Un ciclamen que amarillea en abril no se está muriendo: se está yendo a dormir. Entender esa diferencia es lo que separa la maceta que acaba en el contenedor cada primavera de la que vuelve a florecer cada invierno durante quince años. Porque el ciclamen no es una planta de temporada, aunque se venda como tal; es un tubérculo perenne con un calendario invertido respecto al de casi cualquier otra cosa que tengamos en casa.
Ese calendario invertido explica también por qué se cultiva mal tan a menudo. Lo tratamos como si fuera un geranio de invierno, y en realidad estamos ante una planta mediterránea de montaña que trabaja cuando hace fresco y descansa cuando aprieta el calor.
Qué planta es exactamente
El ciclamen que se vende en floristería es Cyclamen persicum, originario del Mediterráneo oriental, en especial de Turquía, Chipre, Siria e Israel, donde crece en laderas pedregosas y bajo matorral. De él proceden todas las variedades comerciales: las de flor grande, las llamadas midi y las miniatura, que suelen ser más resistentes y más fragantes que las grandes.
Hay además especies rústicas que aguantan el frío peninsular sin problema y que merecen más presencia en los jardines de aquí:
- Cyclamen hederifolium: florece a final de verano y en otoño, antes de sacar las hojas, y resiste heladas fuertes. Se naturaliza bajo árboles caducifolios y forma alfombras con los años.
- Cyclamen coum: flores redondeadas en pleno invierno, entre enero y marzo, con hojas casi circulares.
- Cyclamen repandum y Cyclamen balearicum: presentes de forma silvestre en el nordeste peninsular y en Baleares respectivamente. Son plantas protegidas, así que se compran en vivero; nunca se recolectan del campo.
Todos comparten estructura: un tubérculo aplanado del que salen directamente los pecíolos de las hojas y los escapos florales, sin tallo aéreo. Ese tubérculo es el órgano de reserva que le permite pasar el verano sin una sola hoja y rebrotar en septiembre como si nada.
Temperatura: el factor que lo decide todo
Si hay un solo dato que retener de este artículo es este: el ciclamen quiere estar entre 12 y 16 °C, y a partir de 20 °C empieza a sufrir. Por encima de 22 °C sostenidos deja de abrir capullos, alarga y ablanda los pecíolos, amarillea y entra en dormancia forzada, meses antes de lo que le tocaría.
De ahí que el ciclamen regalado en Navidad se estropee en tres semanas dentro de un salón con calefacción a 23 °C. No le falta agua ni abono: le sobra calor. Su sitio en una casa española es una habitación fresca, un dormitorio sin radiador encendido, una galería, un rellano o el alféizar de una ventana orientada al este o al norte, lejos de radiadores y de la salida del aire acondicionado.
Y aquí está la recomendación que sorprende a mucha gente: el mejor sitio para un ciclamen suele estar fuera de casa. En el clima de Levante, Andalucía, Baleares o la costa atlántica, una terraza o un patio resguardado le dan justo lo que necesita durante todo el invierno, y florece mucho más y durante más tiempo que en interior. Cyclamen persicum tolera bien mínimas de 3-5 °C; lo que no soporta son las heladas fuertes, así que en el interior peninsular o en zonas de montaña hay que entrarlo o protegerlo las noches en que se baja de 0 °C.
Luz
Mucha claridad, sí, pero sol directo solo el suave. En invierno agradece unas horas de sol de mañana; el sol directo del mediodía a través de un cristal le quema las hojas incluso en enero. En interior, junto a una ventana bien iluminada pero sin insolación directa prolongada. Con poca luz pasa lo previsible: pecíolos larguísimos, hojas pequeñas y capullos que se quedan a medio camino y se secan sin abrir.
Riego: por qué se pudre el corazón
El fallo que más ciclámenes mata no es la sequía ni el frío, sino el agua caída sobre el tubérculo. Como los pecíolos brotan todos juntos del centro, ese punto es una trampa: el agua se queda ahí, no se evapora, y aparece la pudrición del cuello por Botrytis cinerea o por bacterias del género Erwinia. La planta se viene abajo en cuestión de días y no hay marcha atrás.
La forma correcta de regar es por inmersión: se coloca la maceta en un recipiente con dos o tres dedos de agua durante 10-15 minutos, hasta que la superficie del sustrato se oscurezca, y luego se saca y se deja escurrir bien. Nunca se deja el plato con agua debajo. Si prefiere regar desde arriba, hágalo por el borde de la maceta, apartando las hojas, sin tocar el centro.
La frecuencia depende de la temperatura y del tamaño de la maceta, pero durante la floración suele ser cada tres o cuatro días. La regla operativa: regar cuando el sustrato esté seco en los dos primeros centímetros, no antes. Un ciclamen mustio por sed se recupera en dos horas tras un riego por inmersión; uno mustio por exceso de agua ya no se recupera. Ante la duda, revise el sustrato con el dedo antes de añadir nada.
El agua, mejor a temperatura ambiente y con poca cal. En zonas de agua muy dura, agua de lluvia o agua embotellada de baja mineralización si el ejemplar merece el mimo.
Sustrato y trasplante
Necesita un sustrato aireado y con drenaje rápido, ligeramente ácido a neutro. Un turba rubia de calidad mezclada con un 25-30 % de perlita o de arena silícea gruesa funciona bien; el sustrato universal solo, muy retentivo, es una invitación a la asfixia radicular.
El trasplante se hace al final del verano, cuando el tubérculo empieza a mover, cada dos años aproximadamente, y con una maceta apenas mayor que la anterior: el ciclamen florece mejor un poco estrecho. El detalle importante es la profundidad. En Cyclamen persicum, el tubérculo debe quedar con su tercio superior por encima de la superficie, visible. Enterrarlo del todo, que es el impulso natural al plantar, es una de las causas más frecuentes de pudrición. Las especies rústicas de jardín, como C. hederifolium, sí van enterradas unos centímetros.
Al colocar el tubérculo conviene fijarse en la orientación: la cara con las yemas y las cicatrices de las hojas va hacia arriba; la lisa y redondeada, hacia abajo.
Abonado
Desde que aparecen los primeros botones y mientras dure la floración, un abono líquido para plantas de flor bajo en nitrógeno y rico en potasio, cada quince días, a media dosis de la que indique el envase. El exceso de nitrógeno es contraproducente: produce una mata de hojas espléndida y muy pocas flores, además de tejidos blandos más propensos a la botritis. En cuanto la planta entra en reposo, se suspende el abono por completo.
Flores y hojas marchitas: tirar, no cortar
Este gesto merece un apartado propio porque se hace mal casi siempre. Las flores pasadas y las hojas amarillas no se cortan con tijera. Se agarra el pecíolo lo más abajo posible, cerca del tubérculo, y se da un tirón seco acompañado de un giro; el pecíolo se desprende entero y limpio.
El motivo es sanitario: si se corta, queda un tocón carnoso, húmedo, pegado al tubérculo, que se pudre y sirve de puerta de entrada a la botritis hacia el centro de la planta. Retirar las flores marchitas de esta forma, además, evita que la planta gaste energía en formar semillas y prolonga bastante la floración, que en buenas condiciones puede ir de octubre a abril.
El verano: la fase que casi nadie respeta
Hacia abril o mayo, según la zona, la planta amarillea de forma generalizada y deja de sacar flores. No es una enfermedad: es el ciclo normal de un geófito mediterráneo, que huye del verano seco refugiándose bajo tierra. Actuar en ese momento es lo que decide si habrá una segunda temporada.
La secuencia es sencilla. En cuanto empiece el amarilleo generalizado, reduzca el riego progresivamente hasta suspenderlo del todo. Retire las hojas secas tirando de ellas. Cuando la planta esté completamente desnuda, saque la maceta a un sitio fresco, sombreado, aireado y seco (una esquina de la terraza al norte, un trastero fresco, bajo un arbusto), tumbada de lado si llueve para que no se acumule agua, y olvídese de ella durante el verano. El tubérculo aguanta perfectamente esos meses sin una gota.
A finales de agosto o en septiembre, cuando las noches empiezan a refrescar, devuelva la maceta a la luz, renueve la capa superficial del sustrato o trasplante si toca, y reanude el riego con moderación. En dos o tres semanas verá asomar los primeros brotes. Y a partir de ahí, riego normal y abono en cuanto aparezcan los botones.
Un apunte que anima: el tubérculo crece cada año, y con él el número de flores. Un ciclamen de cinco o seis temporadas da bastantes más flores que el que se compró.
Multiplicación
El ciclamen se multiplica por semilla, no por división: el tubérculo partido rara vez sobrevive, porque las heridas se pudren con facilidad y cada trozo debe llevar yemas viables, algo poco previsible.
Si deja madurar alguna cápsula, verá que el escapo se enrolla en espiral y acerca la cápsula al suelo. Las semillas se siembran en otoño, se cubren con medio centímetro de sustrato, se mantienen a oscuras (necesitan oscuridad para germinar) y a unos 15 °C, con el sustrato húmedo pero no encharcado. Germinan con calma, entre tres y ocho semanas. De semilla a primera floración pasan del orden de 12 a 18 meses, así que hace falta paciencia; a cambio, las plantas nacidas en casa se adaptan mucho mejor que las de invernadero.
Problemas frecuentes
- Hojas amarillas en pleno invierno. Casi siempre, calor excesivo; después, riego escaso o falta de luz. Revise primero dónde está la maceta.
- Planta caída de golpe y tubérculo blando. Pudrición por exceso de agua o por mojar el centro. No tiene remedio; sirva de lección para el siguiente.
- Moho gris en flores y pecíolos. Botrytis cinerea, favorecida por ambiente cerrado y húmedo. Retire lo afectado, ventile, espacie las plantas y no moje el follaje.
- Hojas deformes, rizadas, con los bordes hacia dentro, y flores abortadas. Sospeche del ácaro del ciclamen (Phytonemus pallidus), invisible a simple vista. Es difícil de erradicar en casa; con frecuencia sale más a cuenta eliminar la planta antes de que contagie a las vecinas.
- Pulgón en botones y brotes. Frecuente al final del invierno. Jabón potásico al 1-2 % aplicado por el envés, repitiendo a la semana.
- La planta se marchita sin causa aparente y el tubérculo aparece roído. Larvas de Otiorhynchus sulcatus, el escarabajo de la vid, que devoran raíces y tubérculo en macetas de exterior. Al trasplantar se ven: larvas blancas, curvadas, sin patas.
- Muchas hojas y ninguna flor. Exceso de nitrógeno, maceta demasiado grande o falta de luz.
Dónde queda bien en el jardín
Más allá de la maceta de interior, las especies rústicas resuelven un problema clásico: qué plantar bajo un árbol caducifolio, en esa sombra seca donde casi nada prospera. Cyclamen hederifolium hace exactamente eso, y encima florece en septiembre, cuando el jardín está agotado. Combinado con Cyclamen coum para enero y febrero, más helechos y hepáticas, se obtiene un rincón con interés en los dos momentos en que suele no haber ninguno. Se plantan los tubérculos en verano, a unos 3-5 cm de profundidad, en suelo con materia orgánica y buen drenaje, y a partir de ahí se dejan en paz: no se riegan en verano y se resiembran solos.
En resumen
El ciclamen es exigente en una sola cosa y flexible en el resto. Lo exigente es la temperatura: entre 12 y 16 °C, y nada de radiadores; por encima de 20 °C, empieza la cuenta atrás. Lo demás se reduce a regar por inmersión sin mojar nunca el centro de la planta, dejar el tubérculo de Cyclamen persicum asomando un tercio sobre el sustrato, abonar cada quince días con producto rico en potasio mientras florece, y arrancar de un tirón, sin tijera, flores pasadas y hojas amarillas. Cuando amarillee entero en primavera, no lo tire: retire el riego, guárdelo seco y a la sombra durante el verano y devuélvalo a la luz en septiembre. Repetido cada año, el tubérculo engorda y la floración crece con él.