Corta una flor de hibisco a primera hora de la mañana y para media tarde la tendrás cerrada, arrugada y camino del suelo. No es un fallo de riego ni una planta enferma: así funciona esta flor, y entender su anatomía explica tanto esa vida brevísima como buena parte de las dudas que genera.
Bajo el nombre de hibisco se agrupan unas doscientas especies del género Hibiscus, dentro de la familia de las malváceas, la misma de la malva, la altea y el algodón. Comparten un diseño floral muy reconocible, aunque el tamaño, la rusticidad y la época de floración cambien bastante de una especie a otra.
La estructura de la flor, pieza a pieza
La flor del hibisco es actinomorfa y pentámera: si trazas un corte por cualquier eje que pase por el centro, obtienes dos mitades iguales, y sus piezas van de cinco en cinco.
De fuera hacia dentro te encuentras con:
El calículo o epicáliz. Una corona de brácteas estrechas, entre cinco y doce según la especie, situada por debajo del cáliz verdadero. Es un rasgo típico de las malváceas y a simple vista parece un segundo cáliz más pequeño.
El cáliz. Cinco sépalos soldados en forma de copa. En los hibiscos ornamentales suele ser verde y pasa desapercibido; en la especie que se usa para infusión se vuelve carnoso y rojo, y ahí está la clave que veremos más adelante.
La corola. Cinco pétalos anchos, imbricados —cada uno solapa parcialmente al siguiente, como las aspas de un molinillo— y unidos entre sí por la base. En Hibiscus rosa-sinensis, el hibisco de jardín más común, la flor abierta mide entre 8 y 15 cm de diámetro. En Hibiscus moscheutos y sus híbridos herbáceos puede pasar de 25 cm, con flores del tamaño de un plato de postre.
La columna estaminal. Es el detalle que delata a un hibisco al instante. Los filamentos de los estambres están soldados en un tubo que rodea al estilo y sobresale del centro de la flor. A lo largo de ese tubo se disponen decenas de anteras amarillas cargadas de polen. Los botánicos llaman a esta disposición androceo monadelfo, y la comparten todas las malváceas.
El gineceo. El estilo asoma por el extremo de la columna y se divide en cinco ramas rematadas en estigmas globosos y pegajosos, casi siempre de un tono más intenso que el resto. El ovario es súpero y tiene cinco cavidades; si hay polinización, madura en una cápsula seca que se abre en cinco valvas.
Las variedades de flor doble son una excepción a este esquema. En ellas, buena parte de los estambres se ha transformado en pétalos supernumerarios, de modo que la columna estaminal queda oculta o desaparece. Son espectaculares, pero pesan más, aguantan peor la lluvia y el viento, y resultan mucho menos útiles para los polinizadores.
Colores: lo que hay y lo que no existe
El género cubre casi toda la gama cálida: rojo escarlata, granate, rosa en todos sus grados, coral, naranja, amarillo, crema y blanco puro. Son frecuentes las flores bicolores, con una mancha basal más oscura —la llamada garganta u «ojo»— que actúa como guía visual para los polinizadores, y las de bordes degradados.
Hibiscus mutabilis merece mención aparte: sus flores abren blancas por la mañana y van virando a rosa y luego a rojo intenso a lo largo del mismo día, por oxidación progresiva de los pigmentos.
Lo que no existe es un hibisco de azul puro. Las variedades que se venden con ese reclamo, como algunas selecciones de Hibiscus syriacus, son en realidad violeta lavanda o azul malva. Si ves fotos de hibiscos de un azul turquesa saturado, están retocadas.
Cuánto dura una flor y por qué
Aquí está el malentendido más repetido. Cada flor de hibisco vive uno o dos días, y en muchas variedades de Hibiscus rosa-sinensis ni siquiera llega a las veinticuatro horas: abre al amanecer, se enrolla sobre sí misma al atardecer y cae. Esto no indica falta de agua, exceso de sol ni carencia de nutrientes. Es su biología.
Lo que sostiene el espectáculo es el relevo continuo: una planta sana produce yemas florales sin parar durante toda la temporada, de modo que siempre hay flores nuevas abriendo. Si tu hibisco florece a diario aunque cada flor dure poco, va bien.
El problema de verdad es otro y se llama caída de capullos: los botones se amarillean y se desprenden sin llegar a abrir. Las causas habituales son los cambios bruscos —mover la planta de sitio, pasar de un riego irregular a uno abundante, una corriente de aire frío— y, en interior, la sequedad ambiental de la calefacción. Corregida la causa, la planta vuelve a abrir en un par de semanas.
Cuándo florece cada especie en España
La época depende por completo de qué hibisco tengas, y confundirlos lleva a esperar flores en el mes equivocado.
Hibiscus rosa-sinensis (hibisco chino, cayena, pacífico). Arbusto perenne y sensible al frío: por debajo de 5 ºC sufre y con heladas se pierde. En el litoral mediterráneo, Andalucía y Canarias florece de forma casi continua, con el máximo entre mayo y octubre. En el resto de la Península se cultiva en maceta, sale al exterior de abril a octubre y pasa el invierno resguardado, con poco riego.
Hibiscus syriacus (altea arbórea, rosa de Siria). Arbusto de hoja caduca y muy rústico, aguanta sin problema por debajo de -15 ºC. Florece de julio a septiembre, y a veces hasta octubre. Es tardío en brotar en primavera, hasta el punto de que cada año hay quien lo da por muerto en abril; conviene esperar a mayo antes de sacar conclusiones. Como florece sobre la madera del año, se poda a finales de invierno, acortando los brotes de la temporada anterior a dos o tres yemas.
Hibiscus moscheutos y sus híbridos. Planta herbácea vivaz: la parte aérea se seca en invierno y rebrota desde la cepa en primavera, ya bien entrada. Florece de julio a septiembre con flores enormes. Tolera el frío y agradece los suelos húmedos, incluso muy encharcados en verano.
Hibiscus sabdariffa (rosela, flor de Jamaica). Anual y de días cortos: no florece hasta que las noches se alargan, ya en otoño. En clima peninsular es un cultivo justo de tiempo y solo cuaja bien en zonas cálidas o con siembra muy temprana bajo protección.
Propiedades y usos: la confusión de la flor de Jamaica
La infusión roja que se vende como «flor de hibisco» no se hace con los pétalos. Se hace con los cálices carnosos de Hibiscus sabdariffa, que engordan y se vuelven rojos después de que la flor —de un amarillo pálido y bastante discreta— se marchite. Es decir, se consume la envoltura del fruto, no la corola. Y no sirve cualquier hibisco: los pétalos del hibisco de jardín no dan ni ese color ni esa acidez.
Esos cálices contienen antocianinas (sobre todo delfinidina-3-sambubiósido), responsables del color, y una carga alta de ácidos orgánicos: cítrico, málico y el llamado ácido hibisco. De ahí su sabor claramente ácido, parecido al del arándano rojo.
Las antocianinas funcionan como indicador de pH, algo fácil de comprobar en casa: añade unas gotas de limón a la infusión y el rojo se aviva; añade bicarbonato y vira a violeta apagado. Esa misma propiedad hace que el color cambie según el agua de cada zona.
Sobre sus efectos conviene ser prudente. Se le atribuye tradicionalmente acción diurética, y existen ensayos que apuntan a un descenso leve de la tensión arterial con consumo regular de la infusión. Es un efecto modesto y no sustituye a ningún tratamiento. Por esa misma razón, quien tome medicación antihipertensiva o diuréticos debería consultarlo antes de convertirla en bebida diaria, y durante el embarazo se recomienda evitarla.
Los cálices también se emplean en mermeladas, siropes y guisos, y en varios países se comen las flores tiernas de Hibiscus rosa-sinensis en ensalada o rebozadas: son comestibles, mucilaginosas y de sabor muy suave. Ese mismo mucílago se ha usado tradicionalmente en cosmética capilar, y en la India los pétalos rojos machacados han servido durante siglos para dar brillo al calzado, de donde viene su apodo inglés de shoe flower.
En resumen
La flor de hibisco tiene cinco pétalos imbricados, un calículo bajo el cáliz y una columna estaminal característica de la que asoma un estilo rematado en cinco estigmas globosos. Vive uno o dos días y es sustituida por otra, así que su caída diaria es lo normal y no un síntoma. Florece en verano en las especies rústicas, como Hibiscus syriacus y Hibiscus moscheutos, y casi todo el año en el litoral cálido en el caso de Hibiscus rosa-sinensis. Y la infusión roja que lleva su nombre no procede de los pétalos, sino de los cálices engrosados de Hibiscus sabdariffa, ricos en antocianinas y ácidos orgánicos.