Una peonía herbácea puede pasar cuarenta o cincuenta años en el mismo sitio sin que haga falta moverla, y ahí está justamente el problema: lo que decidas el día que la plantas ya no tiene arreglo fácil. Se planta mal, se entierra dos dedos de más, se coloca donde el suelo se encharca en enero, y la planta no se muere; simplemente se queda ahí, sacando hojas cada primavera y sin dar una sola flor, año tras año, mientras el jardinero se pregunta qué le falta. No le falta nada: le sobra tierra encima.
Las peonías tienen fama de difíciles y no lo son. Lo que son es exigentes en tres cosas concretas —frío invernal, drenaje y profundidad de plantación— y muy poco exigentes en todo lo demás. Si esas tres se cumplen, la planta se cuida prácticamente sola durante décadas.
Antes de nada: qué peonía tienes entre manos
Bajo el nombre de peonía se venden plantas con necesidades distintas, y confundirlas es el origen de bastantes fracasos.
Las peonías herbáceas son las más comunes en los viveros españoles, en su inmensa mayoría variedades de Paeonia lactiflora o híbridos suyos. Desaparecen por completo en invierno: la parte aérea se seca en otoño y la planta pasa el frío bajo tierra, reducida a un rizoma carnoso con yemas rojizas. Rebrotan en marzo y florecen entre mayo y junio.
Las peonías arbustivas o peonías árbol (Paeonia suffruticosa y afines) tienen tallos leñosos que no desaparecen: forman un arbusto de uno o dos metros que en invierno queda pelado pero en pie. Florecen antes, entre abril y mayo, con flores mucho mayores. Se venden habitualmente injertadas sobre raíz de peonía herbácea, y eso condiciona cómo se plantan.
Las peonías Itoh o intersectionales son cruces entre los dos grupos. Se comportan como herbáceas —desaparecen en invierno— pero heredan las flores grandes y los tonos amarillos de las arbustivas, con tallos bastante más rígidos que no se doblan con la lluvia. Son las más caras y, en jardines pequeños, probablemente las más agradecidas.
Conviene añadir que en España tenemos peonías silvestres propias, como Paeonia broteroi o Paeonia officinalis subsp. microcarpa, que viven en sierras calizas y encinares de media montaña. No se recolectan —están protegidas en varias comunidades—, pero dicen algo útil: el ambiente natural del género no es un jardín húmedo de clima atlántico, sino una ladera con invierno frío, primavera fresca y verano seco.
El frío del invierno decide si vas a tener flores
Este es el punto que nunca aparece en la etiqueta del vivero. Las yemas de las peonías necesitan acumular horas de frío durante el reposo invernal para poder desarrollarse y florecer. Hablamos de un periodo prolongado por debajo de unos 7 °C: dependiendo de la variedad, del orden de varios cientos de horas, y las herbáceas de flor doble suelen ser las más exigentes.
La consecuencia práctica es clara. En el interior peninsular, en la meseta, en el norte, en zonas de montaña y en general donde el invierno es de verdad, las peonías van bien. En la costa mediterránea templada, en Canarias o en zonas del litoral sur donde el invierno apenas baja de 10 °C, la planta brota débil, con tallos cortos, y las yemas florales abortan sin llegar a abrir. No es un problema de abono ni de riego: es que a la planta no le ha llegado el invierno.
Si vives en una zona cálida y aun así quieres intentarlo, elige variedades de floración temprana y bajo requerimiento de frío, y planta en el punto más fresco y sombrío del jardín en invierno. Pero conviene saber de antemano que el resultado es incierto, en lugar de gastar tres años en descubrirlo.
Sol, sitio y suelo
Las peonías florecen al sol. En el norte y en la meseta, pleno sol sin reservas: cuantas más horas directas, más tallos florales. En la mitad sur y en zonas de veranos muy duros, la fórmula que mejor funciona es sol de mañana y sombra desde primeras horas de la tarde. Con eso la flor dura bastante más —el sol de las tres de la tarde en junio arruina una flor abierta en dos días— y la planta sufre menos deshidratación.
Lo que no tolera es la sombra de un árbol grande. No solo por la luz: las raíces del árbol le ganan la partida en agua y nutrientes, y la peonía acaba vegetando sin florecer. Un mínimo de metro y medio o dos de distancia respecto a arbustos y árboles establecidos es razonable.
El suelo tiene que ser profundo, fértil y sobre todo con buen drenaje. Las peonías son plantas de raíz gruesa y carnosa, y esa raíz se pudre con facilidad si pasa el invierno en tierra encharcada. Prefieren un pH neutro o ligeramente básico, entre 6,5 y 7,5, lo cual es una buena noticia en buena parte de España, donde los suelos son calizos. En terreno arcilloso y compacto, prepara un hoyo generoso —unos 50 cm de ancho y otros tantos de hondo— y mejóralo con compost bien hecho y algo de arena gruesa o grava fina. Si el terreno se encharca de verdad, planta en un caballón elevado o en un arriate levantado quince o veinte centímetros; es más eficaz que cualquier enmienda.
Un apunte sobre macetas: se puede, pero necesita un recipiente grande, de 40 litros hacia arriba, y aun así la planta rendirá menos que en suelo y sufrirá más en los veranos secos. La peonía es una planta para plantar en tierra.
Cuándo y a qué profundidad plantar
La época de plantación es el otoño, de octubre a noviembre, cuando se venden las raíces desnudas. Plantada entonces, la peonía echa raíz durante el invierno y arranca con ventaja en primavera. Las plantas en contenedor con hojas se pueden colocar casi en cualquier momento salvo pleno verano, pero la raíz desnuda de otoño sale más barata y se establece mejor.
Y ahora el detalle que separa una peonía que florece de una que no. En las herbáceas, las yemas —esos brotes rojizos que verás en la corona de la raíz— deben quedar a 3 a 5 centímetros bajo la superficie. Ni más. Enterradas a diez o quince centímetros, la planta sobrevive perfectamente y produce hojas cada año, pero no florece nunca. Es, con diferencia, la causa más frecuente de peonías estériles en jardines particulares. En suelos muy ligeros y arenosos puedes irte a los 5 cm; en suelos pesados, quédate en 3.
Con las arbustivas injertadas la regla es la contraria: interesa enterrar el punto de injerto unos 10 o 15 centímetros, para que la variedad noble emita sus propias raíces por encima del patrón y acabe independizándose de él. Si dejas el injerto al aire, el patrón herbáceo rebrota y termina ahogando a la variedad injertada.
Otro error habitual: rellenar el hoyo con abono fresco o estiércol sin compostar en contacto directo con la raíz. Quema los tejidos y favorece podredumbres. El compost va mezclado con la tierra del entorno, no formando una capa bajo la corona.
Riego, abonado y mantenimiento anual
Una vez establecida, la peonía es sorprendentemente resistente a la sequía gracias a sus raíces engrosadas. El riego debe ser abundante y espaciado, no diario y superficial: empapar bien la zona radicular cada siete o diez días en primavera, y algo más en la fase de engorde de los botones florales, que es cuando más agua consume. Después de la floración las necesidades caen mucho, y en verano la planta agradece más el suelo fresco y acolchado que el riego constante.
Riega al pie, nunca por aspersión sobre las hojas. El follaje mojado por la tarde es una invitación directa a la botritis.
En abonado, menos es más. Un aporte de compost maduro alrededor de la planta al final del invierno suele bastar. Si la tierra es pobre, añade en marzo un abono equilibrado con más potasio y fósforo que nitrógeno —del tipo 5-10-10— y repite ligeramente justo después de la floración, que es cuando la planta forma las yemas del año siguiente. El exceso de nitrógeno es contraproducente: da mata frondosa, tallos blandos que se tumban y menos flores.
En otoño, cuando las hojas de las herbáceas se sequen, córtalas a ras de suelo y retíralas del jardín, sin compostarlas. Ahí es donde invernan las esporas de botritis. En las arbustivas no se corta nada en otoño: solo se limpia madera seca o rota a finales de invierno.
La paciencia forma parte del cultivo
Una peonía plantada a raíz desnuda no da un espectáculo el primer año. Lo normal es un par de tallos y quizá ninguna flor. El segundo año florece de forma discreta y a partir del tercero o cuarto empieza a rendir de verdad, y sigue mejorando durante años. Quien arranca una peonía en el segundo año porque «no hace nada» está tirando justo la planta que iba a funcionar.
Durante ese periodo, dos costumbres ayudan. La primera: no cortar apenas hojas, porque son las que cargan la raíz de reservas para el año siguiente. La segunda: retirar las flores marchitas en cuanto se pasan, para que la planta no gaste energía en formar semillas.
Tutores y flores de corte
Las variedades de flor doble pesan una barbaridad, y una tormenta de mayo las deja tumbadas en el barro. Coloca los aros de sujeción a principios de primavera, cuando los brotes miden veinte centímetros, para que la mata crezca a través de ellos y los oculte. Intentar recoger a posteriori una peonía ya derrumbada rompe tallos y queda feo.
Para cortar flores de jarrón, el punto exacto es el estado que los cultivadores llaman de «malvavisco»: el botón coloreado, todavía cerrado, pero blando al apretarlo suavemente entre los dedos. Cortado así abre en casa y dura casi el doble que uno cortado ya abierto. Corta a primera hora de la mañana y deja siempre al menos dos o tres hojas en el tallo que queda en la planta.
Problemas frecuentes y un mito que conviene enterrar
Botritis (Botrytis paeoniae). Es el problema número uno, sobre todo en primaveras lluviosas y en el norte. Se manifiesta con brotes jóvenes que se ennegrecen y colapsan de golpe, botones que se pardean sin abrir y un fieltro grisáceo en la base de los tallos. Se combate con higiene más que con productos: retirar y quemar el material afectado, limpiar las hojas secas en otoño, no plantar demasiado apretado, no mojar el follaje. En parcelas con historial, un tratamiento preventivo a base de cobre al inicio del brote reduce mucho la incidencia.
Oídio. Polvo blanco sobre las hojas a final de verano. Es antiestético pero llega tan tarde en el ciclo que rara vez merece tratamiento.
Nematodos y podredumbre de raíz. Se traducen en plantas que decaen sin causa aparente. Casi siempre hay drenaje deficiente detrás. Prevenir es plantar bien; una vez instalado el problema, la solución suele ser mover la planta a otro sitio en otoño.
Y el mito: las hormigas que suben a los botones no son necesarias para que la flor abra. Se repite mucho que sin ellas la peonía no florece, y es falso. Las hormigas acuden al néctar azucarado que segregan los sépalos, se dan un festín y se van; la flor abriría igual sin una sola hormiga a la vista. No hacen daño, no hay que fumigar y desaparecen solas cuando la flor se abre. Si vas a cortar flores para casa, basta con sacudir el tallo o sumergir el botón unos segundos en agua.
División y trasplante
Las peonías herbáceas no necesitan dividirse para mantenerse sanas, a diferencia de otras vivaces. Se dividen solo para multiplicarlas o para mover la planta de sitio, y siempre en septiembre u octubre.
El procedimiento: cortar la parte aérea, desenterrar la mata con una horca abriendo un buen círculo alrededor —las raíces son frágiles y largas—, lavar la tierra con agua para ver la estructura, y cortar con un cuchillo limpio porciones que tengan de tres a cinco yemas cada una y raíz suficiente. Las divisiones con una sola yema tardan años en dar algo. Deja orear los cortes unas horas antes de replantar y vuelve a colocar las yemas a esos 3-5 cm de profundidad.
Cuenta con perder un año o dos de floración tras la operación. Es normal y no significa que se haya hecho mal.
Las arbustivas no se dividen: se multiplican por injerto o por acodo, técnicas más propias del vivero que del jardín doméstico.
En resumen
Las peonías piden invierno frío, suelo profundo y bien drenado, sol —con sombra de tarde en el sur— y, sobre todo, que las yemas queden a solo tres o cinco centímetros bajo tierra en las herbáceas, frente a los diez o quince que necesita el injerto enterrado de las arbustivas. Se plantan en otoño, se riegan de forma abundante y espaciada, se abonan poco y con poco nitrógeno, y se limpian a ras de suelo en otoño para cortarle el paso a la botritis. Los primeros dos años no lucen y no pasa nada: la peonía es una inversión a largo plazo que, colocada en el sitio correcto, seguirá floreciendo cuando ya nadie recuerde el día que se plantó.