En un invernadero del centro de Francia, a finales de mayo, alguien pasa la mañana abriendo capullos de rosa con unas pinzas antes de que se abran solos. Arranca los pétalos, corta los estambres uno a uno y deja el pistilo desnudo. Al día siguiente volverá con un pincel cargado de polen de otra planta, tocará el estigma, colgará una etiqueta con dos nombres y una fecha, y se olvidará de esa flor durante cuatro meses. De cada varios miles de gestos idénticos saldrá, con suerte, una rosa que dentro de diez años tendrá nombre comercial y estará en un vivero español.

Eso es una rosa de diseño: no un capricho de marketing, sino el final de un proceso largo, caro y con una tasa de éxito minúscula. Conviene entenderlo porque explica por qué unas variedades cuestan lo que cuestan, por qué la misma rosa se llama distinto en cada país y por qué la semilla que recoges de tu rosal no te dará nunca otro rosal igual.

El cruce: quitar estambres y esperar

El punto de partida es una idea concreta. Nadie cruza rosas al azar: el obtentor busca un objetivo definido, que puede ser color, forma de flor, resistencia a enfermedades, porte compacto para maceta, floración continua o perfume. Elige entonces dos progenitores que aporten lo que quiere y que sean genéticamente compatibles.

La rosa es hermafrodita, así que el primer paso es impedir la autofecundación. Se hace la emasculación: se abre el capullo cuando aún está cerrado pero ya coloreado, se retiran los pétalos y se eliminan todos los estambres antes de que las anteras suelten polen. La flor queda reducida al receptáculo con los estigmas.

El polen del progenitor masculino se recoge aparte, dejando secar las anteras un día a temperatura ambiente hasta que sueltan el polvo amarillo. Cuando los estigmas del pie madre están receptivos, brillantes y ligeramente pegajosos, uno o dos días después de la emasculación, se aplica el polen con un pincel fino o con la propia antera. Después se protege la flor de visitas de insectos y se etiqueta: madre, padre, fecha.

Si el cruce cuaja, el receptáculo engorda y forma el escaramujo. Tarda unos cuatro meses en madurar; en España se recolecta entre octubre y noviembre, cuando toma color rojo o anaranjado y empieza a ablandarse.

Rosales en cultivo durante el proceso de selección de nuevas variedades

De la semilla a la primera flor

Las semillas se extraen de la pulpa, se lavan y necesitan estratificación en frío para romper la latencia: entre seis y diez semanas a unos 4-5 °C, en sustrato húmedo o en arena, dentro del frigorífico si se hace a pequeña escala. Sin ese frío la germinación es errática y escasa.

Se siembran a finales de invierno. La germinación es desigual, rara vez pasa del 30-50 % y se escalona durante semanas. Y aquí aparece el dato que hace posible todo el negocio: los rosales reflorecientes modernos florecen muy jóvenes, a menudo entre ocho y doce semanas desde la germinación, siendo plantitas de un palmo. El obtentor puede ver el color y la forma de la flor el mismo año de la siembra.

Esa primera criba es brutal. De cien mil plántulas sembradas por una casa grande, se descartan noventa y muchas mil en cuanto abren la primera flor: color sucio, flor mal formada, planta débil, sin perfume, sin refloración. Quedan unos centenares.

Los años de prueba

Las supervivientes se multiplican vegetativamente, normalmente por injerto de yema sobre patrón (Rosa canina en sus selecciones sin espinas, Rosa laxa, Rosa multiflora según suelo y país), porque solo así se conserva la variedad idéntica. De cada candidata se obtienen varias decenas de plantas y se llevan a campo.

Ahí empiezan entre siete y diez años de observación en parcelas de distintos climas, sin mimos y a menudo sin tratamiento fungicida, precisamente para ver qué se cae. Se anota comportamiento frente a marssonina o mancha negra (Diplocarpon rosae), oídio (Podosphaera pannosa), roya, resistencia al calor y a la lluvia, duración de la flor, número de ciclos de floración, comportamiento en poda, uniformidad. Una variedad que en el sur de Francia va bien puede deshojarse en el norte húmedo, o cocerse en un verano de Andalucía.

Al final de ese embudo, de las cien mil semillas iniciales sale al mercado una o dos variedades. El resto se tira. Ese es el coste real que llevan dentro las rosas de vivero con nombre propio.

Antes de comercializarla, la variedad suele pasar por concursos internacionales, que funcionan como ensayos independientes: la planta se cultiva a ciegas durante dos o tres años y un jurado la puntúa. En España hay dos con solera: el Concurso Internacional de Rosas Nuevas de Madrid, en la rosaleda del Parque del Oeste, y el Concurso Internacional de Rosas Nuevas de Barcelona, en el Roserar de Cervantes de Montjuïc. En Alemania, el sello ADR se concede tras varios años de cultivo sin fungicidas, y por eso es la etiqueta más útil para quien busca un rosal que no haya que estar tratando.

El perfume, lo que se perdió y por qué

Hay una queja recurrente y en buena parte fundada: los híbridos de té del siglo XX perdieron aroma. Durante décadas la selección priorizó lo que pedía la flor cortada, es decir, tallo largo y recto, botón que aguantara el transporte y la duración en jarrón. El perfume no puntuaba en esa lista, y lo que no se selecciona se pierde.

Además hay razones bioquímicas. El olor de la rosa no es un compuesto, sino una mezcla de decenas de volátiles. Las rosas europeas antiguas, herederas de Rosa × damascena y Rosa gallica, tienen un perfil dominado por el 2-feniletanol y los óxidos de rosa: el aroma clásico "a rosa". Las rosas modernas descienden en gran medida de Rosa chinensis, que aporta la refloración —el carácter que hace que un rosal florezca todo el verano y no dos semanas en junio— pero también un perfil distinto, con dimetoxitolueno, la nota llamada "de té". Al buscar refloración se arrastraron los genes de la nota de té y se diluyeron los de la rosa antigua.

La corrección de rumbo empezó en los años setenta y ochenta, cuando obtentores como David Austin en Inglaterra y varias casas francesas volvieron a cruzar rosas antiguas perfumadas con modernas reflorecientes, buscando flor de estilo antiguo, aroma intenso y floración repetida. La colección de rosas dedicadas a pintores de la casa Delbard, en Malicorne, es un ejemplo de ese enfoque: flores jaspeadas de color inusual y trabajo declarado sobre el perfume. Hoy los programas de mejora serios miden el aroma, y algunos catalogan cada variedad por familia olfativa igual que una perfumería.

Un matiz honesto: perfume y resistencia no siempre van juntos. Producir volátiles cuesta energía a la planta y algunas de las variedades más fragantes son también las más propensas a la mancha negra. Si compras un rosal por su aroma, cuenta con darle algo más de atención.

Flor de una variedad moderna de rosal obtenida por hibridación

Dos nombres para la misma rosa

Cuando compres un rosal moderno verás en la etiqueta algo así como Nombre Comercial seguido de una palabra rara entre comillas, tipo 'MEIxxxxx' o 'DELxxxx'. Conviene entenderlo porque evita comprar dos veces la misma planta.

La palabra rara es el nombre varietal registrado, único y universal, y sus tres primeras letras identifican al obtentor: MEI para Meilland, DEL para Delbard, KOR para Kordes, TAN para Tantau, AUS para Austin, DOT para el español Pedro Dot, obtentor barcelonés al que se deben variedades históricas de los años veinte y treinta. El nombre bonito es solo el nombre comercial, y cambia de un país a otro según lo que suene bien o según a quién se dedique la rosa en cada mercado. La misma variedad puede llamarse de tres maneras distintas en Francia, Alemania y España. El código entre comillas es el que no miente.

Estas variedades están protegidas por derechos de obtentor, en la Unión Europea a través del título comunitario que gestiona la Oficina Comunitaria de Variedades Vegetales. Durante la vigencia del título, multiplicar y vender esas plantas requiere licencia y paga royalties, y de ahí sale la diferencia de precio frente a una rosa antigua de dominio público. Para el aficionado la norma comunitaria contempla una excepción para los actos realizados en el ámbito privado y con fines no comerciales: hacer un esqueje para tu propio jardín entra ahí; multiplicar para vender o para un intercambio comercial, no.

Hacer tus propios cruces en casa

Nada de esto es inaccesible a pequeña escala. Con dos rosales y paciencia se puede repetir el proceso entero:

1. Elige la madre y el padre. Mejor variedades sanas en tu jardín, porque la sanidad se hereda. Descarta como madre las rosas de flor muy doble: suelen tener el pistilo atrofiado y cuajan mal.

2. En mayo o junio, emascula un capullo a punto de abrir: quita pétalos y estambres con pinzas, sin dañar los estigmas. Cubre la flor con una bolsita de papel.

3. Uno o dos días después, aplica el polen del padre con un pincel. Repite al día siguiente. Etiqueta el cruce.

4. Deja madurar el escaramujo hasta octubre o noviembre. No podes ese tallo.

5. Extrae y lava las semillas, y guárdalas en sustrato húmedo en el frigorífico a 4-5 °C entre seis y diez semanas.

6. Siembra en febrero en bandeja, a un centímetro de profundidad, con sustrato ligero y a 15-18 °C. Vigila el damping-off: siembra clara y no encharques.

7. Las plántulas reflorecientes darán su primera flor ese mismo verano. Guarda solo lo que te guste de verdad y multiplícalo por esqueje.

Conviene bajar las expectativas: la práctica totalidad de tus plántulas serán peores que sus padres. Es exactamente lo que le pasa a un obtentor profesional, solo que él siembra cien mil.

El error más común: sembrar la semilla de tu rosal

Mucha gente recoge un escaramujo de un rosal que le gusta, siembra las semillas y espera obtener el mismo rosal. No ocurre nunca. Las variedades de rosal son híbridos altamente heterocigóticos: sus descendientes se segregan y salen todos distintos entre sí y distintos de la madre, casi siempre a peor. La única forma de reproducir una variedad idéntica es vegetativa: esqueje, injerto o acodo.

Un segundo malentendido relacionado: los brotes que salen por debajo del punto de injerto, esos tallos vigorosos de hojas más pequeñas y muchas espinas, no son la variedad que compraste, sino el patrón silvestre. Hay que arrancarlos de raíz, tirando de ellos, no cortarlos a ras, o acabarán ahogando la variedad injertada.

En resumen

Crear una variedad de rosal es un trabajo de embudo: un objetivo claro, cruces manuales con emasculación y polen controlado, escaramujos recolectados en otoño, semilla estratificada en frío, siembra en invierno, primera criba masiva a la primera flor y después siete a diez años de campo para juzgar sanidad, refloración y comportamiento en distintos climas. De cien mil plántulas llega al mercado una o dos, y por eso el rosal con nombre y código de obtentor cuesta lo que cuesta. Para el aficionado, tres ideas prácticas: fíjate en el código entre comillas y no en el nombre comercial, si buscas un rosal que no exija tratamientos mira sellos de ensayo sin fungicida como el ADR, y no intentes reproducir tu rosal favorito por semilla, porque saldrá otro. Y si te apetece cruzar en casa, se hace con unas pinzas, un pincel y la disposición a tirar el 99 % de lo que germine.


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