Una maceta de clavelinas en un balcón al sur florece de abril a octubre si se le retiran las flores marchitas cada semana. Si no se hace, en julio la planta se para, echa semilla y ya no vuelve. Ese detalle, tan simple, separa las clavelinas que llenan una jardinera hasta el otoño de las que duran dos meses escasos.

Bajo el nombre de clavelina se venden en España varias especies del género Dianthus, sobre todo Dianthus chinensis y sus híbridos, y en menor medida Dianthus plumarius y Dianthus deltoides. Todas comparten familia con el clavel de floristería (Dianthus caryophyllus), las Cariofiláceas, y todas piden lo mismo: sol, suelo que drene y nada de encharcamiento.

Qué es exactamente una clavelina

Dianthus chinensis procede del este de Asia: China, Corea, Mongolia y el sureste de Rusia. Es una planta perenne de vida corta, y ahí está la primera confusión frecuente. Se compra como perenne, se planta en el jardín y a los dos o tres años la mata está apelmazada, leñosa por el centro y florece la mitad. No se ha muerto de nada: es su ciclo. En jardinería se cultiva en la práctica como anual o bienal, y se renueva por esquejes o semilla antes de que degenere.

Forma matas densas de 20 a 45 cm, con hojas estrechas, lineales, de un verde algo azulado o glauco. Las flores miden entre 3 y 4 cm, aparecen solas o en pequeños ramilletes, y tienen los pétalos dentados o flecados en el borde, como recortados con tijera. La gama va del blanco al carmín, pasando por todos los rosas, y son habituales las variedades bicolores con un anillo oscuro en el centro. Hay formas simples y dobles.

El aroma es otro punto donde conviene ajustar expectativas. Dianthus plumarius y muchas variedades antiguas huelen intensamente a clavo; buena parte de los híbridos modernos de D. chinensis, seleccionados por color y por floración continua, casi no huelen. Si el perfume importa, hay que comprar en flor y oler antes de pagar.

Mata de clavelina en flor con pétalos dentados

Sol, y sol de verdad

La clavelina necesita un mínimo de seis horas de sol directo para florecer con densidad. En media sombra vive, se estira buscando la luz, los tallos se doblan y la floración se vuelve rala. Es una planta de roquedo y de pradera abierta, no de sotobosque.

La excepción llega en julio y agosto en el interior y en el sur peninsular. Con máximas sostenidas por encima de 35 ºC, la planta entra en parón: deja de abrir flores y se limita a aguantar. En Sevilla, Córdoba o Zaragoza compensa tenerla donde reciba sol de mañana y sombra a partir de las dos de la tarde. Rebrota y vuelve a florecer en septiembre, con la segunda floración del año, que suele ser tan buena como la de primavera.

En la cornisa cantábrica y en el norte atlántico el problema es el contrario: humedad ambiental alta y poco sol. Allí el cultivo en maceta, en un sitio ventilado y elevado, da mejor resultado que en el suelo del jardín.

El suelo: aquí se decide casi todo

Los Dianthus son plantas calcícolas o al menos indiferentes a la cal. Prefieren suelos neutros o ligeramente básicos, con un pH entre 6,5 y 7,5, y toleran perfectamente los suelos calizos que tanto abundan en la mitad este y en el centro de España. Esto va en contra de una idea muy extendida, la de que toda planta de flor agradece un sustrato ácido de turba rubia. En la clavelina, un sustrato de turba pura hace dos cosas malas a la vez: baja el pH y retiene demasiada agua.

Para maceta, la mezcla que funciona es sustrato universal con un 30 % de perlita, arena de río gruesa o grava fina. Si el agua tarda en salir por los agujeros de drenaje, la mezcla no sirve. En jardín, sobre suelo arcilloso, conviene plantar en caballón o en un pequeño talud para que el agua de lluvia escurra y no se quede alrededor del cuello de la planta.

El punto crítico es precisamente el cuello, la zona donde el tallo se encuentra con la raíz. Enterrado o mantenido húmedo, se pudre. Al plantar, el cepellón debe quedar al mismo nivel que estaba en el contenedor, ni un dedo más hondo. Un acolchado de grava o arena gruesa alrededor de la mata, en lugar de corteza o mantillo, ayuda a que esa zona se seque rápido después de cada riego.

Riego: menos del que se cree

Se riega cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato están secos. En maceta y en pleno verano eso puede significar cada día o cada dos días; en primavera y otoño, una o dos veces por semana; en invierno, muy poco o nada si llueve.

Dos reglas concretas. Primera: se riega al pie, nunca por encima de la mata. El follaje mojado durante horas es la puerta de entrada de los hongos foliares. Segunda: nada de plato bajo la maceta con agua estancada. Si se usa plato, se vacía media hora después de regar.

Los síntomas del exceso y del defecto se parecen lo suficiente como para confundirlos. Con sed, la planta se marchita rápido y se recupera en una hora al regarla. Con exceso de agua, las hojas bajas amarillean de forma difusa, el marchitamiento no se corrige al regar y, al sacar el cepellón, las raíces se ven marrones y blandas en lugar de blancas. Ante la duda, tocar la tierra.

Abonado sin pasarse de nitrógeno

En plena temporada de flor, de marzo a octubre, un abono líquido para plantas de floración cada 15 días con el riego es suficiente. Lo importante es el equilibrio: interesan fórmulas con más potasio y fósforo que nitrógeno, del tipo 5-10-15 o similar.

El error habitual es echar abono universal rico en nitrógeno, o restos de fertilizante de césped. El resultado es una planta grande, verde, blanda y sin flores, con los tallos que se tumban al primer aguacero y mucho más apetecible para el pulgón. Si el ejemplar está en jardín, sobre suelo fértil, puede no necesitar abono ninguno.

En maceta, una alternativa cómoda es incorporar abono de liberación lenta al sustrato en la plantación de primavera y olvidarse durante tres o cuatro meses.

Podar y despuntar: el trabajo que sí paga

Hay tres intervenciones, y las tres son fáciles.

Despunte inicial. Cuando la plantita joven tiene cuatro o cinco pares de hojas, se le pellizca la punta con los dedos. Eso rompe la dominancia apical y la obliga a ramificar desde la base. Una clavelina despuntada da tres o cuatro veces más flores que una que se deja crecer en un solo tallo.

Retirada de flores marchitas. Es la operación clave. La planta florece para producir semilla; en cuanto la consigue, deja de gastar energía en flores nuevas. Cortando cada flor pasada por debajo, en el nudo, se prolonga la floración durante meses. Media hora a la semana con unas tijeras pequeñas basta para una jardinera entera.

Rebaje después de la floración principal. Tras la oleada de primavera, hacia finales de junio, se corta toda la mata a un tercio o a la mitad de su altura, dejando siempre hojas verdes en los tallos. Nunca se corta sobre madera vieja y desnuda, porque de ahí no rebrota. En tres o cuatro semanas la planta ha rehecho el follaje y prepara la segunda floración de septiembre.

Cuándo plantar y trasplantar

En el litoral mediterráneo, en Andalucía y en Canarias, la mejor época de plantación es el otoño, de octubre a noviembre. La planta arraiga durante el invierno suave, aprovecha las lluvias y llega a marzo con un sistema radicular hecho, listo para florecer.

En el interior, en la meseta y en zonas de heladas fuertes, se planta en primavera, de marzo a abril, cuando ha pasado el riesgo de helada fuerte. El marco de plantación en jardín es de 20 a 25 cm entre plantas; más juntas se estorban y se ventilan mal.

En maceta, una clavelina va cómoda en un tiesto de 16 a 20 cm de diámetro, siempre con agujeros de drenaje. El trasplante a maceta mayor se hace a comienzos de primavera, cuando las raíces asoman por el fondo. No conviene saltar a un contenedor mucho más grande de golpe: el volumen de sustrato que las raíces no ocupan se mantiene húmedo y acaba pudriendo.

Multiplicación

Semilla. Es el método más barato y el que usan las series comerciales. Se siembra en semillero de febrero a abril, cubriendo apenas los granos con 3 o 4 mm de sustrato, y se mantiene a 15-20 ºC. Nace en una o dos semanas. En zonas de invierno suave también funciona la siembra de finales de verano, en agosto o septiembre, para tener planta hecha y floreciendo temprano en primavera. Aviso: las semillas recogidas de híbridos dan descendencia irregular en color y forma, así que no hay que esperar clones de la planta madre.

Esqueje. Es la vía para conservar una variedad concreta. Se toman en primavera tardía o a principios de verano brotes laterales sin flor de 8 a 10 cm, se les quitan las hojas de la mitad inferior y se clavan en perlita húmeda, arena o una mezcla de turba y perlita al 50 %. Enraízan en tres o cuatro semanas en un sitio luminoso pero sin sol directo. Hay que ser tacaño con el agua: el esqueje de Dianthus se pudre con mucha más facilidad de la que se seca.

División y acodo. Las matas amplias de D. plumarius y D. deltoides se dividen en otoño o a comienzos de primavera. También admiten acodo: se dobla un tallo largo, se hiere ligeramente por la parte inferior, se sujeta contra el suelo con una horquilla y se cubre con tierra; en dos meses tiene raíces propias y se puede separar.

Plagas

Pulgón. El habitual, sobre todo Myzus persicae. Ataca a los brotes tiernos y a los botones florales en primavera, los deforma y los deja pegajosos de melaza, sobre la que luego crece negrilla. Con colonias pequeñas basta un chorro de agua a presión o pasar los dedos. Si van a más, jabón potásico bien aplicado, mojando el envés de las hojas, repetido a los siete días. Los focos de pulgón siempre son peores en plantas sobreabonadas con nitrógeno.

Colonia de pulgones sobre un brote tierno

Araña roja. Tetranychus urticae aparece en verano con calor seco y aire parado, sobre todo en balcones cerrados. Da un punteado fino y amarillento en las hojas y, si va avanzada, telarañas muy finas en las axilas. Se combate subiendo la humedad ambiental alrededor de la planta y con acaricidas específicos o aceite de parafina.

Trips. Provocan manchas plateadas en los pétalos y flores que abren deformes. Las trampas cromáticas azules ayudan a detectarlos pronto.

Orugas. Alguna oruga defoliadora y la tortriz del clavel (Cacoecimorpha pronubana), que une hojas y brotes con hilo de seda y se come el interior. Se tratan con Bacillus thuringiensis var. kurstaki, inofensivo para abejas y auxiliares, aplicado al atardecer.

Enfermedades

Prácticamente todas las enfermedades graves de la clavelina se relacionan con el exceso de agua o con la falta de ventilación.

Podredumbre del cuello y de la raíz (Fusarium, Rhizoctonia, Phytophthora). La planta se marchita entera sin motivo aparente, la base del tallo se oscurece y se ablanda. No tiene solución práctica en el jardín doméstico: se retira la planta y su tierra, y se corrige el drenaje antes de volver a plantar ahí.

Roya (Uromyces dianthi). Pústulas polvorientas de color marrón canela en el envés de las hojas, con la cara superior amarillenta encima. Aparece con humedad prolongada sobre el follaje. Se cortan y se tiran las hojas afectadas —no al compost— y se pasa a regar solo al pie.

Alternariosis (Alternaria dianthi). Manchas circulares grisáceas con borde oscuro en hojas y tallos, típicas de veranos húmedos y bochornosos.

Oídio. Polvo blanco sobre hojas y brotes en primavera y otoño. Con aclarar la mata y mejorar la circulación de aire suele bastar; si insiste, azufre mojable aplicado con temperaturas por debajo de 28 ºC, nunca a pleno sol.

Rusticidad y cuidados de invierno

Es una planta más resistente al frío que a la humedad. Dianthus chinensis aguanta bien heladas de -7 a -10 ºC, y D. plumarius y D. deltoides resisten bastante más. Eso quiere decir que en la Península puede quedarse fuera todo el invierno sin protección, incluida buena parte de la meseta.

Lo que la mata en invierno no es el hielo, sino el suelo empapado y frío durante semanas. En diciembre y enero, en maceta, hay que reducir el riego al mínimo y quitar los platos. Si la planta está en un sitio donde el agua de lluvia se acumula, mejor moverla o levantarla sobre unos tacos para que drene.

El follaje se conserva verde durante el invierno, aunque la planta detenga el crecimiento. No se poda en frío: la poda de renovación se deja para después de la primera floración.

Dónde queda bien

Su porte compacto y su tolerancia a la sequía la hacen ideal para jardineras de balcón, bordes de camino, rocallas y juntas de muros de piedra, donde el drenaje es perfecto por definición. Combina bien con lavandas, santolinas, salvias y otras plantas de suelo pobre y sol pleno, que piden exactamente el mismo riego, algo que rara vez se tiene en cuenta al montar una jardinera mixta: mezclar clavelinas con plantas de riego abundante condena a unas o a otras.

Un apunte final: los pétalos de Dianthus son comestibles y tienen un sabor recordando al clavo de olor. Se usa solo el pétalo, retirando la base blanca, que amarga. Eso sí, únicamente de plantas de las que se sepa con certeza que no han recibido tratamientos fitosanitarios.

En resumen

La clavelina pide sol directo abundante, un sustrato que drene deprisa y un pH neutro o algo calizo, nunca turba ácida y compacta. Se riega cuando la superficie está seca, siempre al pie y sin plato con agua, y se abona cada quince días con una fórmula pobre en nitrógeno. El gesto que más rinde es retirar las flores marchitas cada semana, complementado con un rebaje a la mitad tras la floración de primavera para forzar la segunda de septiembre. Aguanta heladas de hasta unos -10 ºC, así que el invierno rara vez es el problema: lo es el encharcamiento. Y conviene asumir que se agota en dos o tres años, de modo que renovarla por esquejes de principios de verano forma parte del cultivo normal, no de un fracaso.


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