Bajo el nombre de violeta se venden en España plantas de al menos tres familias botánicas distintas, y solo una de ellas es una violeta de verdad. El lío no es reciente ni es culpa de los viveros: el color violeta y el perfume dulzón han servido durante siglos para bautizar cualquier planta que recordara vagamente a la Viola odorata, aunque no tuviera nada que ver con ella. La consecuencia práctica es que quien compra "una violeta" puede llevarse a casa una planta rústica de exterior que aguanta el hielo, una planta tropical de interior que muere a 10 °C, o un tubérculo tóxico para el perro.

Merece la pena aclarar quién es quién, porque los cuidados de unas y otras no se parecen en nada.

Violetas verdaderas: el género Viola

Las violetas auténticas pertenecen al género Viola, familia Violaceae, con unas 600 especies repartidas por casi todo el mundo. Todas comparten un rasgo fácil de reconocer: la flor es zigomorfa, es decir, tiene un solo plano de simetría, con cinco pétalos desiguales y el inferior prolongado hacia atrás en un espolón que guarda el néctar. Si la flor que tienes delante es radial, como una estrella o una campana, no es una Viola.

En la península ibérica crecen espontáneamente bastantes especies: Viola odorata, Viola alba, Viola riviniana, Viola tricolor, Viola arvensis y varias endémicas de montaña como Viola cazorlensis, en las calizas de las sierras de Cazorla y Segura. Esta última está protegida y no debe recolectarse.

Flores de violeta de olor entre sus hojas acorazonadas

La violeta de olor, la que dio nombre al resto

Viola odorata es una planta vivaz de rizoma corto, hojas acorazonadas en roseta basal y estolones rastreros que enraízan al tocar el suelo. Florece de febrero a abril en la mayor parte de la Península, antes en el sur y en zonas costeras, donde puede empezar en enero y repetir algo de floración en otoño si el tiempo acompaña. Resiste sin problema por debajo de −15 °C: el frío no es su enemigo.

Su enemigo es el verano seco. En el interior peninsular pasa julio y agosto en semiletargo, con las hojas mustias y el rizoma esperando. Por eso el sitio ideal no es la sombra permanente, como se repite a menudo, sino bajo caducifolios: sol de invierno mientras florece, sombra fresca en verano cuando ya no lo necesita. Un manto de mantillo o compost de dos o tres centímetros sobre el rizoma le cambia la vida en agosto.

Quiere suelo fértil, con materia orgánica, fresco y bien drenado, de pH neutro o ligeramente ácido. Se planta o se divide en septiembre y octubre, cuando el suelo aún guarda calor y las lluvias empiezan. Conviene dividirla cada tres o cuatro años, porque la mata central se lignifica y florece cada vez menos: se levanta el cepellón, se separan las rosetas periféricas con raíz y se replantan.

Hay dos detalles de su biología que sorprenden. El primero es que casi toda su semilla no sale de las flores perfumadas de primavera, sino de unas flores discretas, verdosas y cerradas que produce en mayo y junio a ras de suelo. Son flores cleistógamas: se autofecundan sin abrirse nunca. Las moradas de febrero son vistosas y fragantes, pero cuajan poco. El segundo es que las semillas llevan un apéndice graso, el eleosoma, que atrae a las hormigas; ellas se las llevan al hormiguero, se comen el apéndice y descartan la semilla intacta. Si te aparecen violetas a tres metros de donde las plantaste, ya sabes quién ha sido.

Y sobre el perfume: la sensación de que el aroma de la violeta "va y viene" no es sugestión. Sus compuestos principales son las iononas, que saturan momentáneamente los receptores olfativos. Uno huele la flor, deja de percibirla en segundos, se aparta y al volver la vuelve a oler. No es que la flor deje de emitir; es que la nariz deja de responder.

Aparte de la especie tipo existen las violetas de Parma, de flor doble y perfume más denso, derivadas probablemente de Viola alba. Son más delicadas al frío y menos vigorosas, y en jardín rinden mejor en maceta protegida o en zonas de invierno suave. De ellas viene toda la tradición de la violeta como flor de perfumería y confitería, incluidos los caramelos de violeta que se siguen vendiendo en Madrid desde principios del siglo XX.

Pensamientos y violas: el mismo género, otro papel

El pensamiento de jardín es Viola × wittrockiana, un híbrido complejo obtenido en el siglo XIX a partir de Viola tricolor, Viola lutea y Viola altaica. Es una Viola legítima, pero se comporta como planta de temporada, no como vivaz. Junto a él se cultivan las llamadas violas o violetas cornudas (Viola cornuta y sus híbridos), de flor mucho más pequeña y numerosa.

Aquí está el error más extendido de todo el grupo: plantar pensamientos en primavera. En el clima español el pensamiento es una planta de otoño e invierno. Se planta en octubre y noviembre, con el suelo todavía templado, enraíza durante el otoño y da su mejor floración de enero a abril. Plantado en marzo apenas tiene tiempo de establecerse antes de que llegue el calor, y por encima de unos 27-28 °C deja de emitir flor y se ahíla. Si lo plantas en enero, con el suelo frío, se queda parado y florece la mitad.

Tres cosas más marcan la diferencia entre un arriate mediocre y uno bueno:

Quitar las flores marchitas. En cuanto empiezan a cuajar semilla, la planta reduce la floración. Un repaso semanal pellizcando los pedúnculos secos alarga la temporada varias semanas.

Abonar poco y equilibrado. El exceso de nitrógeno da mata grande y pocas flores, y ablanda los tejidos frente a hongos. Mejor un abono equilibrado o algo más rico en potasio, cada quince o veinte días en riego.

Elegir el tipo según la zona. Las violas de flor pequeña (Viola cornuta) aguantan bastante mejor el calor y la lluvia que los pensamientos de flor grande, cuyas corolas se apelmazan con el agua. En el sur y en el litoral mediterráneo rinden más.

Pensamientos en flor con sus corolas de varios colores

Las falsas violetas

Violeta africana (Streptocarpus ionanthus, durante décadas Saintpaulia ionantha). Familia Gesneriaceae, originaria de los montes Usambara, entre Tanzania y Kenia. No tiene ningún parentesco con las violetas: se le llama así por el color y por el porte en roseta. Es la más vendida de todas y la que más dudas genera, así que va con apartado propio más abajo.

Violeta de Persia (Exacum affine). Familia Gentianaceae, de la isla de Socotra, no de Persia. Flores azul violeta con estambres amarillos muy visibles y aroma suave. Es bienal y se comporta como planta de un solo ciclo: florece unos meses en interior luminoso y se agota. No merece la pena empeñarse en recuperarla al año siguiente.

Violeta de los Alpes (Cyclamen persicum). Familia Primulaceae. Aquí conviene una advertencia clara: el tubérculo del ciclamen contiene saponinas tóxicas y es la parte peligrosa si un perro o un gato lo roe, con vómitos y trastornos digestivos, y afectación cardíaca en ingestas grandes. La planta en flor sobre una mesa no es un problema; el tubérculo al alcance de un animal que escarba, sí. Ni siquiera es alpino: la especie de jardinería procede del Mediterráneo oriental.

Violeta de damas o juliana (Hesperis matronalis). Familia Brassicaceae, pariente de las coles. Vivaz de corta vida, con panículas de flores lilas que perfuman sobre todo al anochecer. Se siembra fácilmente y se resiembra sola.

Diente de perro (Erythronium dens-canis). Familia Liliaceae, geófito de bosques húmedos del norte peninsular que en inglés se llama literalmente "violeta diente de perro". Flor colgante de pétalos reflejos, nada que ver con una Viola.

Cuidar bien una violeta africana

Es una planta de interior fácil si se entienden cuatro cosas, y desesperante si no.

Luz. Mucha luz, pero indirecta. Una ventana al este o a un metro de una ventana al sur con visillo. Con poca luz hace pecíolos largos, hojas grandes y ninguna flor; a pleno sol de verano se quema. En invierno agradece que la acerques a la ventana.

Temperatura. Entre 18 y 24 °C. Por debajo de 13 °C sufre y por debajo de 10 °C se pierde. No es planta de terraza salvo en verano y a la sombra.

Riego. Por abajo, dejando el tiesto en un platillo con agua unos veinte minutos y retirando el sobrante. Y con agua a temperatura ambiente. Las manchas y anillos amarillentos de las hojas no salen porque el agua las moje, sino por el choque térmico: agua fría sobre una hoja templada colapsa las células del tejido. Con agua atemperada se puede mojar la hoja sin daño, aunque sigue siendo mejor evitarlo para no favorecer hongos.

Sustrato y trasplante. Mezcla ligera y aireada, tipo turba con perlita, en maceta pequeña: florece mejor algo estrecha. Con el tiempo el tallo se desnuda por abajo formando un "cuello"; el trasplante anual, enterrando ese cuello un poco más profundo, rejuvenece la planta. Abona diluido cada dos o tres semanas en época de crecimiento.

Se multiplica muy fácil por hoja: se corta una hoja madura con dos o tres centímetros de pecíolo en bisel, se clava en sustrato húmedo y en cuatro a seis semanas emite raíces y en dos o tres meses brotan las plantitas en la base. Para que mantenga la roseta simétrica y florífera, elimina los hijuelos laterales que salgan junto a la corona principal.

Plagas y problemas habituales

En las violetas de exterior, la araña roja (Tetranychus urticae) es el problema número uno en veranos secos: hojas grises, punteadas, con telilla fina en el envés. Se controla subiendo la humedad ambiental y con acaricidas específicos, no con insecticidas generalistas, que además arrasan a los ácaros depredadores que la mantienen a raya.

Los caracoles y babosas destrozan las hojas tiernas en otoño e invierno; el pulgón aparece con los primeros calores y transmite virus. En los pensamientos, el oídio y la roya (Puccinia violae) salen con exceso de nitrógeno y aire estancado, y la podredumbre del cuello por Pythium o Phytophthora aparece siempre en suelos encharcados. Plantar en suelo bien drenado y no enterrar la corona por debajo del nivel del sustrato evita el grueso de las bajas.

En la violeta africana, el mayor riesgo es el exceso de agua con temperatura baja, y una plaga concreta y difícil: el ácaro del ciclamen (Phytonemus pallidus), que deforma y encoge las hojas del centro de la roseta. No se ve a simple vista y la planta afectada casi nunca se recupera; lo sensato es eliminarla y aislar a las vecinas.

Comestible sí, pero no toda la planta

Las flores de Viola odorata y de Viola tricolor son comestibles y se usan cristalizadas o frescas en repostería y ensaladas. Las hojas tiernas también, en pequeña cantidad. Lo que no se come es el rizoma: contiene saponinas y es fuertemente emético, y la semilla en cantidad tampoco es inocua. En la práctica esto solo importa si hay niños que arrancan plantas o si a alguien se le ocurre usar la raíz por su cuenta; los pétalos no plantean ningún problema.

Una advertencia más de sentido común: si vas a comer flores, que sean de plantas que hayas cultivado tú sin tratamientos fitosanitarios. Los pensamientos de vivero se producen como planta ornamental y suelen llevar tratamientos que no están autorizados para consumo.

En resumen

Violeta de verdad es solo el género Viola, reconocible por su flor asimétrica con espolón. Dentro de él conviven la Viola odorata, vivaz perfumada de invierno que quiere sombra en verano y división cada tres o cuatro años, y los pensamientos y violas de jardín, plantas de temporada que hay que plantar en octubre y noviembre, nunca en primavera. Todo lo demás que lleva "violeta" en el nombre pertenece a otras familias: la violeta africana es una gesneriácea de interior que exige luz indirecta, riego por abajo y agua atemperada; la de Persia es efímera; y la llamada violeta de los Alpes es un ciclamen cuyo tubérculo es tóxico si un animal lo roe. Saber cuál tienes delante resuelve de golpe el noventa por ciento de los problemas de cultivo.


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