Un tajinaste rojo levanta en primavera una espiga de hasta tres metros, la cubre de miles de flores durante seis u ocho semanas y se muere ese mismo verano. No es un fallo de cultivo ni una plaga: es exactamente lo que la planta ha venido a hacer. Entender ese detalle cambia por completo la forma de tratarla en el jardín, porque quien espera un arbusto que rebrote cada año acaba pensando que ha hecho algo mal.
Tajinaste es el nombre canario de varias especies del género Echium, de la familia de las borragináceas. En las islas hay cerca de una veintena de especies endémicas, desde matas leñosas de medio metro hasta gigantes que superan los tres. Todas comparten la misma arquitectura: una roseta de hojas estrechas, ásperas y cubiertas de pelos, y una inflorescencia en forma de torre desde la que asoman flores pequeñas con los estambres bien salidos.
Quién es quién entre los tajinastes
Comprar «un tajinaste» sin más es comprar a ciegas, porque las especies que se venden bajo ese nombre tienen exigencias muy distintas. Estas son las que con más frecuencia llegan a los viveros peninsulares.
Echium wildpretii, el tajinaste rojo del Teide. Vive de forma natural entre los 1.700 y los 2.400 metros, en Las Cañadas, sobre lapilli volcánico y con inviernos fríos y secos. Forma una roseta plateada durante dos o tres años y entonces emite la espiga roja que todo el mundo ha visto en fotografía. Es la especie más espectacular y también la que peor lleva un invierno húmedo.
Echium simplex, el tajinaste blanco de Anaga, en Tenerife. Vive a mucha menos altitud, en riscos costeros, y produce una espiga blanca de dos metros largos. Aguanta mejor la humedad ambiental que el rojo, pero menos el frío.
Echium pininana, propio de los bordes de laurisilva de La Palma. Es el más alto de todos, con tallos que pasan de cuatro metros y flores azules. Necesita más humedad atmosférica y agradece la sombra ligera del mediodía. Conviene saber que en climas oceánicos suaves se ha asilvestrado con facilidad, así que en zonas de clima atlántico merece la pena recoger las espigas antes de que suelten toda la semilla.
Echium webbii, tajinaste azul de La Palma. Es la especie más manejable en jardín: forma un arbusto ramificado de metro y medio que florece en azul intenso y que, a diferencia de los anteriores, no muere después de florecer. Si se busca un tajinaste que dure años, este es el candidato.
Echium candicans se vende muchas veces como tajinaste, pero es de Madeira, no de Canarias. También es arbustivo y perenne, con panículas azul lavanda, y resulta muy resistente en la costa mediterránea.
Fuera del ámbito canario, en la península hay parientes silvestres que se comportan igual de bien en un jardín seco: Echium plantagineum, la viborera anual de los pastizales, y Echium vulgare, bienal y muy visitada por abejorros.
Monocárpicas: florecen una vez y se van
Las especies grandes (wildpretii, simplex, pininana) son monocárpicas. Dedican el primer año, y a menudo el segundo, a engordar una roseta y una raíz pivotante; cuando han acumulado reservas suficientes disparan la inflorescencia, fructifican y mueren. El ciclo completo suele durar de dos a cuatro años según el clima y el riego: cuanto mejor tratada esté la planta, antes florece y antes se acaba.
La consecuencia práctica es que un macizo de tajinastes se mantiene por relevo, no por longevidad. Lo razonable es sembrar cada año un pequeño lote, de manera que siempre haya rosetas jóvenes esperando el turno. Si se deja que una o dos espigas maduren las semillas y caigan al suelo, el propio bancal se resiembra solo.
Suelo y ubicación: el drenaje manda
El fallo que mata más tajinastes en la península no es el frío ni la sequía, es la podredumbre del cuello en invierno. La roseta se apoya sobre el suelo, retiene agua entre las hojas y, si el sustrato tarda en secar, el punto de crecimiento se pudre en cuestión de días. Una planta que ha sobrevivido a -6 ºC en Las Cañadas puede morir en Valladolid a 4 ºC con niebla y suelo encharcado.
Por eso conviene plantarlos siempre en pleno sol, en suelo pobre, arenoso o pedregoso, y a ser posible en un montículo, un talud o la parte alta de una rocalla. Un acolchado de grava o picón de dos o tres centímetros alrededor del cuello, en contacto directo con la base de las hojas, evita que la roseta descanse sobre tierra mojada. Si el suelo del jardín es arcilloso, la mejor solución es un bancal elevado con un 40 o 50 % de árido grueso mezclado.
Los suelos calizos no les molestan; el pH neutro o ligeramente alcalino es perfectamente aceptable. Lo que no toleran es la materia orgánica fresca ni el abonado generoso, que produce hojas blandas y aguadas, mucho más vulnerables al hongo y al frío.
Riego, frío y viento
Durante el primer verano, con la planta recién instalada, un riego profundo cada diez o quince días basta para que la raíz descienda. A partir del segundo año, un tajinaste establecido en la costa mediterránea o en el interior con lluvias de otoño y primavera puede vivir prácticamente de agua de lluvia; en pleno verano, un riego mensual abundante en julio y agosto le mantiene la roseta turgente. En maceta la historia cambia: hace falta un contenedor profundo, de al menos 30-35 centímetros, porque la raíz es pivotante, y riego cuando el sustrato esté seco en los primeros centímetros.
En cuanto a resistencia al frío, E. wildpretii es la más dura y aguanta heladas de -6 a -8 ºC si el suelo está seco; E. simplex y E. pininana se resienten ya por debajo de -2 o -3 ºC, y E. webbii y E. candicans se sitúan en torno a -4 ºC. En el interior peninsular, con heladas fuertes y prolongadas, lo sensato es cultivar las especies grandes en maceta y resguardarlas en un porche o invernadero frío durante los meses críticos, o directamente tratarlas como planta de temporada.
El viento es el otro factor a considerar. Una espiga de tres metros con la base de la roseta en un suelo suelto se tumba con una racha fuerte, y una vez doblada ya no se recupera. En zonas expuestas conviene tutorar con una caña sólida atada a media altura en cuanto el tallo empieza a alargarse.
Multiplicación por semilla
La semilla es el camino natural y, en las especies monocárpicas, el único. Los frutos son cuatro nuececillas rugosas por flor, y una sola espiga produce decenas de miles. Se recogen cuando la inflorescencia está ya seca y de color pajizo, sacudiéndola dentro de una bolsa de papel.
Las épocas que mejor funcionan en la península son septiembre-octubre, para que las plántulas aprovechen las lluvias de otoño y entren al invierno con unas cuantas hojas, o febrero-marzo en semillero protegido. Germinan entre 15 y 20 ºC en dos o tres semanas, a veces de forma escalonada. Se cubren apenas con un par de milímetros de sustrato arenoso y se mantiene la superficie apenas húmeda, nunca empapada, porque el damping-off arrasa un semillero de Echium con una facilidad notable.
El trasplante hay que hacerlo pronto y con el cepellón intacto: en cuanto la plántula tiene tres o cuatro hojas verdaderas pasa a maceta individual, y de ahí al sitio definitivo antes de que la raíz principal se enrolle. Una roseta grande trasplantada a raíz desnuda rara vez tira adelante.
Las especies arbustivas como E. webbii y E. candicans sí admiten esqueje semileñoso a finales de verano, de unos 10-12 centímetros, con las hojas inferiores retiradas y en sustrato muy drenante.
Un apunte que conviene tener presente: buena parte de los tajinastes son especies protegidas y varias viven dentro de espacios naturales protegidos, incluido el Parque Nacional del Teide. Recolectar semilla en el campo no es una opción; hay que comprarla a productores o intercambiarla entre aficionados.
Problemas frecuentes
Caracoles y babosas. Son el enemigo número uno de las rosetas jóvenes en otoño e invierno. Una roseta de cinco centímetros desaparece en una noche. La barrera de grava ayuda; en años lluviosos hay que revisar de noche o recurrir a fosfato férrico.
Pulgón. Se concentra en la punta de la espiga en desarrollo, en primavera. Rara vez compromete la planta, pero deforma las flores. Un chorro de agua a presión o jabón potásico lo controlan sin dañar a los polinizadores, aplicado a primera hora o al atardecer.
Roseta que se pudre por el centro. Casi siempre es exceso de humedad combinada con acolchado orgánico o tierra apelmazada contra el cuello. No tiene remedio una vez avanzada; se previene con drenaje y grava.
Hojas que pican. Los pelos rígidos de las hojas irritan la piel de algunas personas. Para podar espigas secas o manipular rosetas grandes, guantes.
Por qué merece la pena tenerlos
Al margen del espectáculo visual, los tajinastes están entre las plantas más productivas en néctar que se pueden poner en un jardín seco. La miel de tajinaste canaria es un producto reconocido precisamente por eso, y en la península una espiga en flor concentra abejas, abejorros y esfinges durante semanas seguidas. Si se busca vegetación mediterránea de bajo consumo de agua que además alimente insectos, hay pocas apuestas mejores.
Combinan bien con lo que comparte su misma exigencia de suelo seco y sol directo: aeonios, agaves pequeños, lavandas, Euphorbia rigida, jaras o gramíneas como Stipa tenuissima. Lo que no funciona es meterlos en un arriate regado a diario junto a hortensias o céspedes.
En resumen
Los tajinastes son Echium canarios que piden lo contrario de lo que se le da por defecto a una planta de flor: sol duro, suelo pobre y pedregoso, poco riego y ningún abono. Las especies grandes de espiga —rojo, blanco y el gigante de La Palma— florecen una sola vez a los dos o tres años y mueren, de modo que hay que sembrar por tandas para tener siempre relevo; E. webbii y E. candicans, arbustivas, sí se mantienen año tras año. El drenaje invernal decide más que la temperatura mínima: grava en el cuello, montículo o rocalla, y nada de materia orgánica fresca. Con eso, y protegiendo las rosetas de los caracoles, se puede tener en buena parte de España una de las floraciones más llamativas y con más vida alrededor que existen.