Una flor no está hecha para gustarnos. Todo lo que nos parece decorativo en ella —el color, el perfume, la simetría, incluso la duración— es publicidad dirigida a un insecto, a un pájaro o al viento. Por dentro, una flor es un órgano reproductor muy compacto, y entender cómo está montado cambia por completo la forma de cultivar: explica por qué unas plantas necesitan pareja para dar fruto, por qué las flores dobles no atraen abejas y por qué hay variedades que jamás producen semilla.

Esquema con las partes de una flor

Una flor es un tallo con hojas modificadas

La idea de partida, que suele sorprender, es que la flor no es una estructura nueva: es un tallo corto de crecimiento limitado cuyas hojas se han transformado en piezas especializadas. Los pétalos, los sépalos, los estambres y los carpelos son, en origen evolutivo, hojas modificadas.

Ese tallo tiene dos partes. El pedúnculo, que sostiene la flor y la conecta con la planta, y el receptáculo o tálamo, el ensanchamiento del extremo donde se insertan todas las piezas florales, dispuestas en círculos concéntricos llamados verticilos.

De fuera hacia dentro hay cuatro verticilos: cáliz, corola, androceo y gineceo. Los dos primeros protegen y anuncian; los dos últimos son los que reproducen. Al conjunto de cáliz y corola se le llama perianto.

El envoltorio: cáliz y corola

El cáliz es el verticilo más externo y está formado por los sépalos, casi siempre verdes y de aspecto foliar. Su función es proteger el capullo antes de la apertura. En muchas plantas pasa desapercibido, pero no siempre: en los tulipanes y los lirios los sépalos son idénticos a los pétalos en color y tamaño, y entonces se habla de tépalos y de un perianto indiferenciado. En las compuestas, el cáliz se ha transformado en el vilano, ese paracaídas plumoso del diente de león que dispersa las semillas.

La corola la forman los pétalos, y es el cartel publicitario de la planta. Su color procede de dos sistemas de pigmentos: los carotenoides, liposolubles y almacenados en los cromoplastos, que dan amarillos, naranjas y rojos anaranjados; y los flavonoides, entre ellos las antocianinas, disueltos en la vacuola celular, que dan rosas, rojos, morados y azules. El blanco no es un pigmento: es la ausencia de ellos más la refracción de la luz en los espacios de aire del tejido.

Un detalle práctico: el color de las antocianinas depende del pH de la vacuola, más rojo en medio ácido y más azul en medio alcalino. Es el mecanismo que hay detrás de las hortensias, que viran a azul en suelos ácidos con aluminio disponible y a rosa en suelos calizos. La planta es la misma; cambia la química interna de la célula.

Cuando los pétalos están soldados entre sí, la corola es gamopétala y forma tubos, campanas o embudos, como en las campánulas o las petunias. Si están libres, es dialipétala, como en las rosas o los geranios. Esa diferencia no es un capricho: un tubo largo y estrecho reserva el néctar para polinizadores de lengua larga, esfinges o mariposas, y excluye al resto.

El androceo: la parte masculina

El androceo es el conjunto de estambres, y cada estambre tiene dos piezas. El filamento, un tallito que sostiene y coloca la parte útil en el sitio exacto donde rozará el visitante; y la antera, el saco donde se fabrica el polen.

La antera se compone habitualmente de dos tecas con dos sacos polínicos cada una, cuatro cavidades en total. Dentro, unas células madre sufren meiosis y producen las micrósporas, que maduran hasta convertirse en granos de polen. Cada grano de polen no es un gameto suelto: es un gametofito masculino completo, un organismo diminuto de dos o tres células con su propia pared protectora, la exina, hecha de esporopolenina, uno de los materiales biológicos más resistentes que existen —tanto que el polen fósil se conserva miles de años en los sedimentos y permite reconstruir la vegetación del pasado.

Cuando la antera madura, se abre por unas líneas de dehiscencia y libera el polen. El momento en que lo hace importa mucho: en muchísimas especies hermafroditas, las anteras maduran antes que el estigma de su propia flor (protandria) o después (protoginia). Es un mecanismo para evitar la autofecundación y forzar el cruzamiento, porque la descendencia mezclada es genéticamente más variada y más resistente.

El gineceo: la parte femenina

El gineceo es el verticilo central y está formado por uno o varios carpelos, hojas modificadas que se han plegado y soldado por sus bordes hasta formar una cavidad cerrada. Ese cierre es la característica que define a las angiospermas —literalmente, "semilla en un recipiente"— y la gran diferencia con las gimnospermas, como los pinos, cuyos óvulos quedan desnudos sobre una escama.

El gineceo tiene tres regiones:

El ovario, la parte ensanchada de la base, que contiene los óvulos. Dentro de cada óvulo, tras la meiosis, se forma el saco embrionario, que es el gametofito femenino y contiene la oosfera. Tras la fecundación, cada óvulo se convierte en una semilla y el ovario entero se convierte en el fruto. Un guisante es el óvulo fecundado; la vaina es la pared del ovario.

El estilo, la columna que eleva el estigma y por cuyo tejido interno crecerá después el tubo polínico.

El estigma, la superficie receptora del extremo. Está diseñada para retener polen: es viscosa, papilosa o plumosa según la especie —las gramíneas polinizadas por el viento tienen estigmas plumosos y ramificados, auténticas redes de pesca aéreas—. Además, el estigma reconoce químicamente el polen que se posa en él y puede rechazar el de especies ajenas o incluso el de la propia flor, mediante sistemas de autoincompatibilidad genética.

La posición del ovario respecto al resto de las piezas se usa para clasificar flores. Si queda por encima de la inserción de sépalos y pétalos, es un ovario súpero, como en el tomate o el tulipán. Si queda por debajo, hundido en el receptáculo, es ínfero, como en la manzana, el pepino o las compuestas. Cuando comes una manzana, buena parte de lo que muerdes es receptáculo engrosado, no pared de ovario; el ovario verdadero es el corazón coriáceo del centro.

Néctar, guías y otras señales invisibles

La flor paga a sus polinizadores. La moneda habitual es el néctar, una solución azucarada producida por glándulas llamadas nectarios, situadas normalmente en la base de los pétalos o del ovario, es decir, en el fondo de la flor: hay que entrar para cobrar, y al entrar se roza el polen. El polen mismo es la otra moneda, rico en proteínas y recolectado activamente por las abejas.

Para dirigir al visitante, muchas flores tienen guías de néctar: líneas, puntos o manchas que convergen hacia el centro, como las venas oscuras del pensamiento o los trazos de la dedalera. Y aquí ocurre algo que casi nadie ve: buena parte de esas guías están pintadas en ultravioleta. Las abejas perciben de 300 a 650 nanómetros, lo que significa que ven el ultravioleta pero no el rojo puro. Una margarita que a nosotros nos parece uniformemente blanca tiene para una abeja una diana oscura en el centro que le indica exactamente dónde aterrizar.

Eso explica un patrón de campo: las flores rojas puras suelen estar especializadas en aves, que sí ven el rojo y carecen de buen olfato, y por eso son a menudo inodoras, tubulares y muy nectaríferas. Las flores blancas de perfume intenso que se abren al anochecer están dirigidas a mariposas nocturnas, que localizan por olor y contraste luminoso. Y las flores marrón-púrpura con olor a carroña, como las de Stapelia, buscan moscas.

El aroma lo producen compuestos orgánicos volátiles emitidos por células epidérmicas de los pétalos: terpenos, bencenoides y derivados de ácidos grasos. Muchas plantas los liberan solo en las horas en que su polinizador está activo, porque fabricarlos cuesta energía.

Cuando lo que parece una flor son cientos

Capítulo de Leucanthemum vulgare con su disco central

El caso de las compuestas (Asteraceae) merece parada aparte, porque es la familia más numerosa y la que más confunde. Una margarita, un girasol o un diente de león no son una flor: son un capítulo, una inflorescencia formada por decenas o cientos de flores diminutas apretadas sobre un receptáculo plano.

En una margarita hay dos tipos. Las flores liguladas del borde, esos "pétalos" blancos que en realidad son flores completas con la corola soldada en una lengüeta plana, generalmente estériles o solo femeninas; y las flores flosculosas del disco amarillo central, tubulares, hermafroditas y plenamente fértiles. Cada punto amarillo del centro es una flor entera con sus cinco estambres soldados formando un tubo y su ovario ínfero.

La ventaja de esta arquitectura es enorme: el conjunto se ve desde lejos como una única flor grande, y un solo insecto que aterrice en el disco poliniza decenas de flores en un mismo paseo. Es publicidad compartida con eficiencia industrial.

Flores completas, incompletas y sexos separados

Una flor completa tiene los cuatro verticilos. Si falta alguno, es incompleta. Una flor hermafrodita o perfecta tiene androceo y gineceo; si solo tiene uno de los dos, es unisexual.

Cuando una misma planta lleva flores masculinas y femeninas separadas, es monoica: el caso del calabacín, el maíz, la encina o el nogal. Cuando hay pies macho y pies hembra distintos, la especie es dioica, y ahí está una de las consecuencias prácticas más importantes de toda esta anatomía: si plantas un solo kiwi, un acebo o un almez dioico, no tendrás fruto por muy bien que lo cuides. Necesitas al menos un pie masculino cerca. Lo mismo ocurre con la palmera datilera y con muchos Ilex ornamentales que la gente compra esperando bayas rojas que nunca llegan.

Otra consecuencia doméstica: las flores dobles —rosas de cien pétalos, camelias, claveles reventones— se han obtenido en gran medida convirtiendo estambres en pétalos. Son espectaculares y, a la vez, casi inútiles para la fauna: tienen poco o ningún polen accesible y a menudo son estériles. Si el objetivo del jardín es atraer polinizadores, conviene incluir flores simples, con el centro abierto y visible.

Qué pasa después de la polinización

Polinización y fecundación no son lo mismo, y confundirlas es habitual. La polinización es solo el transporte: el grano de polen llega al estigma. La fecundación ocurre después, y es un proceso notable.

Al hidratarse sobre un estigma compatible, el grano germina y emite un tubo polínico que crece a través del estilo hasta alcanzar el óvulo, guiado por señales químicas. Por ese tubo descienden dos gametos masculinos, y aquí ocurre algo exclusivo de las angiospermas: la doble fecundación. Un gameto fecunda la oosfera y forma el cigoto, que será el embrión de la semilla. El otro se fusiona con los dos núcleos polares del saco embrionario y origina el endospermo, un tejido triploide que servirá de despensa al embrión.

Ese endospermo es, literalmente, la base de la alimentación humana: la harina del trigo, el arroz y el maíz es endospermo. La agricultura de cereales explota un tejido nutricio que las flores inventaron para alimentar a sus propios embriones.

A partir de ahí, la flor se desmonta con rapidez. Pétalos y estambres se marchitan y caen porque ya no cumplen ninguna función; el ovario engorda y se convierte en fruto, y los óvulos en semillas. Por eso, en jardinería, quitar las flores marchitas prolonga la floración: si impides que la planta cuaje semilla, no recibe la señal hormonal de que su ciclo ha terminado y sigue produciendo flores nuevas.

En resumen

Por dentro, una flor es un tallo corto con cuatro verticilos de hojas modificadas: cáliz y corola, que protegen y anuncian, y androceo y gineceo, que producen el polen y albergan los óvulos. El estambre fabrica granos de polen en sus anteras; el carpelo encierra los óvulos en un ovario que después será el fruto.

Todo lo demás —color, perfume, guías ultravioletas, néctar, forma del tubo— es un sistema de señalización y pago diseñado para que un tercero traslade el polen. Saberlo tiene efectos prácticos inmediatos: entender que las plantas dioicas necesitan pie macho y hembra, que las flores dobles no alimentan polinizadores, que una margarita es en realidad un ramillete de cientos de flores, y que retirar lo marchito mantiene la floración precisamente porque interrumpe el proceso que acabas de ver.


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