El crisantemo florece en otoño porque mide la longitud de la noche, no la del día. Ese detalle, que parece anecdótico, explica casi todo lo que hay que saber sobre su cultivo: por qué llega a las floristerías en octubre, por qué una farola cercana puede dejarlo sin flores y por qué los viveros consiguen tenerlo florecido en cualquier mes del año.
El crisantemo de jardín y de maceta que se vende en España es Chrysanthemum × morifolium, un híbrido de origen chino cultivado desde hace más de dos mil años, que durante un tiempo se clasificó como Dendranthema grandiflorum. La forma blanca no es una especie aparte, sino un grupo de cultivares dentro de ese mismo híbrido.
Una planta de día corto
El crisantemo es una planta de día corto, o más exactamente de noche larga. Solo induce flor cuando el periodo de oscuridad continua supera un umbral que, según el cultivar, ronda las nueve horas y media o diez. En la península eso ocurre a partir de finales de agosto y septiembre, y por eso la floración natural cae entre octubre y noviembre.
La oscuridad tiene que ser continua. Una interrupción de luz de pocos minutos en mitad de la noche basta para reiniciar el conteo y bloquear la formación de botones. Un crisantemo plantado bajo el foco de un porche encendido toda la noche, o junto a una farola, puede pasarse el otoño entero verde y frondoso sin sacar una sola flor. Es un fallo mucho más frecuente de lo que parece y se diagnostica mal casi siempre como falta de abono.
Los productores aprovechan el mismo mecanismo al revés: con mallas de oscurecimiento y con iluminación nocturna artificial controlan el momento exacto de floración y sacan crisantemos florecidos en enero o en mayo. De ahí la sensación de que "florecen cuando quieren".
Qué es realmente esa flor blanca
Como toda compuesta, lo que llamamos flor es un capítulo: una plataforma con decenas o cientos de flores diminutas. Las del borde, las liguladas, son las que aportan los "pétalos" blancos; las del centro, tubulares, suelen ser amarillas y son las que producen polen y semilla.
La enorme variedad de formas del crisantemo depende de cuántas flores liguladas haya y de cómo se dispongan. En los tipos simples y semidobles se ve el disco amarillo central, muy visitado por abejas y otros polinizadores en una época en que ya queda poco floreciendo. En los tipos dobles, incurvados o pompón, las flores tubulares han sido sustituidas por liguladas hasta desaparecer el centro: son más espectaculares y, a cambio, prácticamente inútiles para la fauna.
Merece la pena tenerlo en cuenta al elegir: si se busca un macizo de otoño con algo de valor ecológico, los crisantemos blancos de flor simple cumplen las dos funciones.
Suelo, luz y riego
Luz. Pleno sol, con un mínimo de cinco o seis horas directas. En sombra se espiga, produce tallos débiles y florece flojo. La única excepción razonable es el sur peninsular, donde algo de sombra a mediodía en pleno verano evita quemaduras foliares.
Suelo. Fértil, con materia orgánica y sobre todo bien drenado, con pH ligeramente ácido a neutro, entre 6 y 6,8. En suelos pesados o arcillosos conviene plantar en caballón o enmendar con compost y arena gruesa, porque el crisantemo tiene raíces superficiales y muy sensibles al encharcamiento.
Riego. Regular y constante durante el crecimiento. Es una planta con mucha masa foliar que transpira bastante y que, si se seca, aborta botones y ya no los recupera. Ahora bien, hay que regar al pie y no por aspersión: mojar el follaje de forma repetida, sobre todo por la tarde, es la vía directa al oídio y a enfermedades foliares más serias. El acolchado orgánico de tres o cuatro centímetros estabiliza la humedad y evita salpicaduras de tierra sobre las hojas bajas.
Abonado. Nitrógeno equilibrado durante el crecimiento vegetativo de primavera y comienzo de verano, y cambio a un abono más rico en potasio a partir de agosto, cuando empieza la inducción floral. Un exceso de nitrógeno tardío da plantas grandes, tiernas, tumbadas y llenas de pulgón, con menos flor y de peor calidad.
El despunte, la operación que decide la mata
Un crisantemo abandonado a su aire crece en pocos tallos largos que terminan doblándose. La solución es el despunte o pinzado: cortar los dos o tres centímetros terminales de cada brote para forzar la ramificación.
La pauta habitual en clima peninsular es despuntar la primera vez cuando la planta alcanza unos 15-20 cm, hacia mayo, y repetir una o dos veces más hasta mediados o finales de junio como máximo. Pasada esa fecha hay que parar: los despuntes de julio eliminan los brotes que iban a formar los botones y se acaba con una mata bonita y sin flores. Cada pinzado retrasa la floración unas dos semanas.
Para el efecto contrario, flores grandes de exposición o de flor cortada, se hace desyemado: se deja el botón terminal de cada tallo y se eliminan todos los laterales cuando tienen el tamaño de un guisante. Toda la energía va a una sola flor.
Los cultivares altos de flor grande casi siempre necesitan tutor o red de sostén colocada antes de que crezcan, no después del primer temporal de otoño.
La maceta de noviembre y por qué decepciona al año siguiente
Los crisantemos que se venden en octubre y noviembre, esas bolas compactas y perfectamente redondas, han sido tratados en vivero con reguladores de crecimiento que acortan los entrenudos, además de haber recibido despuntes y control de fotoperiodo. Ese efecto no es hereditario ni permanente.
Al año siguiente, la misma planta rebrota con su porte real: más alta, más abierta y más desgarbada. No está degenerada ni "se ha estropeado"; simplemente ha dejado de estar enanizada. Sabiendo esto, la forma correcta de aprovecharla es plantarla en el jardín tras la floración, cortarla a unos 10-15 cm del suelo, y tratarla el año siguiente como una perenne de jardín, con dos o tres despuntes en primavera para recuperar la compacidad de forma natural.
Vale la pena decir también que la resistencia al frío es muy variable. Los cultivares de jardín aguantan bien inviernos peninsulares con heladas moderadas si el suelo drena; los forzados de maceta, criados en invernadero y con el cepellón lleno de raíces, son mucho más delicados y agradecen un acolchado grueso sobre la base el primer invierno. En zonas de heladas fuertes y prolongadas, la maceta se refugia en un lugar fresco y luminoso, no en el interior de la casa con calefacción.
Multiplicación
Por semilla no tiene sentido salvo por curiosidad: los cultivares son híbridos y la descendencia sale desigual y rara vez blanca. Lo que funciona es:
Esquejes de brotes basales en primavera. Se toman brotes nuevos de 7-10 cm que salen de la base de la mata, se eliminan las hojas inferiores y se plantan en una mezcla de turba y perlita a partes iguales, con humedad ambiental alta y a 18-20 °C. Enraízan en dos o tres semanas y dan plantas mucho más vigorosas y sanas que la mata madre.
División de mata cada dos o tres años, a comienzos de primavera. Se levanta el cepellón, se descarta la parte central envejecida y se replantan las porciones periféricas con raíz. Es también la manera de evitar que la planta se agote, porque el crisantemo pierde vigor con rapidez si se deja en el mismo sitio indefinidamente.
Plagas y enfermedades
Pulgón. Se instala en brotes tiernos y botones florales, especialmente si se ha abonado con mucho nitrógeno. Se controla bien con jabón potásico a primera hora o al atardecer, repitiendo cada semana mientras haya colonias.
Trips. Deforman los pétalos y dejan cicatrices plateadas. Su mayor problema no es el daño directo sino que transmiten virus del bronceado del tomate, para el que no hay tratamiento: las plantas afectadas se retiran.
Minador de hojas (Liriomyza), con sus galerías serpenteantes. Retirar las hojas afectadas en los primeros focos suele bastar.
Araña roja en veranos secos y calurosos, con punteado amarillento y telillas finas en el envés. Se frena subiendo la humedad ambiental y con acaricidas específicos si el ataque avanza.
Oídio y botritis por exceso de humedad foliar y falta de aireación. La prevención es plantar con marco amplio, regar al pie y no amontonar restos vegetales húmedos.
Roya blanca del crisantemo (Puccinia horiana). Merece un aviso aparte. Produce pústulas blanquecinas o rosadas en el envés de las hojas y manchas amarillentas en el haz, y es una enfermedad regulada en la Unión Europea: su presencia es de declaración obligatoria y en cultivo profesional obliga a medidas de erradicación. Si aparece en un jardín particular, lo responsable es destruir el material afectado, no compostarlo y no regalar esquejes de esas plantas.
Toxicidad y un mito que conviene desmontar
El crisantemo contiene lactonas sesquiterpénicas, compuestos responsables de una dermatitis de contacto bien documentada entre floristas y trabajadores de vivero que manipulan tallos a diario. Para un aficionado el riesgo es bajo, pero si se poda mucha cantidad conviene usar guantes, sobre todo con la piel húmeda de savia y expuesta al sol.
Para perros y gatos se considera una planta de toxicidad leve: la ingestión de hojas o flores puede provocar vómitos, diarrea, salivación e irritación cutánea. No es una emergencia grave en cantidades pequeñas, pero no es una planta adecuada al alcance de un cachorro con costumbre de mordisquear macetas.
Y el mito: la idea de que plantar crisantemos ahuyenta mosquitos o pulgas del jardín. Las piretrinas insecticidas no proceden del crisantemo ornamental, sino de Tanacetum cinerariifolium, el piretro de Dalmacia, otra especie distinta, y se obtienen mediante extracción industrial de sus capítulos. Una mata de crisantemo blanco en el parterre no repele nada.
Como flor cortada
Es una de las flores de jarrón más duraderas: entre dos y tres semanas con un mínimo de cuidado. Se corta con la flor ya abierta, porque los botones muy cerrados a menudo no llegan a abrir en el jarrón. Conviene retirar todas las hojas que queden por debajo del nivel del agua, cambiar el agua cada dos o tres días y recortar un centímetro del tallo en cada cambio.
En España el crisantemo blanco está fuertemente asociado al 1 de noviembre y a la visita a los cementerios, una costumbre compartida con Francia, Italia y buena parte de Europa católica, donde el blanco simboliza el duelo y la memoria. En Japón, en cambio, el crisantemo, kiku, es emblema imperial y da nombre a una festividad de otoño, aunque también allí el blanco se reserva para los funerales. En Estados Unidos y en el norte de Europa, sin esa carga, se usa sin más como flor ornamental de temporada.
Esa asociación fúnebre es cultural, no botánica. Nada impide usarlo como planta de macizo otoñal, y de hecho cubre un hueco en el que quedan pocas cosas en flor en el jardín.
En resumen
El crisantemo blanco es un cultivar de Chrysanthemum × morifolium que florece en otoño porque necesita noches largas e ininterrumpidas; cualquier luz artificial nocturna cerca puede impedir que florezca. Pide pleno sol, suelo fértil y drenado, riego regular al pie sin mojar las hojas y un cambio a abono potásico al final del verano.
El despunte repetido de mayo a junio, y nunca más tarde, es lo que convierte una planta desgarbada en una mata compacta. Las macetas compradas en noviembre vuelven a su porte natural al año siguiente porque estaban tratadas con enanizantes, algo que se corrige con poda y no con abono. Conviene rejuvenecerlo por esqueje o división cada dos o tres años, vigilar la roya blanca por sus implicaciones legales, y recordar que no repele insectos: las piretrinas vienen de otra planta distinta.