Un kiwi tarda entre tres y cinco años en dar su primera floración. Si llegado ese momento resulta que los tres ejemplares plantados son hembras, no habrá ni un solo fruto, por bien que se hayan podado, regado y abonado. El problema no está en el cultivo: está en que Actinidia deliciosa es una especie dioica, y las plantas dioicas reparten los sexos en pies distintos.
Monoicas, dioicas y hermafroditas
Conviene separar dos cosas que suelen mezclarse: el sexo de la flor y el sexo de la planta.
Una flor hermafrodita (o perfecta) lleva estambres y pistilo en la misma corola. Es lo habitual en rosales, tomateras, almendros, manzanos y cítricos, y por eso un solo ejemplar puede fructificar sin compañía, salvo que sea autoincompatible y necesite otra variedad como polinizadora.
Cuando la flor tiene solo estambres o solo pistilo, hablamos de flores unisexuales, y entonces importa cómo se repartan por la planta:
En una planta monoica conviven flores masculinas y femeninas en el mismo pie. Es el caso del nogal, el avellano, el castaño, la encina, el maíz, el calabacín y el pepino. Un solo árbol o una sola mata bastan para tener cosecha, aunque la polinización cruzada mejore el cuajado.
En una planta dioica, cada ejemplar es macho o hembra durante toda su vida. Solo los pies femeninos producen frutos y semillas, y solo lo harán si hay un pie masculino en flor lo bastante cerca. Kiwi, acebo, tejo, laurel, chopo, sauce, palmera datilera, pistacho, espárrago, espinaca, muérdago, rusco o Ginkgo biloba son dioicas.
Hay además situaciones intermedias que explican bastantes confusiones. El fresno, el arce o el caqui son polígamos: mezclan flores hermafroditas con flores unisexuales en proporciones variables según el ejemplar y el año. La higuera funciona con un sistema propio, con cabrahigos que albergan la avispa Blastophaga psenes y variedades comunes que forman el higo sin polinización alguna.
Cómo se distingue una flor masculina de una femenina
La flor masculina lleva estambres funcionales, con anteras que sueltan polen, y en el centro no hay ovario o queda un resto atrofiado. Suele agruparse en gran número, a menudo en amentos o panículas colgantes, y se desprende entera en cuanto ha soltado el polen.
La flor femenina tiene un ovario visible en el centro, coronado por uno o varios estilos con sus estigmas. Después de la polinización ese ovario engorda; si nadie la poliniza, se seca y cae sin engordar.
El detalle que despista es que muchas flores femeninas conservan estambres de adorno que no funcionan. Los llamamos estaminodios. En el kiwi es muy evidente: la flor femenina exhibe estambres, pero su polen es blanquecino y estéril, y lo que la delata es la corona de estilos que salen del centro como los radios de una rueda. La flor masculina de kiwi no tiene esa corona y su polen es amarillento y abundante. En el acebo pasa algo parecido: la flor hembra tiene un ovario verde y globoso en el centro con cuatro estambrecillos que ni siquiera abren.
Fuera de la floración, la distinción es prácticamente imposible. No hay forma fiable de saber el sexo de un ginkgo, un acebo o un kiwi de semilla mirándole las hojas, el porte o el vigor. En el caso del ginkgo, esa espera puede prolongarse veinte o treinta años hasta la primera floración.
Sin macho no hay polen
Las especies dioicas están obligadas al cruzamiento: ningún ejemplar puede fecundarse a sí mismo. Eso les da diversidad genética, pero las hace dependientes del transporte del polen.
Buena parte son anemófilas, es decir, polinizadas por el viento: chopos, tejos, ortigas, enebros. Producen polen en cantidades enormes y muy ligero, que puede recorrer cientos de metros, de modo que a veces una hembra fructifica sin que su dueño sepa dónde está el macho responsable.
Otras son entomófilas. El sauce es un ejemplo importante en primavera temprana, cuando sus amentos son una de las primeras fuentes de néctar y polen para las abejas. El kiwi plantea un caso más delicado: sus flores no producen néctar, solo polen, y las abejas las visitan sin entusiasmo. Por eso en plantación comercial se recurre a colmenas durante la floración y, en años difíciles, a polinización manual o mecánica con polen recogido de los machos.
Las proporciones y distancias que se manejan en la práctica son estas: en kiwi, un macho por cada seis u ocho hembras, repartidos por la parcela y no todos en una esquina, con un radio efectivo de unos 10-15 metros. En acebo, un macho en flor a menos de 15 o 20 metros cubre varias hembras del entorno. En palmera datilera, la polinización se hace a mano —así se sigue haciendo en el Palmeral de Elche— y un solo pie masculino da polen para decenas de hembras. Con las datileras ocurre además un fenómeno curioso llamado metaxenia: la procedencia del polen influye en el tamaño del dátil y en su fecha de maduración, aunque el fruto sea tejido materno.
La floración de macho y hembra debe coincidir. Un macho que abre quince días antes que la hembra sirve de poco, y esa desincronización es la explicación de bastantes acebos que nunca dan bayas pese a tener un macho al lado.
Qué cambia según el sexo del ejemplar
En jardinería el sexo no es un dato botánico anecdótico: cambia el resultado de forma muy concreta.
El tejo (Taxus baccata) merece una advertencia clara. Su toxicidad es grave y bien documentada: hojas, corteza y semillas contienen taxinas, alcaloides cardiotóxicos que han provocado muertes de ganado por comer restos de poda. La única parte no tóxica es el arilo rojo y carnoso que rodea la semilla, pero la semilla que va dentro sí lo es. Como ese arilo lo producen únicamente los pies femeninos y resulta llamativo y dulce, un tejo hembra en un jardín con niños pequeños o perros pide precaución y vigilancia; un pie masculino no presenta ese riesgo concreto.
El ginkgo hembra produce unas falsas drupas cuya capa carnosa desprende, al pudrirse en el suelo, un olor a mantequilla rancia por su contenido en ácidos butírico y hexanoico. Además lleva ácidos ginkgólicos, emparentados con los de la hiedra venenosa, que provocan dermatitis de contacto en personas sensibles. Por eso el arbolado urbano se planta con clones masculinos injertados.
El chopo hembra suelta en mayo y junio esa pelusa blanca que cubre aceras y cunetas, y aquí hay una creencia que conviene desmontar: la pelusa no es el alérgeno. Son pelos que acompañan a la semilla y que, como mucho, irritan mecánicamente ojos y garganta. El polen alergénico lo emiten los pies masculinos, mucho antes, en febrero y marzo, y es invisible. Plantar solo machos elimina la pelusa, no la alergia.
En el huerto, las variedades modernas de espárrago son híbridos exclusivamente masculinos porque los pies macho producen más turiones y duran más años: no gastan energía en formar semilla, y de paso no llenan la esparraguera de plántulas espontáneas. Con la espinaca ocurre lo contrario cuando se quiere guardar simiente: hay que conservar pies de ambos sexos y aceptar que los machos se espigan antes.
Y en el laurel, la hoja de cocina es idéntica en machos y hembras. Solo cambia que la hembra, si tiene un macho cerca, cubre la mata de pequeñas bayas negras en otoño.
Comprar sabiendo lo que te llevas
La forma segura de acertar es comprar clones propagados por esqueje o injerto a partir de una planta madre de sexo conocido, con su nombre de cultivar en la etiqueta. Un acebo o un kiwi criados de semilla son una lotería que no se resuelve hasta que florecen.
En kiwi, los cultivares femeninos habituales en España son 'Hayward' y, entre los de pulpa amarilla de Actinidia chinensis, 'Jintao' y afines; los masculinos que se les asocian son 'Tomuri' o 'Matua' según la época de floración de la hembra. Emparejar mal las fechas de floración deja el kiwi sin fruta aunque haya machos de sobra.
Cuidado también con los nombres de cultivar, que engañan. En Ilex × altaclerensis, 'Golden King' es una planta femenina y da bayas, mientras que 'Golden Queen' es masculina y no dará ninguna. La Skimmia japonica 'Rubella', la más vendida por sus vistosos botones rojos en invierno, es un clon masculino: no producirá frutos aunque la mimes, y si quieres bayas necesitas un clon femenino como 'Nymans' con la 'Rubella' cerca haciendo de polinizador. Merece la pena preguntar el sexo en el vivero antes de pagar, sobre todo si la planta se compra precisamente por sus frutos.
Un apunte final sobre rigidez sexual: no siempre es absoluta. En algunas dioicas se han observado ejemplares que producen ocasionalmente flores del otro sexo, y géneros como Arisaema cambian de sexo según el tamaño del tubérculo, funcionando como machos cuando son pequeños y como hembras cuando acumulan reservas suficientes para producir semilla.
Otras dioicas que puedes tener cerca
Además de las citadas, son dioicas el rusco (Ruscus aculeatus), cuyas bayas rojas solo salen en pies femeninos; el lentisco (Pistacia lentiscus) y su pariente cultivado el pistacho (Pistacia vera), que en plantación necesita machos de la variedad 'Peters' o similares; el espino amarillo (Hippophae rhamnoides); el muérdago (Viscum album), del que solo la hembra da las bolitas blancas; la acuba (Aucuba japonica); la cica (Cycas revoluta); la zarzaparrilla (Smilax aspera); la acedera (Rumex acetosa); la papaya (Carica papaya), y el cáñamo (Cannabis sativa), especie dioica de manual cuyo cultivo está regulado por ley en España.
También lo es Baccharis, un género americano de arbustos que se usa como cubresuelos y del que se seleccionan clones masculinos para evitar la nube de vilanos de las hembras.
En resumen
En una planta dioica cada pie es macho o hembra de por vida: solo el femenino fructifica y solo lo hace si hay un masculino florecido a tiempo y a distancia razonable. La flor macho se reconoce por sus anteras con polen y la ausencia de ovario; la hembra, por el ovario coronado de estigmas, aunque conserve estambres estériles que confunden. Antes de plantar kiwi, acebo, pistacho o espino amarillo, comprueba que llevas ejemplares de ambos sexos, en la proporción correcta y con floraciones coincidentes, y compra clones etiquetados en vez de plantas de semilla. Recuerda también que el sexo condiciona molestias y riesgos: pelusa en los chopos hembra, mal olor y dermatitis en los ginkgos hembra, y arilos rojos atractivos pero con semilla tóxica en los tejos hembra.