Corta un tulipán por la mitad, a lo largo, con una cuchilla bien afilada. En ese único corte aparece, ordenado y a tamaño suficiente para verlo sin lupa, todo lo que hay que entender de una flor: unas piezas verdes que la protegían de pequeña, unos pétalos de color, seis estambres cargados de polen y, en el centro, un ovario con los óvulos dentro. Lo que en un tulipán se ve a simple vista está en la margarita, en el manzano y en el olivo, solo que a otra escala y con otras proporciones.
Conviene decir de entrada qué es una flor, porque la definición popular y la botánica no coinciden. Para el lenguaje corriente, una flor es una cosa bonita y de color. Para la botánica, una flor es un tallo corto con las hojas transformadas en piezas reproductoras. Nada más. El color es opcional, el perfume también, y hay flores perfectamente funcionales que ni se ven: las del roble, las de la ortiga o las de la remolacha no llaman la atención de nadie porque no lo necesitan, ya que su polen viaja con el viento y no con un insecto al que haya que seducir.
Los cuatro verticilos, de fuera hacia dentro
Las piezas de la flor se disponen en anillos concéntricos llamados verticilos, insertados sobre un ensanchamiento del extremo del tallo que se llama receptáculo o tálamo. En una flor completa hay cuatro, y siempre en el mismo orden.
El cáliz es el anillo más externo y está formado por los sépalos, normalmente verdes y con aspecto de hoja pequeña. Su trabajo es proteger el capullo mientras se está formando. Cuando ves un botón de rosa todavía cerrado, lo que envuelve el exterior son los sépalos; al abrirse la flor se doblan hacia atrás y quedan por debajo. En algunas familias los sépalos toman color y hacen el papel de pétalos: la parte vistosa de un tulipán, de un lirio o de una hemerocalis no son pétalos verdaderos sino tépalos, piezas en las que cáliz y corola son indistinguibles.
La corola es el conjunto de los pétalos. Es la parte que da color, la que refleja la luz ultravioleta que ven los insectos y la que emite el perfume desde unas glándulas llamadas osmóforos. La corola no interviene en la fecundación: es publicidad y pista de aterrizaje. Cuando los pétalos están soldados entre sí formando un tubo, como en la petunia o la campanilla, se habla de corola gamopétala; cuando están sueltos, como en la amapola, de corola dialipétala. Esa diferencia importa más de lo que parece, porque un tubo largo y estrecho reserva el néctar a quien tenga una lengua larga.
Cáliz y corola juntos forman el perianto, que es la parte estéril de la flor. Los dos verticilos siguientes son los fértiles.
El androceo: donde se fabrica el polen
El androceo es el conjunto de los estambres, el órgano masculino. Cada estambre tiene dos partes: un filamento, que es el tallito que lo sostiene, y una antera en el extremo, que es la bolsa donde se produce y se guarda el polen. Cuando la antera madura se abre por una hendidura y deja el polen accesible; en ese momento se dice que es dehiscente.
El número de estambres es uno de los caracteres que se usan para identificar familias. Las crucíferas, como la col o el alhelí, tienen seis con una disposición muy característica: cuatro largos y dos cortos. Las rosáceas tienen muchos, dispuestos en varios círculos. Las labiadas, como el romero o la salvia, tienen dos o cuatro, y en el caso de la salvia el estambre funciona como una palanca articulada que golpea el lomo del abejorro con polen cuando este entra a por néctar.
El grano de polen no es el gameto masculino, aunque se repita mucho lo contrario. El polen es una cápsula que transporta las células reproductoras protegidas por una pared doble muy resistente. Esa pared externa, la exina, está hecha de esporopolenina, uno de los materiales biológicos más duraderos que existen: por eso el polen fósil se conserva en el fondo de las turberas durante decenas de miles de años y permite reconstruir qué vegetación había en un sitio.
El gineceo: el ovario y lo que viene después
El gineceo ocupa el centro de la flor y es el órgano femenino. Su unidad es el carpelo, una hoja modificada que se ha plegado sobre sí misma cerrándose como un estuche. Un gineceo puede tener un solo carpelo, como el guisante, o varios soldados entre sí, como el tomate o la naranja, cuyos gajos son precisamente los carpelos.
El conjunto, que suele llamarse pistilo, tiene tres zonas. Abajo, el ovario, una cavidad cerrada donde están los óvulos. En medio, el estilo, un cuello más o menos alargado. Arriba, el estigma, una superficie pegajosa o plumosa que retiene los granos de polen que llegan.
Aquí está el dato que más se malinterpreta: el ovario de la flor se convierte en el fruto y los óvulos fecundados en las semillas. La manzana, el melocotón, la vaina de las judías y la cápsula de la amapola son ovarios maduros. Por eso, cuando alguien dice que el tomate o el calabacín son verduras y no frutas, botánicamente se equivoca: son frutos, porque proceden del ovario de una flor. Y por eso, cuando en un manzano cuajan pocas manzanas, el problema casi siempre estuvo en la flor de marzo o abril, no en el riego de julio.
De la polinización a la fecundación
Son dos cosas distintas y suelen confundirse. La polinización es el transporte del polen desde la antera hasta el estigma. La fecundación es lo que ocurre después, dentro del ovario, cuando el gameto masculino se une al óvulo. Puede haber polinización sin fecundación —y entonces no hay fruto— si el polen es incompatible o si las condiciones no acompañan.
Una vez el polen se pega al estigma, germina y emite un tubo polínico que crece hacia abajo por el estilo hasta alcanzar el óvulo. Ese recorrido tarda desde unas horas hasta varios días según la especie, y necesita temperatura suficiente. En los frutales de hueso, una ola de frío durante la floración no solo quema flores: aunque la flor sobreviva, si el termómetro se queda por debajo de unos 10 °C el tubo polínico crece tan despacio que el óvulo pierde su viabilidad antes de que llegue. Es la explicación de muchas cosechas fallidas de cerezo o almendro en primaveras frías del interior peninsular.
Según quién haga el transporte, se distinguen varios tipos. La polinización entomófila, la de los insectos, es la que produce flores llamativas, perfumadas y con néctar. La anemófila, por viento, produce flores discretas, sin pétalos apreciables, con anteras colgantes y estigmas plumosos que barren el aire; el olivo, las gramíneas, el ciprés, el plátano de sombra y las parietarias son anemófilos, y son también los grandes responsables de las alergias de primavera, porque sueltan cantidades enormes de polen muy ligero. También existen la ornitófila, por aves, y la hidrófila, por agua, aunque en la Península son marginales.
Flores completas, incompletas y todo lo intermedio
Una flor con los cuatro verticilos es completa. Si le falta alguno, es incompleta. Cuando tiene estambres y pistilo se llama hermafrodita o perfecta, que es el caso más frecuente; si solo tiene uno de los dos sexos, es unisexual.
Esa distinción tiene consecuencias prácticas inmediatas en el huerto. Las plantas monoicas llevan flores masculinas y femeninas separadas pero sobre el mismo pie: es el caso del calabacín, el pepino, el melón, el maíz, la encina o el avellano. Quien cultiva calabacines conoce el fenómeno de las primeras flores que caen sin cuajar: suelen ser masculinas, o femeninas que no encontraron polen porque las masculinas todavía no habían salido. En las plantas dioicas cada pie es de un sexo, y ahí no hay atajo: un kiwi hembra sin un macho cerca no dará ni un fruto, y lo mismo pasa con la palmera datilera o con el acebo, cuyas bolitas rojas solo salen en los ejemplares femeninos.
También conviene tener en cuenta la autoincompatibilidad. Muchas especies rechazan su propio polen mediante un mecanismo genético, de modo que un solo árbol, por sano que esté, no puede fructificar solo. El cerezo dulce, buena parte de los almendros tradicionales y bastantes variedades de manzano y peral necesitan un polinizador compatible plantado a poca distancia y con floración coincidente. Antes de comprar un frutal aislado, esta es la pregunta que hay que hacer en el vivero.
Simetría, inflorescencias y otras características de forma
Por su simetría, las flores se dividen en actinomorfas, que se pueden cortar por muchos planos y dar mitades iguales, como la rosa silvestre o la campanilla; y zigomorfas, con un solo plano de simetría, como el guisante de olor, la boca de dragón o cualquier orquídea. La zigomorfia no es un capricho estético: obliga al insecto a entrar en una posición concreta, lo que hace que el polen se deposite siempre en la misma parte de su cuerpo y aumente muchísimo la eficacia del transporte.
Muchas plantas no presentan flores sueltas sino agrupadas en inflorescencias. El caso más engañoso es el de las compuestas o asteráceas. Lo que llamamos "una margarita" o "un girasol" no es una flor, sino un capítulo: cientos de flores diminutas apretadas sobre un disco, donde las del borde tienen un pétalo alargado que hace de reclamo y las del centro son las que producen semilla. Cuando comes pipas te estás comiendo los frutos de varios cientos de flores distintas. Algo parecido ocurre con el Anthurium o la cala, donde la parte de color es una hoja modificada llamada espata y las flores verdaderas son los granitos del apéndice central.
Por qué esto le sirve a quien tiene un jardín
Entender la anatomía floral cambia decisiones concretas. Va una que descoloca a quien planta pensando en los polinizadores: las flores dobles suelen ser inútiles para los polinizadores. Una rosa doble, un clavel de floristería o una camelia de las clásicas tienen tantos pétalos porque la selección hortícola convirtió los estambres en pétalos. Sin estambres no hay polen, y a menudo el acceso al néctar queda bloqueado por la masa de pétalos. Si el objetivo es alimentar abejas y mariposas, hay que plantar variedades simples: rosales silvestres o rugosas, cosmos, salvias, lavandas, borraja, aromáticas dejadas florecer.
Otra consecuencia práctica tiene que ver con la poda. Quitar las flores marchitas antes de que engorde el ovario evita que la planta invierta recursos en semillas y prolonga la floración; funciona muy bien en rosales, petunias, geranios y dalias. Pero si lo que se quiere es fruto o semilla, hay que dejarlas. Y en las bulbosas de primavera, tulipanes y narcisos, sí conviene cortar la flor pasada y en cambio dejar las hojas hasta que amarilleen solas, porque son ellas las que recargan el bulbo.
Por último, si un frutal florece bien y no cuaja, la lista de sospechosos casi siempre está en este artículo: falta de polinizador compatible, ausencia de un pie masculino en especies dioicas, frío durante la floración que impidió el crecimiento del tubo polínico, o falta de insectos por tratamientos insecticidas aplicados en plena flor. Este último error es frecuente y evitable: nunca se trata un árbol con insecticida mientras está en flor.
En resumen
Una flor es un tallo con las hojas transformadas para reproducirse. De fuera hacia dentro tiene cáliz, corola, androceo y gineceo; los dos primeros protegen y atraen, los dos últimos hacen el trabajo. El polen sale de las anteras, llega al estigma, germina un tubo por el estilo y fecunda los óvulos del ovario; ese ovario se convierte en el fruto y los óvulos en semillas. Saber si una flor es hermafrodita o unisexual, si la planta es monoica o dioica y si necesita polen ajeno explica la mayor parte de los fallos de cuajado en el huerto y el jardín, y saber que las flores dobles perdieron sus estambres explica por qué un macizo espectacular puede estar completamente vacío de abejas.