Una lámina de agua con flores cambia por completo un jardín: refleja la luz, baja la temperatura del entorno, atrae libélulas y anfibios y funciona todo el verano sin la sed constante de un macizo de temporada. No hace falta un estanque de obra. Un barreño de cinc, una tinaja o una maceta grande sin agujeros bastan para tener un nenúfar floreciendo desde junio.

Lo que sí hace falta es elegir bien la planta, porque en este grupo conviven especies fáciles, especies que necesitan un invernadero tropical y especies cuya venta está directamente prohibida en España por ser invasoras. Vamos por partes.

Nenúfar de flor blanca sobre la lámina de agua

Los cuatro tipos de planta acuática

Antes de comprar nada conviene tener clara esta clasificación, porque determina a qué profundidad va cada planta y qué papel cumple.

Flotantes libres. No arraigan en el fondo; flotan con las raíces colgando en el agua. Aportan sombra y consumen nutrientes, lo que ayuda a controlar las algas. Aquí están las especies más problemáticas por invasoras.

Arraigadas de hoja flotante. Enraízan en el fondo y extienden hojas sobre la superficie. Los nenúfares son el ejemplo canónico.

Emergentes o marginales. Enraízan en agua poco profunda o en suelo saturado y sacan tallos y hojas al aire. Son las plantas de orilla, y las que dan estructura vertical al conjunto.

Sumergidas u oxigenadoras. Viven bajo el agua. No suelen tener flor llamativa, pero son las que mantienen el agua transparente. Un estanque sin ellas acaba verde, sin excepción.

Nenúfar (Nymphaea)

Es la flor de agua por antonomasia y la mejor opción para empezar. En Europa tenemos Nymphaea alba, el nenúfar blanco autóctono, presente de forma natural en lagunas y ríos lentos de la península, y en el comercio hay decenas de híbridos rústicos derivados sobre todo del trabajo de Joseph Bory Latour-Marliac a finales del siglo XIX, con flores blancas, amarillas, rosas, rojas y anaranjadas.

Rasgos que conviene conocer: la hoja es peltada pero con una escotadura, esa muesca en forma de V que llega hasta el peciolo, y flota sobre el agua, no se eleva por encima. La flor también descansa sobre la superficie o apenas sobresale. Estas dos características son la manera infalible de distinguir un nenúfar de un loto.

Cultivo. Necesita sol directo, seis horas como mínimo. Es el factor que más condiciona la floración y donde falla la mayoría de estanques improductivos. Odia el agua en movimiento y las salpicaduras: nunca lo pongas cerca de una fuente o una cascada, porque la hoja mojada por encima se pudre.

La profundidad depende del vigor de la variedad, y elegir mal es el segundo error más común. Las enanas (como 'Pygmaea Helvola', amarilla, o 'Perry's Baby Red') quieren de 20 a 40 cm sobre la corona y funcionan en un barreño. Las medianas, de 40 a 60 cm. Las vigorosas, de 60 a 100 cm, y colonizan varios metros cuadrados de superficie. Meter una variedad vigorosa en un recipiente de 60 litros produce una maraña de hojas sin una sola flor.

Se plantan en cestas de rejilla, no directamente en el fondo, para poder sacarlas, dividirlas y controlar su expansión. El sustrato debe ser tierra franca pesada, arcillosa, sin materia orgánica: nada de sustrato universal ni de turba, porque flotan, enturbian el agua durante meses y liberan nutrientes que alimentan las algas. Se cubre la superficie de la cesta con 2-3 cm de grava lavada para que la tierra no se disperse y para que los peces no la escarben. El rizoma se coloca inclinado, con la punta de crecimiento asomando y orientada hacia el centro de la cesta.

Para abonar, pastillas de liberación lenta específicas para acuáticas enterradas en el cepellón, dos o tres veces por temporada. Un abono soluble corriente vertido al agua es la forma más rápida de convertir un estanque en una sopa de algas.

La época de plantación y de división es de abril a junio. En invierno, los nenúfares rústicos pierden la hoja y pasan el frío sin problema mientras la corona no llegue a congelarse: en zonas de heladas fuertes basta con bajar la cesta a la parte más profunda del estanque.

Flor de loto (Nelumbo nucifera)

Se confunde permanentemente con el nenúfar, pero ni siquiera son familia: el nenúfar pertenece a las ninfeáceas y el loto a las nelumbonáceas, un linaje muy antiguo y aislado. Las diferencias visuales son inmediatas: la hoja del loto es circular, completa, sin escotadura, con el peciolo insertado en el centro, y sobre todo se eleva por encima del agua, a veces más de un metro. La flor también se alza sobre un pedúnculo largo, y al caer los pétalos deja un receptáculo cónico y perforado inconfundible, muy usado en decoración seca.

El loto tiene tres particularidades notables. La primera es el efecto loto: la superficie de la hoja combina una nanoestructura cerosa con microrrelieve que la hace superhidrófoba, de modo que el agua forma gotas casi esféricas que ruedan arrastrando la suciedad. Es el modelo de las pinturas y tejidos autolimpiables. La segunda es la termogénesis floral: la flor regula activamente su temperatura interna por encima de la del ambiente durante los días que permanece abierta, lo que favorece la volatilización del aroma y recompensa a los escarabajos polinizadores. La tercera es la longevidad extraordinaria de sus semillas, con germinaciones documentadas en ejemplares de más de mil años recuperados de sedimentos.

El punto crítico para cultivarlo en España es el calor. El loto exige agua caldeada de forma sostenida, con varias semanas por encima de los 25 ºC, para florecer. En Andalucía, Extremadura, Levante y el valle del Ebro florece bien. En la cornisa cantábrica, en Galicia y en zonas de montaña, lo más habitual es una planta que produce hojas enormes y espectaculares y no da una sola flor. Si tu verano es fresco, plántalo en un recipiente oscuro, poco profundo y muy expuesto al sol, o asume que lo tienes por el follaje.

Necesita además un recipiente ancho y sin obstáculos, porque el rizoma se extiende horizontalmente varios metros. Se planta en abril-mayo en tierra pesada, con solo 5-15 cm de agua sobre el sustrato al principio, y con muchísimo cuidado con la punta del rizoma, que es frágil y no rebrota si se rompe.

Victoria amazónica (Victoria amazonica)

Es la reina de las plantas acuáticas y conviene decir con claridad que no es cultivable al aire libre en España. Originaria de las aguas remansadas del Amazonas, forma hojas circulares de hasta dos o tres metros de diámetro, con el borde levantado como una bandeja y un envés cubierto de espinas y recorrido por un sistema de nervios huecos que le da una capacidad de flotación notable. Necesita agua permanentemente por encima de 25-27 ºC, y en invernaderos templados de Europa muere en cuanto baja de 20 ºC. Su pariente Victoria cruziana es algo más tolerante al fresco, pero sigue requiriendo condiciones tropicales.

Su flor merece un párrafo. Abre al atardecer de un blanco puro, con fuerte aroma a piña, y calienta su interior por termogénesis. Los escarabajos del género Cyclocephala entran atraídos por el olor y el calor, y la flor se cierra sobre ellos y los retiene toda la noche. Al día siguiente reabre, ya teñida de rosa o púrpura y sin aroma, y libera a los escarabajos cubiertos de polen, que se marchan a otra flor blanca en primera noche. Es uno de los mecanismos de polinización más elaborados que se conocen.

Para verla en España hay que ir a un invernadero tropical con estanque climatizado, como los de algunos jardines botánicos. Está aquí porque es la referencia obligada del grupo, no porque puedas plantarla en el patio.

Cala (Zantedeschia aethiopica)

Estrictamente no es una planta acuática sino una marginal palustre: vive en suelos permanentemente saturados y tolera estar con unos centímetros de agua sobre la corona, pero no vive sumergida. Es originaria de Sudáfrica y está perfectamente adaptada al clima del oeste y el sur peninsular, donde en muchas zonas se ha naturalizado.

Un apunte de botánica que suele sorprender: lo que llamamos flor de la cala no es una flor. Esa estructura blanca en forma de cucurucho es una espata, una bráctea modificada, y las flores verdaderas son las diminutas que tapizan el espádice, ese apéndice amarillo del centro. Es la arquitectura floral típica de las aráceas, la misma del anturio y del potos.

Es de las pocas flores de agua que tolera la sombra parcial, lo que la hace muy útil en el borde norte de un estanque. Florece de finales de invierno a primavera en el sur y hasta bien entrado junio en el norte, y en verano puede entrar en reposo si el suelo se seca. Aguanta heladas ligeras; con heladas fuertes pierde la parte aérea pero rebrota desde el rizoma si está protegido bajo el agua o con acolchado.

Dos advertencias. La primera: toda la planta contiene rafidios de oxalato cálcico y es tóxica por ingestión, con irritación intensa de boca y garganta. No la plantes al alcance de niños pequeños ni de mascotas que mordisqueen.

La segunda es un error muy extendido: las calas de colores no son plantas de agua. Los híbridos amarillos, naranjas, rosas o morados derivan de Zantedeschia elliottiana y Z. rehmannii, especies de hábitat estacional seco, y se pudren si se cultivan encharcadas. Solo la cala blanca clásica, Z. aethiopica, admite el borde del estanque.

Marginales y oxigenadoras que completan el conjunto

Un estanque solo con nenúfares queda plano. Estas especies dan volumen, atraen fauna y mantienen el agua limpia, y casi todas son autóctonas o de comportamiento controlable:

Iris pseudacorus, el lirio amarillo de agua, autóctono, florece en mayo-junio y es muy vigoroso; contenlo en cesta. Iris laevigata es más comedido y florece en azul.

Pontederia cordata, espigas azul lavanda en pleno verano, muy resistente.

Caltha palustris, la hierba centella, con flores amarillas muy tempranas, en marzo.

Butomus umbellatus, el junco florido, umbelas rosadas sobre tallos altos.

Myosotis scorpioides, el nomeolvides de agua, azul, ideal para suavizar el borde.

Lythrum salicaria, la salicaria, espigas magenta de gran valor para abejas y mariposas.

Como oxigenadoras sumergidas, Ceratophyllum demersum es la más útil y sencilla: ni siquiera necesita plantarse, flota libremente en la columna de agua, absorbe nutrientes con avidez y compite directamente con las algas.

Cuidado con las invasoras: hay especies prohibidas

Este apartado es el más importante del artículo y el que menos se menciona.

Varias plantas acuáticas ornamentales muy vendidas en el pasado están incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que implica que su posesión, transporte, comercio y cesión están prohibidos. Las principales:

Eichhornia crassipes, el jacinto de agua o camalote. Flores lilas muy vistosas y una capacidad de multiplicación explosiva: puede duplicar su biomasa en pocos días y cubrir por completo la lámina de agua, bloqueando la luz y agotando el oxígeno. Su invasión del río Guadiana ha costado decenas de millones de euros en labores de extracción y sigue sin resolverse. No lo compres, no lo aceptes de un vecino y, si aparece en tu estanque, retíralo y elimínalo con la basura, nunca en un cauce.

Pistia stratiotes, la lechuga de agua, con el mismo comportamiento colonizador.

Azolla filiculoides, un helecho flotante diminuto que forma alfombras rojizas asfixiantes.

Myriophyllum aquaticum, la pluma de agua, muy usada en acuariofilia y agresiva en cauces naturales. Cuidado con confundirla con la autóctona Myriophyllum spicatum, que sí es válida.

La regla general, más allá de la lista concreta: nunca vacíes un estanque ni tires restos de plantas acuáticas a un río, un arroyo, una acequia o el alcantarillado. Un fragmento de tallo de unos pocos centímetros basta para fundar una población nueva. Deshazte de los restos secándolos al sol y llevándolos a la fracción vegetal de residuos.

Un mini estanque en maceta, paso a paso

Es perfectamente viable en una terraza. Necesitas:

Un recipiente estanco de 40 litros como mínimo, mejor de 60 a 100. Un barreño de cinc, una tinaja vidriada, una maceta grande con el agujero sellado o un cubo de obra. Los volúmenes pequeños se recalientan y se evaporan demasiado rápido en verano.

Emplazamiento a pleno sol, pero si tu terraza es un horno en agosto, busca algo de sombra a partir de las cinco de la tarde para que el agua no supere los 30 ºC.

Un nenúfar enano en cesta, apoyado sobre ladrillos para ajustar la profundidad a 20-30 cm sobre la corona.

Una marginal en una cesta más elevada, apenas cubierta de agua, y un puñado de Ceratophyllum suelto.

Agua reposada. Si usas agua del grifo, déjala 48 horas antes de introducir plantas para que se disipe el cloro.

Sobre los mosquitos, que es la objeción habitual: el agua quieta con vegetación pero sin depredadores sí cría larvas. Tienes tres soluciones. La más limpia es Bacillus thuringiensis subespecie israelensis (Bti), un biolarvicida específico para dípteros que se vende en pastillas, es inocuo para el resto de fauna y el ser humano, y resuelve el problema por completo. La segunda es mover ligeramente el agua con una pequeña bomba solar, porque el mosquito solo pone en agua quieta. La tercera, si el recipiente es suficientemente grande, es introducir algún pez local pequeño. Lo que no debes hacer es introducir gambusia (Gambusia holbrooki): se recomendó durante décadas como control biológico y hoy está catalogada como invasora en España por el daño causado a peces y anfibios autóctonos.

Y sobre el agua verde, que siempre aparece las primeras semanas: no es un fallo, es la fase normal de establecimiento. Se corrige sola cuando las plantas empiezan a consumir nutrientes. Ayudan tres cosas: que las hojas flotantes cubran entre el 50 y el 60 % de la superficie (más sombra, menos algas, pero sin llegar a tapar todo, porque el agua necesita intercambio de oxígeno), tener suficientes oxigenadoras, y no abonar ni alimentar peces en exceso. Cambiar toda el agua es contraproducente: reinicia el ciclo y provoca un nuevo brote de algas.

En resumen

Para un jardín español, el nenúfar es la flor de agua más segura y agradecida, siempre que reciba seis horas de sol, se plante en cesta con tierra pesada y grava, se abone solo con pastillas enterradas y se elija una variedad cuyo vigor case con la profundidad disponible. El loto es magnífico pero exige veranos calurosos para florecer, y se distingue del nenúfar porque sus hojas son circulares sin escotadura y se elevan sobre el agua. La victoria amazónica es material de invernadero tropical, no de jardín. La cala blanca sirve de marginal y tolera algo de sombra, pero es tóxica y sus versiones de colores no aguantan el encharcamiento. Completa el conjunto con marginales autóctonas y oxigenadoras sumergidas, controla los mosquitos con Bti, y sobre todo mantente lejos de jacinto de agua, lechuga de agua y demás especies del catálogo de invasoras, cuya venta está prohibida y cuyo daño en los ríos peninsulares ya es de sobra conocido.


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