple de sobra; en la franja litoral del sur y en Canarias no florece nunca aunque la planta viva, y ningún cuidado compensa eso. La segunda es la profundidad de plantación. Las yemas rosadas de la corona deben quedar a 3-5 cm bajo la superficie, no más. Enterrada a diez o quince centímetros, como se planta cualquier otra vivaz, la peonía crece con vigor, saca hojas espléndidas y no da una sola flor en años. Si tienes una peonía que solo hace hoja, escarba con cuidado en otoño y mira a qué profundidad están las yemas: casi siempre es eso.

Se planta a raíz desnuda en octubre o noviembre, en suelo profundo, fértil y bien drenado, a pleno sol o con algo de sombra en la tarde en climas cálidos. No le gusta que la muevan y tarda dos o tres años en dar su primera floración seria: es una planta para colocar donde se quede. Las variedades de flor doble muy pesada se tumban con la primera tormenta y agradecen un aro de sujeción colocado en marzo, antes de que crezca. En otoño se cortan los tallos a ras de suelo y se retiran, lo que reduce mucho la botritis del año siguiente.

La peonía arbustiva (Paeonia suffruticosa) es un arbusto leñoso que no se corta en invierno, con flores enormes; es más cara, más lenta y suele venir injertada sobre raíz de peonía herbácea, así que hay que plantar el punto de injerto enterrado unos centímetros para que emita raíces propias.

Ningún grupo de plantas da tanta flor durante tantos meses en clima español como los rosales reflorecientes. El problema del rosal no suele ser el cultivo, sino la elección: hay variedades preciosas en foto que se defolian por completo con la marssonina (mancha negra) en cuanto llega un otoño húmedo, y otras que pasan la temporada limpias sin un solo tratamiento.

Buscar el sello ADR alemán, que solo se concede a variedades que superan varios años de ensayo sin fungicidas, es el atajo más eficaz. Los rosales paisajistas de flor pequeña y abundante, los de tipo rugosa (Rosa rugosa) y muchos arbustivos modernos van en esa línea. Los híbridos de té clásicos de flor grande para corte son, en general, los más delicados.

Cuatro puntos de manejo resuelven la mayoría de los problemas. Sol: mínimo seis horas directas; a menos luz, menos flor y más hongo. Riego a pie de planta, nunca por aspersión, porque las esporas de mancha negra necesitan varias horas de hoja mojada para germinar, y regar de noche por encima es servírselo en bandeja. Poda al final del invierno, entre finales de enero en el sur y marzo en zonas frías, cuando ya han pasado las heladas fuertes; podar en noviembre provoca brotes tiernos que se queman con el primer hielo. Y limpieza del suelo: recoger y retirar las hojas caídas enfermas corta el ciclo del hongo para el año siguiente mucho mejor que cualquier pulverización.

Flor de rosal amarillo abierta en el jardín

Otras vivaces que sostienen un macizo español

Un jardín de flor no vive de cinco plantas. Estas completan el calendario con muy poca agua:

Salvia nemorosa y Salvia × sylvestris, espigas azul violáceo en mayo y junio que rebrotan si se cortan a ras después de florecer. Nepeta × faassenii, nube azul con follaje aromático que ningún conejo toca. Achillea millefolium, en tonos terrosos, feliz en suelo pobre. Salvia yangii, la antigua Perovskia atriplicifolia, con tallos blancos y flor azul de julio a septiembre. Gaura lindheimeri (hoy Oenothera lindheimeri), mariposas blancas o rosas en movimiento durante seis meses. Hemerocallis, cada flor dura un día pero se suceden semanas enteras y la planta es prácticamente indestructible. Iris germanica, con el rizoma plantado a la vista, medio asomado en superficie: enterrado se pudre y no florece. Agapanthus, azul en pleno agosto en la costa. Y Erigeron karvinskianus, que se siembra sola en los muros y florece nueve meses.

Cómo se planta un macizo para que dure

Planta en otoño. De octubre a diciembre el suelo aún está caliente y las lluvias hacen el trabajo: la planta echa raíz durante todo el invierno y llega al primer julio con sistema radicular suficiente. Lo plantado en abril tiene seis semanas para prepararse antes del calor, y ahí se pierden muchas vivaces que se dan por muertas sin serlo.

Prepara el suelo una vez y bien. Descompactar 30-40 cm y añadir materia orgánica es la única oportunidad de tocar ese terreno antes de que las plantas lo ocupen durante años. En suelo arcilloso, incorporar grava para levantar el drenaje salva más vivaces que cualquier cuidado posterior: en el clima peninsular, el frío no mata casi nunca, el encharcamiento invernal sí.

Respeta la distancia final. Plantar apretado se ve estupendo el primer año y a los tres se convierte en una maraña sin ventilación donde prosperan oídio y botritis. Rellena los huecos del primer año con anuales de siembra directa si te molesta el vacío.

Acolcha. Cinco centímetros de corteza, paja o grava reducen el riego a la mitad y frenan la hierba, pero deja libre el cuello de la planta: el acolchado en contacto con la corona la mantiene húmeda y la pudre.

Divide cada tres o cuatro años. Coreopsis, hemerocallis, iris o áster pierden vigor y se ahuecan por el centro. Se levanta la mata en otoño, se descartan las partes viejas del interior y se replantan los trozos periféricos. Es la forma más barata de duplicar el jardín. La peonía es la excepción: cuanto menos se la mueva, mejor.

En resumen

Las mejores flores de jardín son las que vuelven solas. Coreopsis para el amarillo largo de verano en suelo pobre y drenado, Echinacea purpurea de especie —no los híbridos dobles de vida corta— para julio y agosto y para la estructura seca del invierno, geranios verdaderos del género Geranium si quieres cobertura perenne y pelargonios si lo que buscas es balcón florido en clima suave, peonía donde haya frío invernal y plantada con las yemas a tres o cinco centímetros, y rosales elegidos por resistencia a la mancha negra, regados por abajo y podados a finales del invierno. Planta en otoño, prepara el drenaje antes que nada, deja sitio para que crezcan y divide cada pocos años. Con eso, el jardín mejora cada temporada en lugar de empezar de cero cada primavera.


Contenidos relacionados