La primavera de un jardín se decide en octubre. Esa es la parte que rara vez se cuenta cuando se enumeran flores primaverales: lo que florece en marzo y abril lleva meses en el suelo, y quien llega al vivero en marzo buscando color ya solo puede comprar planta forzada, cara y a punto de terminar su ciclo.
Esta guía recorre lo que florece de verdad entre febrero y junio en clima peninsular, ordenado por oleadas, y aclara de paso un par de confusiones que se repiten: cuáles de estas plantas son en realidad de otoño-invierno, cuáles son de verano vendidas como primaverales y cuáles no aguantan un jardín español al aire libre.
La primavera tiene tres oleadas, no una
Agrupar «flores de primavera» en un solo bloque lleva a plantar todo a la vez y a tener el jardín en flor tres semanas de abril y vacío el resto. En la Península el periodo se reparte así:
De febrero a marzo mandan los bulbos tempranos y los arbustos que florecen sobre madera del año anterior antes de sacar la hoja: almendro, forsitia, Prunus ornamentales, narcisos, Muscari, jacintos.
De abril a mayo llega el grueso: tulipanes tardíos, glicinia, lilo, peonías, iris barbados, aguileñas, ranúnculos y anémonas, además de los rosales, que en el sur y el litoral abren ya a finales de abril.
De mayo a junio entran las vivaces que enlazan con el verano —salvias, gauras, achileas, lavandas— y ahí es donde tienen que estar plantadas las anuales de temporada cálida, no antes.
Planificar es repartir la plantación entre esas tres franjas. Un parterre con narcisos, tulipanes tardíos y salvias tiene flor de febrero a julio con el mismo trabajo que uno que solo tiene tulipanes.
Bulbos de primavera: lo que se planta en otoño
Narcisos, tulipanes, jacintos, Muscari, fresias, Anemone coronaria y ranúnculos se plantan entre octubre y diciembre y necesitan pasar frío en el suelo para desarrollar el tallo floral. Comprarlos en marzo con la flor ya abierta es comprar una maceta de temporada, no un bulbo.
Hay un matiz importante para el clima español: los tulipanes conviene plantarlos tarde, en noviembre o incluso diciembre, cuando el suelo ya está frío. Plantados en octubre en Sevilla o en Valencia brotan antes de tiempo, con un cuello largo y débil, y florecen mal. Los narcisos, en cambio, sí agradecen entrar pronto, en octubre.
La otra diferencia entre ambos es la duración. El narciso naturaliza: plantado en un lugar que no se riegue en verano, se multiplica solo y vuelve cada año durante décadas. El tulipán, salvo las especies botánicas —Tulipa clusiana, Tulipa saxatilis, Tulipa sylvestris—, degenera en dos o tres años en clima cálido, porque el bulbo necesita un verano frío que aquí no existe. Quien quiere tulipanes fiables a largo plazo planta especies botánicas; quien quiere los grandes híbridos holandeses asume reponerlos.
Tras la floración, no se corta la hoja. El bulbo recarga reservas durante las cinco o seis semanas siguientes y una siega prematura garantiza que el año que viene no florezca. Se retira la flor marchita para que no gaste en semilla y se deja secar el follaje solo.
Un apunte de seguridad, porque se confunden con frecuencia: los bulbos de narciso y de jacinto son tóxicos por ingestión (contienen alcaloides como la licorina) y a veces se han confundido con cebollas al almacenarlos sueltos en la cocina. Conviene guardarlos etiquetados y fuera de la despensa. El jacinto, además, provoca dermatitis por contacto en personas sensibles; guantes al manipular muchos bulbos.
Pensamientos y violas: se plantan en otoño, no en primavera
Aquí está la confusión más extendida. El pensamiento (Viola × wittrockiana) y la viola (Viola cornuta) se venden como flor de primavera, pero su verdadera temporada en España es de octubre a mayo. Son plantas de clima fresco: florecen todo el invierno en buena parte del país, aguantan heladas ligeras sin daño y se agotan en cuanto las máximas se estabilizan por encima de 25 °C.
Quien los planta en abril tiene flor cinco semanas y después una mata amarilleada y estirada, y concluye que «no se le dan bien». Plantados en octubre, dan siete meses de flor. Las violas de flor pequeña resisten el calor algo mejor que los pensamientos de flor grande y suelen aguantar hasta junio.
Piden sol de invierno directo, riego moderado y quitar la flor marchita cada pocos días: si cuajan semilla, la planta se para. Suelen recibir demasiado agua, y el exceso en suelos pesados provoca pudrición del cuello, no falta de abono.
Prímulas: frescor, sombra y suelo húmedo
La prímula de floristería (Primula acaulis, también citada como Primula vulgaris) florece de enero a abril y comparte lógica con el pensamiento: es planta de temperaturas suaves, entre 8 y 18 °C, que en cuanto llega el calor deja de florecer. Primula obconica y Primula malacoides son las variantes de interior más frecuentes.
En el jardín necesita sombra parcial —bajo un caducifolio funciona bien, porque recibe luz en invierno y sombra en verano— y un suelo que no se seque, con materia orgánica. En el norte húmedo, en Galicia, la cornisa cantábrica o zonas de montaña, Primula acaulis puede comportarse como vivaz y volver año tras año. En el interior seco y en el sur es prácticamente planta de temporada.
Dos cuidados que marcan la diferencia: no mojar el centro de la roseta al regar, porque ahí empieza la podredumbre, y no dejarla en el escaparate soleado de una ventana orientada al sur, donde en marzo se cocina. Conviene saber también que Primula obconica contiene primina, una sustancia que causa dermatitis de contacto en personas sensibles; existen variedades seleccionadas sin ella.
Bocas de dragón, la vivaz que casi nadie trata como tal
El antirrino o boca de dragón (Antirrhinum majus) es originario de la cuenca mediterránea occidental y crece espontáneo en muros y roquedos de buena parte de España. Es una vivaz de vida corta, no una anual, aunque se venda y se trate como tal.
Su calendario natural aquí es de abril a junio, y de nuevo en otoño si se corta a tiempo. La clave está en cortar la espiga entera en cuanto la mitad inferior de las flores se marchita, sin esperar a que la punta termine: la planta rebrota desde la base y da una segunda tanda. Con esa poda y algo de sombra en agosto, muchas matas pasan el verano y vuelven al año siguiente.
Quiere sol, drenaje bueno y suelo más bien pobre; en tierras muy abonadas se estira y se tumba. Su problema serio es la roya del antirrino (Puccinia antirrhini), que aparece como pústulas marrones en el envés de las hojas con humedad y temperaturas templadas. Se previene regando al pie y no por aspersión, dando aire entre plantas y eligiendo variedades con resistencia; una planta muy afectada se retira, no se recupera.
Calceolaria: una planta de interior fresco vendida como de jardín
La calceolaria o flor del zapatito (Calceolaria × herbeohybrida, y especies afines como Calceolaria biflora) llega a los puntos de venta de febrero a mayo, y buena parte de las que se compran mueren en semanas. El motivo es simple: procede de zonas frescas y húmedas de los Andes y necesita entre 12 y 18 °C, humedad ambiental alta y luz sin sol directo. Un salón español con calefacción a 22 °C la mata igual que un balcón al sol de mayo.
Es, además, planta de un solo ciclo: los híbridos comerciales se descartan después de florecer, no rebrotan de forma útil. Tratada como ramo de larga duración —lugar fresco, luz indirecta, sustrato húmedo pero nunca encharcado, riego por el platillo para no mojar hojas ni flores— da entre seis y ocho semanas de flor. Esperar de ella un arriate permanente es el error, no un fallo de cuidados.
Tagetes y compañía: no son de primavera, son de verano
Los claveles de las Indias o tagetes (Tagetes patula y Tagetes erecta) se venden en marzo junto a los pensamientos, y ahí empieza el problema. Son anuales de temporada cálida, sensibles al frío, y su floración real va de finales de mayo a octubre. Plantados en marzo en el interior peninsular, una helada tardía se los lleva o quedan parados hasta que el suelo se calienta.
El calendario correcto es sembrarlos bajo cubierta en marzo o abril y plantarlos fuera cuando haya pasado el riesgo de helada: a partir de mediados de abril en el litoral y en el sur, y no antes de mediados de mayo en la meseta o en zonas de montaña. En el mismo grupo entran petunias, zinnias, cosmos, impatiens y bocas de dragón sembradas de nuevo: nada de esto se planta en febrero por mucho que haga un día bueno.
Conviene matizar otra creencia muy repetida: que el tagete «ahuyenta plagas». Lo que hay documentado es que ciertas especies, sobre todo Tagetes patula, reducen poblaciones de nematodos del suelo del género Meloidogyne, y para eso hace falta cultivarlo denso durante meses en el bancal y enterrarlo después, no poner cuatro plantas en las esquinas. Sobre pulgones o mosca blanca no tiene efecto repelente demostrado. Sí es, en cambio, una buena planta de néctar para sírfidos, cuyas larvas comen pulgón; el beneficio existe, pero por otra vía.
Arbustos, trepadoras y vivaces: el esqueleto de la primavera
Las plantas de temporada dan color, pero la primavera de un jardín la sostienen las plantas permanentes, que además no hay que reponer cada año.
Entre los arbustos y árboles: el almendro (Prunus dulcis) abre en febrero; la forsitia, en marzo, con flor amarilla antes que la hoja; el árbol del amor (Cercis siliquastrum) florece en abril directamente sobre las ramas y el tronco; el lilo (Syringa vulgaris) da su floración perfumada de abril a mayo, aunque necesita inviernos con frío suficiente y en el litoral cálido florece flojo; el celindo (Philadelphus coronarius) cierra en mayo y junio. Todos florecen sobre madera del año anterior, así que se podan justo después de florecer, nunca en invierno.
Entre las trepadoras, la glicinia (Wisteria sinensis) es la floración de abril más espectacular, con la advertencia de que es vigorosa, longeva y capaz de deformar canalones y estructuras ligeras; necesita soporte firme y dos podas al año. El jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum) adelanta el amarillo a enero.
Entre las vivaces: peonías (Paeonia lactiflora, que exige frío invernal y un cuello plantado a apenas 3-5 cm de profundidad para florecer), iris barbados —de secano, con el rizoma medio asomando en la superficie—, aguileñas (Aquilegia), Dicentra en zonas frescas, y Gerbera jamesonii, que florece de primavera a otoño en clima suave y solo pasa el invierno fuera en el litoral y el sur, siempre en suelo con drenaje impecable y con el cuello por encima del sustrato.
Y hay un recurso barato que se aprovecha poco: las anuales rústicas de siembra otoñal. Amapola de California (Eschscholzia californica), Nigella damascena, caléndula, aciano y consuelda real, sembradas directamente en octubre, germinan con las lluvias, pasan el invierno como roseta y florecen de marzo a mayo con raíces profundas y casi sin riego. Un sobre de semillas cubre lo que costaría decenas de plantas de temporada.
Errores frecuentes al preparar la primavera
Comprar la planta en flor. Una maceta cargada de flor abierta es una planta a la que le queda poco ciclo y que ya ha invertido sus reservas. Se elige la que tiene botones cerrados y follaje denso; enraíza mejor y florece más tiempo.
Plantar demasiado pronto. Los días buenos de febrero no significan nada. La referencia útil es la fecha media de última helada en su zona y la temperatura del suelo, no la del aire.
Cortar las hojas de los bulbos tras la floración. Se pierde la floración del año siguiente. Hay que esperar a que amarilleen solas.
Podar en invierno los arbustos de floración primaveral. Lilo, forsitia, celindo y glicinia llevan ya en enero los botones formados. Podarlos entonces equivale a tirar la floración a la basura.
Abonar con nitrógeno buscando flores. El nitrógeno produce hoja. Para floración importa más el fósforo y, sobre todo, el potasio, además de la luz suficiente: una planta a media sombra que debería estar a pleno sol no florecerá por mucho que se abone.
Regar poco y a menudo. Riegos superficiales diarios generan raíces superficiales que colapsan en el primer golpe de calor de junio. Mejor riegos espaciados y profundos desde marzo, para que la raíz baje mientras el suelo aún está fresco.
En resumen
La floración de primavera en España se reparte en tres tandas: bulbos y arbustos de madera vieja en febrero y marzo; el grueso de tulipanes tardíos, glicinia, lilo, peonías, iris y rosales en abril y mayo; y las vivaces que enlazan con el verano en mayo y junio. Repartir la plantación entre las tres da cinco meses de flor en lugar de tres semanas.
Conviene tener claras las tres correcciones de calendario. Pensamientos, violas y prímulas son flores de otoño-invierno que terminan en primavera: se plantan en octubre. Tagetes, petunias y zinnias son de verano y no salen fuera hasta pasada la última helada. Y la calceolaria es una planta de interior fresco de un solo ciclo, no un arbusto de jardín.
Por último, lo estructural: la primavera se planta en otoño. Bulbos entre octubre y diciembre —tulipanes los últimos—, arbustos y vivaces en noviembre, y un puñado de semillas de amapola de California o Nigella echadas al suelo en octubre. Con eso, en marzo no hay nada que comprar: solo que mirar.