Una farola de jardín se elige por la instalación que hay detrás, no por el catálogo. Y ahí solo existen tres caminos: un juego de muy baja tensión a 12 voltios que se enchufa a una toma exterior, una instalación fija a 230 voltios enterrada, o una luminaria solar autónoma que no lleva cable. El primero lo puede montar el propietario, el segundo no, y el tercero tiene sus propias limitaciones.
Este artículo va de eso: qué diferencia hay entre las tres opciones, qué significa el grado IP que viene en la caja, por qué la instalación exterior a 230 V la hace un instalador autorizado y qué es lo que se estropea con el tiempo. No vas a encontrar aquí instrucciones de montaje eléctrico, y es a propósito.
Muy baja tensión frente a 230 voltios
Los sistemas de jardín de muy baja tensión de seguridad trabajan a 12 o 24 voltios en corriente continua o alterna. Llevan un transformador o fuente que se conecta a una toma con protección y reparte por un cable de baja tensión que alimenta las luminarias. La tensión que hay en el cable del jardín es lo bastante baja para que un contacto no suponga un riesgo eléctrico como el de la red, y por eso son los kits que se venden montados y con conectores estancos.
Sus límites son reales: la caída de tensión por la longitud del cable hace que las luminarias del final de la línea alumbren menos, la potencia total que admite la fuente marca cuántos puntos de luz puedes poner, y el transformador tiene que quedar en un sitio donde no se moje o con el grado de protección adecuado si va a la intemperie.
La instalación fija a 230 voltios es otro asunto. Es lo que hace falta si quieres farolas de cierta altura, distancias largas o puntos de luz repartidos por todo el jardín. Lleva su propio circuito desde el cuadro, protecciones propias, cable enterrado con la sección que corresponda y puesta a tierra. Es una instalación eléctrica de la vivienda, con el añadido de que está a la intemperie y en contacto con el suelo, que es la combinación con más riesgo.
El grado IP, que es lo que dice si aguanta la lluvia
El grado IP son dos cifras. La primera es la protección contra cuerpos sólidos y polvo, la segunda contra el agua, y cuanto mayor, más protección. Para jardín los valores que te vas a encontrar son estos.
- IP44. Protegida contra salpicaduras. Sirve para un aplique de pared bajo un alero, donde no le cae el agua directamente.
- IP65. Estanca al polvo y protegida contra chorros de agua. Es el mínimo razonable para una farola o un baliza a la intemperie, expuesta a lluvia y a riego por aspersión.
- IP67 y superiores. Protegida contra inmersión temporal. Es lo que hace falta para luminarias empotradas en el suelo o en una zona donde el agua se acumule, porque una empotrada en pavimento acaba dentro de un charco antes o después.
Ojo con el riego automático: un aspersor apunta hacia arriba y moja el cuerpo de la luminaria por abajo, que es justo por donde entra el agua en las carcasas mal cerradas. Si tienes aspersores, sube un grado.
Un farol de vela como este no tiene instalación eléctrica y no necesita ninguna de las precauciones que siguen. Si lo dejas encendido, aléjalo de vegetación seca y de textiles.
El diferencial, la tierra y el trazado
Los circuitos exteriores accesibles a las personas se protegen con un interruptor diferencial de alta sensibilidad, que es el dispositivo que corta cuando la corriente se fuga a tierra a través de algo que no debería, incluido un cuerpo. En el exterior esto importa más que dentro de casa, porque el suelo está húmedo y descalzo sobre hierba mojada no hay aislamiento de ningún tipo.
Las luminarias con carcasa metálica necesitan además estar conectadas a la puesta a tierra de la instalación. Una farola de aluminio o de fundición sin tierra, con una humedad dentro del portalámparas, pone tensión en la columna y no lo avisa.
El cable enterrado va dentro de tubo, en zanja, y a una profundidad suficiente para quedar fuera del alcance de las labores del jardín. Eso no es una precaución estética: la causa más habitual de avería en el alumbrado exterior de un jardín es una pala, una azada o el motocultor cortando el cable. El tubo permite además sustituir el conductor sin abrir la zanja otra vez, y conviene dejarlo con una guía dentro. La profundidad concreta y la sección del cable las fija la normativa según el tipo de instalación, y esa es una de las razones por las que el trabajo no se improvisa.
Quién puede hacer la instalación
En España las instalaciones eléctricas de baja tensión están reguladas por el Reglamento Electrotécnico para Baja Tensión, aprobado por el Real Decreto 842/2002. El reglamento incluye una instrucción técnica complementaria dedicada a las instalaciones de alumbrado exterior (ITC-BT-09), y ahí es donde están los requisitos de protección, de puesta a tierra y de ejecución que se aplican a este tipo de instalación.
Lo que se deriva de eso, en claro: una instalación fija de alumbrado exterior a 230 V la ejecuta una empresa instaladora habilitada en baja tensión, que es quien está en condiciones de dimensionar las protecciones y de emitir la documentación correspondiente. Un bricolaje eléctrico enterrado en el jardín, además de ser peligroso, es un problema el día que haya un siniestro y el seguro pregunte quién hizo la instalación.
Si lo que quieres es luz en el jardín sin obra, la vía es el sistema de muy baja tensión enchufado a una toma exterior que ya esté protegida, o la luminaria solar autónoma. Las dos son legítimas y dan resultados aceptables si ajustas las expectativas.
Altura, separación y qué merece la pena iluminar
El error más frecuente es iluminar de más. Un jardín no necesita ver el suelo entero, necesita que se distinga el camino y algún volumen concreto. Las balizas bajas a lo largo de un sendero, separadas lo suficiente para que la luz llegue justa entre una y otra, hacen más por la seguridad de un paseo nocturno que un foco potente en una esquina, que deslumbra y deja el resto en negro.
Las farolas de más altura tienen sentido en una entrada, junto a una puerta o en un cruce de caminos, y en las zonas de estar. Fuera de eso, cuanto más bajo y más apuntado hacia abajo esté el punto de luz, mejor: menos deslumbramiento, menos luz perdida hacia arriba y menos molestia para la casa del vecino y para la fauna del jardín.
Sobre la temperatura de color, la recomendación práctica es la luz cálida en lugar de la blanca fría. Se ve mejor la vegetación, molesta menos a la vista adaptada a la oscuridad y atrae bastante menos insectos nocturnos. Y un temporizador o un detector de presencia vale más que cualquier característica de catálogo: la luz que solo se enciende cuando hace falta gasta menos y no altera el jardín toda la noche.
Qué se estropea antes
El aluminio anodizado o con pintura al horno aguanta bien la intemperie porque su capa de óxido lo protege. La fundición pintada se pica en los cantos y hay que repasarla. El acero pintado se oxida en cuanto la pintura salta, y salta por la base de la columna, que es donde se acumula el agua y donde le llega el aspersor. En zona de costa, la brisa marina acelera todo esto bastante.
Los difusores de plástico y de policarbonato amarillean y se vuelven quebradizos con el ultravioleta, y al final la luminaria alumbra menos aunque el led esté perfecto. El vidrio no amarillea, pesa más y se rompe de un golpe. Las juntas de goma se endurecen con el sol y el frío, y son la puerta de entrada del agua: es la pieza que conviene poder cambiar.
En los equipos led, lo que suele fallar primero no es el diodo sino el driver, la electrónica que lo alimenta. Una luminaria con driver sustituible dura mucho más que una sellada en bloque, aunque las segundas sean más baratas. Y en las luminarias solares el punto débil es la batería, que normalmente aguanta dos o tres temporadas.
En resumen
Decide primero el sistema y luego la farola. Un kit de muy baja tensión a 12 V enchufado a una toma exterior protegida resuelve un jardín pequeño o mediano sin obra; una instalación fija a 230 V con cable enterrado da mucho más alcance pero es una instalación eléctrica en toda regla. Mira el grado IP con la lluvia y el riego por aspersión en la cabeza, y súbelo en cuanto la luminaria vaya empotrada en el suelo.
La parte no negociable es quién lo monta. Las instalaciones de baja tensión en España se rigen por el Reglamento Electrotécnico para Baja Tensión (Real Decreto 842/2002), que dedica una instrucción técnica al alumbrado exterior, y una instalación fija en el jardín la ejecuta una empresa instaladora habilitada. Con eso resuelto, lo demás es sentido común: menos luz y mejor dirigida, cálida en lugar de blanca fría, apuntada hacia abajo y con temporizador.