Lo que se arranca al deshojar una margarita no son pétalos. Cada una de esas lengüetas blancas es una flor entera, completa y funcional, con su propia corola soldada. Y el disco amarillo del centro no es un pistilo gigante: son varios cientos de flores diminutas apretadas en espiral. Lo que llamamos "una margarita" es, en realidad, un ramo compacto de flores disfrazado de flor única.

Esa arquitectura explica buena parte de las cosas curiosas que rodean a estas plantas: por qué las abejas las visitan tanto, por qué aguantan el pisoteo del césped, por qué el mismo nombre popular se reparte entre géneros botánicos que no se parecen en nada y por qué muchas mueren en los jardines por un error de poda perfectamente evitable.

Margarita común con lígulas blancas y disco central amarillo

Una flor que en realidad son doscientas

Las margaritas pertenecen a la familia Asteraceae, la más numerosa del reino vegetal junto con las orquídeas. Su rasgo definitorio es el capítulo: una inflorescencia en la que decenas o cientos de flores minúsculas se agrupan sobre un receptáculo plano, rodeadas por brácteas que hacen las veces de cáliz.

En un capítulo de margarita conviven dos tipos de flor. Las flores liguladas ocupan el borde, tienen la corola prolongada en esa lengüeta blanca que confundimos con un pétalo y suelen ser estériles o solo femeninas: su trabajo es la señalización visual. Las flores flosculosas forman el disco central, son amarillas, tubulares, fértiles, y cada una produce su propia semilla. Un capítulo de Bellis perennis reúne con facilidad entre cien y trescientas de estas flores del disco.

Las flores del disco no se abren todas a la vez. Maduran en oleadas concéntricas, del exterior hacia el centro, a lo largo de varios días. Para un polinizador eso significa que un solo capítulo ofrece recompensa durante una semana larga, y para la planta significa que reparte el riesgo: si un día llueve o hace frío, quedan flores por abrir.

Si se mira el disco de cerca, las flores no están dispuestas al azar sino en dos familias de espirales que giran en sentidos opuestos. Es el mismo patrón de empaquetamiento que se ve en la piña del pino o en el corazón del girasol, y responde a un principio sencillo: es la forma más eficiente de meter el máximo número de flores en el mínimo espacio sin que se estorben.

El ojo del día y la perla

La margarita común cierra el capítulo al anochecer y con mal tiempo, y lo vuelve a abrir cuando sale el sol. Este movimiento, llamado nictinastia, no lo produce ningún reloj mágico sino cambios de turgencia en las células de la base de las lígulas. Es un mecanismo de protección: el polen mojado germina mal y las flores cerradas pierden menos calor.

De ahí viene el nombre inglés. Daisy es una contracción de day's eye, "el ojo del día", porque solo mira mientras hay luz. El nombre castellano tiene otro origen: margarita procede del griego margarítēs, "perla", que pasó al latín como nombre propio femenino y acabó designando a la flor blanca y redonda. En varias zonas de España se conservan nombres locales anteriores, como chiribita, maya o bellorita.

Parientes que no lo parecen: girasoles, lechugas y alcachofas

El girasol (Helianthus annuus) es una margarita a lo grande. Tiene exactamente la misma estructura: lígulas amarillas estériles en el borde, miles de flores fértiles en el disco, y las mismas espirales de empaquetamiento. La diferencia es de escala, no de plan.

Capítulo de girasol, pariente cercano de la margarita

La familia esconde parientes menos evidentes. La lechuga, la escarola, la achicoria, la alcachofa, el cardo, la caléndula, la dalia, el crisantemo, la manzanilla y el diente de león son todos Asteraceae. Cuando una lechuga se sube y saca un tallo con florecillas amarillas, lo que está haciendo es enseñar su parentesco con la margarita.

Conviene deshacer aquí un malentendido frecuente sobre el girasol: la planta adulta en flor no gira siguiendo al sol. El heliotropismo lo hacen los capullos y las hojas jóvenes; una vez abierto, el capítulo se fija mirando aproximadamente al este y ahí se queda. Esa orientación fija calienta antes la flor por la mañana y aumenta las visitas de abejas.

El mismo nombre para plantas muy distintas

"Margarita" no designa a un género botánico, sino a un parecido. En un vivero español se venden bajo ese nombre plantas que exigen cuidados opuestos, y ahí empiezan los problemas:

Bellis perennis, la margarita común, es la del césped y la de las variedades de flor doble tipo 'Pomponette' o 'Habanera'. Herbácea perenne de roseta, de 5 a 15 cm, aunque en jardinería se cultiva como bienal de temporada: se siembra a finales de verano y florece de otoño a primavera.

Leucanthemum vulgare es la margarita grande de los prados y las cunetas, de 40 a 80 cm, que florece de mayo a julio. Su prima de jardín es Leucanthemum × superbum, la llamada margarita gigante o Shasta, con capítulos de hasta 10 cm.

Argyranthemum frutescens es la que casi siempre se compra en maceta para balcones y jardineras: no es herbácea sino un arbusto leñoso, endémico de Canarias y de porte redondeado. Aquí está el error de poda que mata más ejemplares de los que debería. Argyranthemum rebrota mal o directamente no rebrota desde madera vieja sin hojas. Si en invierno se rebaja la mata a un palmo cortando por tallos desnudos, la planta se queda así y se seca. Lo correcto es pinzar poco y a menudo, siempre por encima de zona con hojas verdes, después de cada oleada de floración. Aun bien llevada es una planta de vida corta: tres o cuatro años.

Osteospermum (margarita africana) tolera mejor la sequía y peor el frío húmedo. Erigeron karvinskianus, la margarita de los muros, se siembra sola en juntas de piedra y florece de marzo a noviembre en clima mediterráneo. Y la Gerbera de floristería es otra Asteraceae, mucho más exigente en calor y sensible al exceso de agua en la corona.

Comestible, y con un pariente insecticida

Bellis perennis no es tóxica. Sus hojas jóvenes y los capullos aún cerrados se han usado tradicionalmente en ensalada, con un sabor ligeramente amargo y avellanado, y los capítulos abiertos sirven de decoración comestible. Dos advertencias de sentido común: no recolectar en céspedes tratados con herbicida ni en bordes de carretera, y tener presente que las Asteraceae son una familia con casos documentados de alergia por contacto, sobre todo en personas ya sensibilizadas al crisantemo o a la manzanilla.

Dentro de la misma familia hay un caso muy distinto. Tanacetum cinerariifolium, el piretro de Dalmacia, tiene aspecto de margarita blanca corriente y sus capítulos concentran piretrinas, la base de buena parte de los insecticidas de origen vegetal autorizados. Es un dato botánico interesante, no una receta casera: las piretrinas son muy tóxicas para abejas, peces y gatos, y su uso está regulado. Lo que corresponde es comprar un producto fitosanitario autorizado y respetar su etiqueta, no improvisar preparados con flores del jardín.

Por qué las abejas las eligen

El capítulo funciona como una pista de aterrizaje. El insecto se posa una vez y recorre a pie decenas de flores sin volver a volar, con un gasto energético mínimo. Además, las flores del disco son cortas y abiertas, así que el néctar queda al alcance de lenguas cortas: abejas solitarias, sírfidos, escarabajos florícolas y mariposas pueden aprovecharlo, no solo la abeja melífera.

A eso se suma el calendario. En buena parte de la Península, Bellis perennis florece de octubre a junio, y en zonas frescas del norte casi todo el año. Eso la convierte en fuente de polen en los meses en que apenas queda nada más abierto, justo cuando las colonias necesitan recursos para arrancar.

De ahí una consecuencia práctica: la margarita del césped no es un problema. Segar alto (por encima de 5 cm) y dejar sin cortar alguna zona en primavera mantiene la floración, mejora la biodiversidad del jardín y ahorra herbicida. Las lígulas blancas, además, reflejan ultravioleta de forma distinta al disco central, dibujando para el insecto un contraste que nuestro ojo no percibe.

Cultivarlas sin complicarse

Para Bellis perennis: siembra en semillero de agosto a septiembre, trasplante en octubre a marco de 15-20 cm, sol o media sombra y suelo que retenga algo de humedad. Riego regular pero sin encharcar, y retirada de capítulos marchitos para prolongar la floración. Se resiembra sola con facilidad.

Para Leucanthemum: pleno sol, suelo bien drenado, división de mata cada tres años en otoño o a finales de invierno para evitar que el centro se ahueque. Aguanta bien el frío peninsular.

Para Argyranthemum: sol, drenaje impecable, riego moderado y abonado quincenal en floración. En el interior de la Península conviene protegerlo de heladas fuertes; por debajo de unos -3 °C sufre. Y, otra vez, pinzados frecuentes en verde en lugar de una poda severa anual.

El fallo más repetido en los tres casos es el mismo: exceso de riego con drenaje pobre. Las Asteraceae de roseta pudren el cuello con facilidad cuando el agua se queda parada alrededor del tallo, sobre todo en macetas con plato lleno.

En resumen

Lo que llamamos margarita es un capítulo: una inflorescencia con cientos de flores reales, las blancas del borde para atraer y las amarillas del centro para producir semilla. Ese diseño la emparenta directamente con el girasol, la lechuga y la alcachofa, y explica su éxito con los polinizadores, que aterrizan una vez y comen muchas veces.

El nombre popular cubre géneros muy distintos, y confundirlos sale caro: la margarita de balcón (Argyranthemum) es un arbusto que no rebrota de madera vieja y muere si se poda a fondo, mientras que la del césped (Bellis perennis) es una herbácea inofensiva, comestible y valiosa como flora invernal para las abejas. Saber cuál se tiene delante vale más que cualquier lista de cuidados genéricos.


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