Se compra en marzo, en flor y perfecta; en agosto es un manojo de tallos largos con tres flores en la punta y en noviembre acaba en el contenedor. Ese es el recorrido típico de la felicia en España, y la causa suele ser doble: nadie la pinza de joven ni la recorta a final de verano. Bien llevada, la misma planta te da tres temporadas.

Mata de Felicia amelloides en flor con margaritas azules

Qué planta es

La Felicia amelloides es una mata perenne de porte bajo, de la familia de las asteráceas, originaria de la provincia del Cabo, en Sudáfrica. En español se la llama agatea, margarita azul o aster del Cabo. Verás también el nombre antiguo Agathaea coelestis en libros y en algún vivero: es la misma especie.

Crece hasta unos 30-50 centímetros de alto y se extiende algo más de ancho, formando un cojín ramificado desde la base. Las hojas son pequeñas, de uno a tres centímetros, opuestas, ovaladas y ásperas al tacto por unos pelillos cortos. Lo llamativo son las cabezuelas: unos tres centímetros de diámetro, con lígulas de un azul lavanda poco frecuente en el jardín y disco central amarillo intenso, sostenidas por pedúnculos finos y largos que las hacen bailar con cualquier brisa.

Ese azul es su valor real. Flores azules de verdad hay pocas, y menos aún que florezcan de forma continuada desde primavera hasta bien entrado el otoño. Existen cultivares seleccionados, como 'Santa Anita' —de flor mayor—, 'Read's Blue', el blanco 'Read's White' y formas de hoja variegada con el borde crema, algo más delicadas y de crecimiento más lento.

Perenne, aunque se venda como planta de temporada

La felicia suele ocupar en el garden el mismo expositor que las petunias y los pensamientos, junto al cartel de planta de temporada. Con esa etiqueta, el comprador la trata como un consumible y la retira en otoño. Es un error de clasificación comercial, no de la planta: Felicia amelloides es una vivaz leñosa en la base que en la costa mediterránea, en el sur y en Canarias pasa el invierno sin problema y rebrota con fuerza en primavera.

Su límite es el frío. Aguanta bien heladas cortas de hasta -2 o -3 °C; a partir de ahí se quema y con -5 °C se pierde. En la meseta, en Aragón interior o en Castilla y León, cultivada en el suelo, no pasa del invierno salvo que se proteja. Ahí lo práctico es tenerla en maceta y meterla en un porche o galería fresca y luminosa entre diciembre y marzo, regando muy poco durante ese tiempo.

Conviene saber también que hay otras felicias que sí son anuales de verdad. Felicia bergeriana, la margarita ojo de pájaro, es una anual enana de 15 a 25 centímetros que se siembra en primavera y muere tras florecer, y Felicia heterophylla se comporta igual. Si compras semilla, mira la especie: sembrar bergeriana esperando una mata que dure años lleva a una decepción segura.

Luz: el factor que lo decide todo

Quiere sol directo, un mínimo de seis horas diarias. Con menos luz alarga los entrenudos, se despatarra, produce mucha hoja y poca flor, y las cabezuelas que salen ni siquiera llegan a abrirse del todo. Una felicia estirada y sin flor en un balcón orientado al norte no tiene arreglo con abono ni con riego; hay que cambiarla de sitio.

Hay un matiz para el interior peninsular. Las flores se cierran por la noche y con cielo muy cubierto, y por encima de 35 °C con aire seco la planta detiene la floración y se ve apagada. En Sevilla, Córdoba, Badajoz o Zaragoza agradece sombra a partir de media tarde en julio y agosto; volverá a florecer en cuanto refresque en septiembre. En la costa, sol pleno todo el día sin reservas: tolera bien el salitre y el viento marino.

Suelo, macetas y riego

Le sirve casi cualquier suelo mientras drene bien. Prefiere los sueltos, arenosos o francos, y admite la caliza sin problema. En terreno pesado y encharcadizo la raíz se pudre, sobre todo con el frío y la lluvia del invierno; en ese caso plántala en un montículo o en jardinera.

Para maceta, una mezcla de sustrato universal con un 30 % de perlita o arena gruesa va perfecta. Elige recipientes de al menos 20-25 centímetros de diámetro: en macetas minúsculas se seca en horas y la floración se resiente. Va muy bien en jardineras de balcón y colgada al borde de un macetero grande, donde los tallos caen y las flores quedan a la altura de la vista.

El riego es moderado. En tierra, una vez establecida, resiste bastante la sequía y le basta con un riego semanal profundo en verano; el resto del año, con la lluvia y algún apoyo puntual. En maceta hay que ser más constante: riega cuando los primeros dos o tres centímetros de sustrato estén secos, lo que en pleno verano puede significar cada uno o dos días. No la dejes marchitar del todo de forma repetida, porque cada episodio de estrés le cuesta una tanda de flores, pero tampoco la tengas encharcada: se lleva peor el exceso que la falta.

Abonado sin pasarse de nitrógeno

En maceta, un abono líquido para plantas de flor —con más potasio que nitrógeno— cada quince días de marzo a octubre mantiene la producción. En arriate, con una aportación de compost en primavera va sobrada.

Si la ves enorme, verde oscura, frondosa y con cuatro flores tristes, el problema es casi siempre un exceso de nitrógeno: pasa cuando se abona con el mismo producto del césped o cuando se usa un universal muy nitrogenado. Suspende el abono unas semanas, riega para lavar el sustrato y cambia a una fórmula de floración.

Pinzado y poda, que es donde se gana

Aquí está la diferencia entre una mata compacta y cuajada de flor y un pulpo desgarbado.

Pinzado inicial. Cuando la planta joven tenga cuatro o cinco pares de hojas, corta la puntita de cada tallo. Ramificará desde abajo y formará un cojín. Repite el pinzado una segunda vez unas tres semanas después si quieres una mata muy densa. Sí, retrasa la primera floración diez o quince días; a cambio multiplica el número de flores.

Limpieza de flores pasadas. Retira las cabezuelas marchitas con todo su pedúnculo, cortando en la base. Esos tallos florales secos son antiestéticos y, si se dejan, la planta invierte en semilla en lugar de en flores nuevas. Cada diez o quince días es suficiente.

Recorte de final de verano. Entre finales de agosto y mediados de septiembre, cuando el calor afloja y la mata está desgarbada, recorta un tercio de todo el conjunto de manera uniforme, dejando siempre hojas por debajo del corte. Rebrota en dos o tres semanas y da una segunda floración de otoño muy digna. Este recorte es también el que evita que se quede pelada por dentro.

Poda de renovación. A finales de invierno, en zonas sin heladas fuertes, baja la planta a la mitad para que arranque la primavera con madera nueva.

Flor azul con centro amarillo de la felicia

Multiplicación

Los esquejes agarran con una facilidad notable, y es el modo de conservar los cultivares, que por semilla no salen iguales. Toma puntas de tallo de 6 a 10 centímetros sin flor, a finales de verano o a principios de primavera, quítales las hojas inferiores y plántalas en una mezcla de turba y perlita. En un lugar luminoso pero sin sol directo, y con el sustrato apenas húmedo, enraízan en dos o tres semanas.

Es buena costumbre hacer unos cuantos esquejes cada septiembre: son el seguro contra un invierno duro y contra el propio envejecimiento de la mata, que empieza a decaer a partir del tercer o cuarto año.

Por semilla también funciona, sembrando en primavera a 18-20 °C, con germinación en un par de semanas. Es la vía obligada para las especies anuales del género.

Problemas habituales

Pulgón. Se ceba con los brotes tiernos y los pedúnculos florales en primavera. Un chorro de agua o jabón potásico al atardecer, repitiendo a la semana, lo resuelve.

Mosca blanca. Aparece en plantas resguardadas en invernadero o galería, sobre todo si están apretadas. Trampas cromáticas amarillas y aireación.

Oídio. Polvillo blanco en las hojas, típico de finales de verano con noches húmedas y días cálidos, y agravado por matas muy densas o por regar mojando el follaje. Riega al pie, aclara la planta y, si hace falta, aplica azufre mojable cuando la temperatura no supere los 28-30 °C.

Podredumbre de raíz. Marchitez repentina con el sustrato húmedo. No tiene tratamiento; se previene con drenaje y sin platos con agua estancada.

Ausencia de flor. Repasa en este orden: horas de sol, exceso de nitrógeno, falta de pinzado, maceta demasiado pequeña. En ese orden se resuelve la mayoría de los casos.

No consta que la felicia sea tóxica para personas ni para perros y gatos, aunque no es una planta comestible y no hay motivo para probarla.

Dónde queda bien

El azul lavanda combina especialmente bien con amarillos y blancos: gauras, Argyranthemum, Euryops, alisos. Como cubresuelos en un arriate seco, junto a lavandas y santolinas, cumple perfectamente porque comparte necesidades de sol y poca agua. En terraza, mézclala en jardinera con verbenas o con Bidens ferulifolia y tendrás flor desde abril hasta las primeras heladas. También encaja en rocallas y en los bordes de un camino, donde su porte bajo suaviza el canto del pavimento.

En resumen

Felicia amelloides es una vivaz de sol pleno y riego moderado, no una planta de temporada, y en el litoral y el sur de España vive varios años. Pide suelo drenante, macetas de al menos 20 centímetros, abono de floración con poco nitrógeno y, sobre todo, tijera: pinzado cuando es joven, retirada de flores pasadas durante la temporada y un recorte de un tercio a final de verano. Resiste hasta -2 o -3 °C, así que en el interior peninsular hay que resguardarla en invierno. Y si el frío se la lleva, unos esquejes hechos en septiembre te devuelven la misma planta en primavera.


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