En España se han descrito más de mil especies de abejas silvestres, y solo una de ellas, Apis mellifera, vive en colmenas y produce miel. Las otras son solitarias, anidan en el suelo, en tallos huecos o en agujeros de madera vieja, y son las que de verdad dependen de lo que haya florecido cerca de su nido. Cuando alguien planta "flores para las abejas" suele estar pensando en la de la colmena; conviene ampliar el objetivo, porque las silvestres son más vulnerables, polinizan mejor muchos cultivos y tienen gustos bastante más exigentes.

La pregunta de qué flores prefieren tiene una respuesta que no es una lista de nombres bonitos, sino tres criterios: que el néctar y el polen sean accesibles, que la planta ofrezca cantidad suficiente para que la visita compense el viaje, y que florezca cuando las abejas están activas y hay poco más disponible.

Qué ve y qué busca una abeja

La visión de las abejas está desplazada hacia el azul respecto a la nuestra: distinguen el ultravioleta, el azul y el verde, pero no ven el rojo puro, que perciben como un gris oscuro. Por eso el azul, el violeta, el lila, el amarillo y el blanco son los colores que más las atraen, y por eso las flores rojas de verdad (las de los Pelargonium escarlata, la salvia roja de jardinería) suelen ser mucho menos visitadas. Las amapolas parecen la excepción, pero sus pétalos reflejan ultravioleta y la abeja las ve como algo muy distinto de lo que vemos nosotros.

El segundo criterio es la forma. Una abeja doméstica tiene la lengua corta, de unos 6 milímetros; los abejorros del género Bombus llegan a 10 o más. Eso significa que una corola tubular larga y estrecha deja fuera a la mayor parte de las abejas y queda reservada a mariposas, esfíngidos o abejorros grandes. Las flores abiertas, planas o poco profundas —umbelíferas, compuestas simples, labiadas de tubo corto— son las que más público reciben.

El tercero es que hay dos recursos distintos y no se buscan igual. El néctar es combustible: azúcar para volar. El polen es la comida de las larvas y aporta proteína, y su calidad varía muchísimo de una planta a otra. Una abeja solitaria del género Osmia o Andrena necesita reunir bastante polen por cada celdilla que aprovisiona, así que las plantas con anteras generosas y accesibles —amapola, rosal silvestre, jara, zarzamora, borraja— tienen un valor que no se aprecia mirando solo las flores llamativas.

Abeja recogiendo polen sobre una flor abierta

Las aromáticas mediterráneas, la apuesta más segura

Si hay que quedarse con una familia, es la de las labiadas. Son plantas de secano, adaptadas al clima peninsular, resistentes a la sequía una vez arraigadas, y su flor tiene la estructura exacta que una abeja sabe manejar.

El romero (Salvia rosmarinus) es probablemente el arbusto más útil que se puede plantar en España, porque florece desde octubre-noviembre hasta abril en buena parte del país y cubre el hueco invernal, cuando apenas hay otra cosa abierta y las abejas salen a picotear en cualquier día templado. El tomillo (Thymus vulgaris) florece de abril a junio y da una de las mieles más apreciadas. La lavanda y el lavandín (Lavandula angustifolia, L. x intermedia) atraen especialmente a los abejorros entre junio y agosto. El orégano (Origanum vulgare) y la mejorana son de las plantas más visitadas de todo el jardín en julio, si se dejan florecer. La ajedrea, la salvia (Salvia officinalis) y la menta completan la lista.

Aquí está el error más común de quien cultiva aromáticas: pellizcar continuamente las puntas para que no florezcan. Se hace para que la hoja no amargue, y es razonable en dos o tres plantas de cocina, pero si todas las matas se cortan antes de la flor, el jardín deja de aportar nada. Basta con reservar unos pies para floración y recolectar de los demás.

Las compuestas y las umbelíferas

Las asteráceas ofrecen algo que ninguna otra familia da igual: un capítulo con cientos de flores diminutas en el que la abeja aterriza una vez y come muchas veces, sin gastar energía en vuelos cortos. Cosmos, caléndula (Calendula officinalis, que en el sur florece casi todo el año), equinácea, áster, margarita, centaurea, cardo y girasol funcionan todas. Los ásteres de otoño y los sedums (Hylotelephium spectabile) merecen mención aparte porque florecen en septiembre y octubre, cuando las colonias necesitan reservas para el invierno y el campo ya está seco.

Las umbelíferas —hinojo, eneldo, cilantro, zanahoria dejada espigar, apio— tienen la flor más accesible que existe: néctar al descubierto en una plataforma plana. No son las favoritas de la abeja de la miel, que prefiere concentraciones de azúcar más altas, pero son imprescindibles para las abejas pequeñas de lengua corta y para los sírfidos, esas moscas rayadas que se confunden con avispas y cuyas larvas devoran pulgón. Dejar espigar dos plantas de cilantro o una zanahoria olvidada es una de las cosas más rentables que se pueden hacer en un huerto.

Un jardín que florezca doce meses

Más importante que la especie concreta es la continuidad. Un macizo espectacular en mayo y nada en agosto sirve de poco: las abejas silvestres tienen ciclos escalonados, y hay especies cuyos adultos vuelan solo tres o cuatro semanas al año. Si en esas semanas no hay flor en el radio de unos cientos de metros de su nido, esa población desaparece del sitio.

Un esquema que funciona en clima peninsular: invierno, romero, brezo, almendro, aliso, caléndula, hiedra tardía; primavera temprana, frutales de hueso, sauce, tréboles, borraja, facelia, viborera; primavera plena, jaras, retamas, amapolas, tomillo, esparceta, colza, acacia; verano, lavanda, orégano, girasol, cosmos, salvias, hinojo, zarzamora, alcaparra; otoño, ásteres, sedum, madroño (Arbutus unedo, que florece en octubre y noviembre) y sobre todo hiedra (Hedera helix), cuya floración de septiembre a noviembre es el último aporte serio de néctar del año y alimenta además a una abeja especialista, Colletes hederae.

La borraja (Borago officinalis) merece un párrafo propio. Rellena el néctar de sus flores en cuestión de minutos, aguanta el frío, se resiembra sola y es visitada sin descanso desde marzo hasta bien entrado el verano. Si solo se puede sembrar una cosa, que sea esta.

Errores que dejan un jardín vistoso y vacío

Las flores dobles no alimentan. Rosas de cien pétalos, claveles de floristería, dalias pompón, petunias rizadas: en todas ellas la selección hortícola transformó los estambres en pétalos, de modo que no hay polen y el néctar queda inaccesible. Para las abejas son decorados de cartón piedra. Un rosal silvestre o un Rosa rugosa, con cinco pétalos y un puñado de estambres a la vista, vale por veinte rosales de jardinería.

Las mezclas de semillas "para polinizadores" suelen ser flojas. Muchas están dominadas por especies ornamentales anuales de origen americano que germinan bien en foto y mal en agosto castellano. Es preferible sembrar poco y de aquí: facelia, borraja, viborera, esparceta, trébol, amapola, hinojo, aliaga.

El césped impecable es un desierto. Dejar florecer el trébol blanco y las margaritas del césped, o simplemente segar más alto y con menos frecuencia entre marzo y junio, aporta más néctar que la mayoría de los macizos ornamentales.

Cuidado con los insecticidas, incluso los "naturales". Ningún producto se aplica sobre plantas en flor, y los tratamientos se hacen al atardecer, cuando las abejas ya no vuelan. Esto vale también para el jabón potásico, el aceite de neem o las piretrinas: la piretrina natural es tan tóxica para una abeja como muchos sintéticos. Y respecto a los neonicotinoides, conviene saber que varios de ellos están prohibidos o muy restringidos en la Unión Europea precisamente por su efecto sobre polinizadores; si un producto de jardinería doméstica llega a tus manos, revisa la etiqueta y su plazo de autorización antes de usarlo.

Agua y sitio para anidar. Un plato con agua y unas piedras que sobresalgan evita ahogamientos y resuelve un problema real en julio y agosto. Y como el 70 % aproximado de las abejas silvestres anida bajo tierra, un rincón de suelo desnudo, soleado y sin acolchado vale más que un hotel de insectos comprado en un centro de jardinería. Si se pone uno, que tenga cañas de 4 a 10 mm de diámetro, cerradas por un extremo, y que se limpie o renueve cada dos años, porque si no acumula parásitos.

Los abejorros y las flores que solo ellos abren

Los abejorros (Bombus terrestris y compañía) hacen algo que la abeja de la miel no sabe hacer: polinización por vibración. Se agarran a la antera y contraen los músculos del vuelo a alta frecuencia hasta que el polen sale disparado, como si sacudieran un salero. Hay familias enteras que dependen de esto, empezando por las solanáceas: tomate, berenjena, patata, y también arándano, borraja y kiwi. Un huerto con tomates y sin abejorros cuaja peor, y esa es la razón por la que en los invernaderos comerciales se introducen colmenas de Bombus y no de abejas melíferas.

Los abejorros salen antes en el año y aguantan temperaturas más bajas, así que las flores tempranas —sauce, romero, brezo, pulmonaria, consuelda, habas— son críticas para las reinas fundadoras que emergen en febrero y marzo. Si ves un abejorro enorme volando bajo en un día frío de finales de invierno, es una reina buscando dónde instalar el nido; lo que encuentre florecido en ese momento decide si habrá colonia.

En resumen

Las abejas prefieren flores azules, violetas, amarillas o blancas, de corola abierta o de tubo corto, agrupadas en manchas amplias y con polen visible. Las labiadas mediterráneas —romero, tomillo, lavanda, orégano, salvia— son la base más fiable en clima peninsular, y la borraja, la facelia, la viborera, las compuestas simples y las umbelíferas espigadas completan el resto. Lo que marca la diferencia no es acertar con una especie estrella, sino encadenar floraciones los doce meses del año, incluida la hiedra de octubre y el romero de enero. Y hay dos gestos que valen tanto como plantar: renunciar a las variedades de flor doble, que son estériles para el polinizador, y no pulverizar nada sobre una planta en flor.


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