La surfinia es la planta que sostiene medio balcón español de mayo a octubre. Cae en cascada, florece sin descanso durante meses y cuesta poco dinero. También es una de las plantas de temporada que más gente da por muerta a mediados de julio, justo cuando todavía le quedaban tres meses buenos por delante. La diferencia entre una surfinia que llega espléndida a septiembre y otra que se queda en un manojo de tallos pelados con cuatro flores en la punta no está en la suerte: está en el riego, el abonado y una poda que casi nadie hace.

En esta guía va todo lo que necesitas para cultivarla bien en clima español, incluidos los errores que se repiten año tras año.

Surfinias en flor cayendo en cascada desde una jardinera

Qué es realmente una surfinia

Conviene empezar aclarando algo, porque condiciona todo lo demás: surfinia no es un nombre botánico, es una marca registrada. Suntory la introdujo a finales de los años ochenta, obtenida a partir de petunias colgantes, y desde entonces el nombre se ha convertido en genérico para cualquier petunia de porte péndulo. Botánicamente estamos hablando de Petunia × hybrida, de la familia de las solanáceas, la misma que el tomate, el pimiento y la patata. Ese parentesco no es anecdótico: explica buena parte de las plagas que la atacan.

La consecuencia práctica más importante es esta: las surfinias auténticas no se obtienen de semilla, se multiplican por esqueje. Son híbridos vegetativos seleccionados y propagados clonalmente. Por eso no vas a encontrar sobres de semillas de surfinia: lo que se vende en sobre son petunias colgantes de semilla (los tipos Wave y similares), que son plantas dignas pero de vigor y ramificación distintos. Si compras un sobre esperando la mata de un metro que viste en el vivero, te vas a llevar una decepción.

Tampoco hay que confundirla con la Calibrachoa, esa prima de flor diminuta que se vende como "millón de campanillas". Se parecen y se cuidan casi igual, pero la calibrachoa es todavía más sensible a la cal del agua y tiene la flor mucho más pequeña.

Sol: el factor que no se negocia

La surfinia necesita sol directo, y cuanto más mejor. Con menos de cuatro o cinco horas diarias la planta se alarga buscando luz, produce entrenudos largos y flojos y da una fracción de las flores. Es la causa número uno de surfinias decepcionantes en balcones interiores o con orientación norte.

Dicho esto, hay un matiz español que las guías traducidas del inglés se saltan. En el interior peninsular, en julio y agosto, una jardinera a pleno sol de tarde contra una pared blanca puede superar los 45 °C en el sustrato. Ahí la raíz se cuece literalmente. En Madrid, Zaragoza, Córdoba o Badajoz, lo ideal es sol de mañana y sombra a partir de las tres o las cuatro de la tarde, o al menos protección de la reverberación del muro. En la cornisa cantábrica, en cambio, cuanto más sol reciba, mejor.

El color del recipiente también cuenta: un macetero negro al sol puede estar diez grados más caliente por dentro que uno claro del mismo tamaño.

Cuándo plantarla

La surfinia es totalmente sensible a la helada: por debajo de 0 °C se pierde, y por debajo de 5 °C ya se para y amarillea. Deja de crecer también cuando las noches no llegan a los 10 °C, así que plantarla antes de tiempo no adelanta nada, solo la deja parada y expuesta.

Como referencia de plantación en el litoral mediterráneo y en Canarias, desde marzo. En Andalucía y Levante, finales de marzo o principios de abril. En la meseta y en el norte, a partir de mediados o finales de abril, cuando ya no hay riesgo de heladas tardías. En zonas de montaña, mayo.

Merece la pena comprarla temprano, en cuanto llega al vivero, pero no la mata más florida del expositor: interesa la planta compacta y verde con muchos brotes y pocas flores abiertas. Esa hará la temporada entera. La que ya viene cargada de flor y con las raíces asomando por el agujero de drenaje lleva semanas en el mismo cepellón, probablemente con el abono agotado, y arranca con desventaja.

Maceta y sustrato: la surfinia es un animal de raíz grande

Aquí está el segundo gran error. La surfinia produce una enorme masa vegetal en pocos meses y para eso necesita volumen de sustrato. Cuenta con un mínimo de 5 litros por planta, y mejor 7 u 8. En una jardinera de balcón estándar de 60 cm caben dos plantas, no cuatro. En una cesta colgante de 30 cm de diámetro, dos; de 40 cm, tres.

Meter cinco surfinias en una jardinera pequeña da un efecto espectacular en junio y un desastre en julio: el cepellón se convierte en una madeja de raíces, el sustrato deja de retener agua y por mucho que riegues la planta pasa el día en déficit hídrico.

El sustrato debe ser ligero, aireado y ligeramente ácido. Un sustrato universal de calidad con un 20-30 % de perlita añadida funciona bien. La petunia prospera con un pH entre 5,5 y 6,3; por encima de 6,8 empieza a tener problemas para absorber hierro y manganeso. Evita las tierras negras densas de saco barato: se compactan, encharcan y asfixian.

Es buena idea mezclar en el sustrato abono de liberación lenta (tipo 14-14-14 con microelementos) en la plantación. No sustituye al abonado líquido, pero sirve de red de seguridad si un fin de semana te saltas la fertilización.

Riego: constante, nunca extremo

La surfinia bebe mucho. En pleno agosto, en el interior peninsular, una cesta colgante bien poblada puede necesitar riego diario y en ocasiones dos veces al día. En primavera y otoño, cada dos o tres días.

La regla práctica: mete el dedo dos o tres centímetros en el sustrato; si notas seco, riega. Y riega hasta que salga agua por el drenaje, no un chorrito superficial. El riego escaso y frecuente humedece solo los primeros centímetros y deja el fondo del cepellón seco, además de acumular sales.

Dos precisiones que marcan la diferencia:

No la dejes marchitarse. Cada vez que una surfinia se pasa de sed hasta caer mustia, aborta flores y botones, y ese hueco se nota tres semanas después. Además, un sustrato con turba que se seca del todo se vuelve hidrófobo: el agua le resbala por encima y se va por los laterales sin mojar el interior. Si te ha pasado, la solución es sumergir toda la maceta en un barreño de agua veinte minutos hasta que deje de burbujear.

Tampoco la dejes con los pies en el agua. El plato lleno permanentemente es la vía rápida a la podredumbre de raíz por Pythium o Phytophthora. La planta amarillea de abajo arriba, se marchita aunque el sustrato esté empapado y ya no hay vuelta atrás. Vacía el plato media hora después de regar.

Riega a primera hora de la mañana o al atardecer, y mojando el sustrato, no las flores. Las corolas empapadas se pudren y se pegan unas a otras.

Abonado: aquí se decide la temporada

Una surfinia sin abonar dura seis semanas de flor y se apaga. Es una planta extraordinariamente voraz, y el sustrato de una maceta se agota en un mes escaso, especialmente si riegas a diario y lavas los nutrientes por el drenaje.

Lo que funciona: abono líquido para plantas de flor cada riego a dosis reducida, o una vez por semana a dosis normal, desde dos o tres semanas después de la plantación hasta octubre. Sirve perfectamente cualquier abono de geranios o de petunias, con una proporción rica en potasio (tipo 15-10-30) y, muy importante, con micronutrientes quelatados, especialmente hierro.

Ese detalle del hierro explica el problema más frecuente y peor diagnosticado de las surfinias en España: las hojas nuevas se vuelven amarillas con los nervios verdes marcados, mientras las viejas siguen verdes. Casi todo el mundo lo interpreta como falta de agua o exceso de sol. Es clorosis férrica, y la causa es el agua del grifo. Buena parte del agua de red peninsular es dura, con mucho bicarbonato, y va subiendo el pH del sustrato hasta que el hierro, aun estando presente, deja de ser asimilable.

La solución es doble: aportar quelato de hierro (el EDDHA es el que sigue funcionando a pH alto) una o dos veces en la temporada, y bajar el pH del agua de riego. Para esto último, recoger agua de lluvia es lo mejor; si no, una alternativa doméstica es añadir un chorrito de vinagre al agua —del orden de una cucharada sopera por cada 5 litros— cada dos o tres riegos. En dos semanas la planta reverdece.

La poda de julio: el gesto que casi nadie hace

Este es el apartado que más cambia el resultado de una surfinia.

A las pocas semanas de plantarla, cuando los tallos tengan unos 15 cm, pínzale la punta a cada brote. Perderás una semana de floración y ganarás una planta el doble de ramificada, con cuatro o cinco tallos por brote en lugar de uno solo. Sin ese pinzado, la surfinia tiende a echar tres o cuatro tallos larguísimos que se pelan por la base.

Y después, la clave: a mediados o finales de julio, corta la planta entera a un tercio o a la mitad. Sí, con flores y todo. A esas alturas la mata tiene los tallos desnudos en la parte interior y solo florece en los últimos veinte centímetros, que es exactamente el aspecto por el que la gente tira las surfinias en agosto pensando que se han acabado.

Corta con tijera limpia, retira todo lo cortado, riega bien y abona. En dos o tres semanas la planta rebrota desde la base y llega a septiembre y octubre igual de compacta y florida que en junio. Si el corte total te da vértigo, hazlo en dos tandas separadas diez días, cortando la mitad de los tallos cada vez: así nunca se queda sin flor.

En cuanto a quitar flores marchitas, las surfinias modernas son bastante autolimpiantes y no es imprescindible. Aun así, retirar las corolas pasadas junto con el pequeño engrosamiento verde de detrás (el ovario) evita que la planta gaste energía en formar semilla y mantiene la mata más limpia.

Surfinia de flor blanca en plena floración

Plagas y problemas frecuentes

Pulgón. El habitual, sobre todo en brotes tiernos en primavera. Se controla bien con jabón potásico repetido cada cinco o siete días, aplicado al atardecer y mojando el envés.

Mosca blanca. Muy común en balcones cerrados y calurosos. Trampas cromáticas amarillas más jabón potásico o aceite de neem. Cuesta erradicarla; conviene atacarla en cuanto se ven los primeros adultos al mover la planta.

Oruga del capullo. Esta es la plaga que arruina surfinias y no se ve. Las larvas de noctuidos como Helicoverpa armigera perforan los botones florales y se comen el interior. Los síntomas son inconfundibles: botones agujereados que no llegan a abrir, flores comidas por dentro y bolitas oscuras de excremento sobre las hojas. La oruga es diminuta y come de noche. Se trata con Bacillus thuringiensis, aplicado al atardecer y repetido a la semana; es específico contra orugas e inocuo para abejas y mariquitas.

Trips y minadores. Los trips deforman flores y dejan zonas plateadas; los minadores dibujan galerías blancas serpenteantes en la hoja. Ninguno de los dos suele matar la planta. Con retirar hojas afectadas y trampas azules (trips) o amarillas (minadores) suele bastar.

Botritis. En primaveras lluviosas o en plantas demasiado apretadas aparece un moho gris sobre flores y tallos. Es cuestión de ventilación: separa las plantas, retira todo el material podrido y deja de mojar el follaje.

Un punto sanitario que conviene recordar por el parentesco con las solanáceas: si fumas, lávate las manos antes de manipular surfinias. El virus del mosaico del tabaco se transmite por contacto y las petunias son sensibles.

El final de temporada

Con las primeras noches frías de octubre y noviembre la floración cae y la planta se apaga. En el interior peninsular, la primera helada la termina. En el litoral mediterráneo y en Canarias puede aguantar el invierno viva, pero llega a la primavera siguiente leñosa, desgarbada y con mucha menos flor: rara vez compensa frente a comprar planta nueva.

Si quieres conservar una variedad concreta, lo eficaz es tomar esquejes a mediados o finales de septiembre: trozos de 8-10 cm de tallo no florido, sin las hojas inferiores, en una mezcla de turba y perlita, con humedad alta y a la sombra. Enraízan en dos o tres semanas. Después basta con mantenerlos en un lugar luminoso y libre de heladas, entre 10 y 15 °C, regando muy poco hasta marzo. Ten en cuenta, eso sí, que muchas variedades comerciales están protegidas por derechos de obtentor y su multiplicación solo es legal para uso propio.

En resumen

La surfinia es fácil, pero no es una planta de dejar. Vive rápido y consume mucho: exige sol, riego constante sin encharcar, mucha maceta y abono semanal sin fallar. Si el agua de tu zona es dura, cuenta con la clorosis férrica y ten a mano un quelato de hierro.

Y sobre todo, no la des por perdida en julio. Ese corte a la mitad a mediados de verano, con abonado y riego detrás, es lo que separa una surfinia que dura dos meses de una que llega florida hasta las primeras frías de otoño.


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