Poner flores en la mesa parece un asunto de gusto, y en parte lo es, pero hay una serie de reglas prácticas que separan un centro que funciona de uno que estorba. La mayoría no tienen que ver con la estética, sino con la altura, el olor y la duración del agua. Quien las conoce compone en veinte minutos algo que aguanta toda la semana.

Mesa decorada con arreglos florales

La regla de la altura

Es la única norma verdaderamente innegociable en una mesa donde se va a comer. El centro debe quedar por debajo de los 30 cm de altura o por encima de los 60 cm. En la franja intermedia el arreglo se coloca justo a la altura de los ojos y obliga a los comensales a hablar esquivando flores.

Para mesas de diario y de comida, lo lógico es la opción baja: un cuenco, una copa ancha o una fila de vasos pequeños. Para una mesa larga de celebración puedes optar por lo contrario, jarrones altos y estrechos con las flores agrupadas arriba, que dejan el campo visual libre por debajo. Lo que no funciona nunca es el ramo mediano en jarrón de bulbo.

La segunda regla dimensional: el centro no debe ocupar más de un tercio del ancho de la mesa. Si estorba a los platos y las fuentes, acabará en el suelo o en la encimera.

El color, con un criterio y no con todos

El error más común es meter en el mismo jarrón todo lo que hay bonito en el jardín. Un centro se lee bien cuando obedece a un criterio, y hay tres que casi nunca fallan.

Monocromático. Un solo color en varios tonos y varias flores distintas: blanco roto, crema y marfil, por ejemplo. Es el más elegante y el más fácil de acertar. Funciona muy bien en mesas de madera oscura y en cenas de noche, porque el blanco es lo único que se ve con luz de vela.

Análogo. Colores vecinos en el círculo cromático —amarillo, naranja y coral; lila, violeta y azul—, que producen una gama cálida o fría sin sobresaltos.

Complementario y muy dosificado. Un color dominante y un toque de su opuesto: una gama de blancos y verdes con dos o tres tallos granate. Aquí la proporción importa: el color de contraste no debería pasar del 20 % del conjunto.

Y un consejo que sirve para todos los casos: ten en cuenta el mantel y la vajilla antes que las flores. Sobre un mantel estampado, un centro de un solo color; sobre lino liso, puedes permitirte más variedad.

Jarrón o cesta: el recipiente cambia el arreglo

Un jarrón de cristal transparente exige tallos limpios y ordenados, porque se ven. Uno de cerámica opaca perdona el desorden y permite jugar con una boca ancha. La cesta de mimbre pide flores de campo y follaje suelto —margaritas, ramas de olivo, espliego, hinojo— y necesita un recipiente estanco dentro, un tarro de cristal o un cuenco, porque el mimbre no aguanta el agua y se estropea en dos usos.

Hay una relación de proporciones que ayuda: la altura de las flores por encima del borde debe ser aproximadamente vez y media la altura del jarrón. Con un jarrón de 15 cm, las flores llegarán a unos 22 cm por encima, total 37. Para mesa de comer, elige entonces jarrones bajos, de 10 a 12 cm.

La alternativa más práctica para una mesa larga no es un solo centro, sino tres o cinco recipientes pequeños alineados, separados unos 40 cm. Se hacen en cinco minutos, se mueven con facilidad cuando llegan las fuentes y visualmente resultan más ligeros.

Cuántas flores poner

La regla clásica de la floristería es usar números impares de tallos: tres, cinco, siete, nueve. La razón es que el ojo no encuentra un eje de simetría evidente y percibe el conjunto como más natural. Con números pares, la composición tiende a partirse en dos mitades.

La excepción es el ramo compacto y masivo, tipo esfera de hortensias o rosas apretadas, donde se pierde la cuenta de los tallos y da igual. Para un centro bajo de mesa de seis comensales, entre siete y once tallos suele ser suficiente si se combinan tres tipos de material: una flor protagonista y grande (rosa, gerbera, peonía, hortensia), una flor secundaria de tamaño medio (clavel, ranúnculo, anémona) y un relleno de textura fina (paniculata, aliento de bebé, eucalipto, ruscus, ramas de olivo).

Que duren: lo que de verdad importa

Todo lo anterior no sirve de nada si el centro está mustio al segundo día. Cuatro medidas concretas:

Corta los tallos en diagonal y bajo el agua. El corte oblicuo aumenta la superficie de absorción y el hecho de hacerlo sumergido evita que entre aire en los vasos conductores, que es lo que provoca esos tallos que no beben y flores que se doblan por el cuello.

Quita todas las hojas que queden por debajo del nivel del agua. Si se pudren, el agua se vuelve turbia y las bacterias taponan los tallos. Es la causa número uno de que un ramo dure tres días en lugar de diez.

Cambia el agua cada dos días y recorta un centímetro de tallo en cada cambio. Un poco de conservante floral ayuda; si no tienes, media cucharadita de azúcar y unas gotas de lejía por litro cumplen la misma función, alimento y antiséptico.

Aleja el centro del frutero. Este es el punto que casi nadie conoce: la fruta madura, sobre todo manzanas, plátanos y peras, desprende etileno, una hormona vegetal que acelera drásticamente el marchitamiento de flores como los claveles, las alstroemerias o los lisianthus. También conviene apartar el jarrón de la luz directa del sol y de la salida del aire acondicionado.

Qué flores evitar en la mesa

Dos descartes por motivos prácticos. Las flores muy perfumadas —nardos, jacintos, lirios orientales, algunos narcisos— compiten con la comida y en un espacio cerrado llegan a resultar molestas. Y los lirios y azucenas añaden un problema extra: su polen anaranjado mancha manteles y ropa de forma casi irreversible. Si los usas, retira las anteras con unas pinzas en cuanto se abra la flor.

Aprovecha, en cambio, lo que da la temporada aquí: narcisos y ranúnculos en febrero y marzo, lilas y peonías en abril y mayo, rosas y hortensias en junio, girasoles y zinnias en agosto, dalias y crisantemos en otoño, y ramas de eucalipto, romero u olivo todo el año como base de follaje.

En resumen

Un buen centro de mesa es bajo —por debajo de 30 cm— o claramente alto, ocupa como mucho un tercio del ancho, sigue un criterio de color en lugar de acumularlos, usa un número impar de tallos combinando flor grande, flor media y relleno, y se prepara con los tallos cortados en diagonal, sin hojas bajo el agua y lejos del frutero. Con eso, un ramo sencillo de temporada dura diez días y luce más que uno caro mal montado.


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