Un geranio con hojas enormes, de un verde intenso, que apenas saca dos ramilletes en toda la primavera no está mal alimentado: está mal abonado. Es el retrato clásico de un exceso de nitrógeno, y resume bastante bien el problema de fondo del abonado de plantas de flor, que rara vez consiste en dar poco y casi siempre en dar lo que no toca, cuando no toca.

Fertilizar bien no es echar más producto ni comprar el saco más caro. Es entender qué está haciendo la planta en cada momento del año, qué le falta de verdad y qué se lleva el agua de riego cada vez que sale por el agujero de drenaje.

Geranio en flor abonado correctamente

Qué significan realmente los tres números del envase

Todo abono lleva impresa una fórmula del tipo NPK 15-5-30. Son los porcentajes en peso de nitrógeno (N), fósforo expresado como P2O5 y potasio expresado como K2O. Cada uno tiene un papel distinto:

Nitrógeno. Construye hoja y tallo. Es el motor del crecimiento vegetativo y también el nutriente que más se lava con el riego, porque los nitratos no quedan retenidos en el sustrato. Pasarse significa mata frondosa y floración pobre, tejidos blandos y una invitación directa al pulgón y al oídio.

Fósforo. Interviene en la raíz, en la transferencia de energía y en la formación de la flor. Aquí conviene desmontar una creencia muy repetida: el fósforo no es el nutriente que "hace florecer". En suelos de jardín españoles, que suelen llevar décadas recibiendo materia orgánica y abonos completos, el fósforo casi nunca es limitante; más bien se acumula. Y un exceso de fósforo bloquea la absorción de hierro y de zinc y perjudica a las micorrizas del suelo. Ese "abono de floración" con un número central desmesurado responde más al marketing que a la fisiología de la planta.

Potasio. Este sí es el que marca la diferencia en una planta de flor. Regula la apertura de los estomas, el transporte de azúcares hacia la flor y el fruto, la firmeza de los tejidos y la resistencia al calor y a la sequía. Un abono de floración honesto tiene el potasio claramente por encima del nitrógeno, con el fósforo en un valor discreto: fórmulas del estilo 15-5-30, 12-4-24 o 10-5-20 funcionan bien.

Y hay una cuarta pata que casi nadie mira: los micronutrientes. Hierro, manganeso, magnesio, boro. En buena parte de España el agua de riego es caliza y el suelo tiene el pH por encima de 7,5, lo que inmoviliza el hierro aunque el suelo lo tenga de sobra. Por eso las hojas jóvenes amarillean con los nervios todavía verdes: es clorosis férrica, y no se arregla con más NPK. Se corrige con quelato de hierro Fe-EDDHA, que es el único que aguanta pH altos sin descomponerse; los quelatos EDTA, más baratos, dejan de funcionar por encima de pH 6,5.

Qué abono elegir según el tipo de cultivo

Materia orgánica de fondo. Compost maduro, humus de lombriz o estiércol bien hecho, incorporados al suelo antes de plantar y repuestos cada otoño en superficie. No aportan mucho nutriente en términos absolutos, pero mejoran la estructura, la retención de agua y la vida microbiana, que es la que pone los nutrientes a disposición de la raíz. En arriate de tierra, esto es la base y muchas veces basta con eso más un refuerzo puntual.

Abono líquido soluble. El sistema más controlable para maceta y jardinera. Se diluye en el agua de riego y actúa en cuestión de días, pero también desaparece en unos pocos riegos. Es el formato ideal para petunias, surfinias, geranios, begonias y todo lo que florezca sin parar en un volumen pequeño de sustrato.

Granulado de liberación controlada. Perlas recubiertas de resina que van soltando nutriente durante tres, cuatro o seis meses. Conviene saber que la liberación depende de la temperatura: las duraciones del envase se calculan a unos 21 °C, así que en un verano manchego o sevillano ese abono se agota bastante antes de lo anunciado. Es cómodo para plantaciones grandes y para quien riega de forma irregular.

Abonos específicos. Los de rosales, los de plantas ácidas y los de bulbosas tienen sentido cuando el cultivo lo pide. Un abono para acidófilas (camelia, azalea, hortensia, gardenia) no es solo NPK: lleva la fracción nitrogenada en forma amoniacal y micronutrientes quelatados, y acidifica ligeramente. Usar un abono universal en una camelia plantada sobre suelo calizo no la salva.

Cuándo abonar en el calendario español

La regla básica es abonar cuando la planta crece, no cuando está parada. Una raíz que no está trabajando no absorbe, y el abono que no se absorbe se queda en el sustrato como sal.

Final de invierno (febrero–marzo). Momento del abonado de fondo: compost o estiércol en la base de rosales, arbustos de flor y arriates de vivaces, junto con un granulado de liberación lenta. En el sur peninsular puede adelantarse a la primera quincena de febrero; en la meseta y el norte, mejor esperar a marzo, cuando el suelo empieza a templar.

Primavera (marzo–junio). Es la campaña fuerte. En maceta y jardinera, abono líquido rico en potasio cada 10-15 días, o bien la mitad de la dosis en cada riego semanal, que es más regular y evita picos de salinidad. En tierra, un aporte a la salida del invierno y otro tras la primera oleada de flor suele ser suficiente.

Verano (julio–agosto). Aquí está el error más común. Por encima de 33-35 °C buena parte de las plantas de flor entra en una parada fisiológica: cierran estomas, dejan de crecer y absorben mucho menos. Abonar a pleno rendimiento en una ola de calor concentra sales alrededor de una raíz que además está sufriendo. Lo sensato es reducir la dosis a la mitad o espaciar los aportes mientras dure el calor extremo, y regar generoso para que el sustrato no acumule sales.

Otoño (septiembre–octubre). Segunda ventana de crecimiento, con el calor bajando y todavía luz suficiente. Buen momento para un abono potásico que endurezca los tejidos de cara al invierno, y para el aporte de materia orgánica en superficie. Lo que hay que evitar es el nitrógeno tardío: fuerza brotes tiernos que la primera helada quema.

Invierno (noviembre–enero). Se suspende el abonado en exterior. Solo se mantiene, muy diluido, en plantas de interior que sigan floreciendo con calefacción y buena luz.

Las bulbosas tienen su propio calendario y va al revés de lo que parece intuitivo. Tulipanes, narcisos o jacintos se abonan después de florecer, mientras las hojas siguen verdes, porque es entonces cuando el bulbo se recarga para el año siguiente. Abonar en el momento de la plantación, y sobre todo poner abono en contacto directo con el bulbo, no aporta nada y puede provocar pudriciones.

Rosales en floración en un jardín

Cómo aplicarlo sin quemar la planta

Nunca sobre sustrato seco. Es la precaución que más se salta y la que más daño hace. En una maceta seca, la disolución concentrada entra en contacto directo con raicillas deshidratadas y las quema por ósmosis. Se riega primero con agua sola, se espera media hora y luego se aplica el abono.

Respeta la dosis, o quédate por debajo. Las dosis habituales de un líquido concentrado rondan 1-2 ml por litro de agua. Duplicar "para que se note antes" no acelera nada: la planta absorbe a la velocidad que puede y el resto se queda en forma de sales. Si dudas, media dosis con más frecuencia es siempre mejor que dosis doble de vez en cuando.

Riega a primera hora o al atardecer, nunca con el sol de mediodía sobre la maceta, y evita mojar hojas y flores con la disolución: las manchas de sal marcan los pétalos.

Los granulados, enterrados y regados. Un abono granulado esparcido sobre tierra seca no hace nada hasta que se disuelve. Se reparte en la proyección de la copa o alrededor de la mata, se incorpora ligeramente con un rastrillo y se riega a continuación. Y se mantiene apartado del cuello de la planta, que es donde provoca quemaduras.

Lava las macetas de vez en cuando. Cada dos o tres meses, un riego abundante hasta que salga bastante agua por el drenaje arrastra las sales acumuladas. Si ves una costra blanquecina en el borde del tiesto o en la superficie del sustrato, ya vas tarde.

Sustrato nuevo, sin abono. Los sustratos comerciales de calidad llevan fertilizante para las primeras cuatro a ocho semanas. Abonar una planta recién trasplantada suma sobre lo que ya hay y, además, la raíz está en plena recuperación. Espera un mes largo.

Casos que se comportan distinto

Rosales. Son voraces. Compost al pie en febrero, abono completo con potasio alto al arrancar la brotación y un segundo aporte después de la primera floración, hacia junio. Nada de nitrógeno a partir de finales de agosto.

Hortensias. Otra creencia que conviene aclarar: el color no lo decide el abono, lo decide el pH del suelo y la disponibilidad de aluminio. En suelo ácido, por debajo de pH 5,5, el aluminio es asimilable y la flor sale azul; en suelo calizo sale rosa, por mucho abono "azulador" que se eche si no se acidifica el medio. El sulfato de aluminio funciona, pero solo acompañado de una bajada real de pH.

Plantas mediterráneas. Lavanda, romero, santolina, jara, tomillo. Están adaptadas a suelos pobres y pedregosos. Un abonado generoso les provoca crecimiento blando, mata abierta por el centro, menos aroma y más sensibilidad a los hongos de raíz. Con la materia orgánica del suelo tienen suficiente.

Anuales de temporada en maceta. Petunias, surfinias, calibrachoas, tagetes, impatiens. Volumen de sustrato pequeño, riego diario en verano y floración continua: son las que más lavado de nutrientes sufren y las que agradecen el abonado semanal a dosis suave. Las calibrachoas, además, son especialmente propensas a la clorosis férrica con agua caliza.

Orquídeas. Cultivadas en corteza, sin apenas capacidad de retención, piden abono muy diluido (a un cuarto o un quinto de la dosis normal) y riegos de agua limpia intercalados para arrastrar sales.

Cómo saber si te has pasado

Los síntomas de exceso son bastante reconocibles y con frecuencia se confunden con falta de riego, lo que lleva a regar más y empeorarlo:

Bordes de las hojas secos y marrones, como quemados, empezando por las puntas. Costra blanca o amarillenta en la superficie del sustrato y en el borde de la maceta. Marchitez repentina con el sustrato húmedo, porque la raíz dañada no absorbe. Hojas abundantes y de color verde oscuro con floración escasa. Caída de botones florales sin llegar a abrir.

La respuesta es lavar: riegos abundantes con agua sola, varias veces, hasta arrastrar el exceso, y suspender el abonado durante al menos un mes. En casos graves, trasplante a sustrato nuevo retirando con cuidado el viejo del cepellón.

La deficiencia, en cambio, avisa más despacio: crecimiento lento, hojas pequeñas, amarilleo generalizado que empieza por las hojas viejas (falta de nitrógeno) o por las jóvenes con nervios verdes (falta de hierro), y flores más pequeñas de lo normal. Es un problema mucho más fácil de corregir que el contrario.

En resumen

Fertilizar flores bien se reduce a cuatro decisiones. Elegir un abono con el potasio por encima del nitrógeno y desconfiar de los "activadores de floración" con fósforo desmesurado. Concentrar los aportes en las dos ventanas de crecimiento real, de marzo a junio y de septiembre a octubre, aflojando en el calor extremo y parando en invierno. Aplicar siempre sobre sustrato húmedo, a dosis moderada y con más frecuencia antes que a golpe fuerte. Y vigilar el hierro si riegas con agua caliza, porque ahí el amarilleo no es hambre de abono sino de un micronutriente bloqueado por el pH. Con eso, la mata gasta su energía en abrir flores en lugar de en fabricar hoja que nadie le pidió.


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