El primer filtro para llevar una flor a la mesa no es el sabor: es saber con exactitud qué especie tienes delante y qué se le ha pulverizado encima. Con esas dos respuestas resueltas, el resto es cocina. Sin ellas, una flor bonita puede ser desde una decepción amarga hasta un problema serio.

Este artículo repasa qué flores se comen de verdad en la cocina española y europea, cuáles se confunden con otras que no se pueden comer, cómo cultivarlas para que sepan a algo y qué hacer con ellas una vez cortadas.

Ensalada decorada con pétalos de flores comestibles

Dos advertencias que van por delante

La primera tiene que ver con la identificación. Comestible es una especie concreta, no un aspecto ni un color. Dentro de una misma familia conviven plantas de ensalada y plantas letales: en las umbelíferas (Apiaceae), la angélica (Angelica archangelica) comparte porte, hojas divididas y umbelas blancas con la cicuta (Conium maculatum) y con el nabo del diablo (Oenanthe crocata), ambas mortales en cantidades pequeñas. Si la planta no la has sembrado tú o no la identifica alguien que sepa, no se come. Esto vale para cualquier recolección silvestre, no solo para las umbelíferas.

La segunda es química y se pasa por alto con frecuencia. Las plantas ornamentales de vivero se cultivan con fitosanitarios autorizados para ornamental, no para consumo. No tienen límite máximo de residuos fijado ni plazo de seguridad definido para comer la planta, sencillamente porque nadie previó que fueras a comértela. El acetamiprid, los fungicidas sistémicos o los reguladores de crecimiento que se usan para compactar una maceta de pensamientos siguen dentro del tejido semanas después: no se van con un enjuagado. La conclusión práctica es incómoda pero clara: una planta comprada en vivero como ornamental no se come el mismo año. Se cultiva una temporada sin tratamientos, se deja que emita crecimiento nuevo y se cosecha de ahí en adelante. Si quieres flores para comer ya, compra planta con certificación de producción ecológica destinada a consumo, o flores comestibles ya envasadas en la sección de frescos.

Y un tercer detalle menor pero real: las flores concentran polen. Quien tenga alergia estacional, especialmente a compuestas (artemisia, ambrosía), puede reaccionar a crisantemo, caléndula o girasol por reactividad cruzada. Se prueba un pétalo, no un plato entero.

Flores que sí se comen y a qué saben

Capuchina (Tropaeolum majus). La mejor puerta de entrada. Flor y hoja tienen glucosinolatos, los mismos compuestos de la mostaza y el rábano, así que pican de verdad: un punzante limpio que anima una ensalada sosa. Se siembra directamente en abril, crece en suelo pobre y florece más cuanto menos la abones. Los frutos verdes en salmuera son un sucedáneo aceptable de las alcaparras.

Caléndula (Calendula officinalis). Los pétalos, ligeramente amargos y resinosos, tiñen de amarillo el arroz o el caldo. Es la sustituta razonable del azafrán en color, nunca en sabor. Se siembra en otoño en el sur y en febrero-marzo en el centro y norte, y florece hasta que aprieta el calor.

Borraja (Borago officinalis). La flor azul estrellada sabe a pepino y aguanta bien congelada dentro de cubitos de hielo. La borraja contiene alcaloides pirrolizidínicos hepatotóxicos, en cantidades bajas y sobre todo en la hoja; como adorno ocasional no plantea problema, pero no es planta para infusiones diarias ni para embarazadas.

Flor de calabaza y calabacín (Cucurbita pepo). La flor comestible por excelencia en la cocina mediterránea, rellena de queso y frita en tempura, o simplemente salteada. Se cortan las flores masculinas, las que salen sobre un pedúnculo fino y liso, y se deja alguna para que polinice; las femeninas llevan detrás el calabacín en miniatura y cortarlas es renunciar al fruto. Se recogen por la mañana temprano, abiertas, y se usan el mismo día: por la tarde ya están mustias. Hay que retirar los estambres y revisar el interior, porque a esa hora suele haber abejas dentro.

Flor de calabaza abierta lista para recolectar

Alliums (Allium schoenoprasum, A. tuberosum, A. ursinum). Todo el género es comestible y la flor sabe a una versión suave y dulce del bulbo. Las cabezuelas del cebollino se desmenuzan en flores individuales y quedan estupendas sobre un queso fresco. Precaución con los alliums puramente ornamentales de bulbo grande, tipo Allium giganteum: no son tóxicos, pero se venden como bulbo de flor tratado con fungicida y su sabor es basto.

Malva (Malva sylvestris) y malvavisco (Althaea officinalis). Pétalos suaves, sin acidez, con esa textura mucilaginosa característica que espesa ligeramente lo que toca. Buenas en ensalada y en infusión.

Dianthus (Dianthus caryophyllus, D. barbatus, D. plumarius). Los pétalos tienen un aroma a clavo muy reconocible, pero solo si se recorta la base blanca: ese talón es intensamente amargo y arruina el bocado. Con las tijeras se corta la parte coloreada y se desecha el resto.

Rosa (Rosa spp.). Mismo tratamiento: fuera la base blanca del pétalo. El sabor varía muchísimo según la variedad, y las que huelen son las que saben; las rosas de floristería, seleccionadas por duración en jarrón, casi no tienen aroma y encima llegan tratadas. Las mejores para cocina son las de tipo damascena y las rugosas de jardín, en mayo y junio.

Lavanda (Lavandula angustifolia). Aquí la especie importa. La lavanda de flor corta y aroma dulce, L. angustifolia, es la de repostería. El lavandín (Lavandula × intermedia) y el espliego (L. latifolia) tienen mucho más alcanfor y dejan un regusto medicinal a jabón. Y en cualquier caso se usa en cantidades ridículas: dos o tres flores por receta bastan para perfumar una crema. Pasarse de lavanda es el modo más rápido de estropear un postre.

Pensamiento y violeta (Viola × wittrockiana, V. tricolor, V. odorata). Sabor prácticamente neutro, ligeramente verde, y una flor entera que se coloca tal cual sobre un plato o se cristaliza. Son la elección de decoración por defecto. En España son cultivo de estación fresca: se plantan en octubre, florecen todo el invierno y en cuanto pasan varios días de más de 25 °C se espigan y se acaban.

Saúco (Sambucus nigra). Las umbelas de flor blanca en mayo dan uno de los mejores jarabes que se pueden hacer en casa, con aroma a moscatel. Ojo con el resto de la planta: hojas, corteza, tallos verdes y bayas crudas contienen glucósidos cianogénicos y sientan mal. Solo la flor, y desprendida del pedúnculo verde.

Crisantemo (Glebionis coronaria, el shungiku japonés, y pétalos de Chrysanthemum morifolium). Los pétalos son amargos y aromáticos, se escaldan unos segundos y se usan en ensalada o en sopa. La planta de hoja tierna, la que se vende como shungiku o crisantemo de corona, es un excelente cultivo de otoño e invierno en el huerto peninsular.

Begonia (Begonia semperflorens, B. × tuberhybrida). Pétalos crujientes y francamente ácidos, a limón. Deben su acidez al ácido oxálico, así que son un adorno puntual y no un ingrediente: quien tenga cálculos renales de oxalato, gota o problemas de riñón hace bien en dejarlas en el jardín.

Girasol (Helianthus annuus). Los pétalos ligulados son comestibles, algo amargos, y el capítulo entero recogido muy joven, antes de abrir, se cocina como una alcachofa pequeña. No es un gran manjar, pero funciona.

Amapola (Papaver rhoeas). Los pétalos rojos de la amapola común se usan para colorear jarabes y en algunas conservas; los brotes tiernos, los rosellas, se comen cocinados en el Levante. Conviene separarla claramente de la adormidera (Papaver somniferum), una especie distinta cuyo cultivo está regulado en España y cuya savia no tiene ningún uso culinario. Con la amapola de campo, además, se aplica la norma de no recolectar en cunetas ni en lindes de fincas tratadas.

Flor de acacia (Robinia pseudoacacia). Los racimos blancos y perfumados de mayo se rebozan y fríen, o se maceran en almíbar. El resto del árbol —corteza, semillas, hojas— contiene robina y es tóxico. La flor, y nada más.

Las que se citan como comestibles con matices

Geranio. Aquí hay una confusión de etiqueta que conviene deshacer entrando por la planta. Lo que en España llamamos geranio y ocupa los balcones es un Pelargonium, y dentro de ese género los que interesan en cocina son los pelargonios de hoja aromática: Pelargonium graveolens, con olor a rosa, P. crispum, a limón, P. tomentosum, a menta. Se usa sobre todo la hoja, para aromatizar azúcar, natillas o mermelada de manzana, y la flor como adorno. El geranio zonal corriente (Pelargonium × hortorum) no aporta nada. Y los Geranium verdaderos, los geranios de pradera de jardinería perenne, son otra planta distinta.

Hibisco. El té rojo de hibisco, la flor de Jamaica, no se hace con la flor de Hibiscus rosa-sinensis sino con los cálices carnosos de Hibiscus sabdariffa, una especie tropical anual que en la Península solo prospera en invernadero o en la costa más cálida. Los pétalos del hibisco ornamental de jardín sí son comestibles, suaves y algo mucilaginosos, pero no dan ni el color ni la acidez que se busca. Si quieres el sabor, compra el cáliz seco.

Gladiolo. Los pétalos son comestibles, con sabor casi nulo, y se usan como recipiente para rellenos fríos. El interés gastronómico es escaso y el bulbo no se come. Es un caso de flor que aparece en todas las listas más por su tamaño que por su sabor.

Angélica. El tallo confitado es un clásico de repostería y la flor perfuma cremas, con un aroma entre anís y enebro. Solo con planta cultivada e identificada, por lo dicho al principio. Además es fototóxica: la savia contiene furanocumarinas y manipular tallos al sol puede provocar quemaduras en la piel.

Flores de jardín que no se comen nunca

Merece la pena tener presente la lista negra, porque son plantas habituales en cualquier jardín español y algunas resultan muy vistosas en un plato. Adelfa (Nerium oleander), tóxica en todas sus partes y peligrosa incluso en dosis pequeñas. Dedalera (Digitalis purpurea), con glucósidos cardíacos. Acónito (Aconitum napellus). Narciso, tulipán, jacinto y en general los bulbos de primavera. Muguete (Convallaria majalis). Hortensia (Hydrangea macrophylla). Cala (Zantedeschia aethiopica) y todas las aráceas, cargadas de oxalato cálcico en aguja. Ranúnculos, anémonas, euforbias, lantana, durillo, glicinia, datura y brugmansia. Y el falso jazmín (Trachelospermum jasminoides), que no tiene nada que ver con el jazmín verdadero.

Cultivarlas para que sepan a algo

Abonado. El exceso de nitrógeno produce mata frondosa y poca flor, y la flor que sale es acuosa y de aroma pobre. En capuchina, caléndula o lavanda, un suelo demasiado rico es contraproducente: la lavanda abonada crece blanda, florece menos y se hiela antes. Basta con incorporar compost maduro al plantar y, como mucho, un abono equilibrado con potasio alto durante la floración. Nada de estiércol fresco en plantas cuya flor se va a comer cruda.

Riego. Regular y por la base. Una planta que pasa sed acumula compuestos amargos y las flores lo notan de inmediato; una planta encharcada da flores insípidas. Mojar la flor con la manguera acorta su vida en el jarrón y en el plato, y favorece botritis. Riego por goteo o a pie de planta, temprano.

Ubicación. Las aromáticas quieren sol directo, porque los aceites esenciales que dan el aroma se producen con luz e incluso con cierto estrés hídrico: la lavanda y los pelargonios aromáticos huelen más en pleno sol y en suelo drenante. Las de pétalo tierno —pensamientos, violetas, begonias— sufren con el sol de julio en el centro y sur peninsular y agradecen sombra de tarde. Y no cultives flores de mesa junto a una carretera o un seto que se fumigue.

Cortar, limpiar y servir

Se cortan por la mañana, una vez evaporado el rocío y antes de que caliente, con la flor recién abierta: las que llevan días abiertas han perdido aroma. Se recolectan en un recipiente rígido y poco hondo, sin amontonar, porque el peso las machaca.

La limpieza es un enjuagado rápido en agua fría y un secado suave sobre papel; sumergirlas o dejarlas a remojo las deshace. Se revisa el interior contra la luz para descartar pulgones y trips, muy dados a esconderse en la base de los pétalos. Después se retiran las partes amargas: estambres, pistilos y sépalos verdes en casi todas, y la base blanca del pétalo en rosa, clavel y crisantemo. Quitar el polen, además, evita manchas amarillas en el plato y reduce la carga alergénica.

Se conservan pocos días, dos o tres, en un recipiente hermético en el frigorífico con una hoja de papel de cocina ligeramente húmeda. Los pensamientos aguantan bien; la flor de calabaza, nada. Para guardarlas de verdad hay tres caminos: secado a la sombra en capa fina y buena ventilación, congelación dentro de cubitos de hielo o cristalizado en clara de huevo y azúcar fino.

En la cocina se añaden al final. El calor prolongado destruye el color y el aroma; los pétalos ácidos, como los de begonia o hibisco, cambian de tono al contacto con un aliño. Y una recomendación de sentido común: la primera vez que se prueba una flor nueva, se come poca cantidad y se espera. Que sea comestible no significa que le siente bien a todo el mundo.

En resumen

Comer flores es fácil siempre que se respeten dos reglas: identificar la especie exacta y saber cómo se ha cultivado la planta. La planta ornamental de vivero, tratada con productos sin plazo de seguridad alimentario, se deja crecer una temporada limpia antes de tocarla. A partir de ahí, un puñado de especies —capuchina, caléndula, borraja, flor de calabaza, cebollino, dianthus, rosa, pensamiento, saúco— cubre casi todo lo que se necesita en una cocina doméstica, con abonado moderado, riego constante y recolección temprana. Quita siempre la base blanca del pétalo y los estambres, sirve las flores al final y prueba poco la primera vez. Y ten localizadas en tu jardín las que no se tocan: adelfa, dedalera, hortensia, cala y bulbos de primavera no se acercan a la mesa bajo ningún concepto.


Contenidos relacionados