En 1699, un monje siciliano llamado Francesco Cupani mandó a Inglaterra un puñado de semillas de una trepadora silvestre de su isla. Aquella planta tenía flores pequeñas, bicolores en morado y violeta, y un perfume que no se parecía al de ninguna otra anual. De ahí sale todo el guisante de olor moderno, Lathyrus odoratus, y merece la pena saberlo porque explica el error más extendido al comprar semillas: en tres siglos de selección se han conseguido flores mucho más grandes, pero buena parte de esas variedades han perdido el olor por el camino. Si lo que se busca es aroma, el catálogo se elige con otro criterio.
Qué planta es exactamente
El guisante de olor es una anual trepadora de la familia de las leguminosas, originaria del sur de Italia y Sicilia. Se agarra por zarcillos, alcanza entre 1,5 y 2 metros según la variedad y el trato, y florece en racimos de tres a cinco flores sobre tallos largos y finos, ideales para cortar. La flor tiene la forma típica de las papilionáceas: un estandarte ancho arriba, dos alas laterales y una quilla. Hay blancos, rosas, salmones, lavandas, azules, rojos y granates casi negros; el amarillo verdadero no existe en la especie, así que cualquier oferta de "guisante de olor amarillo" es, como mucho, un crema muy pálido.
También existen variedades enanas y no trepadoras, en torno a 30-40 cm, del tipo Cupido o Bijou, pensadas para maceta, jardinera y borduras. Son cómodas, aunque el tallo corto las hace poco útiles como flor cortada.
Un detalle importante, sobre todo si hay niños en casa: no se comen. Aunque el nombre y las vainas invitan a confundirlo con el guisante de huerta (Pisum sativum), las semillas de Lathyrus odoratus contienen compuestos tóxicos y no son comestibles ni en verde ni secas. Es planta de flor, y solo de flor.
Cuándo sembrar en España, que no es cuando dice el sobre
Esta es la decisión que más condiciona el resultado, y la mayor parte de los sobres traen la fecha equivocada para nuestro clima porque copian el calendario del norte de Europa.
El guisante de olor es una planta de tiempo fresco. Vegeta y florece bien entre 10 y 22 ºC, y en cuanto se pasan los 25-28 ºC de forma sostenida deja de abrir flores, se le acortan los tallos y se agota. En el norte de Europa eso significa que puede sembrarse en primavera y florecer todo el verano. En España, el verano es precisamente lo que lo mata.
De ahí la regla práctica:
En la mitad sur, el levante, las islas y toda la costa, donde el invierno es suave y a partir de mayo aprieta el calor, se siembra en otoño: de octubre a mediados de noviembre. La planta pasa el invierno haciendo raíz —resiste bien hasta -3 o -4 ºC una vez enraizada— y florece desde marzo o abril hasta que llega el calor de junio. Se gana más de un mes de floración y plantas mucho más robustas.
En el interior frío y en zonas de montaña, con heladas fuertes y prolongadas, la siembra de otoño es arriesgada. Ahí se siembra en febrero o principios de marzo en semillero protegido, invernadero frío o galería, y se planta fuera cuando pase el riesgo de helada fuerte, hacia abril. Florece de mayo a julio.
Sembrar en abril o mayo, que es lo que suele hacerse, da plantas pequeñas que apenas dan dos o tres racimos antes de que el calor las liquide. Es la causa más común de decepción con esta planta.
Cómo sembrar: la semilla y la maceta profunda
La semilla es grande, redondeada y de cubierta muy dura, lo que hace que la germinación sea irregular si se siembra tal cual. Hay dos formas de resolverlo y cualquiera vale:
Remojo. Dejar las semillas en agua templada entre 12 y 24 horas antes de sembrar. Se ven hinchadas y con la piel tirante; las que no hinchen se pueden escarificar. No conviene pasar de un día, porque empiezan a fermentar.
Escarificado. Raspar un lateral de la semilla con una lima de uñas o papel de lija, en el lado contrario al ombligo o hilo, hasta que asome el color claro del interior. Es lo más fiable con semillas de piel muy oscura, que suelen ser las más duras.
Lo que no debe hacerse es cortar la semilla con un cuchillo ni pincharla: se daña el embrión.
La segunda clave está en el recipiente. El guisante de olor hace una raíz pivotante larga y profunda, y odia que se la corten o se le enrosque. Sembrar en alvéolos pequeños o bandejas planas da plantas mediocres. Lo suyo son macetas estrechas y hondas, de 10-12 cm de profundidad como mínimo: los tubos de cartón del papel higiénico funcionan estupendamente y se plantan enteros, porque se deshacen en el suelo. Dos semillas por tubo, a 2 cm de profundidad, en sustrato de siembra con algo de compost.
La germinación tarda de 10 a 20 días con temperaturas de 12-16 ºC. No hace falta calor: por encima de 20 ºC germinan peor. Se mantiene el sustrato húmedo pero no encharcado, en un sitio fresco y luminoso, mejor en el exterior protegido que dentro de casa, porque en interior salen enseguida etiolados.
También se puede sembrar directamente en el sitio definitivo, que en siembra de otoño en el sur funciona muy bien: la raíz nunca se molesta y la planta sale más fuerte. El riesgo son los caracoles y babosas, que devoran las plántulas recién nacidas, y los ratones, que en huerto rural desentierran las semillas.
Despuntar: el paso que suele saltarse y que dobla la cosecha
Cuando la plántula tiene tres o cuatro pares de hojas verdaderas, unos 10 cm, se le pellizca el ápice con los dedos, justo por encima de un nudo. Cuesta hacerlo porque parece que se está castigando a la planta, pero es exactamente lo contrario.
Sin despuntar, el guisante de olor tiende a hacer un solo tallo dominante que sube deprisa y da pocos racimos. Al quitarle la guía se rompe la dominancia apical y brotan tres, cuatro o cinco tallos basales, cada uno de ellos capaz de florecer. La diferencia en número de flores a lo largo de la temporada es notable, y las plantas quedan además más compactas y menos propensas a tumbarse.
Las variedades enanas también agradecen el pinzado, aunque en ellas es menos determinante.
Suelo, sitio y plantación
Es una planta voraz, más de lo que su aspecto delicado sugiere. Quiere suelo profundo, fértil y con mucha materia orgánica. Lo ideal es preparar el bancal con antelación —en septiembre, si se va a sembrar en otoño— cavando a dos palas de hondo e incorporando estiércol bien compostado o compost maduro. Ese trabajo de fondo se nota en la longitud del tallo y en el tamaño del racimo más que cualquier abonado posterior.
Al contrario que muchas ornamentales, tolera y agradece los suelos algo calizos, con pH neutro o ligeramente alcalino, entre 6,5 y 7,5. En suelo ácido responde bien a un aporte de caliza o de ceniza de madera. Esto lo hace fácil de cultivar en buena parte de la península, donde la caliza es la norma.
Ubicación: sol directo, con una excepción importante. En Andalucía, Murcia y el interior de Extremadura, una situación con sol de mañana y sombra desde las dos o las tres de la tarde alarga la floración varias semanas, porque lo que la corta no es la luz sino el calor acumulado.
Se planta a 20-25 cm entre plantas, y lo primero que se instala es el soporte, antes de plantar, para no romper raíces después. Vale una malla de nailon o metálica de cuadro ancho, cañas cruzadas en forma de tipi, un enrejado o un cordel vertical por planta. Los zarcillos agarran bien en soportes finos, de menos de un centímetro de grosor; en un tronco o en una pared lisa no pueden sujetarse y hay que ayudar guiando los tallos las primeras semanas.
En maceta se puede, pero con volumen: mínimo 25-30 cm de profundidad y unos 10 litros para dos o tres plantas trepadoras, o una jardinera honda para las enanas. El punto crítico en maceta es el riego, porque no perdona el secado.
Riego y abonado
El guisante de olor no soporta pasar sed. Un solo episodio de sequía en plena floración provoca caída de capullos y acorta drásticamente los tallos, y la planta ya no se recupera del todo. En primavera, en suelo, un riego abundante y profundo dos veces por semana suele bastar; en mayo y junio, o en maceta, puede hacer falta a diario. Es preferible regar mucho y espaciado que poco y a menudo, para que la raíz baje.
Un acolchado de paja, corteza o restos de siega en la base mantiene el suelo fresco y húmedo, y es de las cosas que más rendimiento dan por el trabajo que cuestan.
En cuanto al abono, hay que tener cuidado con el nitrógeno. Como leguminosa, el guisante de olor fija parte del suyo a través de bacterias del género Rhizobium en los nódulos de la raíz, y un exceso de nitrógeno produce plantas grandes, verdes y sin flores. Lo que conviene, desde que aparecen los primeros capullos, es un abono rico en potasio: sirve el de tomates, cada diez o quince días a la dosis de la etiqueta.
Cortar flores es parte del cultivo, no un extra
Aquí está el punto que decide si la planta florece seis semanas o cuatro meses. El guisante de olor es anual y su objetivo biológico es producir semilla; en cuanto cuaja las primeras vainas, deja de hacer flores y empieza a amarillear. La única forma de mantenerlo en producción es no dejar que llegue a ese punto.
Eso significa cortar los racimos cada dos o tres días, sin falta, estén o no en casa para disfrutarlos, y retirar cualquier vaina que se haya escapado. No es un consejo estético: es el mecanismo del cultivo. Cuanto más se corta, más se produce.
Para florero se cortan a primera hora de la mañana, cuando el tallo está turgente, eligiendo racimos con una o dos flores abiertas y el resto en capullo; se meten en agua inmediatamente. Duran cuatro o cinco días en jarrón, y el perfume de una docena de tallos llena una habitación entera. Si se quiere guardar semilla, se dejan tres o cuatro vainas de la mejor planta, pero solo al final de la temporada, cuando ya se da por terminada la floración.
Problemas frecuentes
El pulgón es la plaga principal, sobre todo el pulgón negro (Aphis fabae), que se acumula en los ápices tiernos y en los pedúnculos florales. Además de debilitar, transmite virus del mosaico, que producen flores manchadas y hojas moteadas y no tienen tratamiento. Se controla con chorros de agua, jabón potásico repetido cada semana y favoreciendo mariquitas y sírfidos; en primavera funciona bien revisar los brotes dos veces por semana y atajarlo pronto.
El oídio aparece como un polvillo blanco sobre las hojas al final de la temporada, cuando los días son calurosos y las noches frescas. Se previene con buena separación entre plantas, riego al pie sin mojar el follaje y aireación; el azufre en polvo lo frena, aunque no debe aplicarse con más de 28-30 ºC porque quema.
La botritis (Botrytis cinerea) pudre flores y tallos en primaveras húmedas y en plantaciones demasiado densas. Retirar flores marchitas y restos vegetales es la mejor prevención.
Caracoles y babosas arrasan las plántulas en otoño e invierno, que es justo cuando hay siembra en el sur. Conviene proteger con collarines, cerco de ceniza o trampas.
Y la caída de capullos sin abrir, que desconcierta bastante, tiene tres causas habituales: falta de agua, cambios bruscos de temperatura y exceso de nitrógeno. Casi siempre es la primera.
Elegir variedad según lo que se busque
Volviendo al principio del artículo, conviene saber qué se compra:
Las variedades tipo Spencer, surgidas a comienzos del siglo XX, tienen flores grandes, de pétalos ondulados, tallos largos y una gama de colores enorme. Son las que se ven en las fotos de catálogo y las mejores para flor cortada por presencia, pero muchas tienen un perfume discreto.
Las grandifloras u "old-fashioned", más próximas a la planta original, dan flores más pequeñas y con menos pétalos, pero conservan el aroma intenso. 'Cupani' y 'Matucana', bicolores de morado y violeta, son las más cercanas a lo que mandó el monje siciliano, y 'Painted Lady', rosa y blanca, es otra clásica muy perfumada.
Y las enanas, tipo Cupido o Bijou, para quien quiera color en una jardinera de balcón sin montar estructuras.
Si el objetivo es que la casa huela, el criterio es sencillo: buscar en la descripción del sobre la mención expresa al perfume y desconfiar de las series seleccionadas solo por tamaño de flor.
En resumen
El guisante de olor es una anual de clima fresco, y en España eso obliga a adelantar el calendario: siembra de octubre a noviembre en el sur, el levante y la costa, y de febrero a marzo en el interior frío, para tener flor antes de que el calor la corte en junio. Se remojan o escarifican las semillas, se siembran en recipientes hondos que respeten la raíz pivotante, y se despunta la plántula con tres o cuatro pares de hojas para forzar la ramificación. Quiere suelo profundo y bien abonado con materia orgánica, tolera la caliza, no perdona la sequía y necesita soporte instalado desde el principio. Desde la floración se abona con potasio y se evita el nitrógeno de más. Lo que de verdad prolonga la temporada es cortar los racimos cada dos o tres días y no dejar cuajar ni una vaina. Y al comprar semilla, tener presente que flor grande y perfume rara vez van juntos.