El pétalo blanco del alcatraz no es un pétalo, ni siquiera forma parte de la flor. Es una hoja modificada, una espata, enrollada alrededor del cilindro amarillo central. Y en ese cilindro, el espádice, es donde están las flores de verdad: decenas de flores diminutas, sin pétalos, apretadas unas contra otras. Entender esto no es un tecnicismo de botánico aburrido: explica por qué la planta aguanta tanto en jarrón, por qué el color de la espata varía tanto entre especies y por qué el alcatraz se comporta como lo que es, un pariente cercano del filodendro y del potos, no como un lirio.

El nombre científico de la especie clásica es Zantedeschia aethiopica, y en España se la conoce indistintamente como alcatraz, cala, aro de Etiopía o lirio de agua. Pertenece a la familia de las aráceas y es originaria del sur de África, no de Etiopía, pese al epíteto.

Flor de alcatraz blanca con la espata abierta y el espádice amarillo

Cómo es la planta por dentro y por fuera

El alcatraz es una herbácea rizomatosa: no tiene tronco ni tallos leñosos. Todo lo que se ve sale de un rizoma carnoso enterrado, del que brotan las hojas con peciolos largos y acanalados, y los escapos florales, que son tallos huecos sin hojas. Las hojas son grandes, sagitadas, de un verde brillante que en algunas plantas aparece salpicado de manchas blancas translúcidas. Una mata adulta bien alimentada alcanza los 80-100 cm de altura y otro tanto de anchura.

La espata mide entre 15 y 25 cm, se abre en forma de embudo y termina en una punta doblada hacia atrás. En Zantedeschia aethiopica es blanca pura, con la base interior teñida de un verde muy suave. El espádice amarillo sobresale del centro, y ahí conviene fijarse: las flores femeninas ocupan la base y las masculinas la parte superior, y no maduran a la vez. Ese desfase es un mecanismo para evitar la autopolinización.

Si la polinización prospera, el espádice se transforma en un racimo de bayas anaranjadas muy llamativo, del tamaño de un guisante. Son atractivas, blandas y de color caramelo, y por eso mismo merecen un aviso que va más adelante.

La floración en la mayor parte de la península ocurre de febrero a mayo, con adelantos hasta enero en la costa mediterránea y en el sur, y retrasos hasta junio en zonas frías. En verano, si el calor aprieta y falta agua, la planta se seca por completo en superficie y entra en reposo; no está muerta, el rizoma sigue vivo bajo tierra y rebrota con las primeras lluvias de otoño.

Las calas de colores no son la misma planta

Aquí se cometen la mitad de los fallos con este género. En el vivero conviven dos grupos de plantas que reciben el mismo nombre comercial y necesitan tratamientos casi opuestos.

Por un lado está Zantedeschia aethiopica, la blanca de toda la vida: rizomatosa, semiperenne, amante de la humedad y capaz de vivir con el pie encharcado en la orilla de un estanque. Por otro, el grupo de las calas de color amarillo, rosa, granate, naranja o casi negro, que descienden de Zantedeschia elliottiana, Zantedeschia rehmannii y sus híbridos. Estas últimas son tuberosas, no rizomatosas: forman un tubérculo aplanado parecido al de una begonia, pierden toda la parte aérea en invierno y exigen un reposo seco. Suelen tener las hojas moteadas de blanco y florecen en verano, no en primavera.

La consecuencia práctica es directa: si compras una cala granate en maceta y la riegas como si fuera la blanca del estanque, el tubérculo se pudre en pocas semanas. Es la causa número uno de que estas plantas duren una sola temporada en muchos jardines. La blanca perdona el exceso de agua; las de color, no.

Toxicidad: lo que hay que saber antes de plantarla

Toda la planta es tóxica por ingestión, incluidas hojas, peciolos, rizoma, espata y bayas. La causa son los rafidios de oxalato cálcico: cristales microscópicos en forma de aguja que están dentro de células especializadas y se liberan al masticar o triturar el tejido. Se clavan en las mucosas de labios, lengua, paladar y garganta, y provocan un dolor urente inmediato, salivación abundante, hinchazón y dificultad para tragar. La savia también irrita la piel sensible y, si salpica el ojo, produce conjuntivitis dolorosa.

La buena noticia es que el dolor es tan inmediato que rara vez alguien llega a tragar cantidad suficiente para pasar de una irritación local. Los cuadros graves son excepcionales. Aun así, hay dos situaciones que sí conviene tomarse en serio: los niños pequeños y las bayas naranjas, que son dulzonas a la vista y aparecen a la altura de sus manos; y gatos y perros, sobre todo los gatos jóvenes que mordisquean hojas largas.

Medidas razonables, sin dramatizar: guantes al dividir rizomas o cortar flores, lavarse las manos después, no cortar tallos sobre la encimera de la cocina, y retirar los frutos en cuanto se formen si hay niños o mascotas en casa. Si alguien mastica una hoja, se enjuaga la boca con agua fría, se le da algo frío para calmar (agua, leche, un helado) y se consulta con el Instituto Nacional de Toxicología en el 91 562 04 20, operativo las 24 horas. No se provoca el vómito: el cristal haría el mismo daño en sentido contrario.

Un apunte que circula mucho y conviene matizar: en algunas regiones de Sudáfrica se consumen hojas de Zantedeschia tras cocciones largas y repetidas. Eso no convierte a la planta en comestible en ningún sentido útil aquí. No es una hortaliza y no debe tratarse como tal.

Ubicación y suelo

La cala blanca quiere sol de mañana y sombra en las horas centrales. A pleno sol en el interior peninsular las hojas se queman por los bordes y las espatas duran la mitad; a sombra plena crece frondosa y florece poco. En la cornisa cantábrica y en Galicia aguanta el sol directo sin problema porque el aire nunca llega a secarse del todo.

El suelo ideal es profundo, rico en materia orgánica y capaz de retener humedad. Tolera arcillas pesadas mucho mejor que la mayoría de bulbosas, y prospera en terrenos que otras plantas rechazan por encharcadizos: márgenes de estanque, zonas de goteo, rincones donde se acumula el agua de lluvia. Se puede plantar incluso con el rizoma sumergido bajo 10-15 cm de agua en la orilla de una balsa.

Para las calas de color, todo lo contrario: sustrato suelto y drenante, con perlita o arena gruesa en un tercio del volumen, y jamás un plato con agua debajo de la maceta.

Riego

Durante el crecimiento y la floración, de otoño a finales de primavera, el sustrato debe mantenerse constantemente húmedo. En maceta eso significa regar cada dos o tres días en primavera, y a diario en semanas de viento seco. Un cepellón que se seca del todo aunque sea una vez responde con hojas amarillas y flores abortadas que salen verdes y deformes.

En verano, cuando la planta amarillea y entra en reposo, el riego se reduce drásticamente: basta con que la tierra no se convierta en polvo. Regar a fondo un rizoma dormido en agosto es la manera más eficaz de perderlo por pudrición. En cuanto asoman las primeras hojas nuevas de septiembre u octubre, se retoma el ritmo normal.

El agua muy caliza deja cercos blancos en las hojas pero no daña a la planta. Si se puede, agua de lluvia; si no, del grifo sin más complicaciones.

Abonado

Aquí hay una creencia que cuesta flores todos los años: abonar con un fertilizante rico en nitrógeno pensando que "así crece más". Crece más, sí, pero en hoja. Una cala sobrealimentada de nitrógeno produce un mato espectacular de follaje y apenas dos o tres espatas, además de volverse mucho más vulnerable a la pudrición bacteriana.

Lo que funciona es un abono con potasio alto y nitrógeno moderado, del tipo que se vende para tomate o para plantas de flor, aplicado en riego cada 15 días desde que asoman los escapos florales hasta el final de la floración. Un aporte de compost o estiércol muy maduro en superficie al principio del otoño cubre bien las necesidades de fondo. Nada de abonar en pleno reposo estival.

Plantación, trasplante y multiplicación

El momento para plantar o mover Zantedeschia aethiopica es el final del verano y el principio del otoño, de agosto a octubre, cuando el rizoma está dormido y va a arrancar el ciclo nuevo. Se entierra a unos 10 cm de profundidad, con las yemas hacia arriba, y se separan las plantas 40-50 cm entre sí.

Las calas de color se plantan más tarde, de marzo a mayo, con el suelo ya templado, y más superficiales: 5-8 cm bastan. Plantar sus tubérculos en tierra fría y húmeda de febrero es apostar a que se pudran antes de brotar.

La multiplicación práctica es la división de mata. Se desentierra el conjunto, se separan con la mano o con un cuchillo limpio los rizomas laterales, procurando que cada trozo lleve al menos una yema y algo de raíz, se dejan orear unas horas para que cicatricen los cortes y se replantan. Cada tres o cuatro años conviene hacerlo aunque no se quieran plantas nuevas: las matas muy apretadas dejan de florecer.

La semilla es posible pero poco interesante para el jardinero: hay que limpiar la pulpa de las bayas, sembrar fresco y esperar dos o tres años hasta la primera flor. Además, las plantas de semilla de las variedades de color no salen iguales a la madre.

Mata de Zantedeschia aethiopica en un jardín

Plagas y enfermedades

Pulgón. Se instala en los escapos florales tiernos y en el envés de las hojas nuevas. Deforma las espatas antes de que abran y transmite virus. Un chorro de agua a presión y, si insiste, jabón potásico dos aplicaciones separadas una semana.

Trips. Menos visibles y más dañinos para la flor: raspan la superficie de la espata y dejan cicatrices plateadas y bordes marrones. Aparecen con calor seco y suelen llegar de plantas vecinas. Trampas azules pegajosas para detectarlos pronto.

Araña roja. Sólo en situaciones de calor y aire seco, típicamente en terraza a pleno sol de julio. El punteado fino y amarillento en el haz la delata. Aumentar la humedad ambiental la frena.

Caracoles y babosas. Adoran las hojas tiernas de otoño y las de las plantas de borde de estanque. Dejan agujeros irregulares y rastros de baba. Recogida manual nocturna o barreras físicas.

En enfermedades, la que de verdad mata plantas es la pudrición blanda bacteriana causada por Pectobacterium carotovorum (la antigua Erwinia). El rizoma se vuelve una pasta blanda y maloliente, las hojas se desploman de golpe y no hay tratamiento curativo doméstico: se retira la planta y se evita replantar calas en ese punto durante un par de años. Entra por heridas, así que conviene desinfectar el cuchillo entre divisiones y no plantar rizomas magullados. Los excesos de nitrógeno y el agua estancada en tierras compactas la favorecen.

También aparecen manchas foliares por hongos en primaveras muy húmedas, y Botrytis sobre espatas viejas que se quedan pegadas a la mata. Cortar las flores marchitas por la base resuelve casi todo.

Resistencia al frío

Zantedeschia aethiopica aguanta bastante más de lo que se le supone. Las hojas se queman a partir de -2 o -3 °C, pero el rizoma, si está a 10 cm de profundidad y en suelo que no se encharca en invierno, sobrevive a heladas de -6 a -8 °C y rebrota en primavera. Esto la hace viable en casi toda la costa española, en Andalucía, Extremadura, Levante y buena parte de la Meseta con un acolchado de 10 cm de hojarasca o paja en noviembre.

Donde no funciona es en zonas de heladas prolongadas con suelo helado varios días seguidos. Ahí se cultiva en maceta y se guarda en un lugar fresco y luminoso, o directamente se acepta que es un cultivo anual.

Las calas de color son bastante más frioleras: por debajo de 0 °C el tubérculo sufre. En el interior se desentierran en otoño, se limpian de tierra, se secan unos días y se guardan en una caja con turba seca o vermiculita a 8-12 °C hasta la primavera.

Conviene añadir un dato que no siempre se cuenta: en zonas húmedas del norte peninsular y en Portugal, Zantedeschia aethiopica se ha naturalizado en arroyos y cunetas, y desplaza a la vegetación de ribera. Portugal la incluye en su lista de especies invasoras. No es motivo para no cultivarla en un jardín, pero sí para no arrojar rizomas ni restos de poda al monte ni cerca de cursos de agua.

Para qué se usa

Su uso principal es como flor cortada, y en eso pocas plantas la superan. El escapo es un tubo hueco y rígido que se sostiene solo, y la espata aguanta entre 7 y 14 días en jarrón si se corta a primera hora de la mañana, con la espata recién abierta y no del todo desplegada. Un truco que funciona: cortar el tallo en diagonal bajo el agua y cambiar el agua cada dos días, porque el tubo hueco se ensucia rápido y se colapsa.

En jardín tiene tres papeles claros: bordear estanques y zonas encharcadas, donde casi nada más prospera; formar masas en zonas de sombra parcial bajo árboles caducos, donde florece antes de que estos den hoja; y cultivarse en maceta grande para patios y terrazas orientadas a levante. En rocalla seca o xerojardín no tiene sitio.

Qué simboliza

El blanco absoluto de la espata la asoció desde el siglo XIX con la pureza y la renovación, y de ahí su presencia constante en ramos de novia. Al mismo tiempo, y sin contradicción aparente, se ha usado tradicionalmente en ofrendas funerarias en España e Hispanoamérica, donde se lee como símbolo de tránsito y de renacimiento.

En México el alcatraz tiene además una carga cultural propia gracias a la pintura de Diego Rivera, que lo convirtió en un motivo repetido asociado a la identidad popular. Las variedades de color han ido añadiendo lecturas más recientes y menos asentadas: el amarillo con la alegría, el rosa con el afecto, el granate con la elegancia.

Dónde conseguirla

Se encuentra en cualquier centro de jardinería peninsular, tanto en maceta con la planta ya crecida como en bolsas de rizomas al final del verano. Comprar el rizoma suelto sale mucho más barato y arraiga sin problema, pero hay que revisarlo: debe estar firme, sin zonas blandas ni manchas oscuras y con las yemas visibles. Un rizoma con la base esponjosa ya trae la pudrición bacteriana dentro y no se recupera.

Si se compra en flor, hay una ventaja evidente en el caso de las variedades de color, y es que se ve exactamente el tono que se lleva uno a casa. Ahí sí conviene preguntar o mirar la etiqueta para saber si es aethiopica o un híbrido tuberoso, porque el cuidado en casa cambia por completo.

En resumen

El alcatraz o cala es una herbácea rizomatosa sudafricana cuyo "pétalo" blanco es en realidad una espata que envuelve el espádice, donde están las flores auténticas. La especie clásica, Zantedeschia aethiopica, florece de febrero a mayo, quiere sombra parcial, suelo rico y humedad constante durante el crecimiento, y aguanta heladas de hasta -6 u -8 °C en el rizoma con acolchado. Las calas de color son plantas tuberosas distintas, se plantan en primavera, florecen en verano y mueren si se riegan igual que la blanca.

Toda la planta es tóxica por los cristales de oxalato cálcico que contiene, con las bayas naranjas como el punto de mayor riesgo para niños y mascotas. Abonar con potasio y no con nitrógeno, dividir la mata cada tres o cuatro años, cortar las flores por la base y vigilar la pudrición blanda bacteriana cubren prácticamente todo lo que puede salir mal con ella.


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