Entierra el rizoma de un lirio y ya puedes olvidarte de las flores. Ese gesto tan lógico —abrir un hoyo, meter la planta, tapar y regar— explica buena parte de los iris que llevan años en un jardín ocupando sitio, dando hojas en abanico y ni una vara floral. El género Iris agrupa plantas muy distintas entre sí, y confundir sus exigencias es lo que suele arruinar el resultado.

Flor de iris de color morado con los pétalos externos caídos

Qué es exactamente un iris

Iris es un género de la familia Iridaceae con alrededor de 300 especies repartidas por el hemisferio norte, desde Siberia hasta el norte de África. En España se les llama indistintamente lirios, aunque el nombre da pie a confusión: el lirio de agua (Zantedeschia aethiopica) y el lirio de San Juan (Lilium) no tienen nada que ver con este género.

La flor tiene una estructura muy reconocible y merece la pena entenderla, porque los catálogos la dan por sabida. Seis piezas florales dispuestas en dos series de tres: los pétalos externos, caídos hacia abajo, que los aficionados llaman «faldas» o falls, y los internos, erguidos hacia arriba, los standards. Encima de cada pieza caída se apoya un estilo aplanado con aspecto de pétalo, que forma un túnel: el abejorro se mete por ahí buscando néctar, roza el estigma al entrar y carga polen al salir. Ese mecanismo obliga a la polinización cruzada y es la razón de que el género haya diversificado tanto.

En los llamados iris barbados, la pieza caída lleva una franja de pelillos de color contrastado —la «barba»— que funciona como guía visual para el insecto. Los iris sin barba (Iris sibirica, Iris ensata, los bulbosos) sustituyen esa señal por manchas amarillas o venaciones.

Por debajo del suelo hay dos modelos de planta que no se cuidan igual. Los rizomatosos tienen un tallo engrosado y horizontal que crece pegado a la superficie y emite raíces por debajo; los bulbosos, como los iris holandeses o el Iris xiphium, tienen bulbo verdadero y desaparecen del todo en verano. Antes de comprar conviene mirar qué se está comprando, porque la época de plantación y el riego son distintos.

Cuándo y cómo plantar los rizomas

El momento para plantar o dividir iris barbados en la Península es de julio a septiembre, cuando la planta ha terminado de florecer y ha acumulado reservas. Plantar en primavera es posible pero se pierde la floración siguiente: el rizoma necesita todo el verano para asentar raíces e iniciar las yemas florales.

La regla de plantación va contra el instinto de cualquiera que haya plantado otra cosa. El rizoma se coloca horizontal y con la parte superior asomando, medio enterrado, como una patata a medio hundir en la tierra. Solo las raíces van dentro del suelo, repartidas hacia abajo a los lados. En climas muy calurosos del sur se puede tolerar un dedo escaso de tierra encima, pero nunca más: el rizoma necesita insolarse directamente para madurar y disparar la floración, y enterrado se pudre.

Otros detalles que cambian el resultado:

Orientación. El rizoma crece siempre hacia adelante, en la dirección del abanico de hojas. Si plantas mirando a un muro, en dos años tendrás la mata pegada a la pared. Coloca el extremo con hojas apuntando hacia donde quieras que se extienda la mancha.

Marco. De 30 a 40 cm entre plantas para los barbados altos. Parece exagerado el primer año y es justo el segundo.

Recorte de hojas. Al trasplantar, corta el abanico a un tercio, en forma de pico, para que la planta no se deshidrate mientras enraíza. Fuera del trasplante, no cortes las hojas verdes en verano: es cuando el rizoma engorda.

Suelo, luz y riego

Los iris barbados quieren sol directo al menos seis horas y suelo que drene. Toleran bien la caliza y los pH ligeramente alcalinos que dominan en gran parte de la Península, y agradecen los suelos pobres más que los ricos. En terreno pesado o arcilloso lo práctico es plantarlos en caballón, un montículo de 15 o 20 cm de altura, para que el agua de invierno no se quede alrededor del rizoma.

El riego es donde más se equivoca la gente. Un iris barbado establecido necesita agua en primavera, mientras crece y florece, y prácticamente nada en verano: pasa un reposo estival y el riego frecuente en julio y agosto es la vía directa a la podredumbre blanda causada por bacterias del género Pectobacterium (antes Erwinia). Se reconoce enseguida: el rizoma se ablanda, se vuelve una pasta amarillenta y huele mal. Si aparece, hay que sacar el rizoma, cortar con cuchillo limpio todo el tejido blando hasta llegar a carne firme, dejarlo secar al sol un par de días y replantar en otro sitio.

Por eso mismo, los iris barbados encajan mal en un arriate que se riega por goteo todo el verano junto a hortensias o helechos, y encajan estupendamente en un jardín de bajo consumo de agua, entre lavandas, salvias, nepetas y gauras.

El abonado también conviene moderarlo. El exceso de nitrógeno da hojas grandes, tejidos blandos y pocas flores, además de favorecer la podredumbre. Un aporte de compost maduro superficial en otoño, o un abono con más fósforo y potasio que nitrógeno a finales de invierno, cubre las necesidades de sobra. El estiércol fresco directamente sobre el rizoma es mala idea.

Mantenimiento a lo largo del año

Invierno. Retirada de hojas secas y de restos vegetales alrededor de la mata. No es una tarea estética: en esos restos invernan las esporas de Mycosphaerella macrospora, el hongo que provoca las manchas foliares pardas con halo amarillento tan típicas de los iris.

Primavera. Floración, según zona y especie, entre finales de marzo en el sur y mayo o junio en el norte y en zonas de montaña. Corta las flores marchitas una a una y, cuando la vara ha terminado, córtala entera a ras. Dejar que forme semillas resta reservas al rizoma.

Verano. Reposo. Sin riego y sin abono. Es la ventana para dividir.

Otoño. Rebrote de raíces con las primeras lluvias. Buen momento para el compost.

La división cada tres o cuatro años no es opcional si se quiere floración sostenida. La mata crece hacia afuera y el centro se agota: llega un punto en que el corro exterior florece y el interior es un amasijo de rizomas viejos y leñosos que no da nada. Se levanta la mata entera, se separan a mano los rizomas jóvenes de la periferia —cada uno con su abanico de hojas y sus raíces—, se desechan las partes viejas y huecas y se replanta. Un rizoma del tamaño de un dedo pulgar con un abanico sano es suficiente.

Entre plagas, en España lo más habitual son babosas y caracoles, que roen las hojas tiernas y las varas florales en primavera húmeda, y los trips, que dejan las flores manchadas y deformes en primaveras secas. El barrenador del iris, del que se lee en manuales traducidos, es una plaga norteamericana y aquí no es problema.

Las especies que valen la pena en España

Iris germanica. El lirio barbado de toda la vida, la mata de hojas en abanico gris azulado que se ve en cementerios, cortijos y bordes de camino en media España. Aguanta sequía, calor, caliza y abandono; lo único que no le perdona es el suelo encharcado. De él descienden los miles de cultivares modernos de floración en todos los colores imaginables, incluidos los rebloomers, que dan una segunda floración en otoño si reciben algo de riego en verano. Altura de 60 a 100 cm.

Iris pallida. Muy parecido al anterior pero con un follaje glauco más limpio, que se mantiene decente todo el verano, y flores de un lila azulado con aroma verdadero, dulce y con un fondo que recuerda a la vainilla. Es la especie que se cultiva en el norte de Italia para extraer de sus rizomas el orris, materia prima de perfumería que exige tres años de secado. La variedad de hoja listada de blanco y crema, 'Argentea Variegata', es de las pocas plantas que aportan follaje variegado sin necesitar riego.

Iris sibirica. Sin barba, hoja fina y arqueada como una gramínea, flores más pequeñas y elegantes en azul, violeta o blanco. Aquí cambia la receta por completo: quiere suelo fresco, algo ácido y con humedad constante, y en verano no admite el reposo seco. Funciona bien en la cornisa cantábrica, Galicia y zonas de montaña; en el interior seco y sobre caliza acaba clorótico y pobre. No le gusta que lo dividan a menudo.

Iris ensata. El iris japonés, el de las flores enormes y planas, casi horizontales, de hasta 20 cm de diámetro. Es el más exigente del grupo: suelo ácido, sin cal, muy húmedo durante la floración y algo más seco en invierno. En la mayor parte de España hay que regarlo con agua de lluvia y plantarlo en sustrato para acidófilas, porque el agua de red calcárea lo mata en dos temporadas. Se confunde a menudo con Iris laevigata, que sí vive con la base permanentemente sumergida; ensata, no.

Iris unguicularis. Un desconocido que merece más difusión: florece de noviembre a febrero, en pleno invierno, con flores lilas perfumadas a ras de suelo entre una mata de hojas estrechas. Mediterráneo oriental de origen, prospera en pie de muro orientado al sur, en suelo pobre y seco. Cuanto peor lo trates, más flores.

Iris bulbosos. Los Iris × hollandica que se venden en bolsas de bulbos en otoño, y el autóctono Iris xiphium o lirio español. Se plantan de octubre a noviembre a unos 10 cm de profundidad, florecen en mayo y desaparecen en verano. Van bien para flor cortada y en zonas de verano seco se naturalizan sin problema; en suelos que se riegan en agosto se pudren.

Mención aparte para Iris pseudacorus, el lirio amarillo de las riberas, nativo en la Península y frecuente en bordes de acequia y laguna. Es una planta hermosa y útil en depuración de aguas, pero coloniza con enorme agresividad: fuera de su área nativa figura entre las invasoras de peor reputación. Si lo pones en un estanque pequeño, plántalo en cesta y controla las semillas, o acabará copando la orilla.

Mata de iris en flor creciendo en el monte

Una advertencia sobre toxicidad

Los rizomas de Iris contienen compuestos irritantes y son tóxicos por ingestión para personas y para perros y gatos. Provocan vómitos, salivación y diarrea; el riesgo real de intoxicación grave es bajo porque el sabor es muy desagradable, pero conviene saberlo si hay niños pequeños o un perro con costumbre de escarbar. La savia del rizoma también puede causar dermatitis de contacto en pieles sensibles: al dividir matas, guantes.

Nada de esto convierte al iris en una planta que haya que descartar. Solo hay que tratar sus rizomas como lo que son, no como material comestible ni medicinal casero.

Ideas para el jardín

El punto débil del iris barbado como planta de jardín es que, terminada la floración, quedan dos meses largos de abanicos de hojas que en agosto empiezan a amarillear por las puntas. La solución no es cortarlos —eso perjudica al rizoma— sino plantarlos delante de algo que tome el relevo: gauras, agapantos, salvias tardías, Perovskia, gramíneas como Stipa tenuissima. Todas comparten sus exigencias de sol y sequía, así que el riego del conjunto es coherente.

Para flor cortada, corta la vara cuando el primer capullo empieza a abrir; los siguientes se abrirán en el jarrón durante varios días. Y si quieres perfume real dentro de casa, busca Iris pallida o cultivares descendientes suyos: buena parte de los híbridos modernos han ganado color y tamaño a costa del olor.

En resumen

En un jardín mediterráneo el iris barbado devuelve mucho más de lo que pide, siempre que se respeten tres cosas: rizoma medio descubierto, sol directo y verano seco. Se planta y se divide de julio a septiembre, se abona poco y con poco nitrógeno, y se rejuvenece cada tres o cuatro años partiendo la mata y desechando el centro agotado.

Los grupos sin barba juegan con otras reglas: Iris sibirica e Iris ensata piden humedad constante y suelo sin cal, así que solo tienen sentido en zonas húmedas o en un rincón preparado a propósito. Los bulbosos son plantas de temporada corta, ideales para flor cortada. Y Iris unguicularis resuelve algo que casi ninguna otra planta resuelve: flores perfumadas en enero, sin pedir nada a cambio.


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