En invierno mueren más plantas de interior ahogadas que de sed. Suena contradictorio en la estación en que las casas están más secas por la calefacción, pero es así: entre diciembre y febrero la planta consume mucha menos agua de la que le seguimos dando por costumbre, y el sustrato permanentemente empapado acaba pudriendo el cuello y las raíces finas.
Regar bien en invierno no consiste en regar menos a lo bruto, sino en cambiar el criterio con el que decides cuándo coger la regadera. Aquí tienes cómo hacerlo, planta por planta y situación por situación.
Por qué la planta bebe menos en invierno
El consumo de agua de una planta depende sobre todo de dos cosas: de cuánta luz recibe y de la temperatura. En diciembre, en el centro de la Península, hay unas nueve horas de luz frente a las quince de junio, y esa luz es además más rasante y más débil. Con menos luz hay menos fotosíntesis, y con menos fotosíntesis la planta abre menos los estomas y transpira menos.
A eso se suma que el sustrato se evapora mucho más despacio con el aire frío y con las ventanas cerradas. El resultado es que una maceta que en agosto se secaba en dos días puede tardar diez o doce en llegar al mismo punto. Si mantienes la frecuencia del verano, estás regando cinco veces más de lo que la planta necesita.
Hay un matiz importante que se pasa por alto: la calefacción sí aumenta la demanda. Un piso a 22 °C con radiadores puede bajar la humedad relativa al 30 %, y ese aire seco tira de agua de las hojas. Una planta colocada justo encima de un radiador o al lado de una salida de aire caliente puede necesitar riegos tan frecuentes como en verano, mientras que la misma especie en una habitación fresca y sin calefacción pasará semanas sin pedir nada. No hay una regla de calendario válida para toda la casa: hay que mirar cada maceta.
Cambia la frecuencia, no la cantidad
El error más extendido en invierno es pasar a "regar poquito y a menudo": un chorrito cada dos o tres días para no pasarse. Es exactamente lo contrario de lo que conviene.
Con esos riegos cortos solo se moja el centímetro superior del sustrato. La zona profunda de la maceta, donde está el grueso del cepellón, se queda seca o al contrario nunca llega a airearse, y las raíces se concentran arriba en lugar de explorar todo el volumen. Además, la superficie permanentemente húmeda es una invitación al musgo, a la mosca del sustrato (Bradysia spp.) y al verdín en el borde de la maceta.
Lo correcto es regar a fondo y espaciar mucho. Cuando toque, moja hasta que empiece a salir agua por los agujeros de drenaje, deja que escurra bien y no vuelvas a tocarla hasta que el sustrato lo pida. En una planta de interior sin flor, en una habitación normal de invierno, eso puede significar un riego cada diez o quince días. En una suculenta o un cactus, ninguno: pasan de noviembre a marzo completamente en seco, y es la única forma de que florezcan y de que no se pudran por el cuello.
Comprueba la humedad antes de coger la regadera
La única manera fiable de decidir es comprobar el sustrato, no el calendario. Tienes tres métodos, de menos a más fino:
El dedo. Introdúcelo dos o tres centímetros en el sustrato, no lo apoyes solo en la superficie. Si notas humedad a esa profundidad, no riegues. Es rápido y suficiente para macetas pequeñas y medianas.
El peso. Levanta la maceta. Una maceta recién regada y la misma maceta seca pesan de forma muy distinta, y en cuanto lo haces tres o cuatro veces le coges el punto sin margen de error. Para macetas de interior es el método más práctico que existe.
Una varilla de madera. Un palillo de brocheta clavado hasta el fondo y sacado al momento te dice, por el sustrato que se le queda pegado y por el color de la madera, si el centro del cepellón sigue mojado. Es el mejor sistema para macetas grandes, donde la superficie puede estar seca y el fondo encharcado.
Sobre los medidores de humedad baratos, los de aguja con dial de colores: miden conductividad eléctrica, no agua. Un sustrato salino recién abonado les marca "húmedo" estando seco, y una turba muy suelta les marca "seco" estando mojada. No te fíes de ellos para tomar la decisión.
Agua templada, y con qué calidad
En invierno el agua del grifo sale en muchas zonas entre 6 y 10 °C. Regar con ella una planta tropical que vive a 20 °C tiene un efecto real y medible: el frío reduce la permeabilidad de las membranas de la raíz y frena la absorción justo cuando acabas de aportar el agua. La planta se queda con el sustrato empapado y sin poder beberlo, que es la peor combinación posible.
La solución es trivial: llena la regadera y déjala en la misma habitación de la planta al menos unas horas antes de regar. Se templa sola hasta la temperatura ambiente, que es exactamente lo que quieres, entre 15 y 20 °C. No hace falta calentar nada; el agua caliente del grifo, además, arrastra restos del calentador y no conviene.
Ese reposo tiene un segundo beneficio: parte del cloro se volatiliza. Lo que no desaparece es la cal, y en buena parte de España el agua es dura. Para camelias, azaleas, gardenias, hortensias y en general cualquier planta acidófila, el riego continuado con agua calcárea sube el pH del sustrato y bloquea el hierro: hojas amarillas con los nervios verdes. En invierno es fácil resolverlo porque llueve: un cubo bajo un canalón te da agua de lluvia gratis y de pH bajo justo en la época en que menos se riega. Si no tienes forma de recogerla, acidifica de vez en cuando con unas gotas de zumo de limón o de vinagre por litro.
El plato es donde se pierden las raíces
Dejar agua en el plato después de regar es el fallo más caro del invierno, y el motivo es doble. Por un lado, el sustrato absorbe esa reserva por capilaridad y los poros del cepellón se quedan sin aire: las raíces no respiran y empiezan a asfixiarse. Por otro, ese sustrato saturado y frío es el hábitat perfecto para Pythium y Phytophthora, los hongos que causan la podredumbre radicular. Cuando la planta manifiesta el síntoma —hojas mustias aunque la tierra esté mojada, que se confunde con sed y provoca más riego— el daño ya está hecho.
Riega, espera quince o veinte minutos y vacía el plato. Sin excepciones. Si la maceta es demasiado pesada para levantarla, retira el sobrante con una esponja o una perilla.
Aparte de esto, quita el envoltorio de plástico o el papel metalizado con el que vienen las plantas de regalo de estas fechas, sobre todo la flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima). Ese envoltorio hace de cubeta estanca y retiene toda el agua del riego alrededor de las raíces. Es la primera causa de que la poinsettia se caiga a trozos en enero.
Las que hay que regar por abajo
Algunas de las flores más habituales de invierno no toleran que les caiga agua encima, y con ellas conviene cambiar de técnica.
La violeta africana (Saintpaulia ionantha) tiene las hojas cubiertas de pelos que retienen las gotas. Si el agua está más fría que el ambiente, esa diferencia de temperatura daña las células bajo la epidermis y aparecen manchas o anillos amarillentos permanentes en la hoja. Además, el agua que se queda en el centro de la roseta pudre el corazón de la planta. Riégala poniendo agua templada en el plato, deja que la absorba durante veinte o treinta minutos y tira lo que sobre.
Con el ciclamen (Cyclamen persicum) el motivo es parecido pero aún más terminante: el agua sobre el tubérculo y sobre la base de los peciolos provoca podredumbre en pocos días. Riego por el plato siempre, y mejor si la planta vive en una habitación fresca, entre 12 y 16 °C. En un salón a 22 °C el ciclamen amarillea y se agota en tres semanas por mucho que aciertes con el riego.
La misma regla vale para primaveras (Primula spp.), gloxinias y cualquier planta de roseta densa.
Bulbos de invierno: jacintos, narcisos y tulipanes
Los bulbos forzados en interior son casos aparte porque tienen la reserva de agua y de nutrientes dentro del propio bulbo, y lo que necesitan es humedad constante moderada, nunca encharcamiento.
En maceta, mantén el sustrato apenas fresco. Un bulbo de jacinto (Hyacinthus orientalis) o de tulipán en sustrato empapado se pudre por la base con una facilidad asombrosa, y la señal llega tarde: la flor sale torcida o se queda enana.
En el clásico jarrón de forzado con agua, el detalle que decide el resultado es el nivel: el agua debe quedar uno o dos centímetros por debajo de la base del bulbo, sin tocarlo. Las raíces bajan a buscarla, y el bulbo se mantiene seco y sano. Cámbiala cada semana o diez días para que no se enturbie. Recuerda además que el forzado necesita antes entre ocho y diez semanas en oscuridad y frío, a 8-10 °C, para que la raíz se desarrolle antes que la flor.
Macetas y flores en el exterior
Fuera cambian las reglas, y hay dos ideas que conviene tener claras.
Riega a mediodía, nunca al atardecer. Si riegas por la tarde en una noche con previsión de helada, dejas el sustrato saturado justo cuando va a bajar de cero. El agua se expande al congelarse, revienta raíces finas y agrieta las macetas de barro. Regando entre las 11 y las 14 horas das tiempo a que el exceso drene y a que el sustrato se atempere.
No riegas si el suelo está helado. El agua no penetra y se queda formando una lámina de hielo sobre el cuello de las plantas.
Y ahora lo contrario de lo que se espera: en invierno también hay sequía. Los pensamientos, las violas, los ciclámenes de exterior y los arbustos de hoja perenne plantados bajo un alero, en un balcón cubierto o pegados a una fachada orientada al sur no reciben la lluvia y se secan sin que nadie se dé cuenta, porque mentalmente el invierno se asocia con agua. En zonas de clima mediterráneo seco, con inviernos de lluvias escasas, revisa esas macetas cada diez días. Un cepellón que se seca del todo en enero hace tanto daño como en agosto.
Una precaución más para el exterior: levanta las macetas del suelo con tacos o pies de barro. Así drenan de verdad y se evita que el agua de lluvia se estanque bajo la base, que es donde se producen las roturas por hielo en los tiestos de terracota.
Abonar en invierno: solo a las que están en flor
La planta que está en reposo vegetativo no consume nutrientes, así que abonarla en diciembre solo consigue acumular sales en el sustrato y quemar las puntas de las raíces. La regla general en invierno es no abonar.
La excepción son las que florecen precisamente ahora, que están haciendo un esfuerzo considerable: ciclamen, violeta africana, kalanchoe, azalea de interior, primaveras, flor de Pascua o los bulbos forzados en maceta. Estas sí agradecen un abono a la mitad de la dosis que indica el envase, cada quince o veinte días, con un fertilizante rico en potasio y fósforo de los etiquetados para plantas de flor. La mitad de dosis no es una precaución excesiva: con poca luz la planta no puede metabolizar todo el nitrógeno de una dosis completa.
Y una condición que no admite excusa: nunca abones sobre sustrato seco. Riega primero con agua sola, espera un rato y aplica después el abono diluido. Sobre un cepellón seco, la solución concentrada quema los pelos absorbentes de forma inmediata.
En resumen
En invierno la planta transpira mucho menos porque hay menos luz y menos calor, así que el riego se espacia; pero cuando toca, se riega a fondo y se deja escurrir, nunca a chorritos frecuentes. Decide siempre comprobando el sustrato con el dedo, con el peso de la maceta o con una varilla, y desconfía de los medidores de aguja.
Usa agua templada a temperatura ambiente, dejándola reposar unas horas en la misma habitación, y recoge agua de lluvia si tienes acidófilas. Vacía el plato veinte minutos después de cada riego y quita los envoltorios de plástico de las plantas de regalo. Riega por abajo las de roseta y hoja pelosa —violeta africana, ciclamen, primaveras— y mantén el agua sin tocar el bulbo en los jarrones de forzado.
Fuera, riega a mediodía y nunca con el suelo helado, pero no olvides las macetas resguardadas de la lluvia, que se secan en invierno más de lo que parece. Y abona solo a las que están floreciendo, a media dosis y siempre con el sustrato ya húmedo.