Riega una gerbera por encima, empapando la roseta de hojas, y tienes muchas papeletas de que en tres semanas el cuello esté blando y la planta se venga abajo entera. No hay ningún otro fallo que mate tantas gerberas ni tan deprisa. Todo lo demás (la luz, el abono, el trasplante) admite margen de error; el riego, no.
La Gerbera jamesonii es una vivaz herbácea de la familia de las compuestas (Asteraceae), originaria del noreste de Sudáfrica. Crece formando una roseta basal de hojas lobuladas y algo ásperas, y desde el centro de esa roseta emite escapos florales largos y desnudos rematados por un capítulo que parece una margarita gigante. Esa arquitectura (roseta apretada al suelo, corona vulnerable en el centro) explica prácticamente todos sus cuidados.
No es una planta de usar y tirar
Empecemos por la idea que más gerberas manda a la basura: la de que la maceta que compras en el súper con seis flores abiertas es un ramo con raíces y se acabó. No lo es. Es una planta perenne que en su clima natal vive años y que, bien tratada, puede florecer en tandas durante cinco o seis temporadas.
Lo que pasa es que esas plantas llegan forzadas: sustrato de turba puro, maceta pequeña, dosis fuertes de fertilizante y reguladores de crecimiento para que salgan compactas y todas floridas a la vez. Cuando ese impulso se agota, la planta se para, y como sigue en un tiesto que se seca en un día, muere. La solución es trasplantarla en cuanto acabe la primera floración, no antes: maceta un par de dedos más ancha, con agujeros de verdad, y sustrato nuevo.
Luz: la variable que decide si florece
La gerbera necesita mucha luz. En interior, eso significa a menos de un metro de una ventana orientada al sur o al este, sin visillos. Colocada en el fondo de un salón, no se muere: hace algo peor, se queda viva y sin flor, con los pecíolos cada vez más largos y las hojas apuntando hacia la ventana.
Sol directo lo tolera y lo agradece por la mañana. El sol de las tres de la tarde de julio en la Meseta o en el Guadalquivir le quema las hojas y le arruga las lígulas. La pauta que funciona en la península es sol directo hasta media mañana y sombra luminosa el resto del día en verano, y todo el sol que se pueda de octubre a abril.
Temperatura y dónde puede vivir en España
Su rango cómodo está entre 18 y 24 °C de día y no por debajo de 12-14 °C de noche. Por debajo de unos 7 °C deja de crecer y por debajo de 0 °C la parte aérea se destruye; una helada de -3 °C acaba con la Gerbera jamesonii clásica. En el otro extremo, por encima de 30-32 °C entra en un parón estival, aborta botones y las flores que abre salen pequeñas y de color descolorido. Ese parón de julio y agosto es normal y no requiere hacer nada, salvo darle sombra en las horas centrales y no pasarse con el riego mientras no crece.
Con esos números, el reparto geográfico está claro. En el litoral mediterráneo, en Canarias, en el sur de Andalucía y en zonas resguardadas del litoral atlántico se puede tener en el jardín todo el año. En el interior peninsular, con heladas de noviembre a marzo, o se cultiva en maceta y se entra a una habitación fresca y muy luminosa, o se trata como planta de temporada.
Merece la pena conocer los híbridos del tipo Garvinea y series similares seleccionadas para exterior: aguantan en torno a -5 °C, rebrotan de la cepa en primavera y florecen de forma continua de abril a las primeras heladas. Para un arriate en Madrid o en Valladolid son una opción mucho más razonable que la gerbera de floristería.
Sustrato y trasplante: la corona por encima
Quiere un sustrato ácido o ligeramente ácido, con un pH entre 5,5 y 6,5, aireado y que drene rápido. Una mezcla que funciona bien: dos partes de turba rubia o fibra de coco, una parte de perlita y una parte de mantillo o compost maduro. Los sustratos universales baratos, muy compactos, se apelmazan a los dos meses y ahogan la raíz.
Al trasplantar, el detalle decisivo: la corona (el punto donde las hojas nacen del rizoma) tiene que quedar 1 o 2 cm por encima del nivel del sustrato, nunca enterrada ni a ras. Enterrar la corona es la vía directa a la podredumbre por Phytophthora o Pythium. Si al sacarla del cepellón ves que ya venía hundida, súbela.
El trasplante se hace en primavera, con la planta arrancando. Cada dos o tres años conviene renovar el sustrato aunque no cambies de maceta.
Riego: por abajo y sin encharcar
Tres reglas y ya está.
Uno: nunca mojes el centro de la planta. Riega por el borde de la maceta o, mejor, por inmersión: pon el tiesto en un barreño con tres o cuatro dedos de agua, déjalo quince o veinte minutos hasta que la superficie del sustrato se oscurezca, y sácalo. Si usas plato, vacíalo pasada media hora.
Dos: deja secar entre riegos. Mete el dedo; cuando los tres primeros centímetros estén secos, riega. En verano eso puede ser cada dos o tres días, y en invierno cada diez o quince. Regar por calendario es lo que provoca los ahogos de noviembre.
Tres: cuidado con el agua del grifo si vives en zona caliza. Buena parte del interior y del levante peninsular tiene aguas duras, y la gerbera responde con clorosis férrica: hojas jóvenes amarillas con los nervios marcados en verde. Se corrige con quelato de hierro EDDHA (el EDTA no aguanta pH alto) una o dos veces por temporada, y se previene alternando con agua de lluvia o filtrada.
Y una advertencia relacionada: no pulverices las hojas. Se lee mucho lo de "aumentar la humedad ambiental vaporizando", y en esta planta concreta es contraproducente. Sus hojas ligeramente pilosas retienen las gotas y eso es exactamente el ambiente en el que prosperan el oídio y la Botrytis. Si el aire está muy seco, usa una bandeja con grava y agua bajo la maceta, sin que el fondo toque el agua.
Abonado
Es una planta de floración larga y gasta mucho. Durante el periodo de crecimiento y flor, de marzo a octubre, abona cada diez o quince días con un fertilizante líquido para plantas de flor, rico en potasio (relaciones del tipo 15-10-30 o 12-8-24), a la dosis que indique el envase o algo por debajo. Interesa que lleve micronutrientes, sobre todo hierro y manganeso.
De noviembre a febrero, o durante el parón de calor, suspende el abonado. Fertilizar una planta parada solo acumula sales en el sustrato y quema las raíces.
Cómo quitar las flores marchitas (y por qué no con tijera)
Aquí está el segundo error clásico. Cuando una flor se pasa, casi todo el mundo coge las tijeras y corta el escapo a mitad de altura. El resultado es un tocón hueco de diez centímetros que se llena de agua, se pudre y lleva la podredumbre hasta la corona.
Lo correcto es arrancar el escapo entero desde la base: sujétalo cerca del punto de inserción y dale un tirón seco hacia un lado. Sale limpio, con un chasquido, y no deja herida abierta. Lo mismo con las hojas viejas y amarillas. Hazlo con regularidad: la gerbera que se limpia florece más, porque no gasta en madurar semillas.
Multiplicación
La forma práctica es la división de mata en primavera, cada dos o tres años, cuando la roseta se ha ensanchado y ha formado varias coronas. Se desmaceta, se limpia el cepellón y se separan porciones con un cuchillo limpio, dejando en cada una al menos dos o tres hojas y su propio penacho de raíces. Se plantan con la corona alta, se riegan una vez y se mantienen a la sombra unos días.
Por semilla también se puede, pero con dos avisos: la semilla de gerbera pierde poder germinativo muy rápido (a los seis meses ya germina mal, así que hay que sembrarla fresca), y las plantas obtenidas de híbridos no salen iguales a la madre. Se siembra en primavera a 20-22 °C, apenas cubierta, y germina en una o dos semanas.
Plagas y enfermedades
Araña roja (Tetranychus urticae): la principal en verano y en interiores con calefacción. Punteado amarillento en el haz y telillas finísimas en el envés. Aparece con calor y aire seco.
Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum): nubes de mosquitas blancas al mover la planta, melaza pegajosa y negrilla después. Trampas cromáticas amarillas y jabón potásico repetido cada cinco días.
Trips: deforman los botones y dejan las lígulas con manchas plateadas y bordes secos. Difíciles de ver; se detectan sacudiendo una flor sobre papel blanco.
Oídio: polvillo blanco en el haz de las hojas, típico de otoño con noches frescas y días cálidos. Mejora mucho con ventilación y no mojando la parte aérea.
Botrytis: moho gris en flores y pecíolos, en ambientes húmedos y cerrados. Retirar de inmediato todo lo afectado.
Podredumbre de cuello y raíz: hoja mustia aunque el sustrato esté húmedo y base blanda de color oscuro. Cuando se ve, casi siempre es tarde. Es un problema de riego y de plantación honda, no de un hongo que haya llegado por casualidad.
La gerbera como flor cortada
Sus tallos huecos se doblan a los dos o tres días, y no es por falta de fuerza: es un bloqueo bacteriano en el corte que impide que suba el agua. Corta en bisel con cuchillo afilado, pon poca agua en el jarrón, tres o cuatro centímetros, y cámbiala a diario recortando un centímetro de tallo cada vez. Nada de meter el tallo entero en agua, porque se reblandece. Y no las mezcles con narcisos recién cortados: su savia acorta la vida de casi cualquier flor que la acompañe.
En resumen
La gerbera pide luz abundante con sombra en las horas duras del verano, temperaturas entre 18 y 24 °C, sustrato ácido y muy drenante, y un riego por la base que deje secar los primeros centímetros entre aplicación y aplicación. La corona debe quedar siempre por encima del sustrato y no se debe mojar nunca. Abona con un fertilizante rico en potasio cada diez o quince días de marzo a octubre, arranca los escapos marchitos de un tirón en vez de cortarlos, y divide la mata cada dos o tres años en primavera. En el sur y el levante puede quedarse fuera todo el año; en el interior, o entra en invierno o eliges un híbrido de exterior tipo Garvinea. Si la planta amarillea por los nervios, es el agua caliza y se arregla con quelato de hierro; si se viene abajo de golpe con el sustrato húmedo, es el riego y ya no tiene arreglo.