El momento de cambiar un geranio de maceta no lo marca el calendario: lo marcan las raíces asomando por los agujeros de drenaje y el sustrato que se seca en dos días en lugar de en cinco. Cuando aparecen esas dos señales, la planta ya está trabajando con la despensa vacía, y da igual cuánto abono se le eche encima.
Conviene aclarar antes de nada de qué planta hablamos. Lo que en España llamamos geranio de balcón es en realidad un Pelargonium: Pelargonium zonale y sus híbridos para el geranio de hoja redonda, y Pelargonium peltatum para la gitanilla de tallos colgantes. El género Geranium es otra cosa, una vivaz rústica de jardín. Todo lo que sigue está pensado para los pelargonios de maceta y jardinera, que son los que se trasplantan cada poco.
Cada cuánto lo pide la planta
Un geranio en maceta agota el sustrato en uno o dos años. No es solo cuestión de nutrientes: la turba se descompone, pierde estructura, se compacta y deja de airear. Las raíces acaban girando en espiral contra la pared del tiesto y la planta entra en una meseta de la que no sale sola.
Las señales que valen la pena mirar son cuatro. Raíces saliendo por el drenaje o formando una malla visible en la superficie. Riegos que duran cada vez menos. Hojas pequeñas y amarillentas en la base pese a abonar. Y floración cada vez más escasa, con tallos que se alargan y se lignifican por abajo. Con dos de ellas, hay trasplante.
Una planta joven comprada en primavera suele venir en un tiesto de 10-12 cm relleno de turba fina pensada para el vivero, no para vivir un año en tu balcón. Ese sí se trasplanta enseguida, en cuanto pase la floración de bienvenida.
La época que menos disgustos da
La ventana buena en la península es el final del invierno y la primavera temprana, de mediados de febrero en la costa mediterránea a finales de marzo o principios de abril en el interior y el norte. La planta ya está despertando, produce raíz nueva con rapidez y tiene toda la temporada por delante para aprovechar el sustrato fresco.
La segunda ventana es septiembre y principios de octubre, cuando afloja el calor pero el suelo sigue templado. Sirve para plantas que han pasado el verano apretadas y para las que se van a recortar antes de entrar en la parte fría del año.
Lo que no funciona es trasplantar en julio o agosto. Con 35 grados y la planta en plena floración, cortar raíces significa que la parte aérea sigue evaporando agua que el sistema radicular mutilado no puede reponer. El resultado son hojas mustias durante semanas y, a menudo, flores abortadas. Tampoco con riesgo de heladas: el pelargonio se daña ya por debajo de 0 ºC y una planta recién trasplantada tiene menos margen todavía. El rango cómodo para hacerlo está entre 12 y 25 ºC.
La maceta: más grande no es mejor
Aquí es donde se pierden más geranios de los que la gente cree. La tentación es pasar de un tiesto de 12 cm a uno de 30 para no volver a tocarlo en años. El problema es físico: el cepellón pequeño ocupa una fracción del volumen y todo el sustrato que lo rodea se queda empapado sin raíces que lo sequen. Ese anillo de tierra permanentemente húmeda es criadero de Pythium y de podredumbre del cuello. La planta no muere de sed, muere de exceso.
La regla práctica es subir de 3 a 5 cm de diámetro respecto a la maceta anterior, un salto cada vez. Para un geranio adulto, un tiesto de 18 a 22 cm de diámetro es suficiente y florece mejor así que suelto. En jardinera de 60 cm caben tres plantas; en una de 80-100 cm, cuatro o cinco. Apretados florecen más, porque el pelargonio responde a una ligera restricción de raíz produciendo yemas florales.
El barro cocido gana al plástico en el sur y en balcones a pleno sol, porque transpira y perdona un riego de más. En el norte húmedo o en interior fresco, el plástico retiene mejor y evita que la planta se quede seca. Agujeros de drenaje, siempre, y varios. Y nada de plato con agua permanente debajo: si riegas con plato, se vacía a los diez minutos.
El sustrato
Los pelargonios quieren un medio aireado y con drenaje rápido, ligeramente ácido, en torno a pH 6-6,5. Una mezcla que funciona bien es sustrato universal de calidad al 60-70%, perlita o arena de río lavada de grano grueso al 20-30%, y un 10% de compost maduro o humus de lombriz. La arena de playa no vale por la sal, y la arena fina de construcción compacta en lugar de airear.
No hace falta poner una capa de bolas de arcilla en el fondo. La idea está muy extendida y es contraproducente: la diferencia de textura entre el sustrato y las bolas crea una interfase que retiene agua justo encima, en lugar de evacuarla. Lo único que aporta es evitar que se salga tierra por los agujeros, y para eso basta un trozo de malla o un tiesto roto.
Un apunte para zonas de agua dura, que en buena parte de España es la norma: el riego calcáreo va subiendo el pH del sustrato y acaba bloqueando el hierro. Se ve en hojas nuevas amarillas con los nervios verdes. Se corrige con quelato de hierro una o dos veces en primavera, y se retrasa usando sustrato ácido en la mezcla y agua de lluvia cuando se pueda.
El trasplante, paso a paso
Riega la víspera. Un cepellón ligeramente húmedo sale entero; uno seco se desmorona y arranca raicillas, y uno encharcado se convierte en una pella de barro. Doce a veinticuatro horas antes es el punto.
Saca la planta con el tiesto tumbado. Sujeta la base de los tallos entre los dedos, gira el tiesto boca abajo y golpea el borde. Nunca tires del tallo hacia arriba con la maceta en el suelo: es la forma más rápida de descabezar la planta. Si no cede, pasa un cuchillo fino por el perímetro.
Inspecciona las raíces. Blancas o color crema y con olor a tierra, bien. Marrones, blandas y con olor agrio, hay podredumbre: recorta lo dañado con tijera limpia y no reutilices el sustrato viejo. Si están enrolladas formando una espiral compacta, hay que romperla. Afloja el tercio inferior con los dedos y da tres o cuatro cortes verticales poco profundos en los laterales del cepellón. Sin eso, las raíces seguirán girando en círculo dentro del tiesto nuevo y la planta se comportará como si no la hubieras trasplantado.
Aprovecha para revisar los tallos. Si ves un tallo que amarillea de golpe, se ahueca o presenta un orificio con serrín, corta por debajo y ábrelo. Es el rastro típico del Cacyreus marshalli, el taladro del geranio, una mariposa de origen sudafricano hoy establecida en toda la costa mediterránea y buena parte del interior. Sus orugas barrenan los tallos desde dentro y la planta se cae a trozos sin aviso. El trasplante es un buen momento para eliminar y tirar a la basura, nunca al compost, los tallos afectados.
Calcula la altura antes de rellenar. Pon sustrato en el fondo hasta que, apoyado el cepellón, la superficie quede 2 o 3 cm por debajo del borde de la maceta, para que quepa el agua de riego. El nivel del cuello de la planta debe quedar exactamente donde estaba. Enterrar la base de los tallos es un error frecuente y caro: el pelargonio tiene el cuello carnoso y, cubierto de tierra húmeda, se pudre.
Rellena y asienta con agua, no con los puños. Ve echando sustrato por los lados y golpea la maceta contra la mesa para que baje. Aprieta solo lo justo con las yemas. Después riega despacio y en dos pasadas hasta que salga agua por abajo: el agua compacta mejor que la mano y no destroza la porosidad.
Recorta la parte aérea si venía muy crecida. Quitar las flores abiertas y un tercio de los tallos más largos reduce la demanda de agua mientras se rehace la raíz. Duele tirar flores, pero la planta lo devuelve con creces en tres semanas. Es también el momento de rejuvenecer un ejemplar leñoso: cortando por encima de un par de yemas bajas, rebrota desde la base.
Las tres semanas siguientes
Coloca la planta en semisombra luminosa durante cuatro o cinco días, resguardada del viento. No a la sombra profunda ni al sol de mediodía. Pasado ese plazo, vuelve a su sitio habitual: los pelargonios necesitan un mínimo de seis horas de sol directo para florecer bien, y en el norte peninsular cuanto más mejor.
Riega solo cuando los dos primeros centímetros de sustrato estén secos al tacto. Un geranio recién trasplantado tiene menos raíz de la que tenía y gasta menos agua, así que el error habitual es regar con la frecuencia de antes. Mejor pecar de seco.
No abones hasta pasadas cuatro o seis semanas. El sustrato nuevo trae reserva para ese periodo y las sales sobre raíces recién cortadas queman. A partir de ahí, un abono líquido rico en potasio cada quince días durante toda la temporada de floración, de abril a octubre. El exceso de nitrógeno da una planta enorme, verde y sin flor.
Del trasplante a los esquejes
Los recortes del trasplante son material de multiplicación de primera. El pelargonio enraíza con una facilidad que pocas plantas de balcón igualan, y renovar los ejemplares viejos cada tres o cuatro años a partir de esquejes propios sale gratis.
Toma trozos de 8 a 12 cm de tallo semileñoso, sano y sin flores, cortando limpio justo por debajo de un nudo con una cuchilla afilada. Retira las hojas de la mitad inferior y también las estípulas, y elimina cualquier botón floral: mientras haya flor, la planta invierte ahí y no en raíz.
Y ahora el paso que distingue al geranio de casi cualquier otro esqueje: déjalo secar. De unas horas a un día entero, tumbado a la sombra en un sitio aireado, hasta que el corte forme una película seca. Ese sellado es lo que impide que el hongo entre por la herida. Plantar el esqueje recién cortado en sustrato húmedo es la causa número uno de que se pudran en la base y se pongan negros en una semana.
Pasado el reposo, entiérralo unos 3 cm en una mezcla muy drenante, mitad perlita y mitad turba o fibra de coco, en macetas pequeñas o alveolos. La hormona de enraizamiento no es necesaria aquí. Y no lo cubras con bolsa ni lo metas en propagador: el pelargonio, al contrario que la mayoría de esquejes, se pudre con la humedad ambiental alta. Luz indirecta, entre 18 y 22 ºC, y sustrato apenas húmedo. En tres o cuatro semanas tira de la planta con suavidad; si ofrece resistencia, ha enraizado.
Las mejores épocas para esquejar son finales de agosto y septiembre, con material del año ya maduro, y la primavera. Los esquejes de otoño pasan el invierno protegidos y salen a la calle en marzo listos para florecer.
Dos avisos prácticos
Los pelargonios son tóxicos para perros y gatos. Contienen geraniol y linalol, que provocan irritación digestiva, salivación y dermatitis por contacto. No es una planta peligrosa para un adulto, pero conviene no dejar tiestos recién trasplantados a ras de suelo si hay animales que roen hojas.
Y el sustrato agotado que retiras no vale para volver a plantar geranios: puede arrastrar patógenos y huevos del taladro. Repártelo por el jardín o tíralo, pero no lo recicles dentro de la misma maceta.
En resumen
Trasplanta cuando la planta lo pida —raíces por el drenaje, sustrato que no retiene, floración a la baja—, y hazlo a finales de invierno o en septiembre, nunca en pleno verano ni con heladas a la vista. Sube solo un par de tallas de maceta: la maceta enorme encharca y pudre. Mezcla drenante, ligeramente ácida, sin capa de bolas de arcilla en el fondo. Suelta las raíces enrolladas antes de plantar, respeta el nivel del cuello y asienta con agua. Después, semisombra unos días, riego contenido y ningún abono hasta pasado el mes. Guarda los recortes, déjalos secar unas horas antes de clavarlos y tendrás plantas nuevas para la temporada siguiente sin gastar un euro.